Lo que nunca te pedí Capítulo 19
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Capítulo 19

El domingo no hice nada y el lunes tampoco, y lo digo con toda la carga que tiene esa frase en mi boca, porque yo llevo dieciséis años sin pasar cuarenta y ocho horas seguidas sin hacer nada.

Estuve el domingo entero en casa con la Roxa desmontada encima de la mesa del salón, limpiando las piezas una por una con una baqueta de tela que no hacía ninguna falta pasar, y estuve el lunes de seis de la mañana a dos de la tarde en la cabina moviendo cajas de cuarenta pies con un margen de dos centímetros, y en las ocho horas de arriba tuve la tregua de siempre, y en el aparcamiento me estaba esperando todo, puntualmente, como esperan los perros de la gente.

El lunes por la mañana, arriba, hice ciento noventa y cuatro movimientos en ocho horas, que es una barbaridad y que en el parte del día quedó muy bien.

— Neña — dijo Marino por la radio a las once y media—. Baja el ritmo.

— Voy bien.

— Vas demasiado bien. — Se oyó el chasquido de la radio y luego otra vez su voz—. Y cuando uno va demasiado bien es que está pagando algo con las manos.

— Marino, adelante con la cuarenta y uno.

— Adelante con la cuarenta y uno.

Aquel hombre lleva cuarenta años en un muelle y ha visto irse cosas, y no volvió a decir nada en toda la mañana, y a las dos, cuando bajé los ochenta y cuatro peldaños con las lumbares agarrotadas de la postura, me estaba esperando abajo con un café de la máquina en la mano que se había enfriado hacía rato y que me dio sin decir para qué era.

Se me ocurrieron catorce cosas.

Podía devolver los parches. Podía llamar al almacén de Oviedo y anular los diecisiete juegos y que le devolvieran el dinero a la banda en cuotas, aunque el dinero no era de la banda.

Podía llevar las cuarenta sillas otra vez al bajo municipal el martes por la mañana yo sola, en tres viajes, y dejarlo todo como estaba, con la cinta de color y la humedad de la esquina del fondo.

Podía escribirle a Sonia Muñiz para que hiciera constar en acta que aquello no salía de fondos del convenio.

Podía devolverle a Nel sus ochocientos euros.

Las catorce eran de lo mismo, que es una cosa que no vi el domingo ni el lunes por la mañana y que vi el lunes por la tarde de golpe y con un poco de vergüenza: las catorce consistían en que yo arreglase algo yo sola y luego se lo pusiera delante ya arreglado, que es exactamente aquello por lo que nos habíamos peleado el sábado.

Y el lunes a las cuatro de la tarde, sentada en el borde de mi cama con el móvil en la mano y sin llamar a nadie, entendí, por primera vez en treinta y seis años y con un retraso que me da vergüenza, que aquella era una avería que no tenía ninguna pieza que cambiar.

Lo que me tuvo dos días parada no fue la pelea.

La pelea la entendí entera el sábado por la noche, palabra por palabra, y en eso no tengo ningún mérito porque Xandra Bousoño habla claro cuando por fin habla.

Lo que me tuvo dos días parada fue una cosa más pequeña: que yo, delante de una mujer que acababa de decirme que llevaba doce años en un rellano, había pensado inmediatamente en catorce maneras de arreglar el rellano.

———

Subí a Cimavilla el martes a las nueve y cuarto de la noche, andando desde el Campo Valdés, por la cuesta de la calle Recoletas, que mata a cualquiera y que ella sube dos veces al día desde hace nueve años, y llegué al portal con la respiración alta y me quedé abajo cuatro minutos mirando el telefonillo, porque yo no tengo llave de aquella casa.

Nunca la he tenido. Nunca la he pedido, y en once años nadie me la ha ofrecido, y las dos cosas juntas hacen un arreglo perfecto que no ha molestado jamás a nadie.

En el telefonillo de aquel portal hay siete pulsadores y solo tres tienen nombre, y el suyo no lo tiene, y yo llevaba once años sabiendo que es el segundo de la izquierda sin haberlo pulsado más de cinco o seis veces en toda mi vida, porque para eso está la costumbre de que suba ella y de que baje ella. Llamé al segundo de la izquierda.

— ¿Sí?

— Soy yo.

Hubo dos segundos de nada y luego el zumbido de la puerta. Subí los tres pisos despacio, que es una cosa que no hago, y Xandra estaba en el rellano con la puerta abierta y descalza, con una camiseta de un festival de hace ocho años y el pelo recogido con un lápiz.

