Capítulo 10
En Santiago llueve de otra manera. Lo digo con conocimiento de causa, porque yo vengo de una ciudad donde el orbayu se te queda encima sin caer, y allí, aquel sábado de junio, el agua bajaba por la calle del Franco con una decisión que en Xixón no tiene, corriendo por las juntas de la piedra hacia abajo, buscando la salida, con prisa.
Llegué el viernes por la noche en el autobús de las siete y dormí en una pensión de la rúa do Vilar con una ventana que daba a un patio y con una calefacción que se encendía sola a las seis.
El local de Marmañán está en un bajo del barrio de San Pedro, y es lo contrario del mío: suelo de madera flotante, paneles acústicos en las paredes, dos micros de ambiente colgados del techo, una nevera con agua, un armario de fundas con el nombre de cada uno escrito en cinta de carrocero y ni una gota de humedad en ninguna esquina.
Entré a las nueve menos cinco y ya estaban los cinco dentro, y ya estaban afinados, y ya se habían tomado el café.
Yo llevaba desde las siete y cuarto despierta.
Me había duchado con el agua a medias, había desayunado de pie en una barra de la rúa do Vilar con dos señoras hablando de una comunión, y había hecho el camino andando con el mapa en el móvil y con la funda al hombro, parándome dos veces a comprobar que aquello era una calle y no un callejón.
En una de esas paradas, en la plaza que hay antes de bajar a San Pedro, con la piedra mojada y las campanas de las nueve menos cuarto, me acordé de que tenía treinta y cuatro años y de que aquella era la primera prueba profesional de mi vida.
— Buenos días — dijo Iria Lousada, sin levantarse—. Vamos a ver una cosa. Aquí no hay presentaciones ni hay hablar de tu currículo, que ya te lo he leído. Sacas la gaita, tocas conmigo el primer tema del disco viejo, que sé que te lo sabes, y a partir de ahí ya hablamos con fundamento.
— Vale.
— Nueve minutos, más o menos. ¿Tienes las cañas hechas?
— Las tengo.
— Pues venga.
Y ya está. Ni cómo estás, ni qué tal el viaje, ni un chiste para aflojar.
Yo tardé cuarenta segundos en montar la gaita y noventa en entender que aquello era exactamente lo que yo llevaba quince años queriendo y que no le había dicho a nadie: un sitio donde nadie te pregunta cómo estás porque das por hecho que estás bien, porque has venido a trabajar, porque todo el mundo ha venido a trabajar.
———
Tocamos de nueve a tres: seis horas con dos descansos de diez minutos, uno para mear y otro para beber agua, y con un rigor que a mí me hizo sentirme muy joven y muy vieja a la vez, joven porque hacía quince años que nadie me corregía nada y vieja porque tardé cuarenta minutos en dejar de dirigir con la cabeza a gente que no necesitaba que la dirigiera nadie.
Lo primero que noté fue el silencio entre tema y tema.
En mi banda, entre tema y tema, hay veintitrés personas hablando de un partido, de un cuñado, de si la estufa llega o no llega, y yo tengo que dar dos palmadas y esperar.
Allí acababa un tema y no hablaba nadie, y a los cuatro segundos empezaba el siguiente, y esos cuatro segundos me pusieron nerviosísima durante toda la mañana, hasta que entendí que allí nadie estaba siendo frío con nadie y que lo que pasaba es que a las tres teníamos que haber terminado.
En el segundo tema me pararon en el compás doce.
— Estás llegando tarde a la anacrusa — dijo Iria—. No mucho. Un pelo.
— Vale.
— No es tuya, es de la banda de la que vienes. En una banda de veinticuatro personas la anacrusa se estira porque si no la mitad no llega. Aquí somos seis y no hay que esperar a nadie. Otra vez.
Otra vez. Aquella palabra ahí, en la boca de otra persona y en un local con paneles acústicos, me hizo un ruido dentro que preferí no atender en aquel momento.
A la tercera me salió. A la quinta me salió sin pensarlo. Y a partir de ahí las seis horas fueron cuesta abajo, en el sentido de que empecé a tocar como toco cuando no me está mirando nadie, que es la única manera decente de tocar y que a mí me pasa dos o tres veces al año.
En el descanso de la una, la percusionista del grupo, una mujer de cincuenta y tantos que llevaba toda la mañana sin decirme una palabra, me pasó una botella de agua sin que yo se la pidiera y dijo:
— Ese adorno del cuarto tema no es de aquí.
