Lo que nunca te pedí Capítulo 13
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Capítulo 13

Lo que hice después de besarla fue mirar el reloj del móvil, decir que eran las doce y veinte y ponerme a cerrar las dos ventanas del local, y lo cuento así de seco porque así de seco fue: cerré la de la izquierda, cerré la de la derecha, comprobé las dos fallebas como me había visto hacerlo a ella en la escuela, desmonté la Roxa encima de la mesa de la estufa pieza por pieza con las manos completamente firmes, le sequé el fuelle por dentro con el paño y la guardé en su funda de cuero con el hilo rojo, y todo eso lo hice mientras Xandra Bousoño seguía de pie junto a la fuente del agua con un vaso de plástico en la mano y sin decir absolutamente nada, que en ella es un fenómeno atmosférico.

La llevé a Cimavilla en el coche. Fueron nueve minutos.

Ella habló siete de los nueve, de un alumno suyo que se ha empeñado en tocar de pie porque ha visto un vídeo, y del alquiler del autobús para septiembre, que hay que reservarlo en junio o no hay, y yo conduje mirando la carretera y contesté lo justo, y en la esquina de la calle Recoletas, con el intermitente puesto y el coche parado, se quedó dos segundos con la mano en la manilla.

— Bueno — dijo.

— Bueno.

— Hasta mañana, ho.

Subí a casa, me duché, me acosté a la una y cuarto y estuve despierta hasta las tres y media haciendo una cosa que se me da muy bien y que llevo haciendo desde los veinte años, que consiste en coger un asunto grande, mirarlo desde arriba, calcularle el peso, y ponerlo en el sitio donde estorbe menos.

A las tres y media ya lo tenía colocado.

A las seis y cuarto sonó el despertador y me lo repasé entero mientras me hacía el café, y estaba bien, y a las nueve, cuando bajé al coche para ir al local, era ya una cosa razonable, ordenada y completamente terminada, con sus tres puntos y sus dos motivos, del tamaño exacto de una carga que se sujeta con una mano.

———

La panadería de la esquina del local abre a las siete y a las diez menos veinte todavía huele a la primera hornada.

Aparqué en doble fila, entré a por el pan de la banda, que lo llevo yo desde el segundo sábado porque nadie más lo llevaba, y al salir con la bolsa Xandra venía andando por la acera de enfrente con la funda al hombro y el pelo todavía mojado.

Cruzó. Se paró delante de mí en la acera, a metro y medio, con las dos manos en la correa de la funda.

— Buenos días.

— Buenos días.

— ¿Compraste pan?

— Compré pan.

— Vale. — Se rió, muy corta—. Estupendo. Todo controlado, entonces.

Y ahí es donde yo dije lo que llevaba desde las tres y media de la mañana preparado, de pie en una acera de La Calzada a las diez menos veinte, con una bolsa de pan en la mano y con quince personas a punto de bajar por aquella misma acera, que fue exactamente el sitio y la hora que yo había elegido sin decirme a mí misma que lo estaba eligiendo.

— Oye. Lo de anoche.

— Ay, madre.

— Que no lo compliquemos.

Xandra dejó de sonreír de una manera que no fue brusca. Se le fue apagando en dos tiempos, primero la boca y después lo de alrededor, y se quedó mirándome con la correa de la funda cogida con las dos manos.

— ¿Que no lo compliquemos.

— Tú tienes lo de Santiago — dije—. Y eso es un año entero de cosas, y de viajes, y de gente, y no sé cómo va a salir ni tú tampoco, y lo que no vas a hacer es tener aquí un lío montado mientras decides eso. Y yo tampoco te lo voy a montar.

— Lo de Santiago.

— La prueba con Marmañán.

— Ya sé lo que es lo de Santiago, Olaya. — Y ahí se le puso una voz que yo no le conocía, plana, sin acabar las frases hacia arriba—. Digo que cómo lo sabes tú.

— Me lo dijo Yaiza en mayo. En el comedor de la terminal.

— En mayo.

— El día que fue a firmar lo de los guantes.

Se quedó callada. Por la esquina de arriba aparecieron dos de la banda con las fundas y nos saludaron con la mano desde treinta metros, y Xandra les devolvió el saludo levantando el brazo entero, con una sonrisa que le salió automática y perfecta, y luego bajó el brazo y volvió a mí.

— ¿Y por qué no me has dicho nada en cinco semanas?

— Porque no me lo habías contado tú.

