Capítulo 7
El comedor de la terminal huele a café quemado desde las seis de la mañana hasta que cierra, porque la cafetera lleva encendida desde antes de que yo entrara en el puerto y porque nadie ha propuesto nunca cambiarla, y ese olor, mezclado con el del gasoil que se te pega a la ropa en el turno de mañana, es lo primero que echaría de menos si me fuera, cosa que no voy a hacer.
Estaba desayunando a las diez con Marino Cabranes, que come un bocadillo de tortilla del tamaño de un antebrazo todos los días de su vida desde que Franco, cuando entró por la puerta de cristal una mujer con chaleco reflectante prestado, casco de visita y una carpeta, y tardé cuatro segundos en colocarla porque en aquel comedor no encajaba de ninguna manera.
— Anda — dijo Yaiza Riestra—. Si estás tú.
— Vengo aquí todos los días.
— Ya, pero es que en mi cabeza tú vives en el local de La Calzada, en la silla del fondo.
— Se sentó sin que la invitara, dejó la carpeta y le pidió al de la barra un café con hielo, en mayo, en Xixón—.
Vengo a lo de los guantes. Suministro. Vuestro almacén me tiene comprando desde hace tres años y me hacen venir en persona a firmar papeles como si estuviéramos en mil novecientos ochenta.
— Los papeles hay que firmarlos en persona.
— Los papeles hay que firmarlos donde diga el jefe de compras, que es un señor encantador que tiene una foto de un barco en la mesa y que me hace repetirle el precio del par tres veces para tener a alguien con quien hablar.
— Se quitó el casco y lo dejó encima de la carpeta—.
Y yo se lo repito, que para eso me pagan.
Pero son cuarenta minutos de coche y una hora de aparcar.
— Aquí las cosas van despacio — dijo Marino—. Lo que va deprisa se cae.
— Este hombre habla en refranes.
— Este hombre lleva cuarenta años — dije yo.
Estuvimos veinte minutos. Yaiza es de las personas más fáciles del mundo para desayunar con ellas, porque no rellena, y entre nosotras funciona bien esa cosa de tener a una amiga en común y no hablar de ella. Hasta que habló de ella.
— Bueno, y tú te quedas sin profesora dos semanas, ¿no?
Me quedé con el vaso a medio camino. Lo bajé y lo puse en la mesa, y lo hice despacio, porque en mi oficio se aprende que cuando algo se te descuelga lo peor que puedes hacer es corregirlo de golpe.
— ¿Yo?
— Sí, mujer. Lo del fin de semana de Santiago. Bueno, dos semanas no, un fin de semana, y luego lo que salga. — Removió el café con hielo, se le cayó el hielo, lo volvió a meter—. La prueba con Marmañán. Los de Compostela.
— Ah. Sí.
— ¿Sí?
— Sí, sí.
Yaiza me miró exactamente medio segundo más de lo que hacía falta, y luego, en un gesto que le agradecí durante semanas, se puso a hablar de los guantes.
———
Subí a la cabina a las once menos cuarto y trabajé cinco horas y media, y fueron cinco horas y media buenas: un buque con la carga bien estibada, un ritmo de veintiocho movimientos a la hora, ni un parón, ni un twistlock comido, ni una discusión por radio.
A las dos de la tarde entró viento del noroeste y hubo que bajar el ritmo veinte minutos, porque un contenedor vacío colgando de un spreader a treinta metros con racha de cuarenta kilómetros es una vela, y en una vela la precisión se va al garete y no vuelve hasta que amaina.
Marino me lo cantó desde abajo antes que el anemómetro, que es una cosa que hace y que nadie sabe cómo la hace.
— Va a entrar — dijo por la radio.
— Todavía no marca.
— Marcará.
Marcó a los cuatro minutos. Cuarenta años en un muelle son cuarenta años en un muelle.
Cuando bajé tenía las lumbares agarrotadas de la postura, el cuello de mirar hacia abajo ocho horas y una cosa en el pecho que llevaba ahí desde el desayuno y que yo no había mirado de frente en cinco horas y media.
Una cosa que tiene mi oficio y que no tiene casi ninguno es que arriba no se puede pensar en nada más.
Uno mueve cuarenta toneladas por encima de la cabeza de seis personas y no hay hueco: si te vas, se cae algo.
Por eso los que llevamos años en cabina somos, por lo general, gente con la vida bastante sin resolver y con ocho horas al día de tregua garantizada, y por eso yo, que arriba no pienso, tengo todos los problemas esperándome puntualmente en el aparcamiento.
Y en el aparcamiento, con la puerta del coche abierta y un pie dentro, la miré tres segundos y le puse nombre.
