Lo que nunca te pedí Capítulo 22
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Capítulo 22

Lo primero que hice, bajando la escalera de la barandilla de hierro con la funda al hombro y con la carpeta todavía pegada al pecho, fue darle la razón.

Eso hay que entenderlo antes que nada, porque si no parece que yo aquella noche fui a casa a llorar y no fui a casa a llorar: fui a casa haciendo cuentas, y las cuentas salían.

Es fija. Es contrato y doce pagas y una gira de veinte fechas por Bretaña y Escocia.

Tengo treinta y cuatro años, doy nueve horas de clase a la semana en un contrato que me renuevan en septiembre desde hace seis años y dirijo una banda de aficionados sin cobrar un euro.

Cualquier persona con dos dedos de frente me habría dicho exactamente eso, palabra por palabra, y con menos amabilidad.

El problema no estaba en lo que dijo.

El problema estaba en que aquella mujer, que se levanta a las cinco menos veinte para mover cuarenta toneladas con un margen de dos centímetros y que no ha cometido un error en seis años, había montado en tres horas, ella sola, en un pasillo, entre la lista de la federación y el segundo bloque, un plan completo para que mi marcha no le costara a nadie ni un mal rato.

El autobús. La federación. Yaiza. Los turnos rotativos.

Cuatro horas y media, o cinco con la parada. Se organiza.

En doce años yo le he pedido dos mil cosas a Olaya Prendes y no me ha dicho que no ni una vez, y aquel martes de agosto, en un salón con las cortinas granates y las cuarenta sillas todavía en herradura, le pedí lo que le he pedido siempre, que fue nada, y me contestó lo que contesta siempre, que fue todo, y por primera vez en doce años me llegó entero el mensaje que hay debajo.

Que se apaña.

Que se apaña sin mí, y que lo tenía calculado, y que yo era una carga que se podía mover a un sitio donde estorbara menos, y que lo iba a hacer con esa cara suya de estar entregando un parte y sin que se le moviera un músculo.

Subí la cuesta de Recoletas en nueve minutos, que son dos menos de los que tardo, y llegué al tercero sin aliento y me senté en el suelo de mi cocina con la espalda contra el mueble bajo, que no me había sentado yo en el suelo de esa cocina desde el año en que me mudé, y estuve así hasta las doce y media sin poner la luz, con la funda a un metro y la raya de mar entre los tejados poniéndose primero morada y luego negra y luego nada.

Y mientras estaba ahí sentada se puso a funcionar, muy despacio y sin hacer ruido, la maquinaria que llevo montada desde los diecinueve años y que no me ha fallado nunca.

Es una máquina buena. Yo se la he visto a otra gente y en otra gente funciona a trompicones, pero la mía está engrasada de tanto uso y hace el trabajo entero en cuatro horas: coge lo que ha pasado, le da la vuelta, y me lo devuelve convertido en una decisión generosa que además tiene la ventaja de que la tomo yo.

Nadie me echa. Me voy. Y me voy antes, y me voy la primera, y me voy de manera que a la gente que se queda le resulte cómodo, y así nunca llega el día en que alguien tenga que decirme en voz alta que ya está bien.

A las dos menos cuarto de la madrugada le escribí a Iria Lousada un mensaje de once palabras diciéndole que sí.

No pregunté nada. No pedí nada. No dije ni una sola de las cuatro cosas que llevaba desde junio guardadas en un autobús entre Lugo y la frontera, y que eran la escuela, la banda, la cuesta de los sábados a las diez y media y la base aquí.

No las dije porque a las dos menos cuarto de la mañana de un miércoles de agosto, con la espalda contra un mueble bajo de cocina, aquellas cuatro cosas ya no eran condiciones que se ponen encima de una mesa: eran un capricho de una mujer de treinta y cuatro años a la que le acababan de dar el mejor trabajo de su vida y a la que en Xixón no la necesitaba nadie.

Iria contestó a las ocho y diez de la mañana con dos palabras.

Me alegro.

El contrato me llegó el viernes veintinueve en un correo con tres archivos adjuntos, y lo leí entero dos veces sentada en la cama, y era bueno.

Era mejor de lo que yo había tenido nunca y mejor de lo que tiene el noventa por ciento de la gente que se dedica a esto en este país.

Alta desde el uno de octubre. Doce pagas.

Dietas de gira. Un porcentaje de los derechos de las piezas propias que yo tuve que leer tres veces porque no me lo creía.

Lo firmé el sábado por la mañana a las nueve menos cuarto, con un boli que no iba, en la mesa de mi cocina, y bajé a la papelería de la esquina a escanearlo porque yo no tengo impresora, y la mujer de la papelería, que me conoce de nueve años y que me vende los cuadernos, me preguntó si eran papeles del banco y le dije que sí.

A mi madre se lo conté el martes siguiente y por teléfono, y le conté la mitad, que es la mitad que hace ruido: lo del contrato, lo de la gira, lo de Bretaña.

