Capítulo 9
La furgoneta de la banda tiene nueve plazas, veintitrés músicos y una historia de treinta años, y el reparto de quién va sentado y quién va en los tres coches de apoyo se decide todos los años por un sistema que nadie ha escrito nunca y que consiste, básicamente, en que Bruno Argüelles va delante.
A mí me tocó conducir un coche con cuatro personas dentro, dos gaitas, una caja y una fuente de empanada tapada con papel de aluminio que llevaba en el regazo un chaval de diecinueve años al que se le pasó por la cabeza en el kilómetro seis que aquello se le iba a caer, y que a partir de ahí no volvió a hablar.
Una espicha, para quien no haya estado en ninguna, no es exactamente una comida: un llagar abre un tonel para saber cómo le ha salido la cosecha, y como el tonel abierto hay que bebérselo, se llama a gente.
Se come de pie o en mesa larga, se paga un precio cerrado, se bebe todo lo que uno aguante y no se sirve la sidra en botella, sino directamente del tonel, y nadie brinda ni nadie hace un discurso porque no hay nada que celebrar más allá del hecho de que la manzana de octubre haya salido bien.
Peña'l Cuervu hace una todos los años a finales de mayo desde el noventa y seis y la pagan a escote, y ese año la pagaron a escote veintinueve personas de las cuales yo era una.
Salimos de La Calzada a las once y media de un sábado de finales de mayo, con el cielo alto y ese sol de aquí que calienta sin comprometerse, y bajamos por la autovía hasta Villaviciosa con las ventanillas abiertas y con Yaiza cantando en el asiento de atrás una cosa que no era ninguna de las piezas del programa y que todos se sabían menos yo.
El Llagar Casa Loreto está a las afueras, subiendo por una carretera estrecha entre pumares, con las manzanas todavía sin cuajar y el suelo lleno de hierba alta, y tiene un merendero de mesas largas debajo de una parra y una nave de toneles que huele a lo que huele una nave de toneles, que es a manzana pasada y a madera mojada y a cosa viva.
Yo había estado en aquella carretera dos veces en mi vida, las dos de paso, y no sabía que hubiera un llagar arriba.
Aquello es lo que tiene vivir a treinta kilómetros de un sitio: que uno se cree que se lo sabe.
En el aparcamiento de tierra había ya cuatro coches y un remolque, y un hombre con un mono azul cargando cajas vacías, y un perro viejo tumbado en el único sitio de sol que quedaba, y la puerta de la nave abierta de par en par con la oscuridad dentro y los toneles alineados a la izquierda, enormes, de castaño, con las duelas negras de humedad y los números pintados a mano.
Éramos veintinueve contando parejas y agregados.
Se pusieron dos mesas juntas, se sacó una tortilla que pesaba tres kilos, chorizo a la sidra en cazuela de barro, queso de dos clases, empanada, una fuente de bollos preñaos y una tabla de casadielles que trajo la madre de alguien y que nadie tocó hasta las seis de la tarde, cuando ya no cabía nada y se comieron enteras.
Y el tonel abierto al fondo de la nave, con el hombre del llagar escanciando culines de golpe contra el vaso, uno detrás de otro, y la mano izquierda arriba del todo, y el chorro sonando en el cristal, y todo el mundo bebiendo el culín entero y de un trago porque en una espicha no se guarda nada.
A mí las espichas no me habían gustado nunca.
Lo digo así de claro porque es verdad: he ido a lo mío desde los veinte años, he trabajado los fines de semana que otros libraban, y las comidas de treinta personas en las que hay que hablar con todo el mundo y en las que no hay una sola cosa que hacer con las manos me han parecido siempre un trámite largo.
Aquel sábado llevaba siete semanas yendo a un local de La Calzada a sentarme en la peor silla, y la mitad de aquella gente se sabía mi nombre, y dos me habían guardado sitio en la mesa antes de que yo llegara con la fuente de empanada.
Es la primera vez en dieciséis años que alguien me guarda sitio en algo.
———
Yo bebí más de lo que suelo.
Suelo beber dos. Aquel día perdí la cuenta en el sexto, que es una manera educada de decir que iba por el noveno cuando Bruno se puso de pie.
Se puso de pie porque le dieron la vara, no porque quisiera.
Llevaba desde las doce sentado en el extremo de la mesa con el vaso en la mano y la boina puesta, hablando lo justo, y a las cuatro y media alguien de los jóvenes le preguntó por vigésima vez cómo se fundó aquello, y él dijo que ya estaba contado, y la banda entera empezó a dar golpes en la mesa con los vasos hasta que se levantó.
