Capítulo 8
La caña que se compró en Oviedo era demasiado dura para ella y yo lo sabía desde el mismo sábado en que salimos de la tienda, pero no le dije nada, porque una caña dura te obliga a apretar y apretar te enseña dónde no hay que apretar, y porque hay cosas que no se explican: se pasan mal durante tres semanas y luego se saben.
Aquel jueves de mediados de mayo llegó a la escuela con el pelo mojado y con el fuelle debajo del brazo, que llevaba ya dos semanas con el fuelle, y traía en la cara ese gesto de haberse peleado con algo desde el martes y de no pensar contármelo.
Aquel día venía de dar cuatro horas seguidas de clase a críos, que es un trabajo que me gusta y que a las siete de la tarde me deja la cabeza como una lavadora.
El de las tres tiene nueve años y toca de oído mejor de lo que va a tocar nunca leyendo.
La de las cuatro es la que no quería volver porque en el colegio se le reían, y volvió, porque llamé a su madre y le dije lo del oído, y la mujer me tuvo veinte minutos al teléfono dándome las gracias.
El de las cinco viene obligado por su padre y los dos lo sabemos y hacemos lo que podemos.
Y la señora de las seis, que tiene sesenta y tantos y empezó el año pasado, es la única alumna que he tenido en trece años que se disculpa por ocupar su propia hora.
Abrí las dos ventanas del aula tres antes de empezar.
Fuera había orbayu de ese que no moja, que no cae, que está, y que deja el patio interior con un brillo raro y el aire lleno de olor a piedra y a la ropa tendida del segundo.
Con las ventanas abiertas la gaita suena peor y se aprende mejor, porque el sonido no rebota y una oye lo que está haciendo de verdad.
— Ponte de pie.
— Estoy de pie.
— Estás apoyada en la mesa, que es distinto.
Se separó de la mesa. Se colocó donde le dije, con el fuelle debajo del brazo izquierdo y el punteru en las dos manos, y esperó, que es lo que hace ella: espera.
Olaya Prendes tiene una manera de estar quieta que no le he visto a nadie más.
Aguanta de pie sin moverse, con los hombros anchos de cargar cosas y el peso repartido en los dos pies, sin balancearse, sin buscar dónde apoyarse, con esa paciencia de las personas que se pasan la vida esperando a que otra cosa se coloque en su sitio.
El fuelle es lo que separa a la gente que toca la gaita de la gente que sopla un punteru, y es una cosa antipática de aprender porque exige hacer dos cosas a la vez con dos partes del cuerpo que no se han coordinado nunca: se llena con la boca y se vacía con el brazo, y hay que llenar mientras el brazo aprieta, y hay que apretar constante mientras la boca coge aire, y durante las tres primeras semanas el sonido sube y baja como un acordeón mal llevado y no hay manera de arreglarlo hablando. Solo se arregla haciéndolo mil veces.
— Sopla y llena. No toques todavía.
Llenó el fuelle y le entró aire por un lado del soplete y se le fue la mitad, y el saco se le quedó blando debajo del brazo antes de que le diera tiempo a apretar.
— Otra vez.
Otra vez. Y otra. A la cuarta le puse los dedos en la mandíbula para cambiarle el ángulo, que es un gesto que hago diez veces por tarde con niños de nueve años y que llevo haciendo desde los veintiuno, y le levanté la barbilla un centímetro escaso, y le puse el pulgar debajo del hueso de la mandíbula para que dejara de apretar los dientes.
— Aquí estás agarrotada. Aquí. Suelta.
Soltó.
— El soplete no se muerde, se sostiene. Si lo muerdes se te va el aire por los lados y te pasas la vida llenando. — Le bajé un poco más la barbilla—. Así. ¿Lo notas?
— Lo noto.
— Vale. Ahora respira.
Y le puse la palma de la mano abierta en el esternón, que es un gesto que llevo haciendo desde los veintiuno y que se la había puesto ya a ella en abril, debajo de las costillas, y se la puse muchas veces, y con los críos se la pongo constantemente porque los críos no entienden de dónde sale el aire hasta que se lo tocas.
Pero en abril Olaya llevaba un jersey grueso y era la primera clase y yo estaba pendiente de si le salía la nota.
Aquel jueves llevaba una camiseta de manga larga fina y estaba mojada de orbayu en los hombros, y yo tenía la mano abierta en el centro de su pecho y notaba el hueso debajo, y notaba el aire entrando y no entrando, y notaba lo que hacía el aire cuando entraba mal.
