Capítulo 15
Yo me sé aquel piso mejor que el mío. Sé que la puerta de entrada roza abajo por la derecha y hay que levantarla un dedo, que el interruptor del pasillo está a la altura equivocada porque lo puso un cuñado de la dueña en el noventa y siete, que la cómoda del pasillo tiene la esquina a la altura exacta de la cadera de una persona de mi estatura, que el grifo del baño hay que cerrarlo con dos vueltas y media, y que en el armario del pasillo, en el segundo estante, está la manta que he sacado yo cien veces para dormir en el sofá del salón con los cojines apilados en el suelo en el mismo orden.
Aquella noche entré en aquel piso y no supe dónde estaba.
Xandra dejó la funda contra la pata de la mesa, que es donde la deja siempre aunque venga de la compra, y las llaves encima del hule, y se quedó de pie en su propia cocina con las manos en los bolsillos de atrás y sin encender la luz grande, con la del pasillo dando desde detrás y con la ventana del salón, la de la raya de mar entre los tejados, todavía azul a las diez y veinte de la noche, porque en junio aquí no se hace de noche nunca del todo.
— Oye — dijo.
— Dime.
— ¿Tú quieres estar aquí?
— Sí.
— Que no te estoy preguntando si te parece razonable, ¿eh? Que eso ya sé lo que contestas. — Se rió y le salió a media altura, sin la potencia de siempre, y a mí esa risa a medio gas me hizo más que todo lo del cerro—. Te estoy preguntando si quieres estar aquí.
— Xandra, llevo cuarenta minutos sin decir una palabra porque si abro la boca digo algo de logística.
— Ay, madre.
— Estaba pensando en el coche. Lo tengo abajo, en el Campo Valdés, y ahí a las ocho de la mañana pasan.
— Olaya.
— Ya lo sé.
Me quité la chaqueta, y me la quité despacio porque tenía las manos raras, y ella me la cogió y la dejó en el respaldo de una silla en vez de colgarla, y luego cruzó los tres pasos que hay en esa cocina de una punta a otra y me puso las dos manos en la cara.
———
Nos besamos de pie contra el marco de la puerta del pasillo un rato largo, y en algún momento de ese rato largo yo estaba llevándolo igual que llevo una carga: con las dos manos, con firmeza, midiendo, adelantándome medio segundo a lo que iba a hacer ella para que no le costara nada.
Le tenía la nuca cogida con la derecha y con la izquierda le estaba abriendo la puerta de la habitación por detrás sin mirar, para que no tuviera que buscarla, y ese es exactamente el tipo de cosas que yo hago sin enterarme desde los veinte años.
Xandra se apartó dos centímetros.
— Para.
— ¿Qué pasa?
— Que llevas cuatro minutos haciéndome el trabajo. — Tenía la respiración alta y le estaba costando poner la voz—. Que me estás abriendo puertas.
— Es que está ahí.
— Ya sé que está ahí, ho, que es mi casa. — Se rió con la frente pegada a mi barbilla—. Ven.
Y no supe qué hacer con las manos, que es una frase que la gente dice sin pensarla y que aquella noche fue literal.
Yo tengo dos manos que han hecho todo lo que había que hacer en dieciséis años: han firmado recibos, han doblado papel de aluminio en pico, han subido colchones por la escalera de Cimavilla, han movido cuarenta toneladas con un margen de dos centímetros.
Nunca en la vida se habían quedado sin instrucciones.
Y allí, de pie contra el marco de una puerta de un piso de cincuenta y dos metros, se quedaron sin instrucciones y se pusieron a inventar, y lo que inventaron fue abrir puertas, que es lo único que sabían.
Me llevó de la muñeca. La habitación de Xandra es pequeña, con la cama pegada a la pared del norte y una lámpara de pie que da una luz naranja que no vale para leer, y con partituras en la silla, y en aquella cama me he sentado yo doce años a hablar con ella mientras se pintaba los ojos para salir.
Se sentó en el borde y me sentó a mí a su lado, y ahí, en vez de seguir, me cogió las dos manos y me las puso boca arriba encima de sus rodillas, y estuvo un rato mirándomelas.
— Estas manos van muy deprisa.
— Estas manos llevan doce años quietas.
— Ya. — Me pasó el pulgar por el callo de la base del pulgar derecho, el que me hizo la palanca y que ya no se va a quitar, y se quedó ahí—. Pues ahora vamos despacio.
Y fuimos despacio, y fue lo más difícil que he hecho en mi vida.