Cansancio. Turno de mañana toda la semana, cinco sesiones de punteru al día en vez de tres, el domingo de mi madre, el sobre de Nel en el bolsillo de atrás desde hacía nueve días sin ingresarlo. Eso era. Cansancio acumulado, que a los treinta y seis años ya no se va durmiendo una noche del tirón.
Porque lo otro no tenía ningún sentido. Xandra Bousoño se iba un fin de semana a hacer una prueba a Santiago con un grupo profesional que le podía cambiar la vida, y yo era la persona que llevaba doce años queriendo exactamente eso para ella, y si me lo había contado a Yaiza y no a mí era porque a Yaiza la ve tres veces por semana en un local de veinte metros y porque esas cosas se sueltan cuando se sueltan.
Además, Xandra cuenta las cosas cuando ya están hechas.
Es su sistema. Yo lo sé mejor que nadie.
Yo sé qué antibiótico le sienta mal, qué asiento del autobús coge, que no come pimiento crudo pero sí asado, que tiene un tío en Colunga con el que no se habla, que llora con los anuncios de la lotería y que se ríe muy alto cuando la pillan en algo.
Sé el nombre de la profesora que la humilló en tercero de solfeo.
Sé lo que gana, sé lo que paga de alquiler y sé que hace tres años estuvo cinco meses pagándolo con un descubierto, porque me lo contó a las tres de la mañana y porque a la mañana siguiente le hice un ingreso que aceptó a la tercera y que me devolvió en catorce meses hasta el último euro, insistiendo, discutiendo, con una tozudez que a mí me pareció exagerada en su momento y que ahora, contándolo, me suena a otra cosa.
Xandra no sabe qué turno hago esta semana.
No lo sabe nunca. Y le importa, lo que pasa es que a mí eso me ha parecido siempre lo cómodo, porque si no lo sabe no tiene que tenerlo en cuenta, y si no tiene que tenerme en cuenta puede llamarme a las tres de la mañana sin pensárselo dos veces, y a mí lo que me interesa de esta vida es que me llame.
Eso es un buen arreglo. Lleva doce años funcionando y no se lo ha quejado nadie, y el día que Xandra Bousoño empiece a preguntarme qué turno hago será el día en que tenga que tenerme en cuenta para algo, y ese día se le habrá acabado la comodidad de llamarme a las tres sin pensárselo.
Arranqué el coche y me fui a casa a dormir dos horas.
———
Esa semana cambié dos turnos. Cambié el del jueves con un compañero al que le venía bien porque tenía una comunión, y cambié el del sábado por la mañana con otro, y los dos cambios los pedí yo y los dos me costaron un favor devuelto, y los pedí para poder ir a la clase de la escuela y al ensayo del local.
No se lo dije a nadie. En la terminal, cuando uno cambia dos turnos en una semana, la gente da por hecho que tiene un asunto en casa y no pregunta, que es una de las cosas buenas del puerto y una de las malas.
Marino sí preguntó, porque Marino pregunta.
— ¿Y eso?
— Cosas.
— Cosas. — Se limpió las manos en el pantalón—. Mira, neña, yo llevo cuarenta años aquí y he cambiado turnos por tres motivos: por un entierro, por un juzgado y por una mujer.
— Pues ya está.
— ¿Ya está cuál?
— Ya está, Marino.
Lo de Rocío empezó por él, que es de esas personas mayores que han decidido que una mujer de treinta y seis años que vive sola es un problema de ingeniería con solución conocida.
— La hija de un compañero mío de la estiba. Bueno, hija no, la sobrina. Arquitecta técnica. Buena chaval, majísima, y le dije que te iba a decir algo.
— Marino.
— Es que ya se lo dije.
— Marino.
— Que ya se lo dije, Olaya, que si no no te lo cuento. — Y se metió en la caseta del señalero antes de que me diera tiempo a contestarle, que a los cincuenta y siete años y con cuarenta en el muelle uno ya sabe cuándo hay que irse.
Rocío Cifuentes tenía treinta y ocho años, medía metro sesenta, llevaba unas gafas que se subía con el nudillo en vez de con el dedo, y me esperó en la puerta de un restaurante de la calle de la Merced el jueves siguiente con un abrigo que era demasiado abrigo para mayo y con cara de estar tan incómoda como yo.
— Antes de nada — dijo, dándome dos besos—: yo a esto no vengo nunca. Vengo porque mi tío es muy pesado y porque, si no venía, me lo iba a estar recordando en todas las comidas familiares hasta que me muera.
— Igual.
— Ah, pues qué bien. Entonces ya podemos cenar tranquilas.
