Capítulo 18
El sábado a las diez menos veinte bajé los tres escalones del bajo municipal de La Calzada con la funda al hombro y con dos partituras nuevas fotocopiadas la tarde anterior en la escuela, y a la altura del segundo escalón, antes de encender la luz del fondo, ya sabía que allí dentro no había nadie, porque un local con quince personas y un local vacío suenan distinto desde la puerta, y porque aquel sábado lo que sonaba era nada.
No había sillas.
No había sillas, ni atriles, ni mesa, ni bombo.
Estaba la estufa apagada en su rincón, estaba la humedad de la esquina del fondo, que no se la lleva nadie, y estaba la marca de la cinta aislante de color en el suelo con la forma de la herradura entera, seis meses de posiciones dibujadas encima de un terrazo vacío.
Me quedé de pie en el centro con la funda al hombro y el móvil en la mano, y de eso me acuerdo bien porque me acuerdo de haber pensado que nos habían robado.
Y luego miré el móvil y tenía catorce mensajes en el grupo de la banda desde las nueve y cuarto, y el primero era una foto de un salón con tarima y cortinas y cuarenta sillas puestas en herradura, y el segundo decía que arriba, en la sociedad, que lo dijo Olaya ayer.
Que lo dijo Olaya ayer.
Subí los cuatrocientos metros andando deprisa.
Entré por una puerta de madera con un cristal esmerilado y un cartel de horarios de mil novecientos noventa y tantos, subí un tramo de escalera con la barandilla de hierro y salí a un salón de veinte metros por doce, con techo de cuatro y medio, tarima al fondo, cortinas granates y un olor a cerrado que se estaba yendo por dos ventanas abiertas.
Veinte de la banda estaban ya dentro. La acústica era otra.
La acústica era, y esto lo digo como directora y me cuesta decirlo, muchísimo mejor que la de un bajo de sesenta metros con humedad.
— ¡Xandra! — gritó alguien desde la tarima—. ¡Escucha esto!
Y tocó cuatro compases solo, desde la tarima, con las cortinas granates detrás y cuatro metros y medio de techo encima, y aquello sonó de una manera que en un bajo con humedad no había sonado en treinta y un años, y hubo una carcajada colectiva de esas que en una banda no se organizan y que a mí, que llevaba doce minutos allí dentro y que no había abierto la boca todavía, me obligó a sonreír antes de haber decidido si quería.
Estuve dos horas y media dirigiendo el mejor ensayo del año en un salón que no sabía que existía hasta las diez y cuarto de la mañana, y lo dirigí bien, y al terminar dije en voz alta que aquello había que agradecérselo a Olaya, y veinticuatro personas aplaudieron, y yo aplaudí con ellas desde la tarima con el atril delante y con una cosa dentro que no se parecía a ninguna de las que había tenido en aquel local desde el noventa y cuatro.
———
A las doce y media, mientras recogíamos, Yaiza Riestra se acercó por detrás de la tarima con dos cajas de cartón abiertas y las dejó en el suelo delante de mí.
— Mira.
— ¿Qué es eso?
— Parches. Los cuatro. — Sacó uno y lo giró para que le diera la luz—.
Y no son de los de siempre, son de los otros.
Y hay diecisiete juegos de cañas encargados para el cinco de agosto, que lo he preguntado yo esta mañana porque he visto el nombre del almacén en la caja y ese hombre me conoce, que le compro guantes desde hace tres años.
— Yaiza.
— Y le he preguntado quién lo pagó y me lo ha dicho, porque a él le da igual. — Se puso de pie—. Mil cuatrocientos veinte de las cañas. Ciento sesenta de esto. Transferencia del jueves de la semana pasada.
En una banda de aficionados no hay mil quinientos ochenta euros.
No los hay en agosto, no los hay en marzo, no los hay ningún mes del año.
Yo llevo cinco años adelantando de mi bolsillo las cuerdas de los tambores, que son treinta euros en enero y treinta en junio, y las adelanto porque son treinta y porque los recupero en la cuota, y lo hago sin decirlo, y una vez, hace dos años, le mentí a Bruno sobre eso.
— No se lo digas que te lo dije — dijo Yaiza.
— Es que ya me lo has dicho.
— Ya. — Cogió la funda de la caja y se la echó al hombro—. Por eso te lo digo a ti.
Y se fue con la funda de la caja al hombro y sin mirar atrás, que es lo que hace siempre que decide que ya ha dicho bastante y que a partir de ahí el asunto es mío y no suyo.
———
Olaya se quedó a recoger, como todos los sábados.
