Lo que nunca te pedí Capítulo 12
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Capítulo 12

Junio en Xixón es el mes en que se puede tener una ventana abierta a las once de la noche sin pagarlo, y aquel junio yo tuve las dos del local abiertas desde el día ocho hasta el día veintinueve, todas las noches menos los domingos, con la luz del fondo encendida y con la estufa apagada por primera vez desde noviembre, y por esas dos ventanas a ras de acera entraban los pies de la gente que volvía del Muro, y una moto cada media hora, y el olor de la panadería de la esquina, que enciende los hornos a las tres y que a las once ya está oliendo a la masa del día siguiente.

Empezó porque Olaya no podía los martes.

Le habían cambiado el cuadrante en la terminal, y ella me lo dijo el último sábado de mayo con esa manera suya de dar noticias, que consiste en darlas ya resueltas, con la solución delante y el problema detrás, de modo que en vez de decirme que no podía venir a clase los martes me dijo que si a mí me venía bien podíamos hacerlo entre semana por la noche en el local, que ella tenía llave desde que le puse la llave de purga al radiador, y que si no me venía bien no pasaba nada, que ya lo arreglaba de otra manera.

Yo le dije que vale antes de que terminara la frase.

No pregunté cómo lo iba a arreglar de otra manera.

Llevo doce años sin preguntar eso y aquel mayo tampoco fue el mes en que empecé.

Y así fue como en el mes de junio, tres o cuatro noches por semana, entre las nueve y media y la una, en un bajo municipal de La Calzada con las ventanas abiertas y sin nadie más dentro, estuvimos Olaya Prendes y yo y una gaita de mil novecientos sesenta y uno.

La Roxa suena a otra cosa y no hay manera de explicarlo sin ponerse pesada, así que lo voy a decir por el lado del oficio: una gaita moderna suena limpia y arriba, y suena igual el lunes que el jueves, y eso está muy bien porque en una banda de veinticuatro lo que se necesita es que veinticuatro cosas suenen igual.

La Roxa suena por debajo. Tiene el segundo armónico gordo, cosa que en un bloque es un problema y en una gaita sola es exactamente la razón por la que un hombre de Cangas hacía cuatro al año.

Y tiene una nota, la sexta, que se va un pelo de lo que dice el afinador y que lleva sesenta y cuatro años yéndose, y que es la nota por la que Bruno Argüelles no la ha vendido nunca aunque en dos mil once le ofrecieron por ella lo que cuesta un coche.

La primera noche estuve una hora enseñándole a Olaya a atarla y a desatarla, que no es igual que las de ahora, y a no dejarla nunca de pie contra una pared, y a secarle el fuelle por dentro con un paño y a no meterle nada de lo que se vende ahora para las humedades.

La segunda noche le dije que la tocara y no la tocó.

Se quedó con ella en las rodillas, sentada en la silla del fondo, y me dijo que aquella semana practicaba con la de la escuela y que a la otra ya empezaba.

— Olaya, es una gaita. Las gaitas se tocan.

— Ya.

— Que no es un jarrón, ho.

— Es que si le hago algo.

— ¿Qué le vas a hacer? — Le quité la de la escuela de las manos y se la aparté—. Bruno la ha tenido veinte años metida en un armario y eso sí le hace algo. Toca.

Tocó. Y la primera nota que le salió por aquel punteru de madera negra, en un local vacío con las ventanas abiertas, la oyó todo el que estuviera pasando por la acera, porque yo me asomé después y en la acera había un hombre parado con un perro.

———

Tres semanas de eso.

Yo llevo trece años dando clase y he tenido ciento y pico alumnos, y con todos hago lo mismo, que es hablar poco y colocar mucho, porque esto no se aprende con palabras: se aprende con una mano ajena que te pone el codo cuatro centímetros más abajo hasta que tu propio brazo se acuerda solo.

Con los guajes de nueve años lo hago sin pensarlo.

Con la señora de las seis, que tiene sesenta y tantos y que se disculpa por ocupar su propia hora, lo hago pidiendo permiso cada vez y ella cada vez me dice que faltaría más.

Con Olaya, en junio, en aquel local, empecé a avisar antes de tocarla y no había empezado a hacerlo en abril.

— Te voy a bajar el hombro.

— Bájalo.

