Lo que nunca te pedí Capítulo 6
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Capítulo 6

Veintitrés gaitas afinando a la vez en un bajo de sesenta metros cuadrados suenan a que se cae un edificio.

No hay otra manera de contarlo. Cada una busca su la por su cuenta, los roncones entran y salen, alguien prueba el punteru sin el fuelle, alguien se pelea con una caña que le vino húmeda de casa, y durante cuatro minutos aquello es un ruido sin ley que a un desconocido lo echa a la calle y que a mí, desde los siete años, me pone de buen humor sin remedio, porque después de ese ruido siempre viene la cosa más limpia que conozco, que es veintitrés instrumentos entrando juntos en el primer compás.

Aquel sábado de finales de abril entramos juntos a la tercera. Bruno dio un golpe con el bastón en las dos primeras.

— Otra vez — dije.

Y la tercera fue buena. La marcha de procesión tiene una entrada traicionera, con un pick-up muy corto que hay que respirar antes, y en cuanto la banda respira a la vez el resto se coloca solo, de manera que dirigir esto consiste sobre todo en conseguir que veintitrés personas cojan aire al mismo tiempo y en dejarlas luego en paz.

Levanté la mano izquierda y bajé el volumen del segundo bloque, que siempre tapa, y por el rabillo del ojo, al fondo del todo, junto a la mesa de la estufa, Olaya seguía la música con la cabeza y con los dedos apoyados en el punteru sin soplarlo, marcando la digitación entera de una pieza que no puede tocar todavía y que se ha aprendido de oírnosla tres sábados seguidos, y no le he dicho a nadie que la miro porque no hay nada que decir: yo dirijo de cara a la sala y en la sala está ella.

———

El problema del local es exactamente ese, que yo estoy de cara y la banda también, y que en un bajo de sesenta metros con la gente sentada en herradura no hay un solo sitio donde mirar que no esté a la vista de los demás.

Olaya viene a los ensayos desde el segundo sábado, y viene sin gaita, con el punteru en una funda de tela que se ha hecho ella misma con un trozo de lona del puerto, y se sienta en la silla del fondo, que es la peor, la que está debajo de la humedad.

Llega la primera. Eso lo descubrí el tercer sábado, cuando aparecí a las diez menos veinte porque me había dejado el móvil el jueves y estaban las sillas puestas y la estufa encendida y ella con el abrigo puesto y la lona en las rodillas, y me dijo que había pasado por allí.

Nadie pasa por allí. Aquello no lleva a ningún sitio, como dice ella misma que dice Bruno.

Y en cuatro sábados ha hecho tres cosas que no le he pedido.

Ha arreglado la pata del atril mío con una pieza de metal que se trajo del taller de su hermano, de manera que el cartón lleva doce años ahí y ya no hace falta.

Ha traído un rollo de cinta aislante de color y ha marcado en el suelo las posiciones de los bloques, que es una cosa que yo llevaba dos años diciendo que iba a hacer.

Y una tarde, sin decírselo a nadie, se subió a una silla y le puso al radiador que no calienta una llave de purga, y lo purgó, y ahora la esquina del fondo está a dos grados más que antes y sigue habiendo humedad pero por lo menos no se te hielan las manos.

Nadie le dio las gracias por lo del radiador porque nadie se enteró. Yo me enteré porque estaba la llave de purga encima de la mesa de la estufa y porque conozco esa manera de arreglar las cosas sin firmarlas.

Al final del ensayo se queda a recoger conmigo.

Se lleva las sillas de cuatro en cuatro cogiéndolas por el travesaño, que las coge por donde hay que cogerlas porque en el puerto se aprende a levantar cosas, y cuando terminamos se va a tomar el vermú con la banda a Casa Fermina y se sienta siempre de espaldas a la pared y de cara a la puerta.

Lo hace en todos los bares. Lleva doce años haciéndolo y no lo sabe.

Y la banda mira, que es lo que hace una banda desde que existen las bandas, y empezó mirando con las tonterías de siempre, las de una entidad de quince a treinta personas con la sutileza de una traílla de perros: que si la nueva, que si a ver si aprende para julio, que si Xandra ha encontrado gaiteru donde no lo buscaba, que si en septiembre la sacamos en el bloque de atrás y que toque de mentira, que eso lo hacen todos.