— Es de casa.
— Ya lo sé que es de casa. Digo que lo dejes.
Y volvió a sentarse sin esperar respuesta, con la botella de agua en la mano, y a mí me costó hora y media entender que aquello había sido lo más generoso que me dijo nadie en todo el fin de semana, porque un adorno que no es del repertorio y que uno se ha inventado se lo puede permitir la persona que va a quedarse, y aquella mujer de cincuenta y tantos me estaba diciendo, sin gastar una palabra de más, que en su cabeza yo me quedaba.
A las tres bajamos a comer a una casa de comidas de la rúa da Raíña, siete personas en una mesa larga, y aquello sí fue como en cualquier sitio del mundo, con la gente hablando a la vez y contando historias de furgonetas averiadas en Bretaña y de un festival en el que les dieron de cenar a las dos de la mañana.
Yo comí un pulpo entero y hablé por los codos, que es lo que hago cuando estoy contenta.
Lo que más me sorprendió de aquella comida fue lo poco que hablaron de música.
Hablaron de la furgoneta, de un promotor que tardó ocho meses en pagar un bolo de Bretaña, de una residencia de artistas en la que dormían seis en dos habitaciones, del papeleo de las aduanas para meter instrumentos en un país que ya no está en la Unión, y de que la percusionista tiene dos hijos y un calendario de septiembre a junio pegado en la nevera con los días de gira marcados en rojo desde marzo.
Eso es lo que es un grupo profesional: doce conversaciones de logística por cada una de música.
Y a mí, que llevo cinco años haciendo la logística de veintitrés personas gratis y por la tarde, aquella mesa me pareció el sitio más serio en el que me había sentado nunca.
Iria me esperó a la salida, debajo de un soportal, mientras los demás se iban.
— Bien — dijo—. Muy bien.
— Gracias.
— No es un cumplido, es un dato. — Encendió un cigarro y lo apagó a los dos segundos contra la piedra, y luego se lo guardó en el bolsillo, que fue lo más raro que le vi hacer en todo el fin de semana—.
Mañana ensayamos de diez a dos y luego tocamos en una sala pequeña, ochenta personas. Vas a tocar tú tres temas.
— ¿Mañana?
— Mañana. Si no puedes, no pasa nada.
— Puedo.
— Ya lo sé que puedes. — Se subió el cuello del abrigo y miró hacia la lluvia, que había vuelto a arrancar—.
Te aviso de otra cosa. Esto que estás viendo son seis personas que llevan once años.
Aquí no se entra de golpe, se entra despacio, y la gente que entra pensando que ha llegado a un sitio se va en un año.
Piénsatelo con calma, que yo no tengo ninguna prisa.
— Vale.
— Y ahora vete a la pensión y duerme, que mañana a las diez.
El domingo ensayamos de diez a dos, comimos de pie y toqué tres temas delante de ochenta personas en una sala con las paredes de piedra vista y un techo bajísimo, con la gente a metro y medio y con un vaso en la mano cada uno.
Yo llevo veinte años tocando en la calle, en desfiles, en escenarios de plaza con megafonía mala y con el público a treinta metros y de espaldas, comprando en un puesto.
Ochenta personas calladas a metro y medio es otro oficio.
En el primer tema me temblaron las manos los primeros compases y luego se me pasó, y en el segundo, a mitad, el bajista me miró y se rió, y yo no supe por qué se reía hasta que salimos a la calle y me lo dijo, y lo que me dijo fue que había entrado en el sitio exacto.
Nadie me había dicho nunca dónde había entrado. En una banda de veinticuatro no se entra en un sitio exacto: se entra todos juntos y más o menos.
———
Antes de irme, Iria me acompañó hasta la puerta de la sala y me dio la mano, que es una cosa que no hace nadie en mi oficio, y me dijo que hablásemos en unas semanas, sin más precisión, y yo pensé durante todo el camino a la estación en qué significa exactamente unas semanas en boca de una mujer que mide las frases igual que mide los compases.
Cogí el autobús de las siete y media en la estación, con la gaita entre las piernas y la mochila en las rodillas, y saqué el móvil antes de que arrancara.
Tenía cuatro cosas que contar y tres personas obvias a quien contárselas.