Y se lo bajaba, y ella lo dejaba bajado, y yo volvía a mi silla y le decía otra vez, y ella lo hacía otra vez, y a la cuarta o a la quinta se le colocaba solo y entonces yo no tenía ya ninguna razón para levantarme, y me quedaba en la silla, con las manos en el respaldo de la de delante, diciéndole cosas desde metro y medio como una directora de banda y no como una profesora, que es lo que soy los martes y los jueves de tres a siete.

La respiración fue lo primero que se le quedó.

En dos meses y medio Olaya aprendió a coger el aire donde se coge, abajo, contra la mano, y a soltarlo en dos tiempos, y a mí me da mucha risa que esa mujer, que en su vida ha soltado nada, aprendiera a soltar el aire antes que ningún alumno que yo haya tenido.

La mano izquierda le costó tres semanas más.

El meñique se le quedaba tieso porque tiene el tendón corto de cargar peso desde los veinte años, y hubo que buscarle una postura que no está en ningún libro y que nos inventamos entre las dos una noche a las doce y media con un lápiz encima del muslo.

Aprendí también, en aquellas tres semanas, que Olaya Prendes no se queja.

Y no digo que aguante mucho, que eso lo aguanta cualquiera que haya cargado sacos; digo que no emite.

Un adulto que empieza con el fuelle tiene el hombro izquierdo destrozado a los diez días, y eso lo sé porque llevo trece años viendo a gente llegar a la tercera semana con una bolsa de guisantes congelados metida en el abrigo.

Ella no dijo nada. Se lo saqué el día quince, tocándole el trapecio para colocarle la postura, porque se apartó dos centímetros antes de acordarse de que no se tenía que apartar.

— ¿Desde cuándo?

— Desde el jueves.

— ¿Y por qué no me lo dices?

— Porque no lo iba a arreglar diciéndolo.

Y la boca fue lo último. El soplete no se muerde, se sostiene, y ella lo mordía, y cada vez que lo mordía se le iba el aire por la comisura izquierda y había que parar y volver a empezar, y yo le decía suelta la mandíbula, y ella la soltaba, y a los dos minutos volvía a apretarla, porque una mujer que lleva dieciséis años sosteniendo una casa aprieta los dientes hasta cuando duerme, y eso lo sé yo desde una noche de hace nueve años en la que la oí hacerlo a través de un tabique.

Hubo una noche, el doce o el trece, en que no dimos clase.

Llegó con una cara de haber hecho ocho horas mirando hacia abajo a través de un suelo de cristal y de haber discutido con alguien por radio, y se sentó en la silla del fondo y montó la Roxa sin decir nada, y a los diez minutos yo le dije que dejáramos las notas largas y que se pusiera a hacer lo que le diera la gana.

Estuvo una hora sacando de oído la de aires de Villaviciosa, que lleva oyéndonosla desde abril y que no le he enseñado nunca.

Se equivocó cuarenta veces. La sacó entera.

Y yo estuve esa hora sentada en mi silla con la gaita en las rodillas sin corregirle absolutamente nada, que es lo más difícil que hace un profesor y lo que a mí me sale peor, viendo a una mujer de treinta y seis años buscar una nota a tientas en un instrumento que no es suyo con una paciencia que a mí me habría durado ocho minutos.

Esa noche cerramos a la una y veinte y bajamos la persiana entre las dos, que es una persiana que hace un ruido en esa calle a esa hora que te lo agradecen los vecinos con toda el alma, y en la acera, con las llaves en la mano, llevaba tres semanas sin llamar a nadie a las tres de la mañana y no me había hecho ninguna falta, porque a la una y veinte ya lo había contado todo.

El día veinte, un viernes, tocó cuatro compases de la marcha de procesión enteros y limpios, con el fuelle constante y sin que se le fuera nada, y cuando terminó se quedó mirando el punteru con una cara que no le he visto ponerle a ninguna otra cosa en doce años.

— Otra vez — dije.

— Ha salido.

— Ya lo sé que ha salido. Otra vez.

— ¿Por qué otra vez si ha salido?

— Porque si sale una vez es que ha habido suerte y si sale tres es que sabes. — Me eché hacia atrás en la silla y crucé los brazos—. Y porque quiero oírlo otra vez.

———

Fue esa misma noche.

A las doce menos cuarto le dije que parásemos, porque a partir de cierto punto ya no se aprende, y en vez de recoger me quedé sentada con mi gaita en las rodillas y le toqué cosas, que es lo que hacía Bruno conmigo cuando yo tenía diez años y quería quedarme más rato: tocarme tonadas viejas y contarme de dónde venían.

