Capítulo 17
El lunes por la mañana, en la cabina, a cuarenta metros de altura y con un buque abierto debajo, hice una lista mental de siete puntos entre el movimiento ciento seis y el ciento treinta, y a la hora de comer la pasé a papel en el comedor de la terminal, en el reverso de un albarán, con la letra pequeña que uso para las cosas del trabajo.
Uno. Cañas nuevas para el bloque entero, veinticuatro juegos, y las buenas, no las que compran ellos en enero para que aguanten el año.
Dos. Parches. Los tres tambores y el bombo llevan los mismos parches desde hace cinco años y el de Yaiza está tan pasado que ella lo compensa pegando más fuerte, que es la razón por la que le duele la muñeca en marzo y en octubre.
Tres. Un local decente para agosto, porque en el bajo de La Calzada hay humedad en la esquina del fondo y en agosto la humedad sube, y una caña abierta por la humedad se lleva por delante una tarde de ensayo, y a cuarenta y cinco días del certamen no sobra ninguna tarde.
Cuatro. El autobús de septiembre, que hay que reservarlo antes del quince y que nadie ha reservado.
Cinco. La lista de la federación, con los veinticuatro nombres y las veinticuatro fotocopias, que se cierra el quince de julio y que ya llevé yo un lunes que libraba.
Seis. Los turnos. El cuadrante de agosto salía el día veinte y había que estar delante.
Siete no lo apunté, porque el siete era decírselo a Xandra, y las cosas que uno va a hacer no hace falta apuntarlas.
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El proveedor de las cañas es un almacén de Oviedo que le vende a media Asturias y que tiene el teléfono puesto en una página que no actualiza desde hace seis años, y con ese hombre estuve hablando cuatro veces en dos días.
La primera llamada duró once minutos y fue educada. Me dijo que veinticuatro juegos de las buenas en julio era imposible, que las hace un señor a mano en su casa, que en verano ese señor no trabaja porque el calor le abre la caña, y que si quería me apuntaba para octubre.
La segunda llamada duró diecinueve minutos y fue menos educada, porque a la mitad me dijo que él a las bandas de aficionados les vende lo que hay, y le pregunté si a los grupos que van de gira les vendía también lo que hay, y hubo un silencio de esos que en el muelle se oyen por radio y que no significan que se haya cortado.
La tercera la hice el miércoles a las ocho menos cuarto de la mañana desde el aparcamiento de la terminal, con el móvil apoyado en el volante y el motor sin arrancar, y en esa llamada le dije tres cosas: que pagaba por adelantado y en una transferencia, que iba yo a recogerlas a Oviedo el sábado por la mañana temprano y que no le costaba ni un porte, y que si el señor que las hace a mano tiene un problema con el calor, yo tengo un sitio en el puerto donde se guardan cosas a temperatura constante y humedad controlada, y que se las guardo yo hasta septiembre y él se ahorra el disgusto.
Eso último es verdad. En una terminal de contenedores hay cámaras y hay armarios técnicos y hay un compañero de mantenimiento al que yo le arreglé un asunto de un seguro hace cuatro años.
— ¿Y usted quién es? — dijo el hombre.
— Soy de la Peña'l Cuervu.
— ¿La que dirige la neña esa de Xixón?
— Esa.
— Ya. — Se oyó papel—. Diecisiete juegos para el cinco de agosto. No hay veinticuatro, es que no los hay. Diecisiete.
— Diecisiete valen.
La cuarta llamada fue el jueves y fue para darle el número de cuenta, y me costó mil cuatrocientos veinte euros, más ciento sesenta de los parches, que esos los compré en otro sitio y llegaron en tres días.
Yo tenía en el banco los ochocientos euros de Nel, que llevaban dos meses sin ingresar en un sobre doblado por la mitad, y tenía los doscientos de julio que ya no le mandaba a nadie, y tenía cuatrocientos que llevaba desde marzo sin gastar en la ITV del coche.
No hice ninguna cuenta emocionante. Puse la transferencia el jueves a las nueve y cuarto de la noche desde el móvil, sentada en el sofá de mi casa, mientras en la tele daban un partido que no estaba viendo.
Lo del local fue más fácil de lo que parecía y más difícil de contar.
En La Calzada, a cuatrocientos metros del bajo municipal, hay una sociedad de las de toda la vida que tiene un salón grande con tarima, cortinas y un techo de cuatro metros y medio, y que abre dos tardes por semana para las partidas y una vez al mes para una comida.