Mi madre, que se lo iba a contar a todo el barrio en veinticuatro horas y que iba a llamarme el martes para preguntarme cuánto pagan.
Bruno, que me iba a decir tres palabras y a colgar.
La banda, que se iba a poner a hacer bromas sobre si los abandono.
Y el pulgar se me fue solo a un nombre que no era ninguno de esos tres, y eso fue lo que me dejó sentada mirando la pantalla apagada durante media hora, con Galicia pasando por la ventanilla y con la luz de junio aguantando hasta las diez y media.
Lo primero que quería no era decirlo: era decírselo a ella.
Antes que a mi madre. Antes que al hombre que me puso una gaita en las manos a los siete años.
Quería contarle lo del compás doce y lo de la anacrusa, y quería contarle lo del bajista riéndose, y sobre todo quería contarle una cosa que no le he contado a nadie en mi vida, que es que a las once de la mañana del sábado, en el tercer tema, dejé de tener miedo por primera vez desde los diecinueve años.
Y en el kilómetro no sé cuántos, entre Lugo y la frontera, con la cabeza apoyada en el cristal, se me apareció entera y de golpe la cosa que yo quería de verdad.
No era el puesto. El puesto lo quería, claro que lo quería.
Lo que yo quería era el puesto y la escuela de los martes y jueves, y la banda, y el bajo con humedad de La Calzada, y bajar la cuesta de Cimavilla los sábados a las diez y media, y la base en Xixón, y viajar a Santiago cuando hiciera falta, y volver.
Lo quería todo. Lo quería todo a la vez y sin renunciar a nada, y ese pensamiento me duró en la cabeza cuatro segundos limpios antes de que llegara detrás el otro, el de siempre, el que lleva conmigo desde que tengo uso de razón y que consiste en preguntarse quién se cree una que es.
Porque una cosa es lo que uno quiere y otra lo que uno se atreve a poner encima de una mesa, y entre esas dos cosas llevo yo viviendo desde los diecinueve años, con bastante comodidad, todo hay que decirlo.
Iria Lousada dirige un grupo profesional con once años de gira y me estaba haciendo un favor enorme al mirarme siquiera.
La gente que entra ahí se muda. Se muda todo el mundo, se mudan todos, es lo que hay, es lo normal, es lo que haría cualquier persona que no sea una cría de treinta y cuatro años con una banda de aficionados y un contrato municipal de media jornada.
Yo pido lo que me ofrecen y con eso voy tirando.
Guardé el móvil en el bolsillo de la mochila para no seguir mirándolo, apoyé la cabeza en el cristal y me dormí antes de Ribadeo con la funda sujeta entre las rodillas, que es como duermo en los autobuses desde los dieciséis años.
———
El autobús entró en Xixón a las once y veinte de la noche, y yo hice lo que hago desde hace once años cuando vuelvo de algún sitio, que es no ir a mi casa.
Bajé de la estación con la funda al hombro y la mochila colgada de un dedo, andando deprisa por unas calles mojadas de un chaparrón que se había ido hacía nada, con las farolas puestas en los charcos y con el zumbido ese que se me queda en los brazos cuando llevo seis horas tocando.
Iba pensando en voz alta por la calle. Iba ensayando cómo se lo cuento, empezando por el final, adivina quién ha tocado delante de ochenta personas en Compostela, y luego para atrás a recoger todo lo demás.
Llegué al portal de La Calzada a las once y media.
Subí los tres pisos de tres en tres escalones.
Y metí la llave en la cerradura de Olaya Prendes, la llave que llevo en el llavero desde hace once años entre la del local y una de una casa de Colunga que ya no es de nadie, la que uso sin llamar al timbre desde que tengo veintitrés años, y abrí la puerta con la frase ya empezada en la boca.
En el recibidor había un abrigo que no era de Olaya.
Y unas botas que no eran de Olaya, colocadas juntas contra el rodapié, con esa manera de dejar los zapatos que tiene la gente educada en las casas ajenas.
En el salón había una luz baja encendida y música puesta, y una taza y una copa en la mesa, y a mitad de pasillo, con la puerta de la habitación entreabierta a mi izquierda, se oyeron dos voces, y una de ellas se rió con la boca cerrada, por dentro, con los hombros, de una manera que no había oído nunca en aquella casa.
Me quedé de pie en el recibidor con la mochila colgando de un dedo y la llave todavía en la mano.