Y cenamos tranquilas, en una mesa del fondo que ella pidió porque yo me quedé parada un segundo mirando la que nos ofrecían, que estaba en el centro y de espaldas a la puerta, y Rocío dijo aquella o aquella y señaló las dos de la pared sin darle ninguna importancia y sin que yo hubiera abierto la boca.
Comimos pixín, bebimos una botella entera entre las dos y estuvimos tres horas hablando de las obras del edificio de la calle Corrida donde ella llevaba nueve meses discutiendo con un promotor, de que a las dos nos gustaba el mar en invierno más que en verano, y de una excursión a los lagos que Rocío había hecho con doce años y de la que se acordaba con un nivel de detalle sospechoso.
Se reía con la boca cerrada, por dentro, con los hombros.
Me preguntó a qué me dedicaba y le expliqué lo de la cabina y el suelo de cristal, y en vez de decirme que eso ella no lo podría hacer, que es lo que dice todo el mundo, me preguntó por la precisión, por los márgenes y por el viento, y estuvimos veinte minutos hablando de trabajo, que es lo mío.
— ¿Y lo de la gaita? — preguntó, cuando ya íbamos por el postre—. Que me dijo mi tío que estabas aprendiendo a tocar la gaita.
— Tu tío habla mucho.
— Mi tío habla con todo el que se le pone delante. ¿Y qué tal se te da?
— Fatal.
— ¿Y por qué lo haces?
Y ahí me quedé un momento con la cuchara en el aire, en un restaurante de la calle de la Merced, delante de una mujer a la que conocía desde hacía dos horas y cuarto, porque nadie me había hecho esa pregunta.
Ni Nel, ni mi madre, ni Marino, ni la propia Xandra.
En mi vida, cuando yo digo que voy a hacer una cosa por alguien, la gente pasa directamente a la logística.
— Porque hacía falta uno — dije.
— Ya. Pero eso es lo que hace falta, no por qué lo haces tú.
— Es lo mismo.
— Vale. — Se subió las gafas con el nudillo y no insistió, y pidió otro café.
A la media hora ya me caía bien. A las tres horas seguía cayéndome bien exactamente igual, ni más ni menos, con esa temperatura constante que tienen las cosas que no van a ninguna parte y que a mí, en aquel momento de mi vida, me pareció una cualidad y no un diagnóstico.
Yo tenía treinta y seis años. No había elegido el puerto, ni la casa donde vivo, que era del hermano de un compañero y estaba a mano, ni el coche, que me lo dejó un vecino a buen precio. He tomado unas cuatro decisiones en mi vida y las cuatro fueron urgentes.
— Yo te lo digo por si te sirve — dijo Rocío al salir, mientras se subía las gafas con el nudillo—: yo me lo he pasado bien. Y no tengo prisa ninguna, ni ganas de nada complicado, y llevo dos años saliendo de una cosa larga. Así que si te apetece repetir, me lo dices, y si no te apetece, también.
— Me apetece.
— Vale. — Se rió por dentro otra vez—. Qué directa, ho.
— Es que es tarde y mañana entro a las seis.
Nos despedimos en la esquina de la calle Cabrales, y yo bajé andando hasta el coche por el Muro con el mar a la izquierda y la marea alta rompiendo contra la escollera, con esa sensación tibia y agradable de haber hecho algo normal, algo que hace la gente normal un jueves.
Un jueves. Es la palabra que me llevó las dos manzanas siguientes, porque los jueves, desde abril, son de la escuela de música, y aquella semana yo había cambiado el turno del jueves para poder ir a clase y luego había quedado a cenar a las diez, cuando terminase, en un restaurante que está a nueve minutos andando de la calle donde Xandra da clase de tres a siete.
Nueve minutos. Lo calculé mientras andaba, sin querer calcularlo, con esa parte del cerebro que en mi oficio se dedica a medir distancias y que no se apaga cuando bajo de la cabina.
En el Muro, a la altura de la Escalerona, había dos hombres pescando y un perro suelto, y el mar de mayo sonaba abajo con la marea entrando entera. Me paré a mirarlo el tiempo que se tarda en fumar un cigarro, que es una unidad de medida que uso aunque no fumo.
En el coche, antes de arrancar, saqué el móvil del bolsillo y desbloqueé la pantalla.
No lo desbloqueé para nada. No tenía que mirar la hora, que la tenía en el salpicadero, ni tenía que avisar a nadie de que llegaba, porque no hay nadie a quien avisar.
Lo desbloqueé, miré la pantalla de llamadas, comprobé que no había ninguna perdida y me quedé un rato con el teléfono apoyado en el volante y el motor sin arrancar, en una calle vacía de La Calzada a la una menos cuarto de la mañana.