Capítulo 21
El cuadrante de septiembre lo clavan en el corcho del pasillo de vestuarios el día veinte, con cuatro chinchetas y siempre torcido, y yo lo miré el miércoles veinte de agosto a las nueve y cinco de la mañana, con el casco todavía en la mano y con la lista del turno ya montada en la cabeza, y el sábado trece, que es el día del certamen de Llanes, estaba puesto a nombre de Marino Cabranes.
Yo llevaba desde julio dándole vueltas a la manera de pedir ese día, que en mi terminal es una cosa que se resuelve en un pasillo y en cuarenta segundos, y llevaba tres semanas sin hacerlo por el motivo de siempre, que es que a mí me sale antes buscar el modo de no tener que pedirlo.
Había mirado las guardias de otros. Había calculado si se podía ir y volver de Llanes en el turno de noche, que se puede si uno duerme cuatro horas y le da igual conducir cien kilómetros con la banda cantando detrás.
Y estaba el plan tercero, que consistía en no ir, y que era el único que no me obligaba a decirle nada a nadie.
Lo encontré resuelto en un corcho, con la letra de la administrativa y sin una nota al lado.
Y me quedé delante de aquel papel más tiempo del que se queda uno delante de un cuadrante, con dos compañeros pasando por detrás y quitándose la ropa de calle, porque en mi terminal un cambio de turno que uno no ha pedido es una cosa que no pasa.
No pasa por educación, no pasa por compañerismo y no pasa por caridad.
Los turnos son dinero y son sábados, y un sábado de septiembre con festivo lo quiere todo el mundo, y aquí nadie regala un sábado a nadie porque lo intuya.
Bajé al muelle a las nueve y media con el buque abierto por las tres bodegas de proa y con la brisa del noroeste entrando por el rompeolas, que en agosto es lo único que salva las ocho horas de arriba, y Marino estaba en el pie de la torre con el chaleco puesto y la radio en la mano, mirando cómo entraba un remolcador, y me esperó sin girarse porque me había oído bajar los ochenta y cuatro peldaños, que es un ruido que él conoce desde antes de que yo tuviera carné.
— El trece.
— El trece de septiembre — dijo, sin dejar de mirar el agua.
— Ese sábado lo tenía yo.
— Ya no.
— Marino.
— Yo tengo el trece y tú tienes el veintisiete, que es domingo y que no lo quiere nadie. — Se guardó la radio en el bolsillo del pecho—. Y no hay más que hablar, que va a subir la marea y tenemos setecientas cajas.
Y ahí es donde yo hice lo que hago siempre, y lo hice sin pensarlo, con la naturalidad con la que un fumador se toca el bolsillo, porque llevo treinta y seis años convencida de que una cosa que se recibe y no se paga es una cosa que queda colgando encima de la cabeza de uno.
— Te lo pago.
Marino Cabranes se giró entero por primera vez en toda la conversación.
— ¿Cómo dices?
— Las horas de ese sábado. Que son ocho, y con el plus de festivo son ocho y pico, y yo eso te lo paso en cuanto me lo digas.
Aquel hombre lleva cuarenta años en un muelle y ha visto morir a dos compañeros y ha visto a media plantilla irse en tres oleadas, y tiene una cara de hueso que no se le mueve nunca, y aquella mañana, en el pie de la torre, con el remolcador metiéndose de costado y con setecientas cajas por bajar, se le movió.
— Neña.
— Marino, no es nada, es una cuenta.
— Neña, ¿tú a mí qué me has visto? — Y no levantó la voz, que hubiera sido mucho mejor—. ¿Tú a mí me has visto cara de que te alquilo un sábado?
— No he dicho eso.
— Has dicho eso. — Se subió la cremallera del chaleco hasta arriba, que con veintitrés grados no hacía ninguna falta—.
Llevo seis años a cuarenta metros por debajo de ti diciéndote por radio dónde está el suelo, y tú me has sacado a mí de un lío con la mutua y me trajiste el papel de tu puño y letra un domingo, y yo no te pasé factura.
Y ahora vienes y me quieres pagar un sábado.
— Es distinto.
— Es lo mismo, y tú lo sabes, y lo que pasa es que a ti te da un apuro de muerte deberle algo a alguien. — Sacó la radio otra vez y la miró sin encenderla—. Que no es generosidad eso, Prendes. Que eso es que no quieres cuenta abierta con nadie.
— Marino.
— Y yo llevo cuarenta años aquí abajo y he visto a mucha gente pagar por adelantado para no tener que dar las gracias después, y sale carísimo.
— Se metió la radio en el bolsillo del pecho por segunda vez, que fue la señal de que aquello se había acabado—.
Y no lo digo por los ochenta euros, ho, que los ochenta euros me los quedaba yo encantado.
Y se fue hacia la pasarela sin decir la frase de puerto que dice siempre, que fue la manera que tuvo de dejarme claro que estaba enfadado de verdad, porque aquel hombre lleva desde el año dos mil rematando todas las conversaciones del muelle con un refrán y ese día no remató.