Me quitó la camiseta ella, y yo levanté los brazos y me quedé sin saber dónde ponerlos después, y eso a los treinta y seis años tiene su gracia y las dos nos reímos, y luego se quitó la suya y yo dejé de encontrarle la gracia a nada.
Xandra tiene las manos pequeñas y rapidísimas, con las yemas de la izquierda endurecidas del punteru desde los siete años, y esas yemas duras contra la piel de las costillas son una cosa que no se parece a ninguna otra y que yo llevaba dos meses notando en el esternón por encima de una camiseta.
— Túmbate.
— Ya me tumbo.
— Túmbate y no hagas nada.
— Eso es mucho pedir.
— Ya lo sé lo que estoy pidiendo — dijo—. Otra vez.
Me tumbé. Y ella se puso encima, con una rodilla a cada lado, y me sujetó las dos muñecas contra el colchón sin apretar nada, con las palmas abiertas, del mismo modo exacto en que me coge la muñeca derecha para bajarme el hombro en un aula municipal con las ventanas abiertas, y se quedó ahí, sin moverse, mirándome desde arriba con el pelo cayéndole hacia delante y la luz naranja de la lámpara por detrás.
— Respira.
— Estoy respirando.
— Estás respirando arriba. — Me soltó la muñeca izquierda y me puso la palma abierta debajo de las costillas, en el hueco blando ese de la boca del estómago, y empujó hacia dentro con dos dedos—. Aquí. Empuja contra mi mano.
Y yo, que llevaba cuarenta minutos sin poder decir una frase que no fuera de logística, cogí aire donde me habían enseñado a cogerlo, abajo, contra la mano, y solté en dos tiempos, y me deshice.
No hay otra manera de contarlo. Una carga de cuarenta toneladas colgada de un spreader se balancea y el operador la para con un movimiento contrario y minúsculo del pulgar, y a eso se le llama amortiguar, y yo llevo seis años amortiguando cosas y aquella noche, en una cama de Cimavilla con una mujer encima y una mano debajo de mis costillas, no amortigüé absolutamente nada.
Se me fue el cuerpo. Se me fue de una manera que no le he descrito nunca a nadie y que no pienso describir aquí del todo, y Xandra se quedó quieta encima de mí con la palma abierta esperando a que aquello pasara, sin apurarme, respirando ella también abajo para que yo la copiara, y cuando se me pasó me besó en la mandíbula, en el sitio donde ella me pone los dedos para cambiarme el ángulo del soplete, y bajó.
Bajó despacio. Se paró en el esternón y dijo aquí, y yo dije aquí, y siguió.
Y a partir de ahí yo dejé de tener opiniones sobre nada por primera vez en dieciséis años, con las dos manos abiertas en las sábanas y sin buscar el suelo con el pie, y en algún momento le pregunté si podía tocarla y ella dijo que llevaba dos meses esperando esa pregunta, y luego dijo que sí, y luego se rió y dijo que sí otra vez y que no hacía falta que lo preguntara todo, y luego dijo que bueno, que preguntarlo sí, que preguntarlo estaba bien.
Le puse la mano donde ella me había puesto la suya en abril, debajo de las costillas, y noté desde dentro cómo cogía el aire, y se lo dije, y le pedí una cosa sin ninguna dificultad porque no era grande, que era que no se callara.
No se calló. Xandra Bousoño habla hasta cuando le va el aire por otro sitio, y aquella noche dijo mi nombre entero tres veces, y a la tercera se le fue la voz por arriba y se le quedó ahí, y a mí eso, que es un fallo de embocadura básico que ella le corrige a los guajes de nueve años, me pareció lo mejor que había oído en mi vida.
Y hubo una cosa más, que la cuento porque es la que me sigue pareciendo importante: en algún momento de aquella hora dejé de saber qué hora era, y eso a mí no me pasa desde los veinte años.
Yo sé siempre qué hora es. Me despierto a las seis menos cinco sin despertador, calculo de cabeza cuánto tardo en llegar a un sitio con dos semáforos de más, y en la cabina sé sin mirar cuántos movimientos llevo y cuántos me quedan.
Aquella noche, entre la una y las dos y algo, no supe la hora, y cuando la supe otra vez ya era tarde y no me importó.
Hubo torpeza. Hubo un momento en que las dos fuimos a movernos hacia el mismo lado y nos dimos un cabezazo en la sien que dolió de verdad, y estuvimos riéndonos un minuto largo con la cara en la almohada y sin poder parar, y luego hubo que empezar otra vez desde bastante atrás, cosa que a mí, que en el trabajo no repito un movimiento dos veces, me pareció al principio un fracaso y a los cuatro minutos otra cosa.