No le conté lo de la banda. Y mi madre estuvo cuatro minutos poniéndose contenta de esa manera suya que consiste en repetirte lo que acabas de decir con signos de admiración, y al final me dijo que se lo iba a contar a la vecina, y yo colgué con esa cosa que me deja siempre hablar con mi madre, que es que me quiere muchísimo y que no tengo dónde ponerlo.

———

El sábado treinta se lo dije a la banda a las doce y media, cuando ya habíamos ensayado dos horas y estaba todo el mundo de buen humor, porque el segundo bloque nos había salido redondo por tercer sábado seguido y porque quedaban catorce días para Llanes y a catorce días una banda huele a que va a salir bien.

Lo dije desde la tarima, con el atril delante y con las dos manos encima del atril.

Lo dije empezando por el final, que es como empiezo yo, solo que esta vez lo hice de técnica y no de gracia.

Dije que quedaba lo de siempre, que Yaiza llevaba los ensayos, que Bruno estaba, que el programa estaba montado desde junio y que en un certamen lo que se toca es lo que se ha ensayado ciento veinte veces y no lo que dice nadie desde una tarima.

Dije que a mí me habían salido unas cosas en Santiago.

Dije que empezaban en septiembre y que era mejor así, que ir a Llanes con la cabeza en otro sitio no le hace un favor a nadie.

Y dije, y esta es la frase de la que me acuerdo de memoria y con la que he tenido que aprender a vivir, que yo lo que no quería era arrastrarlos a ellos.

Veintitrés personas dentro de un salón de veinte metros por doce a las doce y media de la mañana de un sábado de agosto, con las ventanas abiertas y con el ruido de la calle entrando por abajo, y no se movió nadie durante cuatro o cinco segundos.

Luego una señora de las de la fila de atrás, que lleva en esto desde el noventa y siete y que tiene un nieto en el bloque de guajes, empezó a recoger su funda muy despacio y sin mirar a ninguna parte.

Un chaval de diecinueve años preguntó si eso quería decir que había que cambiar el programa, y alguien le dijo que no, que el programa estaba igual, y él dijo ah, vale.

Un hombre de los del bloque de atrás, de los que llevan en esto desde antes de que yo naciera, levantó la mano como en el colegio y preguntó que quién firmaba entonces el acta de la federación el día del certamen, si la directora o el presidente, porque en el reglamento pone directora.

Y estuvimos cuatro minutos hablando de eso.

Cuatro minutos. Yo desde la tarima, explicando el procedimiento administrativo de la acreditación documental, con veintitrés personas mirándome y con la voz normal, y aquellos cuatro minutos fueron lo más fácil de toda la mañana y por eso duraron cuatro y no uno.

Y una mujer que entró en la banda en enero, que toca regular y que va a todos los ensayos, dijo desde la tercera fila, sin levantarse:

— Pero tú vuelves.

— Claro que vuelvo.

— Digo si vuelves a esto.

— Mujer, que Santiago está a cinco horas.

— Ya. — Se quedó con la funda en el regazo—. Es que mi hermano se fue a cinco horas.

Y no dijo nada más, y yo tampoco, y ahí es donde se rompió aquello de verdad, mucho antes de que llegara Yaiza, y donde yo tenía que haberme bajado de la tarima.

Olaya Prendes no estaba en aquel salón. Ese sábado hacía turno de seis a dos, y lo sé porque me lo dijo Yaiza al salir, no porque se lo preguntara yo, que llevaba tres días sin preguntárselo por primera vez desde el veintinueve de julio.

Y Bruno Argüelles Solís, que fundó aquello en marzo del noventa y cuatro en una mesa de sidrería con otras diez personas, y que me enseñó a mí a poner los dedos en un punteru cuando yo tenía siete años y las manos de siete años, se levantó de su silla con el bastón, se puso la boina, y salió de aquel salón sin decirme una palabra.

No me miró. No me riñó. No me dijo eso no se toca.

Bajó el tramo de escalera de la barandilla de hierro con ese paso suyo que no tiene ninguna prisa y se oyó la puerta de madera del cristal esmerilado desde arriba, y a mí se me quedó dentro un hueco con la forma exacta de la bronca que aquel hombre no me echó.

Yaiza Riestra se acercó a la tarima la última, con la caja ya enfundada y la chaqueta puesta.

— Mira — dijo.

— Yaiza, ho.

— Esto es lo más cobarde que te he visto hacer en once años. — Se colgó la funda—. Y te he visto hacer cosas.

— No es cobarde. Es que...

— Y lo peor no es que te vayas, que te tienes que ir, que si no te vas eres tonta. — Se colocó la correa en el hombro con dos tirones—. Lo peor es que lo estás vendiendo como que nos haces un favor. Delante de veintitrés. Con el atril.

Y se fue por la escalera sin mirar atrás, y yo me quedé de pie en una tarima con las manos encima de un atril y con las cortinas granates detrás, y estuve así hasta que se cerró abajo la puerta y hasta un rato después.