Yo he entrado ahí cuatro veces en mi vida y todas de niña, porque mi padre jugaba al dominó los jueves.
El que lleva las llaves es un señor que fue estibador con él treinta años y que a mí me conoce desde que yo tenía siete y que la última vez que me vio fue en el tanatorio.
Me costó una tarde entera y dos cafés. No me costó dinero.
Le dije lo de la humedad, le dije lo de septiembre, le dije que eran veinticuatro personas dos veces por semana en agosto, que es el mes en que aquello está cerrado, y le dije que se lo dejábamos como estaba y que si se rompía algo lo pagaba yo.
Y el hombre estuvo veinte minutos hablándome de mi padre y de una huelga del ochenta y siete, y luego se levantó, abrió un cajón y me dio dos llaves con una anilla y una etiqueta de cartón escrita a boli.
— Toma.
— Muchas gracias.
— Nada. — Cerró el cajón—. Lo del Manolo fue una faena.
De aquel salón yo tenía tres recuerdos y los tres son de antes de los doce años: uno de un baile de Nochevieja al que me llevaron dormida y en el que me despertaron para las uvas, otro de una comida de Navidad de la sociedad en la que había mesas puestas hasta la puerta, y otro de mi padre de espaldas, en la mesa del fondo, con la mano en el aire por encima de una ficha de dominó, tardando en decidirse lo que tardaba en decidirse él, que era mucho.
Aquella tarde de julio, con las dos llaves de la anilla en la mano y con el salón vacío y con las cortinas granates descolgándose por un extremo, estuve un rato de pie en la puerta antes de encender la luz y no pensé absolutamente nada, que es lo que hago yo con eso desde hace dieciséis años y me ha ido bien.
Y los turnos. El cuadrante de agosto lo saca el jefe de operaciones el día veinte y hay cuatro días de margen para las permutas, y yo cambié dos, el del miércoles trece y el del sábado veintitrés, los dos con gente a la que le venían bien, y los dos me costaron un favor devuelto que ya estará devuelto en diciembre.
En la terminal, cuando uno cambia dos turnos en un mes, la gente da por hecho que tiene un asunto en casa y no pregunta.
Marino Cabranes preguntó, porque Marino pregunta.
— Van tres.
— Van dos.
— Van tres, neña, que el del trece de agosto es el segundo y el del sábado veintitrés es el tercero, porque el de junio también lo cambiaste. — Se limpió las manos en el pantalón, mirando hacia el buque—. Y no te digo nada, ¿eh? Yo no digo nada.
— Pues no digas nada.
— Yo lo único que digo es que lo que no se amarra se va, y que lo que se amarra demasiado también, que revienta el cabo.
— Marino, esa no te la había oído.
— Es que esa es nueva.
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En esas dos semanas vi a Xandra ocho veces y no le dije nada, y quiero dejar constancia de que no lo hice por sorprenderla, porque las sorpresas nunca me han gustado y porque a los treinta y seis años ya sé que a la gente que te quiere las sorpresas le sientan regular.
Lo que pasó fue mucho más aburrido. El martes por la noche, cenando en su casa con la ventana abierta y la raya de mar entre los tejados poniéndose morada, ella me contó lo del criterio firmado y lo de Sonia y la gabardina, y me lo contó dos veces, y en la segunda le tembló la voz en el punto tercero, en la parte de la acreditación documental.
Y yo tenía en aquel momento en la cabeza el nombre del almacén de Oviedo, y las dos llaves de la sociedad ya prometidas, y el número exacto de la cuenta a la que iba a hacer la transferencia el jueves, y podía haberlo puesto todo encima de la mesa del hule negro en un minuto y medio.
Y no lo puse porque no estaba terminado.
Esa es la explicación entera y no tengo otra.
En mi oficio no se anuncia un movimiento hasta que la carga está en el suelo, porque anunciar un movimiento a medias es cargarle a otro la mitad del peso, y en mi casa, desde que yo tenía veinte años, las cosas se han contado siempre con el problema ya resuelto y en pasado, que es como se las contaba yo a mi madre a los veintiuno para que no se levantara de la cama.
Nel oyó a los nueve años que ya estaba pagado el viaje del colegio.
Nunca oyó que hubiera habido que pagarlo.
— ¿Y tú qué tal? — me preguntó Xandra aquel martes, cuando ya recogíamos.
— Bien.
— ¿Bien bien?