— En el ochenta y nueve — dijo— había en esta comarca cuatro bandas y tres eran la misma gente.
Se calló. Bebió. Se sentó otra vez y la banda protestó.
— Bruno, ho.
— Que sigas.
— Es que ya está contado.
— No está contado.
Volvió a levantarse. Contó, en cuatro frases y ni una más, que en el noventa y tres se habían quedado sin local porque el bajo que usaban lo vendió el dueño, que estuvieron un invierno entero ensayando en el garaje de una nave de piensos con dos estufas y con la puerta abierta para que saliera el humo, y que en marzo del noventa y cuatro se juntaron once personas en una mesa de la Sidrería Casa Fermina, se pusieron un nombre, y que el nombre lo eligieron porque el hermano de uno tenía una cuadra en un sitio que se llamaba así.
— ¿Y ya está? — dijo Yaiza.
— Ya está.
— Bruno, esa historia es malísima.
— Es la que hay.
Se rieron todos. Se rió él también, por la nariz, que es su límite, y luego, con la mesa entera atendiendo, dijo la única frase larga que le oí aquel día:
— Once éramos. Y de los once, cinco no sabían tocar en marzo y en septiembre tocaron.
Y me miró a mí desde el otro extremo de la mesa, un segundo escaso, y volvió a su vaso, y yo me froté el callo del pulgar derecho con el índice debajo del tablero, donde no se veía.
Después de aquello la mesa se rompió en cuatro conversaciones a la vez, que es lo que pasa siempre, y en la mía se sentó Yaiza Riestra con el plato en la mano y sin pedir permiso, y estuvo veinte minutos explicándome el sistema de puntuación de los certámenes con un detalle que yo no le había pedido: que puntúa la afinación general, que puntúa la formación, que puntúa la interpretación y que hay un apartado de repertorio en el que los jurados viejos premian lo de siempre y los jóvenes premian lo nuevo, de manera que la mitad de las bandas de Asturias se pasa el año haciendo cábalas sobre quién va a estar sentado en la mesa.
— O sea, que es una lotería.
— No es una lotería, es peor: es una lotería con opiniones. — Se llevó a la boca medio bollu preñáu—. Y encima Xandra quiere meter una pieza suya.
— ¿Y eso es malo?
— Eso es valiente, que en un certamen es lo mismo que malo cuatro veces de cada cinco.
Y luego, sin cambiar de tono ni de postura, con la boca todavía llena, Yaiza me contó que Peña'l Cuervu llevaba cuatro convenios seguidos renovados sin discusión, que aquel era el primero con condiciones, y que Xandra llevaba cinco años dirigiendo aquello sin cobrar un euro y adelantando de su bolsillo las cuerdas de los tambores en enero y en junio, todos los años, sin decirlo, y que se lo había sacado ella mirando las facturas porque es comercial de suministros y sabe leer un albarán.
— No se lo digas que te lo dije.
— No se lo digo.
— Ya sé que no se lo dices. — Se levantó con el plato—. Por eso te lo digo a ti.
———
A media tarde se armó la conversación de todos los años, que es la de si el certamen de Llanes se ha vuelto muy de escuela y muy de puntuación y muy poco de fiesta, con los veteranos diciendo que antes se tocaba para la gente y ahora se toca para tres señores con una hoja, y con los jóvenes contestando que antes se tocaba fatal y con mucha nostalgia.
Duró cuarenta minutos y no la ganó nadie, y en el minuto treinta y ocho Bruno dijo desde su punta de la mesa que en el noventa y siete quedaron los últimos de doce y que se lo pasaron mejor que nunca, y todo el mundo se calló, y a los diez segundos siguieron discutiendo exactamente igual.
A las siete sacaron los instrumentos.
Eso pasa en las espichas sin que nadie lo organice: alguien monta una gaita, se le une un tambor, se apartan dos mesas, y a los cuatro minutos hay catorce personas tocando debajo de una parra sin director, sin atril y sin programa, con los cinco kilos de sidra que llevan encima y con una precisión que no tienen los sábados por la mañana en el local de La Calzada.
Yo llevaba dos meses oyendo a Xandra Bousoño tocar.
La había oído en el aula tres, sentada en una silla, demostrándome un pasaje a cámara lenta.
La había oído dirigir de espaldas al público en un ensayo, que es tocar poco y mandar mucho.
