Lo que nunca te pedí Capítulo 16
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Capítulo 16

A las seis y veinte de la mañana, en el pasillo de mi casa, había una mujer en ropa interior arreglando la puerta de mi armario con un destornillador de estrella, y yo me quedé apoyada en el marco de la habitación mirándola durante un rato que se me hizo largo y que no fue largo, con la sábana por encima y sin saber qué hacer con la cara.

— Buenos días — dijo Olaya.

— ¿Qué haces?

— La bisagra. Tenía el tornillo pasado.

— Ya sé lo que tenía la bisagra. Digo qué haces.

Y ella levantó la puerta y la cerró, y la volvió a abrir y la volvió a cerrar, y me explicó lo del taco y la cola con esa precisión suya de procedimiento de trabajo, muy contenta, con el destornillador todavía en la mano, y a mitad de la explicación se le fue apagando la voz sola, porque yo no me estaba riendo.

Aquella noche había sido la mejor de mi vida y a las seis y veinte de la mañana yo estaba de pie en mi pasillo con ganas de tirar un destornillador por la ventana, y esas dos cosas no se llevan bien juntas y tardé tres semanas en entender por qué.

— Ven a la cama.

— Es que llevaba dos años torcida.

— Olaya. Ven a la cama, ho.

Vino. Se durmió veinte minutos y a las siete menos cuarto se levantó otra vez, y a las siete y diez ya estaba abajo poniendo el intermitente en el Campo Valdés, y yo me quedé en la ventana del salón, en la de la raya de mar entre los tejados, viendo cómo un coche salía de una plaza en la que no le habían puesto ninguna multa.

———

Julio empezó a las cuarenta y ocho horas y fueron seis semanas buenas, y las voy a contar como fueron, sin poner nada por encima.

La banda lo supo antes que nosotras, cosa que en una entidad de veintitrés personas con una edad media de cuarenta y un años no es ninguna sorpresa.

Lo supo el primer sábado de julio, que fue el sábado en que a Olaya le salieron los cuatro compases delante de todos y yo, en vez de decir bien, dije muy bien, Olaya, y en aquel local se hizo un silencio de tres segundos que no lo hace ni un director de orquesta.

— Bueno — dijo Yaiza Riestra, desde la caja, sin levantar la vista—. Pues ya está.

— ¿Ya está el qué?

— Nada.

En Casa Fermina, al vermú, el veterano del noventa y siete, que lleva en esto desde el noventa y siete y que tiene una manera de decir las cosas que no admite respuesta, se echó hacia atrás en la silla con el vaso en la mano y anunció a una mesa de doce personas que él lo había dicho en mayo.

— Tú lo que dijiste en mayo es que esta neña te gustaba más que la que se fue a Alemania.

— Y eso qué es, ¿latín?

Yaiza cobró aquella tarde, delante de todos, siete euros a cuatro personas distintas y en billetes de cinco con vuelta, y lo hizo apuntándolo en el reverso de un posavasos con una parsimonia de comercial de suministros industriales que llevaba tres años esperando ese momento, y cuando la señora que limpia el colegio le dijo que aquello era feísimo, apostar sobre la vida de la gente, Yaiza le contestó que ella no había apostado sobre la vida de nadie, que había apostado sobre una fecha.

— ¿Y qué fecha pusiste tú? — pregunté.

— Mira. — Guardó el posavasos en el bolsillo de atrás—. Yo puse junio y me pasé por doce días. Y no vuelvo a apostar contigo nunca, que llevas doce años bordeando y una se cansa.

Y se fue a la barra, que es lo que hace cuando decide que ya ha dicho bastante.

De ahí en adelante la banda se portó como se porta una banda, que es fatal y muy bien a la vez.

Hubo dos semanas de chistes malísimos sobre las clases particulares.

Hubo un cambio espontáneo en el orden de la herradura que colocó a Olaya cuatro sillas más cerca de mi atril y que nadie reconoció haber hecho.

La señora que limpia el colegio le trajo a Olaya un táper de casadielles envuelto en un paño y no me dio a mí ninguno, cosa que le eché en cara y sobre la que no dio explicaciones.

Y Bruno Argüelles, que en tres semanas no dijo una sola palabra del asunto, se sentó un sábado en la silla de al lado de la de Olaya, que es la peor del local, la de debajo de la humedad, y se quedó allí toda la mañana, y desde entonces esa silla es la de los dos.

———

El primer domingo de julio comí en La Calzada, en casa de Fina Coto, y no era la primera vez, que yo he comido en esa cocina lo menos veinte veces en doce años. Sí fue la primera vez que Olaya me lo pidió.