Le toqué una de Somiedo, y una de las de la mina que se cantan sin gaita y que yo hago igual, y una que aprendí en un pueblo de Cangas del Narcea con veinticuatro años y una libreta.

Y luego, sin pensarlo, porque llevaba tres semanas de junio con las ventanas abiertas y porque a las doce de la noche en un local vacío una hace cosas que no haría en la vida a las once de la mañana, le toqué la de la página cuarenta y uno.

Es lenta. Empieza abajo y sube a la sexta, que en la Roxa se va un pelo pero en la mía no, y el adorno del segundo compás no es de aquí, me lo inventé con veintidós años en un autobús que iba al Natahoyo y lo he corregido treinta veces sin cambiarlo nunca.

Dura tres minutos y medio. La toqué entera con los ojos en la ventana de la izquierda, por donde pasaron unos pies y luego otros, y cuando levanté el punteru y apagué el roncón con la mano, Olaya estaba sentada en la silla del fondo con la Roxa en las rodillas y las dos manos quietas encima.

— ¿De qué va esa?

— Es una que tengo a medias.

— Ya. Pero de qué va.

— Pues no va de nada, ho, que las tonadas no van de nada, que no son una película. — Me levanté a por el agua, que estaba a dos metros y que no me apetecía—. Que van de lo que va la música, que es de nada.

— Xandra.

— ¿Qué?

— Que llevas tres semanas diciéndome que una tonada es una cosa que alguien contó.

— Eso lo dice Bruno.

— Eso lo dices tú.

Bebí agua. Dejé el vaso. Volví a cogerlo y bebí otra vez, y luego dije que aquella era de una carretera, y que era de una carretera de noche, con la costa a la izquierda, y que yo la había empezado en un autobús, y que la parte del segundo compás era del ruido de las juntas del asfalto, y a mitad de esa frase me oí a mí misma y supe cómo estaba sonando, porque no se puede escribir un adorno en re menor a base del ruido de las juntas del asfalto y porque yo, que llevo mintiendo bien desde los diecinueve años sobre lo del conservatorio y sobre lo de mi padre y sobre lo mucho que me presta que todo esté bien, no he sabido mentir en mi vida sobre esa tonada.

— La empecé con veintidós — dije al final, y eso sí era verdad—. Y no está terminada. Y ya está.

Olaya no dijo nada. Y no dijo nada de la manera en que no dice nada ella, que no es un silencio de los que empujan, sino uno de los que esperan de pie sin balancearse, y yo llevo doce años sabiendo que ese silencio no se rompe por cansancio porque esa mujer aguanta más que yo y que cualquiera.

Otras veces lo he llenado con veinte frases atropelladas.

Aquella noche, en un local con las ventanas abiertas y con la panadería de la esquina oliendo ya a la masa del día siguiente, no se me ocurrió ni una.

En trece años dando clase he aprendido que las mentiras se oyen.

Un crío de nueve años te dice que ha ensayado en casa y tú lo sabes en el segundo compás, y no por la técnica, sino porque el que ha ensayado entra con una seguridad que no se finge y el que no ha ensayado entra pidiendo perdón.

Yo aquella noche entré pidiendo perdón, con lo de las juntas del asfalto, y a Olaya Prendes se le nota en la cara cuando algo no le cuadra, y no le cuadró, y no preguntó, que es lo que hace ella con todo lo que sospecha que no le van a contar.

Dejó la Roxa apoyada contra la pata de la mesa de la estufa, que es donde dejo yo la mía y donde no la deja nadie más, y se levantó, y cruzó los cuatro metros del local sin ninguna prisa, con esa manera de andar que tiene de ir siempre al mismo ritmo, y yo estaba de pie junto a la fuente del agua con el vaso de plástico todavía en la mano y con dos frases graciosas ya preparadas en la boca, porque siempre tengo dos frases graciosas preparadas y en trece años no me ha fallado ninguna.

Se paró a un palmo. Me miró un segundo, y en ese segundo se me acabaron las dos frases.

Y entonces Olaya Prendes, que no ha empezado nada en su vida, que espera de pie sin balancearse a que las cosas se coloquen solas, que se sienta de espaldas a la pared en todos los bares del mundo por si tiene que salir, levantó la mano derecha y me la puso abierta en el esternón, en el mismo sitio exacto en el que yo llevaba dos meses poniéndole la mía, con el mismo gesto y con la misma calma, y esperó tres segundos con la palma ahí y sin apretar.

— Aquí — dijo.

Y me besó.