— Bien normal — dije, y me reí, porque llevábamos un mes de broma con eso.
Y ella se rió también, y me dio un beso en la sien al pasar por detrás de mi silla con los platos, y en el fregadero se puso a hablar de un alumno que quiere tocar de pie, y yo me quedé con los dos codos en el hule y con el nombre de un almacén de Oviedo dentro de la boca.
———
Y el autobús. Llamé el jueves a la empresa que lleva los desplazamientos de las bandas del centro de Asturias, que es una que tiene tres autocares y un señor al teléfono, y reservé el del segundo sábado de septiembre para Llanes, ida a las siete y media de la mañana y vuelta cuando termine, con dos remolques pequeños para las fundas y el bombo.
Doscientos noventa euros, y esos sí los pagó la banda, porque estaban presupuestados desde enero y porque yo eso lo comprobé antes.
El viernes por la tarde monté el local con Nel.
Vino él porque tiene la furgoneta del taller y porque se lo pedí, que es de las pocas cosas que le he pedido a mi hermano en veinticuatro años, y estuvimos desde las cinco hasta las nueve y media subiendo sillas desde el bajo municipal a la sociedad, cuarenta sillas plegables de cuatro en cuatro, y los dos atriles, y la mesa, y el bombo, que va aparte y que no cabe tumbado.
Barrí la tarima. Nel cambió tres bombillas fundidas de la línea de la izquierda porque a él le da igual subirse a una escalera y a mí no me da igual desde hace dieciséis años y no lo he dicho nunca.
A las nueve y media estaba aquello puesto.
Las sillas en herradura, los bloques marcados en el suelo con la cinta aislante de color que había traído yo del puerto en mayo, el atril con la pata arreglada en su sitio, los diecisiete juegos de cañas todavía no, que llegaban el cinco, y los parches nuevos en cuatro cajas apiladas junto a la pared, y en la esquina de la tarima, contra la pared, no había humedad ninguna.
Me quedé un momento de pie en el centro de aquello con las manos vacías.
Cuarenta sillas, cuatro metros y medio de techo, cortinas granates, las posiciones de los bloques marcadas en un suelo que llevaba veinte años sin que lo pisara una banda, y diecisiete juegos de cañas hechas a mano por un señor que no trabaja en verano y que iba a trabajar en verano.
Once semanas antes yo no sabía lo que era un punteru.
Y ahí, sin ninguna razón, me froté con el índice el callo de la base del pulgar derecho, el que me hizo la palanca y que ya no se me va a quitar, y estuve haciéndolo un rato largo, mirando cuarenta sillas puestas en herradura en un salón que llevaba cerrado desde junio.
— ¿Y ella sabe algo? — dijo Nel, desde la puerta, con las llaves de la furgoneta en la mano.
— Se lo digo el sábado.
— ¿Le has dicho lo de las cañas?
— Se lo digo todo junto el sábado, que si se lo voy diciendo a trozos se agobia.
— Ya.
Bajamos a la calle y cerré con las dos llaves de la anilla, y en la acera Nel se apoyó en la furgoneta y no la abrió, y se quedó ahí con el brazo encima del retrovisor, que es lo que hace cuando va a decir algo que lleva pensado desde antes de venir.
— Olaya.
— Dime.
— ¿Tú por qué no le has preguntado a esa mujer qué necesita?
— Porque lo sé.
— Vale. — Se rió una vez, sin ninguna gracia—. Mira, yo tenía ocho años y tú venías a las reuniones del colegio con veinte y la tutora te miraba por encima del hombro buscando a un adulto. Y yo eso lo he contado en los bares toda mi vida y me he puesto muy digno contándolo.
— Nel, son las nueve y media.
— Y tú a mí no me has preguntado nunca nada tampoco.
— Se separó de la furgoneta—. Ni una vez.
Me ponías la cena delante, me hacías los papeles, me pagabas el seguro, y yo tenía que estar agradecido, y lo estaba, y a los diecinueve años me di cuenta de que no podía discutir contigo de nada porque tú siempre habías hecho más de lo que te tocaba.
— Eso es que estabas cómodo.
— Eso es que no había puerta. — Abrió la furgoneta y metió una pierna—.
Y esto que has montado hoy tampoco es querer, Olaya.
Esto es pagarte la tranquilidad por adelantado, que es lo que llevas haciendo conmigo desde que yo tenía ocho años, y a mí me ha durado dieciséis y a esa mujer no le va a durar tanto.