— Ya. — Miró la bolsa del pan. Miró la acera—. Ya, claro.

— No es un reproche, Xandra. Es que tú cuentas las cosas cuando están hechas, y yo eso lo sé desde hace doce años y me parece muy bien.

Solo digo que ahora mismo tienes eso encima de la mesa y que lo de anoche estaba de más, y que a mí me pilla en una semana de turnos cambiados, y que si nos metemos ahí ahora lo que va a pasar es que en septiembre haya un problema donde ahora no lo hay. Ya está. Es eso. No es nada más.

Yo llevaba veintiséis horas construyendo aquello y me salió limpio, con las juntas bien hechas, y todavía hoy me parece la cosa mejor argumentada que he dicho en mi vida.

Xandra se quedó un rato mirando el escaparate de la panadería y luego se dio la vuelta y me sonrió, y fue una sonrisa grande, de las de verdad, de las que le salen cuando le ponen delante un plato de algo que le gusta.

— Pues claro que sí, ho. — Me quitó la bolsa del pan de la mano—. Que menuda tontería, si al final va a parecer que aquí ha pasado algo. Anda, abre, que estos vienen con hambre.

Y bajó los tres escalones delante de mí, y encendió la luz del fondo, y le pidió a Yaiza un favor tonto antes incluso de que Yaiza hubiera entrado por la puerta.

———

El ensayo del sábado duró dos horas y media y fue de los buenos.

Lo que no calculé, porque no se calcula, es lo que iba a costarme decirlo en aquella acera y lo poco que iba a costarle a ella aceptarlo.

La marcha entró a la primera. El segundo bloque, que siempre tapa, no tapó, porque Xandra les hizo tocar cuatro compases solos y luego con la banda, que es un truco que usa cuando quiere que se oigan a sí mismos sin decirles que se están oyendo mal.

A mí me sentó por primera vez dentro del bloque de atrás, entre la señora que limpia el colegio y el chaval de la empanada, con la Roxa, para tocar los ocho primeros compases y callarme, y me callé exactamente donde me dijo.

Tocar dentro de un bloque no se parece en nada a tocar solo, y eso lo descubrí aquel sábado a las once y cuarto de la mañana con la Roxa en los brazos y con la señora que limpia el colegio a mi derecha.

Uno cree que va a oírse a sí mismo y no se oye.

Lo que se oye es una masa que viene de todas partes a la vez, y dentro de esa masa está tu nota, y tu trabajo consiste en meterla ahí sin que se note que la has metido tú, que es exactamente lo contrario de todo lo que había aprendido en mayo y en junio en un local vacío.

La señora que limpia el colegio me dijo al oído, entre pieza y pieza, que a ella le costó cuatro años y que se lo dijo la primera vez su marido, que ya no está, y que la manera de saber que uno está dentro es que deja de oírse y no le da miedo.

Bruno estuvo toda la mañana en su silla, junto a la estufa apagada, con la boina puesta y el bastón entre las rodillas, y a mí me dio un golpe en el suelo en la primera entrada y ninguno más en dos horas y media, cosa que en aquel hombre es un informe favorable con firma y sello.

Al terminar me dijo cuatro palabras, que fueron que la Roxa suena mejor cuando la tocan, y luego se puso la boina que ya llevaba puesta y se fue a la Sidrería Casa Fermina andando por la acera de la sombra.

Al terminar, mientras recogíamos las sillas, Xandra me pasó por detrás por el hueco que hay entre dos filas y me puso la mano en la espalda para que la dejara pasar, dos dedos primero y luego la palma entera, que es lo que hace todo el mundo en un sitio estrecho y lo que llevaba doce años haciéndome sin que yo lo apuntara en ningún sitio.

Y en Casa Fermina, al vermú, Yaiza Riestra se sentó enfrente de mí y no dijo absolutamente nada durante veinte minutos, que en Yaiza Riestra es una acusación formal.

Y ahí ya estaban corriendo las noventa y una horas.

El domingo comí en La Calzada con mi madre y con Nel, que trajo un cargador de batería para el coche de Fina y estuvo cuarenta minutos explicándome por qué el que yo le había comprado en marzo era peor, con un detalle y una crueldad que le agradecí.

Mi madre pidió perdón siete veces, dos de ellas por el pan.

Yo estuve toda la comida notando que estaba en otro sitio y haciendo lo que hago siempre en esos casos, que es preguntar por la obra de la calle de al lado.

