Lo que nunca te pedí Capítulo 5
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Capítulo 5

El sobre estaba encima de la mesa de la cocina de mi madre, entre el frutero y el bote de las gomas, y era un sobre de los de banco, de esos alargados con la ventanilla de plástico, doblado por la mitad y con el doblez ya blando de haber estado en un bolsillo trasero.

Yo lo vi nada más entrar y no dije nada, porque en casa de Fina hay cosas encima de la mesa desde hace dieciséis años y la mayoría no son para mí.

Era domingo. Los domingos como con mi madre en La Calzada desde que tengo veinte años, con las excepciones de los turnos, y las excepciones de los turnos las apunto y las recupero, de manera que si un mes hago tres domingos hago cinco al mes siguiente.

Ella no me lo ha pedido nunca. Yo tampoco he preguntado si le hace falta.

Nel llegó tarde, como siempre, con el pelo mojado de la ducha del taller y oliendo a ese disolvente de barnizar cascos que se le mete en la ropa y no se le va con nada.

Veinticuatro años. Un metro noventa. La misma cara que tenía a los ocho cuando yo le hacía los bocadillos con el papel de aluminio doblado en pico para que se abriera bien, cosa que a estas alturas de mi vida sigo haciendo sin que nadie me lo haya pedido tampoco.

— Hola, mamá. Hola, tú. — Me dio dos palmadas en el hombro, que es su manera de darme un beso desde los diecisiete—. Ese sobre es tuyo.

— ¿Qué sobre?

— Ese. El de la mesa. Cógelo.

— Nel.

— Que lo cojas.

Lo cogí. Dentro había ochocientos euros en billetes de cincuenta, contados, ordenados con todas las caras hacia el mismo lado, que es una manía que le pegué yo.

Ochocientos euros contados por un chaval de veinticuatro años que hace ocho meses no sabía lo que era una nómina de verdad, guardados en un sobre de banco durante cuatro meses, con la certeza absoluta de que el día que me los pusiera delante yo iba a discutir.

Y los había guardado igual. Y había esperado a un domingo con mi madre delante, que es la única circunstancia en la que yo no monto un número.

— ¿Y esto?

— Eso es lo de estos cuatro meses. Y a partir de ahora ya no me ingresas nada, que me hicieron fijo en marzo y no te lo dije hasta ahora porque sabía que ibas a poner esa cara.

— No estoy poniendo ninguna cara.

— Estás poniendo exactamente esa cara. — Se sentó, cogió una aceituna del plato y se la comió con hueso y todo, y luego escupió el hueso en la mano como un salvaje—.

Que ya soy mayor, Olaya. Que tengo veinticuatro años, que tengo contrato, que pago mi piso y mis cosas, y que llevas ingresándome doscientos euros el día uno desde que yo tenía dieciocho.

— Es que tú ganabas seiscientos.

— Ya no gano seiscientos.

— Ya. — Doblé el sobre por el mismo doblez y me lo metí en el bolsillo de atrás, y me quedé con las dos manos encima de la mesa sin saber para qué las tenía—. Pues bien. Muy bien.

— ¿Y ya está?

— ¿Qué quieres que te diga, que te lo devuelva?

— Quiero que me digas algo que no sea muy bien.

No se me ocurrió nada. Lo digo en serio: no se me ocurrió absolutamente nada que decirle a mi hermano en aquella cocina, y estuve un rato largo mirando el frutero y calculando de cabeza que doscientos euros al mes durante seis años son catorce mil cuatrocientos euros, y que ahora, a partir del día uno del mes que viene, iba a tener doscientos euros más y ninguna cosa que hacer con ellos, y que eso, dicho en voz alta, suena a alegría y no lo era.

— Y otra cosa — dijo Nel, que cuando arranca no para—. Lo del seguro del coche.

— ¿Qué pasa con el seguro del coche?

— Que lo tengo puesto a tu nombre desde los veinte y ya te lo cambio yo, que me lo dijeron en la oficina y es media hora.

— Ya lo hago yo, que sé cómo va.

— Olaya.

— Es que hay que llevar el permiso y la ficha técnica y si te falta un papel te hacen volver.

— Olaya, que es media hora y que trabajo a doscientos metros de esa oficina, y que llevas dieciséis años llevándome papeles a sitios. — Se rió, y no se rió de broma del todo—. Que ya soy mayor. Que ya soy mayor, joder.