———

El domingo treinta y uno de agosto Olaya hacía el turno de dos a diez, y lo sabía porque se lo había preguntado yo el domingo anterior, en voz alta, con testigos delante, igual que se lo pregunté los siete domingos anteriores desde aquella noche de julio en la que ella subió tres pisos de Cimavilla para pedirme una cosa por primera vez en su vida.

Bajé a La Calzada a las cuatro y media de la tarde con la funda al hombro, andando, sin coger el coche, por la carretera de la costa y luego por dentro, y tardé cincuenta minutos en un camino de veinticinco.

En el portal me crucé con una vecina del primero, que me conoce de once años de subir esa escalera, y me preguntó por el certamen y le dije que muy bien, que muy bien, que este año teníamos gente nueva.

La llave de aquella casa la llevo en un llavero de plástico de una ferretería de la calle San Bernardo que cerró hace ocho años, con la del piso de mi madre, con la de mi portal, con la del bajo municipal y con la del armario de las fundas.

Es una llave normal, de las de siempre, y tiene un lado más gastado que el otro porque durante los tres primeros años yo la metía del revés.

Me la dio Olaya en noviembre, un jueves, en la puerta de un chigre de la calle Corrida, y me la dio dentro de un sobrecillo de papel de los de la ferretería y sin ninguna ceremonia, y lo que dijo fue que así no tenía que estar bajándome a abrir.

Entré. La cocina de Olaya se ve entera desde la puerta y no tiene nada encima de la encimera, ni un frutero, ni un bote, ni un papel, y aquella tarde tampoco.

Estuve veinte minutos en aquel piso y no toqué nada.

Se lo he contado a poca gente porque queda raro, pero yo lo que hice en esos veinte minutos fue recorrerlo entero como se recorre una casa el día que la enseñan para alquilarla, despacio y de puerta en puerta, y mirar cosas que llevaba once años sin mirar porque llevaba once años entrando ahí a por un vaso de agua o a dormir en el sofá o a las tres y media de la mañana.

En el escurridor había dos vasos boca abajo. Dos.

En el perchero de la entrada, un anorak de trabajo y nada más.

En la habitación, la cama hecha con esa manera de hacer la cama que tiene la gente que ha dormido en literas y en butacas de hospital, y el móvil no, que lo llevaba encima, pero sí el cargador enchufado en el lado izquierdo de la mesilla, en el sitio exacto donde lleva enchufado nueve años, con el cable dado dos vueltas.

Y en el pasillo, contra la pared, dentro de su funda de cuero con las esquinas gastadas hasta el blanco y las dos hebillas abrochadas, la Roxa.

Estuve un rato delante de esa funda. La abrí y la volví a cerrar y no saqué nada.

Puse el cuaderno en el centro de la mesa.

Tapas de hule negro, gordo de humedad, las esquinas redondeadas de vivir dentro de una funda, y lo dejé abierto por la página cuarenta y uno, la que está transparente en dos compases de tanto borrar y escribir encima, con los márgenes a la vista y con todas las fechas, y encima, cruzada en el pliegue para que no se cerrara, puse la llave.

Estuve delante de esa mesa cuatro minutos, y no fue por duda, sino porque no se me ocurría absolutamente nada que escribir, a mí, que llevo veintidós años hablando por encima de todo el mundo, y no quise poner una frase graciosa, que era lo único que me salía, y no había en aquella casa ni un papel ni un boli, porque en aquella casa no hay nada encima de nada.

Y la explicación de por qué dejé el cuaderno no se la he sabido dar a nadie en un año, ni a Bruno, ni a Iria, ni a la propia Olaya cuando me lo preguntó en una habitación de Llanes.

Lo más cerca que llego es esto: aquel cuaderno lleva doce años en una funda al lado de esa mujer y ella nunca lo ha abierto, y yo nunca se lo he enseñado, y si me iba de Xixón dejándomelo puesto en el bolsillo interior de la funda, entonces las dos cosas eran verdad y las dos seguían siendo verdad para siempre y ya no había nadie a quien reprocharle nada.

Salí y cerré, y me quedé un segundo largo con la mano en el picaporte, que es lo que hago siempre y que ella tiene contado, y por primera vez en once años tuve que empujar aquella puerta con el hombro para que encajara, porque la llave se había quedado dentro, encima de un cuaderno abierto por la página cuarenta y uno.

En la calle hacía ese sol de las cinco de la tarde del último día de agosto que ya no calienta a nadie.

Cogí el autobús de las nueve y veinte del lunes, y no llamé a Bruno, y no llamé a mi madre hasta el martes, y a Olaya Prendes no la llamé a las tres de la mañana, que es una cosa que llevaba doce años haciendo cuatrocientas veintitantas veces y que dejé de hacer aquel domingo sin habérselo dicho a nadie, ni a ella, ni a mí.