Capítulo 11
Mi puerta hace un ruido distinto cuando la abre Xandra, y no es por la llave, que es la misma llave, sino porque yo meto la mía y empujo con la rodilla en el mismo movimiento y ella gira, saca, y se queda un segundo largo con la mano en el picaporte antes de entrar, siempre, desde hace once años, un segundo entero de comprobar algo que no me ha dicho nunca qué es.
Ese domingo lo oí desde la habitación, con la luz baja del salón colándose por la puerta entreabierta y con Rocío hablándome de un promotor que le había mandado un correo a las once de la noche, y lo primero que hice, antes de levantarme, antes de decir nada, fue mirar el reloj de la mesilla y calcular que el autobús de Santiago entra a las once y veinte y que desde la estación a mi portal hay ocho minutos andando deprisa.
Salí al pasillo con la camiseta puesta y descalza.
Xandra estaba en el recibidor con la mochila colgando de un dedo, la funda de la gaita al hombro, el pelo mojado y la llave todavía en la mano derecha, mirando un abrigo que no era el mío colgado en el perchero de la entrada, y cuando levantó la cabeza y me vio le pasó por la cara, en menos de un segundo, una cosa que yo no había visto nunca en doce años y que se llevó por delante todo lo que hubiera detrás.
— Ay — dijo—. Ay, ay, ay. Perdona. Perdona, ho.
— No pasa nada.
— Que no, que sí que pasa, que yo qué sé, que vengo aquí como si esto fuera... — Se rió. Le salió alta y rápida, dos tonos por encima de su risa—. Que vengo del autobús y ni lo pensé, mira qué tonta.
— Xandra.
— No, no, si me voy. Si ya me voy. Es que llegué y me bajé y subí para acá andando sin pensarlo, y ya está, y no pasa nada, ¿eh?, que ya te contaré, que no era nada, era una tontería.
Rocío salió al pasillo detrás de mí con el jersey por encima y las gafas puestas, y las dos se dieron dos besos en el recibidor de mi casa con una educación que a mí me pareció, en aquel momento, la cosa más rara que había pasado nunca en aquella casa, y Rocío dijo que ella era Rocío y Xandra dijo que ella era Xandra y que era la de la gaita, y luego dijo que si sabía lo de la gaita, y Rocío dijo que sí, que algo le habían contado, y Xandra se rió otra vez y dijo que le estaba enseñando a esta y que iba muy bien, que iba muy bien de verdad, que en septiembre la sacábamos y todo.
Estuvieron hablando tres minutos en la puerta.
Yo estuve tres minutos de pie en mi propio pasillo, descalza, sin decir nada, oyendo a la mujer con la que llevaba doce años cogiendo el teléfono a las tres de la mañana explicarle a otra mujer, muy deprisa y con las manos, el sistema de puntuación del certamen de Llanes.
— Bueno, que me voy, que mañana tengo el día completo. — Ya estaba en el rellano—. Y perdona otra vez, ¿eh?
— ¿Qué tal Santiago?
Se paró en el primer escalón, con la funda dándole en la cadera, y se giró media vuelta.
— Bien.
— ¿Bien bien?
— Bien normal — dijo, y bajó.
Cerré la puerta y me quedé un momento con la mano en el pomo, porque esa frase era mía, era exactamente mía, se la había dicho yo en un aula de la escuela tres semanas antes y me la acababa de devolver en la escalera con el envoltorio puesto, y desde el rellano se oyeron sus pasos bajando de tres en tres y luego el portal, y luego nada.
Rocío estaba apoyada en el marco de la cocina con los brazos cruzados.
— No me lo habías descrito bien — dijo.
— ¿A quién?
— Ya.
———
Rocío me dejó el miércoles, y lo hizo bien, que es lo que hace todo el que la conoce a los diez minutos y lo que yo llevaba seis semanas comprobando sin agradecérselo lo bastante.
Quedamos en una terraza de la plaza del Marqués a las ocho de la tarde, con la marea baja y ese olor a puerto viejo que sube cuando el agua se retira, y ella pidió un vermú y yo una caña, y estuvimos veinte minutos hablando de un edificio de la calle Corrida que llevaba nueve meses discutiéndose consigo mismo, y cuando el camarero se llevó los vasos Rocío se subió las gafas con el nudillo y puso las dos manos encima de la mesa.
— Oye, que voy a decirte una cosa y que no es un drama.
— Vale.
— Yo esto lo dejo aquí. — Lo dijo sin bajar la voz y sin ponerle música—. Y no es por lo del domingo, que del domingo no me importa nada, que yo llevo dos años saliendo de una cosa larga y no estoy para exclusivas ni para nada parecido.
— Entonces por qué.
— Porque llevo seis semanas cenando con una mujer que mira el teléfono por si suena. — Se encogió de hombros, muy poco, lo justo—. Y no lo miras por si te escribo yo, Olaya. Yo estoy delante.
