Capítulo 20
La llamada duró seis minutos y medio y la escuché entera de pie en el pasillo de un piso de La Calzada, descalza, con la puerta de la habitación cerrada a mi espalda y la mano libre apoyada en la pared, y de esos seis minutos y medio me acuerdo de todo, incluida la mancha de humedad que tiene aquel pasillo encima del cuadro de la luz y que yo llevaba once años sin mirar.
Iria Lousada no da rodeos, ni los daba debajo de un soportal de Compostela en junio ni los dio aquella mañana de julio a las ocho y veinte, y a mí, que llevo toda la vida rodeando, esa manera de hablar me hace el mismo efecto que el agua fría en la cara.
— Vamos a ver una cosa — dijo—. Lo hemos hablado los seis y estamos de acuerdo los seis, que eso aquí no pasa casi nunca. Te queremos fija.
— Vale.
— Fija quiere decir contrato, alta y nómina de doce pagas, que en este oficio es más raro que un eclipse.
Grabamos disco en octubre y noviembre y salimos de gira a partir de la segunda semana de noviembre: veinte fechas hasta marzo, Bretaña, Escocia y lo de aquí.
La formación de estudio ensaya de martes a viernes.
— Vale.
— Y la base es Santiago. — Se oyó papel al otro lado, y luego nada—.
Eso no te lo digo como una condición porque no hace falta ponerlo como una condición, es que es así: aquí se ensaya cuatro días por semana en un local de San Pedro y la gente vive a quince minutos andando.
La percusionista tiene dos críos y vive a once minutos.
— Ya.
— ¿Ya qué?
— Ya, que lo entiendo.
Y ahí, en aquel pasillo, con la mancha de humedad encima del cuadro de la luz y con Olaya dormida boca abajo al otro lado de una puerta de contrachapado, tuve tres segundos limpios.
Tres. Los tuve enteros y los reconozco porque los había tenido ya una vez, en un autobús entre Lugo y la frontera, con la cabeza apoyada en el cristal: lo quiero todo, el puesto y la escuela de los martes y jueves y la banda y el bajo con humedad y la cuesta de Cimavilla los sábados a las diez y media, y la base aquí, y viajar a Santiago cuando haga falta, y volver.
Tres segundos. Y detrás, puntual, el de siempre, el que llevo conmigo desde que tengo uso de razón, que consiste en preguntarse quién se cree una que es.
— ¿Cuándo lo tengo que decir?
— No corre. — Iria hizo una pausa de las suyas, que son cortas y que están medidas—. Bueno, sí corre. Necesito la respuesta antes del uno de septiembre, porque si me dices que no tengo que llamar a otra persona y a esa persona hay que darle tiempo.
— El uno de septiembre.
— El uno. Y Xandra.
— Dime.
— Si hay algo que quieras plantear, se plantea. — Otra pausa—. Eso es todo lo que voy a decir por teléfono.
Colgué. Volví a la habitación con el móvil en la mano y con las cuatro maneras de contarlo ya hechas en la cabeza, incluida la graciosa, que es la de empezar por el final, y me metí en la cama, y Olaya se dio la vuelta medio dormida y me preguntó, con la voz de las ocho y media de la mañana y la cara en la almohada, que si había pasado algo.
— Nada — dije—. Cosas de la escuela.
———
Fueron once días.
Los tengo contados porque los conté, del treinta de julio al nueve de agosto, y no los conté por gusto: los conté porque cada mañana, al abrir los ojos, lo primero que hacía era la resta hasta el uno de septiembre, y esa es una manera de vivir que no se la recomiendo a nadie.
Por fuera fueron once días buenos. El salón de la sociedad estaba fresco a las diez de la mañana en agosto, cosa que un bajo de La Calzada no ha estado nunca, y la banda venía con una alegría de agosto que no le conocía yo, con la gente de vacaciones apareciendo por allí en chanclas y con la señora que limpia el colegio libre por primera vez en veintidós años.
Las cañas llegaron el cinco, en dos cajas, y hubo media hora de fiesta con diecisiete personas probando cañas nuevas a la vez, que suena a lo que suena, y Yaiza estrenó parche y estuvo tres días pegando más flojo sin darse cuenta y quejándose de que aquello sonaba a maleta.
Y hubo, en mitad de esos once días, una tarde entera en Cimavilla con la ventana abierta y la raya de mar entre los tejados poniéndose morada, en la que Olaya se quedó dormida en mi sofá con la Roxa desmontada encima de la mesa baja y un paño en la mano, y yo estuve una hora sentada en el suelo con la espalda apoyada en ese sofá, sin hacer nada, oyéndola respirar abajo, donde le había enseñado yo.