Mi madre sacó el arroz con leche quemado con el hierro que era de su madre y se sentó y se levantó otra vez, y en algún momento del postre me preguntó si aquella chica de la gaita seguía viniendo a comer alguna vez, y yo le dije que sí, y ella dijo ah, qué bien, y se puso a recoger los platos que no había que recoger todavía.

— Estás rara — dijo Nel en el rellano.

— Estoy de turno de mañana.

— Tú llevas de turno de mañana desde el dos mil doce.

— Nel.

— Que sí, que me callo. — Bajó tres escalones y se paró—. Es que mamá lo ha preguntado dos veces.

El lunes libré y me pasé cuatro horas en el local a solas con la Roxa, porque tengo llave desde lo del radiador, y aproveché las cuatro, y a las nueve de la noche apareció Xandra por la puerta con dos bocadillos y con la excusa de que venía a por unas partituras guardadas dentro del armario que no se abre.

Estuvimos hasta la una. No pasó nada, y lo digo sabiendo perfectamente lo que quiere decir que no pase nada durante tres horas y media en un bajo de sesenta metros cuadrados con las ventanas abiertas: pasó que a las once me colocó el meñique izquierdo con dos dedos y me lo sostuvo cuatro segundos donde no hacía ninguna falta sostenerlo, y que a las doce y media, buscando las dos a la vez el paño del fuelle en el cajón de la mesa, nos chocamos los hombros y ninguna de las dos se disculpó, que es una cosa que hacemos siempre y que aquella noche no hicimos.

El domingo por la tarde, en casa, saqué el papel con los ejercicios que me había escrito Xandra en abril con esa letra suya de dar clase, redonda y grande, y lo miré un rato sin ponerme a tocar.

Está escrito a boli azul en el reverso de una fotocopia de un horario de la escuela, tiene tres puntos numerados y una flecha, y en la esquina de abajo, donde no había sitio, hay una nota que dice tres sesiones, TRES, en mayúsculas y subrayado dos veces.

Lo tengo pegado con celo dentro de la puerta del armario del pasillo desde el ocho de abril y sigue ahí.

Fue una semana en la que trabajé bien, además, que es lo que suele pasarme.

En la cabina no hay hueco para nada, y aquellos días yo subía los ochenta y cuatro peldaños con una tranquilidad que no me correspondía y me pasaba ocho horas moviendo cajas de cuarenta pies con un margen de dos centímetros y contestando por radio con monosílabos, y a las dos de la tarde bajaba la escalera y me esperaba todo puntualmente en el aparcamiento, como esperan los perros de la gente en la puerta de los supermercados.

— Neña — me dijo Marino el lunes, desde la caseta del señalero—. Tú has adelgazado.

— Yo peso lo que pesaba en marzo.

— Entonces es lo otro.

— ¿Qué otro?

— Lo otro — dijo, y se metió dentro y cerró el cristal, que a los cincuenta y siete años y con cuarenta en el muelle uno ya sabe cuándo hay que irse.

Y hubo una cosa más, que la apunto porque me la apunté entonces.

Aquel pacto lo había construido yo el sábado de madrugada para no estorbar, y a los tres días ya me estaba estorbando a mí, porque una persona que se pasa el día calculando dónde puede poner las manos deja de tener las manos disponibles para otras cosas, y el lunes por la noche se me fue el aire cinco veces en un pasaje que llevaba una semana saliéndome.

Eso, en mi oficio, tiene un nombre: cuando el operador está pendiente de la carga en vez de estar pendiente del recorrido, la carga se balancea. Y la carga se balanceó.

El martes ella tenía clase de tres a siete y yo entré a las seis de la mañana y salí a las dos.

Dormí hora y media con las persianas bajadas y el ventilador puesto, me levanté a las cuatro, comí de pie, cambié la caña de la Roxa por una que había estado a remojo desde el domingo, y a las seis y media ya estaba en el local con la gaita montada encima de la mesa de la estufa y con las dos ventanas abiertas de par en par, y me senté en la silla del fondo a esperar hora y cuarto, que es lo que llevo haciendo desde abril y lo que no le he dicho a nadie.

A las siete y veinte Xandra bajó los tres escalones con la funda al hombro. Dejó las llaves y el móvil en una silla, sin mirarme. Se quedó de pie junto a la puerta, con la mano todavía en el interruptor de la luz del fondo que ya estaba encendida.

Noventa y una horas. Las tengo contadas porque las conté.