En el puerto, cuando una carga se descuelga y ves que se va, tienes medio segundo para decidir si la sujetas o la sueltas, y el medio segundo es todo, porque si la sujetas mal te llevas la mano por delante.
Aprendí a soltar a los veintidós años y desde entonces suelto muy bien.
Es de las pocas cosas de las que estoy orgullosa y de las que no presumo, porque presumir de soltar rápido, dicho en voz alta y en una terraza de la plaza del Marqués, suena exactamente a lo que es.
— Vale — dije.
— ¿Vale y ya?
— ¿Qué quieres que te diga?
— Pues no sé. — Se rió por dentro, con los hombros, y cogió el bolso—. Algo. Cualquier cosa. Que me equivoco, que estoy loca, que llevas seis semanas encantada. Cualquier cosa, mujer, que llevo hora y media pensando cómo decírtelo y me lo has despachado en cuatro segundos.
— Es que tienes razón.
— Ya lo sé que tengo razón. — Se levantó, me dio un beso en la mejilla y se quedó un momento con la mano en el respaldo de la silla, como quien se acuerda de algo en el último tramo de la escalera—.
Yo te lo digo por si te sirve: eso que haces de estar de acuerdo con todo el mundo a la primera parece que es ser fácil de llevar, y lo que es de verdad es no estar en la conversación.
Pagó ella la ronda antes de que yo pudiera hacer nada, que fue lo último que hizo, y la vi cruzar hacia la calle Cabrales con el bolso al hombro y sin girarse, y yo me quedé sentada de espaldas a la pared y de cara a la puerta, como siempre, en una terraza en la que no había ninguna puerta.
Estuve allí media hora más, con la caña vacía delante y la marea entrando otra vez por debajo del muelle del Rinconín, y en esa media hora hice el repaso que hago siempre después de estas cosas, que consiste en comprobar si hay algo pendiente de resolver por mi parte, alguna llave que devolver, algún abrigo que quedara colgado en un perchero, algún papel a medias.
No había nada. En seis semanas de cenar con una mujer que se sube las gafas con el nudillo yo no había dejado ni un cepillo de dientes en su casa, y ese era el dato, y estaba delante desde el primer jueves de mayo, y lo que hice al verlo fue pedir la cuenta que ya estaba pagada.
En el puerto hay una manera de saber si un contenedor está vacío antes de engancharlo, que es mirar cómo se comportan las eslingas del que va delante. Yo llevaba treinta y seis años de espaldas a la pared, mirando las eslingas de los demás.
———
El sábado llegué al local a las diez menos veinte y ya estaba abierto.
Bruno Argüelles tiene llave desde el noventa y cuatro y no la usa nunca, porque llega a y cinco como todo el mundo y se sienta en su silla y espera, así que encontrarme la persiana subida a las diez menos veinte y la luz del fondo encendida me paró tres pasos antes de la puerta.
Dentro estaba él solo, sentado en la silla de siempre con el bastón entre las rodillas y la boina puesta, y encima de la mesa de la estufa había una funda que yo no había visto nunca en aquel local: de cuero, no de tela, con las esquinas gastadas hasta el blanco y una correa cosida a mano con un hilo que había sido rojo hacía muchísimo tiempo.
— Buenos días.
— Buenos.
— ¿Llevas mucho?
— Un rato.
Puse las sillas. Encendí la estufa aunque estábamos en junio y no hacía ninguna falta, porque encender la estufa es lo que hago yo cuando llego y porque tener las manos ocupadas delante de un hombre que no habla es una técnica que aprendí de mi madre.
Bruno no me miró en veinte minutos. Fue entrando la banda de dos en dos, con ese ruido de las diez y media que hacen quince personas quitándose las cazadoras y contándose el fin de semana, y a las once menos cuarto estábamos casi todos y Xandra bajó los tres escalones hablando por teléfono con alguien de la escuela y con la funda al hombro, y en cuanto colgó y levantó la cabeza vio la funda de cuero encima de la mesa y se quedó parada en mitad del local con el móvil todavía en la mano.
— Bruno.
— Buenos días, Xandra.
— ¿Y eso?
Bruno se levantó despacio, con las dos manos en el bastón, y anduvo hasta la mesa de la estufa, y abrió la funda ahí delante, sin ceremonia, con los quince que estábamos dentro callados de golpe y con dos que venían por la escalera callándose también sin saber por qué.
Sacó el fuelle primero, forrado de una tela verde oscuro con un ribete, y luego el punteru, y luego los roncones, y fue montando la gaita encima de la mesa con esas manos suyas de sesenta y siete años que tiemblan cuando cogen un vaso y que dejaron de temblar en cuanto tocaron la madera.
La madera era oscura, casi negra, con vetas rojizas donde le daba la luz de la bombilla del fondo, y tenía las virolas de metal blanco con un dibujo grabado a mano y gastado por el uso hasta quedarse en una sombra del dibujo.
En el punteru, encima del agujero de arriba, había una marca clara donde un dedo había estado cincuenta años poniéndose en el mismo sitio.
