Capítulo 14
El martes di cuatro horas de clase seguidas y las di mal, y lo sé porque el de las cinco, que viene obligado por su padre y que en trece años no me ha mirado a la cara, me preguntó a las seis menos diez si me pasaba algo.
Le dije que no me pasaba nada y que tocara el cuarto ejercicio.
Lo tocó fatal. Se lo hice repetir seis veces sin decirle qué estaba haciendo mal, que es exactamente lo que no hay que hacer con un crío de once años y lo que a mí me hicieron a los nueve y lo que me juré a los veintiuno que no iba a hacerle a nadie.
Bajé a La Calzada andando por la calle Marqués de San Esteban con la funda dándome en la cadera y el sol de las siete pegando de lado en los cristales, y por el camino repasé lo que llevaba cuatro días repasando, que era la frase de Olaya en la acera de la panadería, entera, con sus tres puntos y sus dos motivos: que tú tienes lo de Santiago, que yo no te voy a montar aquí un lío, que en septiembre habría un problema donde ahora no lo hay.
Es una frase perfecta. Yo llevaba cuatro días admirándola.
Es la clase de frase que se construye entre las tres y las tres y media de la mañana por una mujer que lleva dieciséis años calculando pesos antes de moverlos, y no tiene ni una junta mal hecha, y por eso no había manera de meterle mano por ningún sitio.
Y debajo de la frase perfecta estaba lo otro, que me lo había dicho ella misma sin enterarse: que llevaba cinco semanas sabiendo lo de Marmañán y no me había preguntado.
Ni una vez. Ni un cómo te fue, ni un qué te dijeron, ni un y ahora qué, nada, cinco semanas de acercarme a Cimavilla y de traerme bombonas y de cerrarme las ventanas del local, con eso dentro y la boca cerrada, esperando a que se lo contara yo.
Y yo no se lo conté.
Llegué al local a las siete y veinte. Olaya estaba sentada en la silla del fondo, la peor, la de debajo de la humedad, con la Roxa montada encima de las rodillas y las dos ventanas abiertas de par en par, y llevaba allí desde las seis y media, cosa que yo no sabía aquel día y que supe en septiembre.
———
El ensayo fue el peor que he dirigido en trece años y lo dirigí yo.
Empezamos con notas largas, que es como empezamos siempre, y a la tercera le dije que estaba respirando arriba.
No estaba respirando arriba. Se lo dije igual.
Luego hicimos la escala picando y le dije que el meñique lo tenía tieso, y lo tenía como lo tiene siempre, con el tendón corto de cargar peso desde los veinte años y con la postura que nos inventamos las dos con un lápiz encima del muslo, y se lo dije igual, y ella lo corrigió sin preguntar nada, porque no pregunta nunca, porque hace lo que le digo desde el primer día de abril y a mí eso llevaba dos meses gustándome de una manera que aquel martes me dio asco.
A las ocho menos veinte le pedí los cuatro compases de la marcha, los que le habían salido limpios el viernes.
No salieron. Se le fue el aire en el segundo. Volvió a empezar sin que se lo dijera y se le fue en el tercero, y a la cuarta vez le entró el roncón desafinado y lo apagó ella con la mano y se quedó mirando el punteru.
— Otra vez.
— Es la caña.
— No es la caña, la caña la cambiaste hoy. Otra vez.
— Xandra, llevo cuarenta minutos y no me está entrando el aire.
— Pues empuja contra la mano.
— ¿Contra qué mano?
Y ahí me callé, porque estaba a metro y medio de ella sentada en mi silla con los brazos cruzados, sin levantarme, igual que llevaba cuatro días sin levantarme, y porque en aquel local había una sola mano de la que hablar y las dos sabíamos exactamente dónde estaba.
Estuvimos veinte minutos más. Se le atascó el meñique dos veces, entró tarde tres, y en un momento de la última se le fue el fuelle entero y la gaita hizo ese ruido de animal que hace cuando se le acaba el aire de golpe, y en el silencio de después se oyó una moto en la calle y a alguien arrastrando un contenedor de basura.
— Lo dejamos — dije.
— Otra vez.
— Que lo dejamos, Olaya. A partir de aquí ya no se aprende, ya solo se cogen vicios.
— Es que hoy no he tocado nada.
— Hoy no vas a tocar nada, mira, es que hoy no hay nada que sacar.
— Me levanté y empecé a cerrar la ventana de la izquierda, y me salió una voz que no era la de dar clase ni la de dirigir—.