Cuento esto porque la gente cree que los días de doble fondo son días malos, y no lo son: son días buenos con una habitación cerrada dentro, y esa es exactamente la razón por la que uno no abre la habitación, porque para abrirla hay que estropear el día.
Ensayamos el programa entero doce veces.
La marcha de procesión estaba hecha desde junio.
La de aires de Villaviciosa se colocó el cuatro de agosto, de golpe, como se colocan las cosas, después de dos meses.
Y la pieza nueva, la del tercer bloque, seguía sin salir, y a estas alturas la banda ya la tocaba entera con una convicción que daba gusto oír y que a mí me sonaba, cada sábado, a veinticuatro personas defendiendo con mucha dignidad una cosa que le falta algo.
Y por dentro, once días de doble fondo, que es un oficio.
Se aprende. Yo lo aprendí a los catorce y me ha ido estupendamente: se trata de estar entera en el sitio en el que estás, riéndote fuerte, pidiendo veinte cosas pequeñas al día, hablando con todo el mundo por su nombre, y de tener debajo, a dos centímetros, funcionando sola y sin hacer ruido, una cabeza que va contando los días que faltan para el uno de septiembre.
Las dos cosas a la vez. Yo he dado clases enteras así.
He dirigido ensayos enteros así, con el brazo levantado bajándole el volumen al segundo bloque y con la otra mitad de mí en un local de San Pedro con paneles acústicos y un armario de fundas con los nombres en cinta de carrocero.
Y no se me notó, o eso me dije yo cada noche de esos once días, apoyada en la mentira que se cuentan todas las bandas del mundo, que es que a una banda no se le nota nada y que veinticuatro personas que se ven dos veces por semana desde hace años no distinguen a su directora buena de su directora a medio gas.
Se me notó a Yaiza Riestra el día seis, a las dos menos cuarto de la tarde, en el aparcamiento de la sociedad, con las fundas en el maletero de su coche y con el sol de agosto cayendo a plomo encima de las dos.
— Mira — dijo—. Tú tienes algo.
— Tengo un dolor de cabeza de tres días.
— Vale.
Y se subió al coche y se fue, y eso fue todo, porque Yaiza Riestra dice una cosa una vez y no la repite jamás, y porque la última persona del mundo que iba a ponerse a insistirle a alguien era una comercial de suministros industriales que lleva tres años entrando en un almacén a repetirle a un señor el precio del par de guantes tres veces.
Y a Olaya no se le notó.
Y a mí eso, en agosto, con nueve de los treinta y un días del mes ya gastados, me venía estupendamente.
No se le notó porque Olaya no pregunta, y aquí es donde me toca contar la parte que peor me sienta.
Desde el martes de la cuesta, Olaya me preguntaba lo suyo y yo le preguntaba lo mío, y lo hacíamos las dos con una formalidad que era medio broma y no era ninguna broma.
Los domingos por la noche, dijera lo que dijera y estuviéramos donde estuviéramos, yo le preguntaba qué turno hacía.
Y ella me lo decía. De seis a dos toda la semana menos el jueves, de dos a diez, de diez a seis el miércoles porque le cambié el turno a uno que tiene a la madre en el hospital.
Once días preguntándole a esa mujer, en voz alta y con testigos delante alguna vez, una cosa que yo le pedí que me pidiera.
Once días viéndola contestarme con esa cara suya de estar entregando un parte.
Y ni una sola vez, en once días, me preguntó ella nada, y no por egoísmo, y no por dejadez, sino porque en la cabeza de Olaya Prendes preguntar es una manera educada de pedir, y esa mujer lleva treinta y seis años sin pedir nada.
De modo que yo tenía delante, todos los días, a la única persona del mundo que no me iba a sacar aquello, y me lo dije de esa manera durante once días para no tener que decirme la verdadera, que es que aquello no me lo iba a sacar nadie porque yo no lo iba a soltar.
Estuve a punto tres veces, y también las tengo contadas, porque una parte de mí llevaba aquellos once días levantando acta de todo lo que no hacía.
La primera fue el día dos, un sábado, en el coche, volviendo de Oviedo de comprar las cañas de repuesto que Olaya quería llevar en septiembre. Llegué a decir oye. Ella dijo dime. Y yo le pregunté si le importaba que pusiéramos la radio.