— Hola.

— Hola.

— ¿Quieres pasar?

— No.

— Ah.

— Digo que no porque si paso me vas a poner un vaso de algo y voy a estar veinte minutos hablándote de la acústica del salón. — Me quedé en el rellano, con las manos en los bolsillos de la chaqueta—. Y he subido a decirte una cosa y la quiero decir aquí.

Xandra se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados y no dijo nada, y en ella el no decir nada es un estado que dura tres segundos y se rompe solo, y aquella noche duró todo lo que yo tardé en encontrar por dónde empezar.

— El sábado tenías razón.

— Olaya.

— Espera, que si me interrumpes se me va.

— El descansillo de aquel tercero tiene una bombilla que no da para leer y un felpudo de una vecina y una bicicleta atada a la barandilla desde antes de que ella viviera allí—.

Tenías razón y no la tenías toda, porque las cañas hacían falta y lo del salón está bien hecho y eso no lo voy a retirar.

Pero lo otro sí. Lo de no preguntar. Eso es verdad y llevo dos días dándole vueltas y no tengo nada que decir en contra.

— Vale.

— Y he pensado en devolver los parches y en bajar otra vez las sillas al bajo, y en devolverle el dinero a Nel, y en catorce cosas más, y las catorce eran arreglarlo yo.

— Saqué las manos de los bolsillos, porque no sabía qué hacer con ellas dentro—.

Así que no traigo nada arreglado. Traigo una cosa que te quiero pedir.

Xandra se separó del marco un centímetro.

— Pídemela.

— Pregúntame qué turno hago.

Se quedó completamente quieta.

— Esta semana y la siguiente y la otra — dije—. Pregúntamelo. Cada semana. Aunque te dé igual, aunque no lo vayas a usar para nada, aunque yo te conteste que da lo mismo, que te lo voy a contestar. Pregúntamelo igual.

— Olaya.

— Y ya está. Es eso. No es nada más, y ya sé que suena a poco, y llevo dos días viendo que no lo es.

Xandra Bousoño llevaba doce años sin saber qué turno hacía yo. No por dejadez, ni por egoísmo, ni porque no le importara, sino porque yo me había pasado doce años montando una vida en la que ella no tuviera que tenerlo en cuenta nunca, y eso lo monté yo solita, con las dos manos, y me salió bien.

Estuvo un rato mirándome desde la puerta de su casa. Se le puso una cara que no le he visto ponerle a nadie y que no supe leer en aquel momento.

— ¿Qué turno haces esta semana?

— De seis a dos.

— ¿Y la que viene?

— De dos a diez, menos el jueves.

— ¿Y el jueves?

— El jueves libro.

— Vale. — Cogió las llaves del cuenco de la entrada y las cerró en el puño—. Vámonos a tu casa.

———

Bajamos la cuesta de la calle Recoletas en once minutos, con la luz de las diez menos veinte de un martes de julio todavía puesta encima de los tejados y con el ruido del Muro subiendo desde abajo, y Xandra me cogió la mano en el segundo portal y no me la soltó hasta el coche, ni para cruzar, ni cuando nos cruzamos con dos vecinas suyas a las que saludó por su nombre.

En mi cocina, que se ve entera desde la puerta y que no tiene nada encima de la encimera, Xandra dejó la funda contra la pata de la mesa aunque no la había traído para tocar, y las llaves encima de la madera, y se giró y me miró desde metro y medio, y yo hablé.

Hablé aquella noche más de lo que hablo en un mes entero en el muelle, y lo digo sin ninguna vergüenza.

Le dije lo que quería, en voz alta, en mi cocina, con la luz de arriba encendida y sin que la hubiéramos apagado, con frases enteras y del derecho, sin logística y sin bajar el tono al final.

Le dije dónde. Le dije cómo. Le pregunté dos cosas y me contestó las dos, y una de las respuestas fue que sí y la otra fue que sí pero más despacio, y de ahí en adelante no hubo ninguna cosa en aquella casa que ninguna de las dos tuviera que adivinar.

— Otra vez — dijo Xandra, contra mi boca, en el pasillo—. Dilo otra vez.

— Ya lo he dicho.

— Ya. Dilo otra vez, ho.

Lo dije otra vez.

Y ella se rió, y luego dejó de reírse a mitad, que es una cosa que hace y que yo no le había visto hacer hasta aquel verano, y me empujó de espaldas contra la pared del pasillo, a la altura del interruptor, y me cogió las dos muñecas y me las puso arriba, y esta vez no me sujetó con las palmas abiertas ni esperó a que yo respirara abajo.