— No aquí — dije—. Aquí no. Aquí es donde respira todo el mundo y por eso todo el mundo se queda sin aire. Más abajo.
— ¿Cómo más abajo?
— Empuja contra mi mano. No cojas aire: empuja.
Empujó.
Se le movió el esternón hacia fuera contra mi palma, y luego, cuando lo entendió, se le movió lo de abajo, y la mano se le quedó quieta y el aire entró entero, y aguantó ocho segundos, doce, quince, mirando la ventana abierta y el orbayu del patio con una concentración de las suyas.
Y yo tenía la mano abierta en el pecho de Olaya y no la quité.
No la quité a los quince segundos, ni a los veinte.
La clase siguió su curso, en el sentido de que yo seguí hablando: le dije algo del roncón, algo de que el codo del brazo izquierdo tenía que estar más bajo, y le cogí la muñeca derecha con la otra mano para bajarle el hombro, y ese gesto sí lo hago siempre, el de la muñeca, y siempre dura un segundo, y aquel duró tres.
Tres. Los conté. Estuve tres segundos con una mano en el esternón de mi mejor amiga y la otra en su muñeca, en un aula municipal con las ventanas abiertas, con el pelo mojado y sin hablar, y en esos tres segundos Olaya no se movió ni un milímetro, ni apartó la mirada de la ventana, ni respiró.
Y lo peor de esos tres segundos no fue lo que hizo ella, que no hizo nada.
Lo peor fue que yo, que llevo dando clase trece años y que he colocado manos ajenas cuatro mil veces, supe exactamente en qué momento el gesto había dejado de ser el gesto de dar clase, y en vez de retirar las manos me quedé a comprobarlo.
Eso es lo que hice. Comprobarlo. Igual que se comprueba una caña al trasluz.
— Vale — dije, y quité las dos manos a la vez—. Pues eso.
— Recibido.
— Y no me digas recibido, ho, que no estás en el muelle.
———
— Ahora coge el punteru y toca la primera frase — dije, y me salió la voz de dar clase, que fue un alivio—. Sin pensar en el brazo.
— Es que si no pienso en el brazo se me para.
— Se te para igual pensándolo. Toca.
Hicimos veinte minutos más y no salió nada.
Nada de nada: se le fue el aire tres veces, se le atascó el meñique, entró el roncón desafinado y lo apagué yo con la mano.
Le dije que lo dejáramos, y ella dijo que otra vez, y yo dije que no, que a partir de cierto punto ya no se aprende, que lo único que se hace es coger vicios y cansarse, y que además tenía que cerrar el aula porque los jueves cierra el conserje a las ocho.
Recogimos. Yo cerré las ventanas y ella enfundó el punteru en su lona del puerto, doblando la solapa hacia dentro dos veces, que es una manera de guardar una cosa que solo tiene quien ha guardado herramienta toda su vida, y luego se agachó a recoger del suelo un trozo de caña que se le había caído a la señora de las seis y lo dejó encima del piano.
— Oye, el sábado voy a llegar tarde al ensayo — dijo, de espaldas, con la cremallera—. Media hora. Cuarenta minutos, igual.
— Vale.
— Es que había quedado a comer con una y se nos va a hacer tarde.
Y siguió con la cremallera.
Yo estaba a metro y medio, con la falleba de la segunda ventana en la mano y la mano parada en el aire, y me oí decir, con una voz que me salió estupenda, alegre, redonda, de las mías:
— ¡Anda! ¿Con quién?
— Se llama Rocío. La conocí por Marino.
— ¿Y qué tal?
— Bien.
— ¿Bien bien?
— Bien normal.
— Ay, ho, qué información más completa, gracias. — Me reí. Me salió muy bien la risa—. Que me alegro mucho, ¿eh? Que ya iba siendo hora, que llevas dos años diciendo que no te apetece nada.
— No he dicho que me apetezca.
— Has quedado dos veces.
— Tres.
— Tres.
Tres. O sea que la primera fue antes de la clase del jueves pasado, y aquel jueves estuvimos hora y cuarto en aquella aula y luego bajamos juntas y estuvimos veinte minutos más en el portal hablando de la humedad del local, y no me lo contó.
Y el sábado en el ensayo tampoco. Y el domingo me mandó una foto de una gaita antigua de un anticuario de Oviedo a las once de la noche y tampoco.