Estuvo cuarenta minutos plegando sillas de cuatro en cuatro y apilándolas contra la pared del fondo, cogiéndolas por el travesaño, que es por donde hay que cogerlas, y a la una y veinte se fue el último de la banda y se cerró abajo la puerta de madera con el cristal esmerilado y aquel salón se quedó con veinte metros por doce de silencio y con dos ventanas abiertas y con nosotras dos.
— ¿Qué te ha parecido? — dijo.
— ¿Qué me ha parecido el qué?
— La acústica. Está muy alto de techo y yo pensé que iba a rebotar, pero con las cortinas puestas...
— Olaya, ¿cuánto has pagado?
Se paró con una silla plegada en la mano, la dejó encima de las otras despacio y sin ruido, que es como deja ella todo lo que pesa, y se giró hacia mí entera, con los pies y con los hombros, que es la única manera que tiene esa mujer de girarse.
— ¿Cuánto has pagado por las cañas y por los parches?
— Eso lo hablamos otro día.
— No, si ya sé cuánto has pagado, me lo ha dicho Yaiza. Mil quinientos ochenta euros. Lo que quiero saber es cuándo pensabas decírmelo.
— Hoy. Te lo iba a decir hoy, todo junto, cuando terminásemos.
— Después.
— ¿Cómo que después?
— Después, Olaya. Me lo ibas a decir después de que estuviera hecho.
— Y yo tenía la voz muy tranquila todavía, que es lo peor que me pasa, porque cuando de verdad me está subiendo algo la voz se me pone tranquila y suave y a mí eso me da un miedo espantoso—.
Igual que el salón. Igual que la lista de la federación, que la llevaste tú un lunes que librabas y me enteré por el sello.
Igual que el radiador. Igual que la pata del atril.
— La pata del atril llevaba doce años con un cartón.
— ¡Ya lo sé que llevaba doce años con un cartón! — Ahí ya no estuve tranquila—. ¡Era mi cartón!
Y ella se quedó mirándome desde el otro lado del salón sin entender absolutamente nada, y tenía todo el derecho del mundo a no entender nada, porque acababa de conseguirle a una banda de aficionados un local decente y diecisiete juegos de cañas buenas a cuarenta y cinco días del certamen del que dependen mi media jornada y el convenio y todo lo demás.
— Xandra, es que en el bajo la humedad en agosto sube y una caña abierta te tira una tarde.
— Ya lo sé.
— Y las cañas que compráis en enero son las que hay porque nadie ha llamado cuatro veces al almacén de Oviedo.
— Ya lo sé, Olaya. Lo sé todo. Llevo veintisiete años en esto.
— Entonces qué.
— Entonces que no me lo has preguntado.
———
Nos peleamos cincuenta minutos, y esto lo cuento porque en doce años no habíamos tenido una discusión de más de cuatro. Cuatro minutos, dos veces en doce años, las dos por una tontería de un coche.
Y hay que explicar por qué una banda de aficionados con un local mejor y con cañas nuevas puede ponerte así, porque dicho en frío no hay quien lo entienda y porque yo misma, mientras lo estaba diciendo, me oía y me daba la razón a la contraria.
Peña'l Cuervu es una entidad pobre y lo ha sido desde marzo del noventa y cuatro, cuando once personas se juntaron en una mesa de sidrería después de un invierno ensayando en el garaje de una nave de piensos con dos estufas y la puerta abierta para que saliera el humo.
Somos pobres de una manera que tiene su propio sistema: las cuerdas de los tambores se compran en enero, las cañas se compran en enero, si falla algo se pasa el sombrero, si sigue faltando se hace una espicha, y si aun así no llega se toca con lo que hay y se sale igual, y llevamos treinta y un años saliendo igual.
Eso no es una desgracia que haya que arreglar.
Eso es lo que somos, y es lo que hace que veinticuatro personas que no cobran un euro se levanten un sábado a las nueve de la mañana en agosto.
Llega alguien de fuera, mira aquello desde arriba, ve un problema de mil quinientos ochenta euros y lo resuelve en cuatro días. Y tiene razón. Ese es el asunto: que tiene toda la razón del mundo, y que en el momento en que lo resuelve deja de ser nuestro.
Nos dijimos cosas exactas, que es lo que hace daño.
No nos dijimos exageraciones, que se caen solas al día siguiente.
Nos dijimos cosas medidas, de las que uno ha ido guardando sin saber que las guardaba, y las soltamos una detrás de otra en un salón de sociedad recreativa con las cortinas granates y dos ventanas abiertas por las que entraba el ruido de la calle un sábado a la una y media.