La segunda fue el día seis, en su cocina, la de La Calzada, la que se ve entera desde la puerta y que no tiene nada encima de la encimera, a las once y media de la noche y con los dos codos en la mesa, y esa vez llegué mucho más lejos: llegué a decirle que Iria me había llamado.
Y Olaya levantó la cabeza y me preguntó qué tal, con esa manera suya de preguntar en la que no hay ni un gramo de peso, y yo me oí contestar que bien, que era para saludar y para preguntarme por Bruno y por un archivo de tonadas de los años setenta.
Ese archivo existe. Es lo peor de aquella mentira: que estaba hecha con material bueno.
La tercera fue el día nueve, dos horas antes de que Bruno me esperara en la acera, y esa vez ni siquiera abrí la boca.
Estábamos las dos en el salón de la sociedad a las nueve y media de la mañana, colocando las sillas antes de que llegara nadie, y Olaya iba a cuatro sillas por viaje cogiéndolas por el travesaño, y yo la miré desde la tarima con las dos manos en el atril y me hice, entera y en tres segundos, la película de lo que iba a pasar cuando se lo contara.
En esa película no había gritos, y ojalá los hubiera habido: había una mujer escuchándome hasta el final sin interrumpirme una sola vez, y preguntándome después cuántas fechas son y cuándo empieza la gira, y diciéndome que eso es lo mío y que hay que ir, y levantándose de la silla a mirar los horarios de los trenes de Santiago antes de que a mí me diera tiempo a terminar de contarlo.
Cuarenta minutos. Yo le daba cuarenta minutos desde que abriera la boca hasta tener el asunto colocado en el sitio donde estorbara menos, con la mudanza medio organizada y conmigo dándole las gracias.
Eso es lo que yo no quería que pasara. Y para que no pasara, en vez de decirle a esa mujer que se estuviera quieta, lo que hice fue callarme once días.
El día once, en el ensayo del sábado, en mitad del tercer bloque, llevaba veinte compases dirigiendo con el brazo izquierdo y tecleando con los dedos de la mano derecha, contra el muslo, uno-dos-tres, uno-dos-tres, la digitación del paso que no me sale, delante de veinticuatro personas.
Bajé la mano. Paré la banda. Dije que lo dejábamos ahí.
Faltaban treinta y cinco minutos para la hora, y a nadie le pareció raro, porque era agosto y hacía calor y porque una banda a la que le sueltan media hora antes no hace preguntas.
———
Bruno Argüelles me esperó fuera, en la acera, en la sombra de la puerta de madera con el cristal esmerilado, con la boina puesta en agosto y las dos manos encima del bastón que no necesita, y no había manera de bajar aquellas escaleras y salir a la calle sin pasarle por delante, cosa que él sabía perfectamente.
— Xandra.
— Bruno, ho, qué calor.
— ¿Cuándo te vas?
Yo llevaba once días construyendo un edificio entero de tres plantas y aquel hombre lo tiró con cuatro palabras desde una acera de La Calzada.
— Yo no me voy a ningún sitio.
— Ya.
— Que no, Bruno, que estamos a cuarenta días del certamen.
— La Lousada te llamó.
— ¿Y tú cómo sabes eso?
— Porque me llamó a mí primero. — Se cambió el bastón de mano—. En junio. Para preguntarme cuánto llevabas dirigiendo esto y si cobrabas.
Me apoyé en la pared de la sociedad, que a las dos de la tarde de un sábado de agosto quema, y me quedé ahí apoyada de todas formas.
— Es fija — dije—. Contrato, doce pagas, gira desde noviembre. Veinte fechas.
— Bien.
— Y la base es Santiago.
— Ya.
— Y tengo hasta el uno de septiembre.
Bruno Argüelles miró al suelo, que es lo que hace antes de soltar la única frase de la mañana, y estuvo mirándolo lo bastante como para que a mí me diera tiempo a repasar los once días enteros.
— ¿Y a esa mujer se lo has dicho?
— Aún no.
— Ya. — Levantó la vista—. Eso no se toca, Xandra.
— Bruno.
— Eso se cuenta.
Y se puso a andar hacia la esquina con ese paso suyo de sesenta y siete años que no tiene ninguna prisa, y yo me quedé apoyada en una pared que quemaba, en una acera de La Calzada, a las dos y cuarto de la tarde de un sábado de agosto, con la funda al hombro y con un cuaderno de tapas de hule dentro de la funda que llevo veintidós años enseñándole a todo el mundo por fuera y a nadie por dentro.
Toda la vida. Llevo toda la vida haciendo lo contrario, y hasta aquella acera nadie me lo había puesto en cuatro palabras.