— ¿Vienes el domingo?

— ¿A comer con tu madre?

— Y con Nel. — Estaba montando la Roxa encima de la mesa de la estufa y no levantó la vista—. Ha hecho pitu.

— Olaya, ¿tu madre sabe algo?

— Mi madre sabe todo. Mi madre no dice nada. Eso son cosas distintas.

Fina Coto tiene sesenta y dos años, las manos de veintiséis limpiando oficinas por horas y una manera de servir la comida que consiste en levantarse cuatro veces por plato.

Aquel domingo pidió perdón once veces, que las conté yo por gusto, y dos de ellas fueron por el agua, que estaba del tiempo, y una por la obra de la calle de al lado, que lleva desde febrero y que no es suya.

— Perdona, hija, que no lo puse a enfriar.

— Está bien así, mamá.

— Es que se me fue el santo.

Nel llegó tarde, con el pelo mojado de la ducha del taller y oliendo a disolvente de barnizar cascos, me dio dos palmadas en el hombro y se sentó, y estuvo cuarenta minutos preguntándome cosas de la gaita con un interés que a mí me pareció genuino hasta que entendí que lo que quería era saber cuánto tiempo tarda un adulto en aprender, y por qué lo quería saber, y a quién estaba mirando mientras lo preguntaba.

— Mi hermana lleva tres meses.

— Tu hermana lleva tres meses y toca cuatro compases.

— ¿Y eso es mucho o es poco?

— Eso es mucho.

— Ya. — Cogió una aceituna y se la comió con hueso y todo—. Es que ella nunca dice si una cosa es mucho o es poco. Dice que va bien. Lleva diciendo que va bien desde el dos mil nueve.

Fina, que estaba de pie con la fuente en la mano y que no había abierto la boca en veinte minutos, dijo entonces una cosa muy corta que a mí se me quedó dentro dos semanas, y la dijo mirando el mantel, y la dijo bajito.

— Es que a esta nunca le preguntamos.

Y se sentó, y se levantó otra vez a por el pan, y pidió perdón por el pan.

———

La tarde de Tazones fue el segundo domingo de julio y fue idea mía y la pedí como pido yo las cosas, que es en la puerta y con el abrigo puesto.

— Oye, ¿me llevas a Tazones?

— ¿Ahora?

— Son cuarenta minutos.

— Son cincuenta y cinco.

— Bueno, ho, cincuenta y cinco, tampoco es Lugo.

Bajamos por la ría de Villaviciosa con las ventanillas abiertas y llegamos a las siete de la tarde, que es la hora buena, cuando los autobuses ya se han ido y el pueblo se queda con la gente de las casas y con cuatro mesas puestas en la cuesta.

Comimos oricios fuera de temporada, que están malísimos y los pedí yo, y luego pixín, y bebimos una botella entre las dos, y estuvimos en el muro del puerto viendo entrar dos barcas y una tercera que dio dos vueltas antes de amarrar y que Olaya siguió con los ojos y de la que dijo, en voz baja, que aquel hombre no había amarrado en su vida.

Tazones tiene dos calles, la de arriba y la de abajo, y las dos son una cuesta, y en la de abajo hay una casa con la fachada de piedra y una parra vieja que llega hasta el balcón del primero, y debajo de esa parra estuvimos hora y media sentadas en un poyete sin hacer absolutamente nada.

Yo hablé de la banda quince minutos y luego me callé.

Olaya me contó, sin que yo le preguntara y sin que viniera a cuento de nada, que su padre la llevó allí una vez cuando ella tenía once años, en un coche prestado, y que comieron bocadillos en aquel mismo muro, y que él le explicó lo del calado y lo de las mareas de la ría con una seriedad de estibador que a ella entonces le pareció aburridísima y que ahora es lo único que recuerda entero de aquel hombre.

Doce años. Doce años y esa historia no la sabía yo, y no la sabía porque nunca se la había preguntado, y me pasé el resto de la tarde sin decir eso en voz alta y notándolo debajo de todo lo demás.

Y al subir la cuesta hacia el coche, entre las casas, con la luz de las nueve y media dándonos por la espalda, Olaya Prendes me cogió la mano.

En la calle. En una cuesta de un pueblo de doscientos habitantes, con dos señoras sentadas en la puerta de una casa y con un perro. Lo hizo sin decir nada, sin mirarme, andando al mismo ritmo de siempre, y no me la soltó hasta el coche.