Subí los ochenta y cuatro peldaños con las manos frías, me encerré en la cabina y moví ciento cuarenta y una cajas en siete horas y media sin equivocarme una vez, que es lo que me pasa a mí cuando alguien me dice una cosa cierta y no tengo dónde meterla.
A las cinco y veinte, bajando, me lo encontré en el vestuario poniéndose la chaqueta.
— Marino.
— ¿Qué?
— Gracias por el trece.
— Ale.
Y esa fue toda la conversación, y el veintiuno y el veintidós y el veintitrés no volvió a mencionarlo, y el veinticuatro me trajo impreso de su casa el plano del recinto de Llanes con el aparcamiento de autocares marcado a boli, porque su cuñada es de allí, y me lo dejó doblado encima de mi taquilla sin decírmelo.
———
El local de la sociedad huele distinto en agosto por la tarde, a cera vieja y a las cortinas granates, y a las siete y media de aquel martes veintiséis, cuando llegué con la funda de la Roxa al hombro y quince minutos antes que nadie, ya había luz en el pasillo de arriba y ruido de sillas, porque Yaiza Riestra tiene juego de llaves desde el uno de agosto y llega antes que yo desde entonces, cosa que se toma como una victoria personal.
Estaba en el pasillo, delante del armario de las fundas, con la caja apoyada en la cadera y una lista de la federación en la mano.
— Mira — dijo.
Yo dejé la funda en el suelo, contra el rodapié, y me quedé de pie con las llaves colgando del dedo. Cuando Yaiza dice mira lo que viene detrás no lleva preámbulo, no lleva tampoco disculpa, y dura entre nueve y quince segundos.
— Xandra tiene una oferta de los de Santiago. De la Lousada. Fija, con contrato, doce pagas y gira. — Se cambió la caja de cadera—. Y la base es Santiago, y tiene hasta el uno de septiembre para contestar. Se lo dijeron el treinta de julio.
En el pasillo de aquella sociedad hay un extintor de mil novecientos noventa y algo y un cuadro de una regata, y yo estuve mirando el cuadro de la regata mientras hacía la resta, porque las cuentas se me hacen solas y porque en ese momento no había ninguna otra cosa que yo supiera hacer con la cabeza.
Del treinta de julio al veintiséis de agosto van veintiocho días.
Veintiocho días. En veintiocho días yo había estado con aquella mujer treinta y una veces, había dormido en su casa nueve, la había llevado a Oviedo a comprar una funda para la Roxa, y le había preguntado qué tal doscientas veces contando por lo bajo.
— ¿Y tú cómo lo sabes?
— Porque se lo pregunté a Bruno y Bruno no me contestó, que es como contesta él.
— Yaiza abrió el armario—. Y porque el nueve la vi apoyada en la pared de la sociedad a las dos de la tarde con cara de que la habían atropellado, y porque llevo desde el seis de agosto viéndola dirigir a medio gas y no me lo discutas, que yo estoy a dos metros de esa mujer dos veces por semana desde hace once años.
— Yaiza, ella dirige bien.
— Dirige bien. Dirige bien igual que yo vendo guantes, que los vendo estupendamente y llevo tres años sin acordarme del nombre de un solo cliente.
— Metió la caja en su hueco y cerró la puerta del armario con la cadera—.
Mira, yo esto no lo cuento por gusto, que a mí meterme en la vida de la gente me da una pereza tremenda.
Lo cuento porque a mí en marzo me dijeron una cosa tarde y todavía me acuerdo.
— ¿Qué cosa?
— Otra cosa.
Y bajó las escaleras con la lista en la mano y no volvió sobre el asunto en toda la tarde, ni en las semanas siguientes, ni nunca, porque Yaiza Riestra dice una cosa una vez y de la suya de marzo no me he enterado hasta hoy.
Yo me quedé en el pasillo con la funda de la Roxa en el suelo, contra el rodapié, y estuve ahí lo que tardó la banda en subir el tramo de escalera de la barandilla de hierro, veintitrés personas de dos en dos quitándose la chaqueta y contándose el fin de semana, y todas me dijeron algo al pasar y a todas les contesté, y el ensayo empezó a las ocho en punto y duró dos horas y yo toqué el segundo bloque de principio a fin sin fallar una sola entrada, que es una cosa que no me pasaba desde julio.
Y por dentro, en esas dos horas, sentada en la cuarta silla de la segunda fila con la Roxa en las rodillas y con la mujer del asunto de pie encima de una tarima a seis metros bajando el brazo izquierdo para entrar en el compás doce, se me fue montando sola una idea, pieza a pieza, con el orden con el que se monta un movimiento en una terminal: primero la carga, luego el sitio donde va, luego el camino, luego los tiempos. A las diez y cuarto la tenía entera.
A mí, aquella noche, me pareció la mejor idea que había tenido en toda mi vida.