Eso no es esconder nada. Eso es exactamente lo que hace Olaya con todo lo suyo, que no lo cuenta porque no se le ocurre que a alguien pueda interesarle, y yo llevo doce años sabiéndolo y encontrándolo hasta gracioso.
Bajé la falleba. Cerré la ventana. Cerré la otra, comprobé las dos, apagué la luz, cogí mi funda y bajamos las escaleras hablando de la caña dura, y en el portal nos despedimos, y Olaya me preguntó si quería que me acercara a Cimavilla y yo le dije que no, que me apetecía andar, cosa que a mí no me apetece nunca y que ella no cuestionó porque nunca cuestiona nada.
— Oye, Xandra.
— Dime.
— El sábado llego tarde pero llego.
— Que ya lo sé, ho. Que no pasa nada.
— Digo que llego.
— Que sí, Olaya, que ya me lo has dicho dos veces.
Y esa es otra cosa que hace, y que yo llevo doce años sin mirar de frente: avisar.
Avisa siempre. Avisa de que va a llegar tarde, avisa de que ha llegado, avisa de que va a estar ilocalizable dos horas porque sube a la cabina, y lo hace con todo el mundo o eso me he dicho yo siempre, aunque nunca la he visto avisar a nadie más.
Bajó la calle hacia el coche. Yo me quedé debajo del alero del portal con la funda al hombro y el orbayu delante, y en algún sitio detrás de las costillas había una cosa que yo no pensaba mirar de frente ni aquella noche ni en las siguientes tres semanas, una cosa fea y pequeña y caliente que se parecía muchísimo a la que se me pone cuando alguien toca mejor que yo, y que yo llevo desde los diecinueve años bautizando con la misma palabra, que es alegrarse.
Me alegré tanto que anduve hasta el local de La Calzada en vez de subir a casa.
———
La calle del local a esa hora es otra calle.
De día hay furgonetas descargando y una frutería y gente esperando en la parada, y a las nueve de la noche de un jueves de mayo hay tres coches, una persiana bajada con una pintada de hace quince años y la luz de la panadería que empieza a las tres, apagada todavía.
Abrí el bajo a las nueve menos veinte. No encendí la estufa porque para una persona no vale la pena y porque me daba pereza, y estuve tocando sola en un local vacío y frío con la luz del fondo encendida, sentada en la silla de Bruno, que es la única con respaldo entero.
Toqué la marcha de procesión. Toqué la de aires de Villaviciosa.
Toqué las tres piezas del programa del certamen en orden y luego las toqué al revés, y luego estuve una hora y media con el tercer bloque de la pieza nueva, el paso que no me sale, el que llevo dos meses cambiando de sitio y que suena a que le falta algo y nadie sabe qué.
Lo probé cinco veces más lento y sonó a marcha fúnebre.
Lo probé sin el adorno del segundo compás y se quedó en nada.
Lo probé empezándolo en la nota de arriba, que era lo único que no había probado en dos meses, y a la tercera me di la vuelta en la silla de Bruno como si hubiera alguien detrás, que no había nadie.
Hacia las once y media saqué el cuaderno y lo abrí por la página cuarenta y uno, que es la que está transparente en dos compases de tanto borrar y escribir encima.
La tonada sin nombre está en re menor y tiene una cosa en el segundo compás, un adorno que no es de aquí, que me lo inventé con veintidós años y que he corregido treinta veces sin cambiarlo nunca.
Es lenta. Es de las que en una banda no sirven para nada porque no la puedes marchar, no la puedes procesionar, no encaja en un programa de certamen, y a mí me parece la única cosa buena que he escrito en mi vida.
La toqué entera cuatro veces en un local vacío y frío, y a la cuarta me salió el final de otra manera, más abierto, sin volver a la nota que había puesto yo hace seis años, y me quedé con la gaita en el regazo y el lápiz a un palmo del cuaderno durante un rato largo, y no lo apunté.
Salí del local a las tres menos cuarto y bajé la persiana metálica, que hace un ruido en esa calle a esa hora que te lo agradecen los vecinos con toda el alma, y me quedé en la acera con las llaves en la mano y el móvil en el bolsillo del abrigo.
Había un coche aparcado con las luces de posición puestas y nadie dentro.
Olía a mar y a la panadería de la esquina, que empieza a las tres.
Y por primera vez en doce años, a la hora exacta a la que yo llamo a Olaya Prendes, no la llamé.