Uno de los veteranos, que lleva en esto desde el noventa y siete y que tiene una manera de decir las cosas que no admite respuesta, soltó un sábado en Casa Fermina que a él le gustaba aquella mujer para la banda porque no preguntaba nada y hacía todo, que es exactamente lo que le gustaría a cualquiera y es exactamente lo que a mí, oyéndolo con el vermú en la mano, me sentó como una patada sin que yo supiera decir por qué.

El cuarto sábado, en Casa Fermina, con doce de la banda apretados en la mesa del fondo y con la barra llena de gente que no era nuestra, alguien sacó el tema de la lista de julio y de que había que federar a Olaya, y a partir de ahí se montó una discusión de veinte minutos sobre papeles que nadie había leído.

Que si hacía falta el DNI. Que si había que domiciliar la cuota.

Que si el año pasado a uno lo dieron de alta con dos días de retraso y hubo que llamar a Oviedo tres veces.

— El impreso lo bajo yo — dijo Olaya, desde la esquina, de espaldas a la pared—. Y lo llevo el lunes.

— Es que hay que llevarlo a la federación.

— El lunes libro.

— ¿Y no lo puedes mandar por correo?

— Se pierde.

Y ahí el veterano del noventa y siete se echó hacia atrás en la silla, con el vaso en la mano, y dijo en voz alta lo que llevaba tres semanas pensando media banda:

— Esta neña me gusta más que la que se fue a Alemania.

— Hombre, no jodas — dijo Yaiza—, que la que se fue a Alemania tocaba.

— Bueno. Todo no se puede.

Se rieron todos y se rió Olaya, con esa risa suya que apenas se ve y que consiste en bajar la cabeza un poco, y a mí, que estaba en la otra punta de la mesa con un vermú que no me apetecía, se me quedó dentro la frase entera del veterano, incluida la parte de "esta neña me gusta más", que es una frase que en una mesa de doce personas no significa absolutamente nada y que yo estuve rumiando toda la tarde del sábado en mi casa.

Y luego, hacia ese mismo cuarto sábado, se acabaron las tonterías, que es lo que me puso nerviosa, porque una banda que hace bromas está tranquila y una banda que se calla ha decidido algo.

— ¿Qué tal la mano? — le pregunté a Yaiza mientras enfundaba.

— Bien.

— El otro día dijiste que te dolía la muñeca.

— Y me dolía. Y ahora no. — Estaba enrollando el cable de la luz de su atril con una lentitud absolutamente falsa—. Xandra.

— Dime.

— Mira. Esa mujer no está aquí por la gaita.

El local estaba vacío. Lo digo porque me acuerdo perfectamente de que estaba vacío, de que la estufa hacía ese ruido de chapa al enfriarse y de que fuera pasó una moto, y de que yo tenía en la mano dos vasos de plástico que no había tirado todavía.

Me reí demasiado rápido y demasiado alto, con una carcajada que salió de un sitio que no era la garganta y que en aquel local con humedad sonó a lo que era, y me oí a mí misma decir que anda ya, ho, que qué cosas dice, que Olaya es Olaya y que lleva doce años siendo Olaya, que si estuviera aquí por otra cosa yo me habría enterado en doce años, digo yo, que no soy tonta, y que además viene porque hace falta un músico y porque Olaya es de las que se apunta a lo que sea con tal de sacarle a uno un problema de encima, que eso lo hace con su hermano y con su madre y con media Calzada, y que si mañana hiciera falta un portero de fútbol sala también se apuntaría, y que menuda cosa, Yaiza, menuda cosa me vienes a contar.

Hablé cuarenta segundos seguidos, sin parar, con los dos vasos de plástico todavía en la mano, y Yaiza esperó a que me quedara sin aire, que es lo que hace ella y que es la cosa más incómoda que le puede hacer una persona a otra.

— Vale — dijo.

Y cogió la funda de la caja y se fue, y yo me quedé sola en el local con la estufa enfriándose y con la sensación clarísima de haber ganado una discusión que nadie me había planteado, porque Yaiza no había dicho ni una palabra más que esas nueve y yo había contestado a un discurso entero que me había inventado sola.

———

La llamada de Iria Lousada me entró el martes a las siete y diez de la tarde, saliendo de la escuela, con la funda al hombro y en mitad de la acera de la calle, con un camión de reparto haciendo marcha atrás a tres metros y pitando.

— ¿Alejandra Bousoño?

— Sí. Bueno, Xandra. Sí, soy yo.

— Iria Lousada, de Marmañán. Nos vimos el otro día en el local de Bruno, aunque yo iba a otra cosa.

— Ya, ya. Sí, sí, me acuerdo perfectamente.