———
A las diez y veinte se fue el último por la escalera de la barandilla de hierro y quedamos ella y yo en un salón de veinte metros por doce con las cortinas granates y las cuarenta sillas todavía en herradura, y Xandra estaba recogiendo el atril con esa manera suya de recoger, que consiste en hacer cuatro viajes donde caben dos y hablar durante los cuatro.
— ¿Sabes lo que me dijo hoy la mujer del tres?
Que si el sábado podemos empezar a las once, que hay una comida de la sociedad y quieren el salón a las dos.
Y yo le he dicho que a las once no, que a las diez y media como siempre, y ella me ha dicho que bueno, que ya me dice algo, que es lo que dice esta señora cuando ya lo ha decidido.
— Cerró la carpeta y la volvió a abrir—.
Y luego resulta que la comida es a las tres. Olaya, ¿me pasas la carpeta grande?
Se la pasé.
— Y hay que decidir lo del orden de salida a la plaza, que llevamos desde el noventa y cuatro y este año lo decido yo y se acabó, ¿sabes? Que yo entiendo que el guaje se pone nervioso, pero es que si el guaje va detrás no se le oye y el chaval toca muy bien.
— Xandra.
— Dime.
— Vete.
Ella se paró con la carpeta abierta encima del atril y la mano en una hoja, y no dijo nada, y eso en Xandra Bousoño no dura, así que yo tenía por delante tres segundos y los usé enteros, porque lo llevaba montado desde las ocho menos cuarto y porque un movimiento se anuncia cuando la carga ya está en el suelo.
— Lo de Marmañán. Lo sé desde hace tres horas y no me lo has dicho tú, y eso ahora mismo da igual y ya lo hablaremos otro día si quieres.
— Cerré la funda de la Roxa por las dos hebillas, una y otra—.
Es fija, con contrato y con doce pagas, y tú tienes treinta y cuatro años y llevas cinco dirigiendo esto gratis y das clase media jornada en una escuela municipal. Es lo tuyo. Hay que ir.
— Olaya.
— Espera, que tengo la cuenta hecha. — Y la tenía, y aquí es donde yo, a día de hoy, me tapo la cara con las dos manos—.
La banda no se cae. Yaiza puede llevar los ensayos hasta el trece, que lo hace regular pero lo hace, y Bruno está.
El programa está montado desde junio y el tercer bloque no sale, pero no va a salir contigo tampoco, que llevamos dos meses.
Del autobús me ocupo yo, que ya está reservado.
Lo de la federación está entregado. Y el uno de septiembre es el lunes que viene, y si llamas mañana a esa mujer todavía te da tiempo a buscar piso con calma.
Xandra cerró la carpeta.
— ¿Piso?
— En Santiago se ensaya de martes a viernes, y la gente vive a quince minutos andando. Eso me lo dijiste tú en junio y no te acuerdas de que me lo dijiste.
— Ya.
— Y de aquí a Santiago hay cuatro horas y media, o cinco con la parada, y yo tengo turnos rotativos y libro dos fines de semana de cada cinco, y eso se organiza.
— Me colgué la funda al hombro—. Lo he mirado esta tarde.
Hay uno que sale a las siete y veinte de la mañana y llega a la una menos veinte, y con eso te da un sábado entero y medio domingo.
— Lo has mirado esta tarde.
— Lo he mirado en el descanso.
— Claro. — Xandra dejó la carpeta encima del atril y puso las dos manos encima de la carpeta—. Y las cañas también las miraste tú, y el local, y el autobús de Llanes, y la lista de la federación.
— No pasa nada, de verdad. No me pilla mal.
Ahí levantó la cabeza.
— No te pilla mal.
— Que no. — Y lo dije con la voz más tranquila que he puesto en mi vida, y esto lo he repasado muchas veces desde entonces y sé perfectamente que la puse yo, que no me salió sola—. Xandra, yo llevo la banda hasta septiembre y ya está. Vete y hazlo bien. Es lo que hay que hacer.
Un salón de sociedad recreativa a las diez y media de la noche, con las ventanas ya cerradas y la luz de arriba encendida, tiene un silencio que rebota en las cuatro paredes y que dura más de lo que uno espera, y en ese silencio Xandra Bousoño se quedó de pie detrás del atril con la carpeta pegada al pecho, mirándome desde ocho metros, y le pasó por la cara una cosa que yo había visto exactamente una vez, en junio, en el recibidor de mi casa, con un abrigo que no era el mío colgado en el perchero.
Yo estuve segura, aquella noche, de que estaba haciendo la cosa más generosa de toda mi vida.
Tardé dieciocho días en entender lo que había hecho, y no lo entendí yo sola, y cuando lo entendí ya llevaba una llave encima de la mesa de mi cocina.
— Vale — dijo.
— Vale.
— Recibido — dijo Xandra, y se echó la funda al hombro y pasó por delante de mí sin tocarme el brazo, que es una cosa que ella no ha dejado de hacer ni una vez en doce años.