Le dije que llevaba cuatro meses tratándome como a un contenedor mal estibado.
Que llega, mira, calcula el peso, y lo pone en el sitio donde estorba menos, y que si para eso hay que apartarse ella se aparta, y que lo hace con tanta tranquilidad que uno tarda años en darse cuenta de que le han movido de sitio.
Que mi banda no es un problema logístico.
Que mi cartón debajo de la pata era mío y llevaba doce años siéndolo.
Y ella me dijo, con esa voz suya de radio, corta y sin adornos, que no entendía por qué le estaba echando en cara haberla ayudado.
Que se lo explicara. Que ella no había hecho nada que no hubiera hecho por cualquiera, y que lo que sí sabe es que en agosto sube la humedad y que a cuarenta y cinco días no sobra una tarde.
— Ya lo sé que lo harías por cualquiera — dije—. Eso es exactamente lo que estoy diciendo.
— Pues no sé qué quieres.
— ¡Que me lo preguntes!
— Xandra, si te lo pregunto, dices que no.
Y ahí paró la pelea cuatro segundos, porque era verdad.
— Digo que no y luego lo hablamos — dije—.
Digo que no y luego lo pienso y luego digo que bueno, y luego la banda vota, y luego alguien propone poner cincuenta euros cada uno, y a lo mejor sale mal y nos quedamos en el bajo con humedad, y eso también es mío.
Es mi banda. Yo llevo cinco años dirigiendo esto gratis y adelantando treinta euros de cuerdas en enero, y eso es una porquería al lado de lo tuyo y me ha costado cinco años, y tú has llegado en abril.
— Yo he llegado en abril porque me llamaste a las tres de la mañana.
— Ya. — Cogí la funda del suelo—. Y esa es la única llamada que te he hecho en doce años que sirviera para algo.
Y entonces Olaya Prendes hizo una cosa que no le he visto hacer nunca, ni en doce años antes ni en los meses de después, y fue devolver el golpe, y devolverlo apuntando.
— Tú tampoco me cuentas nada.
— ¿Cómo?
— Que tú tampoco me cuentas nada, Xandra.
— Se apoyó en la pila de sillas y cruzó los brazos, y le salió la voz de radio, corta, sin adornos y sin subir ni medio tono—.
Me enteré de lo de Santiago por Yaiza en el comedor de la terminal.
Me enteré de que te ibas el fin de semana por el grupo de la banda.
En mayo estuviste una noche entera tocando sola en el local hasta las tres y me lo dijo el de la panadería, que te vio salir. Y llevas desde junio mirando el móvil.
— Yo no miro el móvil.
— Lo miras cuando crees que no te miro.
Y ahí estuvimos las dos calladas doce o quince segundos, en un salón de veinte metros por doce, con el ruido de un sábado de julio entrando por dos ventanas y con cuarenta sillas plegadas y apiladas contra la pared del fondo, y aquellos quince segundos eran el sitio exacto en el que yo tenía que decir que Iria Lousada había ido a ver a Bruno en abril y no a mí, y que yo llevaba desde el primer fin de semana de junio queriendo una cosa entera que no me había atrevido a poner encima de ninguna mesa, y que llevaba ocho semanas esperando una llamada.
No lo dije, y lo peor de todo es que cogí aire para decirlo, que es una cosa que se nota desde el otro lado de un salón de veinte metros por doce, y luego solté ese aire por la nariz y me quedé con la funda colgando de una mano.
— Yo te cuento lo que hay — dije.
— Ya.
— Es distinto.
— No sé en qué.
Se hizo un silencio largo en aquel salón.
Y luego dije la cosa que llevaba dentro desde una acera de la panadería, en junio, a las diez menos veinte de la mañana, y la dije despacio y sin levantar la voz, y no la dije para hacer daño, y lo hizo.
— Olaya. En doce años yo te he pedido dos mil cosas. Que me acerques, que me subas una bombona, que me enrosques una llave, que me dejes el coche, que te quedes, que me cojas el teléfono a las tres de la mañana. Dos mil. Y no me has dicho que no ni una vez.
— Ya.
— Y tú a mí no me has pedido ni una. — Me colgué la funda del hombro—. Ni una, en doce años. Ni un vaso de agua. Y yo llevaba toda la vida pensando que eso era que eres muy generosa.
— Es que a mí no me hace falta nada.
— Eso no es generosidad, Olaya. Eso es una puerta cerrada con la llave puesta por dentro, y yo llevo doce años en el rellano diciéndome que está abierta porque nunca he probado a empujarla.