Y llevaba doce años oyéndola en conciertos de Ramos, en el desfile del día de Asturias, en un escenario de la plaza Mayor con cuatro bandas más y con un sonido de megafonía que aplasta todo lo que le echen.
Aquella tarde, en el merendero del Llagar Casa Loreto, con la luz de las siete cayendo de lado entre los pumares y con treinta personas hablando a la vez, alguien pidió la lenta de siempre, y Xandra se subió a un banco porque no la veía la gente del fondo, y esperó a que se callaran, que tardaron su tiempo, y tocó.
Una gaita sola al aire libre suena a otra cosa.
En un local rebota y se hincha y te engaña; debajo de una parra, con el ruido de la carretera abajo y con la nave del tonel abierta detrás, el sonido sale y se va, y lo que queda es lo que hay, sin ayuda.
Los primeros ocho compases los tocó por encima de las conversaciones.
En el noveno ya no había conversaciones.
Y yo, que llevo la vida entera mirando cargas desde arriba y calculando lo que pesan antes de moverlas, me quedé de pie con un vaso vacío en la mano y sin ningún cálculo posible, y estuve así los cuatro minutos que duró aquello, y el problema no fue la música.
El problema fue que la cara que ponía Xandra tocando era una cara que yo no le había visto nunca en doce años.
No la de reírse fuerte. No la de pedir. No la de contarte una cosa empezando por el final con las manos en el aire.
Era una cara sin nada puesto por encima, quieta, con los ojos medio cerrados y la mandíbula suelta, la cara de alguien que está en el único sitio donde no le hace falta caer bien.
Cuando terminó, la mesa entera dio golpes con los vasos en la madera durante un rato largo, y alguien silbó, y la señora que limpia el colegio se puso a llorar sin ningún disimulo y sin que nadie le hiciera caso, porque en esa banda llora todos los años y es parte del programa.
Xandra bajó del banco de un salto y le dio un abrazo por detrás, y le dijo algo al oído, y la mujer se rió con la cara mojada y le dio un manotazo en el brazo.
Estuve dos veces a punto de decir algo esa tarde.
Una a las siete y media, cuando bajó del banco y vino directa a mí con la gaita todavía en la mano y me preguntó qué tal, con la respiración alta y el pelo pegado a la frente, y yo tenía nueve culines encima y una frase entera en la boca que empezaba por Xandra y que no sé cómo seguía.
Dije que muy bien y le pregunté si quería agua.
La segunda fue a las nueve, cuando ya estábamos recogiendo, y no llegué ni a abrir la boca.
Bruno se acercó al grupo de los que estábamos guardando las cosas y le dijo a Xandra, sin venir a cuento de nada, con la boina en la mano:
— La Roxa está bien.
— ¿Y por qué me lo dices ahora?
— Porque preguntaste en enero.
— Bruno, en enero te pregunté si la habías vendido.
— Y no. Está en casa. — Se puso la boina—. Lleva veinte años sin tocarla nadie y suena mejor que ninguna de estas.
Y se fue a la furgoneta.
— ¿Qué es la Roxa? — pregunté.
— Su gaita — dijo Xandra—. La del sesenta y uno. Es una historia larga y hoy no, que llevas nueve culines y no te vas a acordar.
Llevaba diez.
———
En el aparcamiento de tierra, a las diez menos cuarto, con la banda cargando la furgoneta a la luz de los faros y con alguien discutiendo por dónde meter el bombo, Rocío me esperaba apoyada en su coche.
Había venido a las seis y se había quedado tres horas y media. Se había comido su empanada, había hablado con la madre de alguien de una reforma, había aguantado a un veterano explicándole el sistema de puntuación de los certámenes y se había reído con la boca cerrada un montón de veces.
— ¿Te llevo? — dijo—. Que tú has bebido.
— He bebido.
— Ya. Y yo te lo digo por si te sirve: has bebido de una manera muy concreta.
Me apoyé en el coche a su lado, mirando hacia la furgoneta, donde Yaiza le estaba quitando el bombo de las manos a alguien y donde Xandra, con la funda al hombro, contaba una cosa con las dos manos y con la voz llegando hasta allí.
— Rocío.
— No, si no pasa nada. — Se subió las gafas con el nudillo—. Es que llevo tres horas aquí y me lo he pasado muy bien, y en tres horas he visto una cosa. Nada más. Ni te estoy pidiendo explicaciones ni me estoy enfadando, que yo esto lo llevo bien.
— No sé qué has visto.
— Ya. — Abrió la puerta del coche y esperó a que yo entrara—. Eso es exactamente lo que he visto.