Yo llevaba dos meses viéndola calcular el peso de todo antes de moverlo, y aquella cuesta la subió sin calcular nada, y a mí se me puso una cosa en la garganta que tuve que tapar preguntándole si íbamos a llegar a la última ronda de Casa Fermina.

Hubo también un miércoles de mediados de julio en que a Olaya le tocó turno de tarde y yo me presenté a las diez de la noche en la puerta de la terminal, en el aparcamiento de fuera, sin avisar, con dos bocadillos y un termo prestado, y estuve cuarenta minutos apoyada en la valla mirando las grúas encendidas y esperando a que bajara una mujer de una cabina que estaba a cuarenta metros por encima de mi cabeza y que desde abajo era un rectángulo de luz amarilla del tamaño de un sello.

Nunca la había visto trabajar. Doce años y no la había visto trabajar, y aquella noche vi una caja de cuarenta pies bajar los últimos tres metros a una velocidad distinta de la de los diez anteriores y posarse sin ruido, y luego otra, y luego otra, y no había ni un solo movimiento de más.

En esas seis semanas Iria Lousada no me llamó.

Yo miraba el móvil. Lo miraba a las tres de la mañana y a las once y a las cuatro y media de la tarde, y me sabía las palabras exactas que había usado debajo del soportal, que fueron hablamos en unas semanas y que yo no tengo ninguna prisa, y cada vez que Olaya me preguntaba qué tal el día yo le contaba lo del alumno que quiere tocar de pie y lo del autobús de septiembre y lo de la humedad del local, y no le contaba lo del móvil, y tecleaba con los dedos la digitación del tercer bloque contra el muslo, uno-dos-tres, el paso ese que no me sale, uno-dos-tres, debajo de la mesa de un chigre de Cimavilla, y paraba en cuanto me daba cuenta.

———

Sonia Muñiz vino al local el tercer sábado de julio, a la una menos cuarto, con la gabardina abrochada hasta arriba en julio y con la misma carpeta azul.

— Buenos días. Perdonad que os interrumpa.

— Sonia, que es la una menos cuarto, que ya hemos terminado.

— Ya. Es que he mirado la hora para no interrumpiros.

Sacó de la carpeta dos folios grapados y me los puso en la mano, y la banda, que estaba enfundando y hablando de dónde ir a comer, bajó el volumen sin que nadie lo mandara, que es una cosa que hacen quince personas a la vez y que no se aprende en ningún sitio.

Aquel sábado la banda había tocado el programa entero seguido por primera vez, con las tres piezas en el orden en que iríamos a Llanes y con un descanso de cuatro minutos entre la segunda y la tercera para las cañas, y había salido bien, y yo había dicho en voz alta, delante de veinticuatro personas, que a mí ya me valía.

Ese era el ambiente que había en aquel local a la una menos cuarto de un sábado de julio cuando bajó las escaleras una mujer de cuarenta y cuatro años con una gabardina abrochada hasta arriba.

Era el criterio. El que le pedí yo en abril, el que le pedí para tener algo en la mano y para que la gente no me discutiera a mí.

Estaba redactado en el castellano de las actas, con un preámbulo de nueve líneas y con un punto tercero que decía, con todas sus letras, que la renovación del convenio por el periodo siguiente queda condicionada a la acreditación documental de resultado en los tres primeros puestos de la categoría correspondiente en certamen oficial celebrado dentro del ejercicio.

— Está firmado — dije.

— Está firmado. Lo firmó el jefe de servicio el martes.

— O sea que ahora ya no es que lo diga el pleno. Ahora es un papel con una firma que dice que si quedamos cuartos se acabó.

— Sí.

Y Sonia Muñiz, que tiene cuarenta y cuatro años y una carpeta azul y que lleva doce viendo pasar esta banda por delante de su ventana los domingos de Ramos, se quedó de pie en mitad del local con las dos manos vacías, sin apoyarlas en nada, y no se fue.

— Xandra, ojalá pudiera darte otra cosa.

— Ya lo sé, Sonia.

— Yo lo he peleado. — Le tembló un poco—. Lo he peleado en dos reuniones y perdí las dos, y no te lo digo para que me lo agradezcas, que no hay nada que agradecer. Es que necesitaba decírtelo antes de irme.

Ojalá hubiera venido con cara de funcionaria.

Ojalá me hubiera soltado el papel encima del atril de nadie y se hubiera marchado con la gabardina abrochada, porque contra eso yo sé estar, y llevo cinco años sabiendo estar contra eso, y lo que no sé es qué hacer con una mujer del ayuntamiento a la que le tiembla la voz en mi local un sábado a la una menos cuarto.