— Del sesenta y uno — dijo Bruno, y no lo dijo para mí, lo dijo para la sala—. La hizo un hombre de Cangas que hacía cuatro al año y las hacía a ojo. Este llegó a hacer trescientas y pico. La madera la traían de fuera, en barco.
Y luego contó, en cinco frases y ni una más, que aquel hombre tenía un torno de pedal en una cuadra y una regla de madera con las medidas marcadas a punzón, y que no medía nunca, y que la regla la tenía colgada de un clavo por si venía alguien de fuera y preguntaba.
Que las cuatro del año se las vendía a gente que él conocía y a nadie más.
Que se murió en el setenta y ocho sin enseñarle el oficio a nadie, que es lo que hicieron todos.
Y que aquella gaita había sido de un gaiteru de Villaviciosa que tocó con ella treinta años y que se la dejó a Bruno en el ochenta y cuatro, en una cocina, delante de una botella, sin papeles y sin testigos.
— Bruno, esa gaita no la toca nadie desde el dos mil cinco.
— Desde el cuatro.
— Desde el cuatro. — Xandra dejó el móvil en una silla, y no se acercó, que fue lo que más me llamó la atención de todo—. ¿Y por qué está aquí?
Bruno terminó de montarla. Le dio media vuelta encima de la mesa, comprobó una atadura con el pulgar, y luego la cogió por el punteru y por el fuelle y se giró y me la puso a mí delante, en las dos manos, con el peso entero.
— Hasta septiembre.
En un bajo municipal de sesenta metros cuadrados con humedad en la esquina del fondo hay siempre un ruido de base, la estufa, la calle, alguien que arrastra una silla, y aquel sábado a las once menos diez no había ninguno.
— Bruno, yo no...
— Está afinada. Le cambié las cañas el jueves.
— Es que yo llevo dos meses y medio y todavía se me va el aire en el tercer compás.
— Ya lo sé lo que se te va. — Volvió a su silla. Se sentó, colocó el bastón, se puso las manos encima—. Por eso.
Yo tenía cuarenta toneladas al día en el pulgar derecho desde hacía seis años y no me temblaba la mano nunca, y estuve un rato largo de pie en el centro de aquel local con una gaita de mil novecientos sesenta y uno en los brazos, con la banda entera mirándome y con la sensación exacta de estar sujetando algo que se me iba a caer por primera vez en mi vida.
Detrás de mí, alguien dijo por lo bajo que hostia.
Yaiza Riestra soltó la funda de la caja en el suelo y se sentó, y no dijo absolutamente nada, y en Yaiza Riestra eso es un discurso.
Xandra no se movió del sitio en el que se había parado al bajar los tres escalones, que estaba a cinco metros, y desde allí me miraba a mí y miraba a Bruno alternativamente sin decir una palabra, y esa mujer, que en doce años no ha dejado pasar cuatro segundos de silencio sin meter algo dentro, dejó pasar aquellos veinte enteros.
Después me contó que lo que estuvo haciendo en esos veinte segundos fue acordarse de que a los quince años le pidió a Bruno tocar la Roxa una tarde en su casa y de que Bruno le dijo que no, y de que ella, que a los quince años pedía menos cosas que ahora, no volvió a pedírselo nunca más.
Un gaiteru viejo que le presta su instrumento a alguien delante de veinte testigos no está prestando un instrumento, y eso lo entendió todo el mundo en aquel local menos yo, que tardé tres meses y un viaje a Llanes en entenderlo.
Lo que yo entendí aquella mañana fue otra cosa mucho más pequeña y mucho más de mi tamaño, que es que acababa de contraer una deuda de un importe que yo no sabía calcular, con un hombre que no iba a decirme nunca cuánto era, y que a mí las deudas que no se pueden calcular me ponen exactamente igual que un contenedor al que no le encuentras la placa del peso, que no da ningún miedo y que lo que pasa con él es que no sabes por dónde cogerlo.
— Bruno — dije—. Dime cuánto vale.
— ¿Qué?
— Que cuánto vale una gaita así. Del sesenta y uno, de ese hombre. Que si el jueves le pusiste cañas, eso vale un dinero, y yo eso te lo pago hoy mismo.
Xandra dijo mi nombre desde el otro lado del local, una sola vez y bajito, y no le hice caso.
— Y si se me cae, o si le pasa algo, o si la humedad de aquí le hace algo a la madera, eso también lo pago yo. Lo hablamos ahora y lo dejamos hablado, que a mí estas cosas me gusta tenerlas cerradas.
Bruno Argüelles me miró desde su silla durante un tiempo que a mí se me hizo muy largo y que probablemente fueron cuatro segundos, con la boina puesta y las dos manos encima del bastón, y luego bajó la vista al suelo, que es lo que hace siempre antes de soltar la única frase de la mañana.
— Eso no se toca, neña.
— Bruno.
— Eso se cuenta.