Aquella noche fue lo contrario de la de junio y las dos eran la misma cosa.

En junio yo me deshice; en julio yo pedí, y pedir en voz alta lo que una quiere, teniendo treinta y seis años y no habiéndolo hecho nunca, se parece bastante a tener hambre.

Le dije que se pusiera así. Se puso así.

Le dije que no parara, y no paró, y cuando paró fue porque se lo pedí yo también, y le dije que quería mirarla y me dejó mirarla, y me lo dejó un rato largo, con la lámpara pequeña de la mesilla encendida y la ventana abierta y el ruido de la carretera del puerto entrando por abajo.

Hubo un momento, hacia la una, en que se me olvidó por completo dónde estaba, cosa que a mí no me pasa, y otro, un poco después, en que Xandra se paró en seco con las dos manos apoyadas a los lados de mi cabeza y me dijo que dijera otra vez lo del principio, lo del pasillo, y yo le dije que ya lo había dicho tres veces, y ella me dijo que la cuarta, y me lo hizo decir la cuarta y la quinta, y las dos últimas ya no fueron para ella.

Xandra ríe fuerte y habla atropellado y remata las frases con un ¿sabes?

y no se calla en la vida, y aquella madrugada, en mi casa, en un tercero de La Calzada con el mar a un kilómetro y medio, se le fue el ¿sabes?

de la boca por primera vez desde que la conozco.

Se le fueron también las frases graciosas, que son dos y que tiene siempre preparadas, y una hora entera de las que se me quedaron sin ninguna, y estuvo diciendo cosas exactas y del derecho, sin adornar y sin empezar por el final, que es lo que hace cuando no le queda coartada.

Y en algún sitio de esa hora entendí una cosa que no había entendido en doce años: que aquella mujer no pide lo grande no por vergüenza, sino porque tiene calculado, desde una barra de chigre en la que un hombre puso una mano en el hombro de una cría de diecinueve años, cuánto se le ve la necesidad a alguien que pide.

Hacia las dos me levanté a por agua y volví con dos vasos, y nos los bebimos sentadas en la cama sin decir nada, y luego Xandra me preguntó una cosa muy rara, que fue si yo sabía cuántas veces me había llamado ella a las tres de la mañana en doce años.

Le dije que no lo sabía. Era mentira: son cuatrocientas veintitantas, porque a mí las cosas se me quedan contadas sin querer contarlas, y llevaba doce años sin decírselo a nadie porque decir ese número en voz alta es decir otra cosa.

A las tres menos veinte, boca arriba, con el brazo encima de los ojos, me acordé de que aquella era mi hora.

La hora en que suena un móvil en mi mesilla desde hace doce años.

Y aquella noche no sonó, porque la persona que llama estaba a treinta centímetros y respirando abajo, y me pareció, durante unos segundos que me duraron muy poco, que aquello era un final feliz.

Xandra tiene las yemas de la mano izquierda endurecidas del punteru desde los siete años y tiene una cicatriz fina en el labio de una caída de la que cuenta cuatro versiones distintas, y aquella madrugada, en mi cama, me contó la quinta, con la boca en mi hombro y con la voz de contar cosas a las cuatro de la mañana, y la quinta versión era una que no tenía ninguna gracia y que era la verdadera.

Me quedé dormida a las cinco y diez, boca abajo, con un brazo colgando fuera de la cama y con una mujer respirando abajo, donde le enseñaron a los siete años, pegada a mi espalda.

———

El móvil sonó a las ocho y veinte de la mañana encima de mi mesilla, en el sitio exacto donde yo dejo el mío todas las noches desde hace nueve años, y tardé tres o cuatro segundos en entender, con la cara todavía en la almohada, que aquel tono no era el mío.

Xandra se incorporó de golpe con el pelo en la cara y lo cogió sin mirar, con esa manera de coger el teléfono que tiene la gente que espera una llamada desde hace ocho semanas y que ha dejado de reconocérselo a sí misma.

— ¿Sí? — dijo, y se le fue la voz de sitio—. Sí. Sí, sí, buenos días, Iria.

Se sentó en el borde de la cama de espaldas a mí. Yo estaba boca abajo, medio despierta, con la luz de julio entrando por la rendija de la persiana y con la Roxa apoyada contra la pared del fondo dentro de su funda de cuero.

— No, no me pillas mal. — Se levantó—. No, si estoy despierta hace rato.

Y salió al pasillo, y cerró la puerta detrás de ella.