Y no es culpa tuya. Que es que estoy yo insoportable, que llevo toda la tarde insoportable, que al de las cinco le he hecho repetir un ejercicio seis veces por la cara.
Olaya no dijo nada. Desmontó la Roxa encima de la mesa pieza por pieza, le secó el fuelle con el paño, la guardó en su funda de cuero y cerró la correa, y luego se quedó de pie con la funda en la mano y con esa manera de estar quieta que tiene, con el peso repartido en los dos pies y sin buscar dónde apoyarse.
— Sube al coche — dije.
— ¿A dónde vamos?
— A que te dé el aire.
———
Aparcamos abajo, en la cuesta que sale del Campo Valdés, y subimos andando.
Al cerro de Santa Catalina se sube por la izquierda o por la derecha y las dos son cuesta, y a las nueve menos veinte de un martes de finales de junio la gente que sube es gente de aquí, que va sin prisa y sin fotos, con el perro o con nadie.
Había orbayu. Del que no cae y no moja, el que está, el que te deja el pelo con un brillo raro a los diez minutos y la chaqueta con una capa de agua que no llega a gota.
Abajo, a la izquierda, la playa de San Lorenzo entera con la marea a media subida y el Muro con la gente andando de punta a punta, y a la derecha, del otro lado, Cimavilla cayendo hacia el puerto deportivo con los tejados mojados brillando de aquella manera.
Subimos los primeros doscientos metros sin decir nada.
Y en esos doscientos metros yo tomé una decisión, y lo digo así porque es exactamente lo que pasó y porque no me había pasado nunca.
Yo no decido cosas. Yo pido veinte cosas pequeñas al día y las cosas grandes las dejo que vengan, y si vienen las cojo y si no vienen digo que ya me lo imaginaba y me río muy alto, y llevo así desde los diecinueve años, con bastante comodidad, todo hay que decirlo.
Aquella cuesta la subí decidiendo.
En el primer tramo estuve todavía dándole vueltas a la frase perfecta de la acera, y a los tres puntos y a los dos motivos, y a lo razonable que era todo, y me acordé de que Olaya había construido esa frase en una noche, entre las tres y las tres y media, sola, en su casa, para quitarse de en medio antes de estorbar.
En el segundo tramo, donde la cuesta se pone seria y hay que hablar más despacio, me acordé de lo que hizo hace quince años una mujer que yo conozco muy bien, que fue borrarse del conservatorio por internet, en una tarde, sin hablar con una sola persona.
Y en el tercer tramo, ya arriba, con el viento del noroeste entrando entero y el ruido del mar contra las rocas de abajo, entendí una cosa que llevaba cuatro días delante y que no había querido mirar: que aquella frase de la acera y aquel borrarme del conservatorio son el mismo movimiento hecho por dos personas distintas, que es quitarse de en medio antes de que te quiten, y que si yo aceptaba aquel pacto con una sonrisa grande y un menuda tontería, ho, íbamos a estar las dos treinta años más así, cómodas, riéndonos, con las ventanas abiertas y a metro y medio.
Y que la única que podía romperlo era yo, porque Olaya Prendes no rompe nada.
En la explanada de arriba hay hierba y hay viento y hay dos bancos, y desde el borde se ve la ciudad entera puesta de canto: San Lorenzo a la izquierda con la marea a media subida, la desembocadura del Piles al fondo, Cimavilla debajo con los tejados mojados, y a la derecha, pasado el puerto deportivo, la línea gris del Musel con las grúas pórtico alineadas y quietas contra el cielo, que desde ahí arriba parecen bichos enormes dormidos y que a las nueve y media de un martes no lo están, porque en El Musel se trabaja de noche y porque una de esas cabinas de allá abajo, la segunda contando desde el rompeolas, tiene el suelo de cristal y una mancha en el vaho con la forma de unas botas.
Estuve un rato mirando aquello, con el orbayu de lado y las manos en los bolsillos, calculando por primera vez en doce años la distancia real que hay entre el sitio donde vivo y el sitio donde esa mujer se pasa ocho horas al día sin que nadie le vea la cara.
Cuatro kilómetros y medio. Es lo que hay. Nunca lo había mirado.
Arriba del cerro, en la explanada, está el Elogio del Horizonte, que es una cosa enorme de hormigón que parece un torreón partido y que la gente de fuera fotografía y la gente de aquí usa.
Se usa metiéndose debajo, en el centro exacto, entre las dos patas, y quedándose quieto.