Me metí en un portal. Me metí en el portal de un edificio que no era el mío, con la puerta abierta porque estaban de obra, y me quedé de pie en un rellano con olor a cemento durante los once minutos que duró la conversación, con un dedo en la otra oreja.

— Vamos a ver una cosa — dijo Iria—. Yo fui a hablar con Bruno de un archivo de tonadas que tiene él de los años setenta. Y en esa conversación me puso tres veces un vídeo tuyo del certamen de hace dos años. Tres veces. El hombre no habla, pero cuando habla es muy pesado.

Me tuve que sentar en el segundo escalón.

— Nos falta una gaita para la formación de estudio y para la gira de otoño del año que viene.

Estamos viendo gente. No te estoy ofreciendo nada, que quede claro, te estoy diciendo que hagas una prueba con nosotros en Santiago, un fin de semana.

Tocas, comemos, hablamos, y luego cada una piensa lo que tenga que pensar.

— Sí.

— ¿Sí qué?

— Sí, que voy. Cuando digas.

— El primer fin de semana de junio. Sábado y domingo. — Se oyó papel al otro lado—. Te aviso de una cosa: aquí se trabaja mucho y se ensaya de nueve a tres, y yo soy bastante seca. No te lo tomes como algo personal, que no lo es. Nunca lo es.

— Vale.

— ¿Tienes con quién dejar tus cosas ese fin de semana? La banda, las clases.

— Sí. Sí, sí, eso lo arreglo.

— Una última cosa. — Ahí bajó el tono, y fue la única vez en toda la conversación—.

Bruno Argüelles me dijo que llevas cinco años dirigiendo esa banda sin cobrar y dando clase media jornada.

Yo no sé cómo tienes la cabeza ni me corresponde, pero te digo una cosa por si te sirve para el fin de semana: aquí nadie te va a preguntar si puedes.

Se da por hecho que puedes. Si algo no puedes, lo dices tú.

— Vale.

— ¿Vale de que lo has entendido o vale de que quieres colgar?

— Vale de las dos.

— Bien. — Y se rió media sílaba, que en Iria Lousada, según fui aprendiendo, es una carcajada—. Nos vemos en junio.

Colgué. Me quedé sentada en el segundo escalón de un portal ajeno con olor a cemento, con la funda de la gaita entre las rodillas y las manos abiertas encima de las tapas, y estuve así lo menos cinco minutos, y de esos cinco minutos me acuerdo de dos cosas: de que estaba temblando y de que en ningún momento se me pasó por la cabeza que aquello pudiera salir mal.

Lo primero que hice al salir a la calle fue buscar el nombre de Olaya en el móvil, y lo tuve en la pantalla mientras subía la cuesta entera, con la funda dándome en la cadera a cada paso.

Se me ocurrieron cuatro maneras de contárselo y una era muy graciosa, la de empezar por el final, que es como cuento yo las cosas: adivina quién se va a Santiago.

Y a mitad de cuesta, a la altura del bar de la esquina, la cuarta manera se me convirtió en una pregunta que no me había hecho nunca, que era qué cara iba a poner Olaya, y detrás de esa pregunta apareció otra peor, que era qué iba a hacer Olaya cuando pusiera esa cara.

Porque yo sé perfectamente lo que hace Olaya Prendes con las cosas de los demás, que es cogerlas, mirarlas desde arriba, calcular el peso y ponerlas en el sitio donde estorban menos, y si para eso tiene que apartarse ella se aparta, y lo hace con una tranquilidad que da miedo, y luego dice que no le pilla mal.

Se lo he visto hacer con su hermano, que lleva veinticuatro años sin tener que resolver un solo papel.

Se lo he visto hacer con su madre. Se lo vi hacer con una mujer con la que estuvo un año y medio cuando yo tenía veinticinco, a la que dejó marchar a Barcelona sin abrir la boca, y a la que estuvo ayudando a hacer las cajas de la mudanza el fin de semana anterior.

Y si yo le contaba lo de Santiago, Olaya iba a empezar a apartarse esa misma noche, a apartarse educadamente, con logística y con turnos cambiados, sin un reproche y sin un ruido.

Me guardé el móvil en el bolsillo del abrigo. Subí lo que quedaba de cuesta, abrí mi portal, subí tres pisos y me hice la cena, y me dije que se lo contaría al día siguiente en la clase de los jueves, con calma, en persona, que esas cosas no se cuentan por teléfono.

El jueves tampoco se lo conté.