Y hubo un momento peor, hacia el final, en que Xandra me dijo algo y yo no supe qué contestar y me quedé callada, y ella se paró y me preguntó si estaba bien, y yo dije que sí, y ella dijo que se lo dijera de verdad, y yo dije que sí de verdad, que era que no me había pasado nunca que alguien preguntara.
No apagamos la lámpara. No se cayó nada de la mesilla.
Se oía el mar por debajo de los tejados y una tele en el piso de abajo, y a las doce y algo Xandra se quedó dormida encima de mi brazo con el pelo hacia atrás y la boca abierta, que es como duerme desde siempre y como yo la he visto dormir tres veces en doce años, en un autobús, en un sofá y en una sala de espera.
Yo dormí dos horas y veinte minutos.
Las otras cuatro las pasé despierta boca arriba en una cama de Cimavilla con el brazo dormido debajo del peso de otra persona y sin moverlo, contando las respiraciones de esa mujer igual que ella me contó las mías a través de un tabique de pladur de nueve centímetros hace años, aunque eso yo entonces no lo sabía.
Y no estuve pensando en nada de lo que se supone que se piensa.
No estuve pensando en si aquello complicaba lo de septiembre, ni en Marmañán, ni en la lista de la federación del quince de julio.
Estuve pensando, con un detalle que a estas alturas me parece ridículo, en que en aquella casa faltaba una junta de goma en el grifo del baño y en que la ventana del salón cerraba mal por arriba y en que las bombillas del pasillo eran de las de veinticinco vatios y no daban para leer.
A las cinco y media el cielo empezó a hacer lo que hace en junio a las cinco y media, y a las seis menos veinte yo ya sabía perfectamente lo que iba a hacer y ya me había dicho que no lo iba a hacer.
———
En el techo de aquella habitación hay una grieta que sale de la esquina de la ventana y muere a un palmo de la lámpara, y yo la conozco desde hace nueve años porque desde el sofá del salón, con la puerta abierta, se ve un trozo. Aquella madrugada la vi entera por primera vez y desde el otro lado.
A las seis menos cinco le saqué el brazo de debajo sin despertarla, que es una maniobra que se aprende cuidando a un crío de ocho años con fiebre y que no se olvida, y me quedé sentada en el borde de la cama mirando una grieta del techo que conozco desde el sofá de aquella casa.
A las seis y cuarto ya estaba en el pasillo con un destornillador de estrella en la mano.
La puerta izquierda del armario del pasillo lleva torcida desde hace dos años.
La bisagra de arriba tiene el tornillo de dentro pasado, con la rosca comida, y por eso la hoja cae dos milímetros y roza abajo con el suelo y hay que levantarla un dedo para cerrarla, y cada vez que Xandra saca la manta del segundo estante levanta esa puerta con la cadera sin darse cuenta de que la está levantando.
Lleva dos años haciéndolo. Yo llevo dos años viéndoselo hacer.
Y aquí hay que explicar una cosa que a mí me costó tres semanas y una discusión entera entender, y que aquella mañana yo no habría sabido decir ni con una pistola en la sien: yo no me levanté a arreglar la bisagra porque no supiera estar quieta.
Me levanté porque a las seis menos cinco de la mañana, con el brazo dormido debajo del peso de otra persona, me había pasado por la cabeza la idea de quedarme allí una hora más.
Dos milímetros de bisagra y quince minutos de trabajo, y ya no le debía nada a nadie.
En la caja de herramientas que le regalé yo hace cuatro navidades y que está donde la dejé yo hace cuatro navidades había un destornillador de estrella, tacos de madera de los que sobraron de una estantería y un tubo de cola.
Saqué el tornillo pasado. Metí una astilla del taco con cola dentro del agujero, esperé lo que hay que esperar, volví a meter el tornillo y lo apreté, y la hoja subió los dos milímetros y se quedó donde tenía que haber estado los últimos dos años.
La abrí y la cerré cuatro veces para comprobarlo.
Y a la cuarta, con la mano todavía en el tirador y en ropa interior y camiseta en el pasillo de un piso de Cimavilla a las seis y veinte de la mañana, levanté la cabeza.
Xandra estaba en la puerta de la habitación, apoyada en el marco, con la sábana por encima y el pelo de haber dormido, mirándome a mí y mirando el destornillador.
Y no le hacía ninguna gracia.