Ahí dentro el mar se oye distinto. No más fuerte: distinto, redondeado, como si el hormigón se hubiera puesto a repetir por dentro lo que pasa abajo, y si hablas se te devuelve la voz por detrás de la cabeza y te callas sin querer.
Yo llevo desde los siete años metiéndome ahí debajo.
Bruno me subió una tarde de diciembre y no me explicó nada, que es su sistema.
En la explanada había cuatro o cinco personas a esa hora, la gente de siempre: una mujer con dos perros, un hombre mayor sentado en el banco de la izquierda mirando el mar de frente, dos críos de catorce años sentados en el muro con las piernas colgando hacia fuera y con toda la vida por delante.
En septiembre, en aquella misma explanada, cuando sube el viento del noroeste, la hierba se pone plateada por rachas y se ve venir el aire desde el agua antes de que te llegue a la cara, y es la única vez del año en la que una entiende del todo por qué esta ciudad está puesta donde está.
— Métete — dije.
— ¿Ahí?
— Ahí. En el medio. Cállate y espera.
Olaya se metió debajo con las manos en los bolsillos de la chaqueta y se quedó en el centro, quieta, mirando al frente, hacia la boca abierta de aquello y hacia el mar de detrás, con el pelo corto pegado por el orbayu y los hombros anchos y esa paciencia suya de esperar de pie a que las cosas se coloquen solas. Estuvo callada casi un minuto entero.
— Se oye.
— Se oye, ¿verdad?
Y era verdad que se oía, y siempre me ha parecido que ese ruido no lo hace el mar, que lo hace el hormigón acordándose del mar, que es una tontería que pienso desde los siete años y que no le he dicho nunca a nadie.
— Se oye como suena la bodega de un buque cuando está vacía y todavía queda gente dentro.
— Ay, ho, qué manera de decir las cosas tienes.
— Es que es eso.
Me metí yo también. Cabemos dos de sobra y cabrían seis, y sin embargo la gente que se mete ahí debajo con otra persona se pone siempre a un palmo, y no sé por qué es, y he visto hacerlo a matrimonios de setenta años y a críos de doce.
— Olaya.
— Dime.
— Lo de la acera de la panadería. — El hormigón me devolvió mi propia voz por detrás de la oreja y me la hizo sonar más pequeña de lo que yo la había mandado—. Lo estuve pensando cuatro días y está muy bien pensado.
— Es lo razonable.
— Es lo razonable, sí. Es lo más razonable que he oído en mi vida. — El viento entraba por la boca de aquello y salía por arriba, y abajo el mar rompía contra la punta de las rocas con esa cosa hueca de junio—. Y yo no quiero eso.
Olaya se giró media vuelta hacia mí. No dijo nada. Y ahí, en ese silencio, cualquier otro día de los últimos doce años yo habría metido una frase graciosa de las dos que tengo siempre preparadas, y me habría reído fuerte, y habríamos bajado la cuesta hablando del autobús de septiembre.
— Lo he decidido subiendo — dije—. Desde abajo, desde el coche. Toda la cuesta. Para que sepas que no es de ahora, que no es de estar aquí arriba con esto sonando, que lo traigo decidido desde el Campo Valdés.
— Xandra.
— Y no te estoy pidiendo nada, ¿eh? — Y eso fue verdad y fue mentira y las dos cosas a la vez, y me salió con la voz un tono más alta, y el hormigón me la devolvió entera para que la oyera bien—. Que a ti no te voy a pedir nada. Que ya me conozco.
Y entonces le puse las dos manos donde llevo dos meses poniéndoselas, una abierta en el esternón y la otra en la muñeca derecha, en los sitios exactos donde una profesora de gaita le coloca el cuerpo a una alumna adulta en un aula municipal con las ventanas abiertas, y no le corregí nada.
La besé debajo de aquello, con el mar sonando por dentro del hormigón y el orbayu entrando de lado, y esta vez no fue un accidente de las doce y veinte de la noche, y las dos lo supimos, porque Olaya me cogió por la cintura con las dos manos a los dos segundos y porque yo llevaba una cuesta entera decidiéndolo.
Bajamos por la izquierda, por donde se sale a la calle de la Trinidad. No hablamos. No hablamos en toda la bajada, ni en la travesía de Cimavilla, ni en los tres pisos sin ascensor, y yo saqué las llaves en el segundo rellano para no tener que pararme delante de la puerta.