Mi madre entró en ese momento con la fuente y no oyó la última frase, o la oyó y decidió no haberla oído, que es lo que hace desde hace dieciséis años con todo lo que se dice en esa cocina.

———

Mi madre trajo el arroz con pitu y se sentó, y se levantó a los dos minutos porque faltaba el pan, y se volvió a sentar, y se volvió a levantar porque el agua estaba del tiempo.

— Perdona, hija, que no lo puse a enfriar.

— Está bien así, mamá.

— Es que se me fue el santo. Perdona.

Fina Coto tiene sesenta y dos años y lleva veintiséis limpiando oficinas por horas en el polígono, de seis a nueve de la mañana y de siete a diez de la noche, y dice perdona una media de nueve veces por comida.

Lo tengo contado. Lo conté un domingo de hace tres años, con un lápiz, en el margen de un papel de la farmacia que había encima de la mesa, y me salieron nueve, y desde entonces no lo cuento porque me sentó fatal.

Ese perdona lleva dieciséis años en esta casa y no es por el agua del tiempo. Yo lo sé y ella sabe que yo lo sé, y llevamos dieciséis años sin decirlo, cada una en su lado de la mesa, comiendo bien y hablando de la obra de la calle de al lado.

Mi padre se murió a los cincuenta y dos años en un vestuario del puerto, un martes de febrero, con la ropa de trabajo puesta y la taquilla abierta.

Estibador. Treinta años de estiba. Lo que me acuerdo de aquel día no es del hospital ni del tanatorio, es de que a las cinco de la tarde alguien tuvo que ir a recoger su bolsa de la taquilla y de que fui yo, y de que dentro había un táper de mi madre sin abrir y un jersey.

Tenía veinte años. Nel tenía ocho y estaba en el colegio y no lo sabía todavía.

En los seis meses siguientes mi madre se metió en una habitación y no salió, y yo dejé el ciclo formativo a medias y entré en el puerto de peona por una lista de la que salió mi nombre a los once días, y a partir de ahí ya no hubo mucho que decidir.

Aprendí a firmar recibos, a discutir con una compañía que no quería pagar, a hacerle la cena a un crío de ocho años que no quería cenar, a ir a las reuniones del colegio con veinte años y a que la tutora mirase por encima de mi hombro buscando a un adulto.

Nadie me preguntó si podía. Y eso es lo que se cuenta siempre así, con esa frase, como si fuera un reproche, y no lo es, porque nadie me lo preguntó por la sencilla razón de que yo no le di a nadie ni medio segundo para preguntarlo.

Llegué antes. Llego antes desde entonces.

— ¿Y qué, hija? — dijo mi madre—. Nel me contó lo de la gaita.

— Nel habla mucho.

— Nel habla lo normal — dijo Nel.

— ¿Y suena? — Mi madre se había puesto la servilleta en el regazo y la estaba doblando en cuadraditos, que es lo que hace con las manos cuando quiere seguir hablando—. Digo si la sacas ya, si sale sonido.

— Sale un sonido.

— Ay, qué bien. Qué bien, hija. — Y luego, más bajo, mirando el mantel—: Tu padre tenía un primo que tocaba.

— Ya lo sé.

— Perdona, si ya te lo he dicho otras veces.

— Puedes decírmelo otra vez, mamá.

No me lo dijo otra vez. Se levantó a por el arroz con leche, que lo hace ella y lo quema con un hierro que era de su madre, y lo puso en la mesa y se sentó, y estuvimos los tres hablando del tiempo, de una obra que están haciendo en la calle de al lado y que lleva desde febrero, de un primo de Candás que se ha comprado una moto a los sesenta y uno, y de si el tren de cercanías ha mejorado o no ha mejorado.

Cuarenta minutos de eso. En esa cocina llevamos dieciséis años hablando de la obra de la calle de al lado, que ha cambiado de calle tres veces pero es siempre la misma conversación, y a mí me gusta, porque en esa conversación no hay nada que resolver ni nadie a quien sostener y porque los domingos que no vengo la echo de menos y no lo digo.

Recogió los platos y no me dejó ayudarla, y yo me quedé sentada, con las manos otra vez encima de la mesa y otra vez sin saber qué hacer con ellas, en una cocina donde llevo dieciséis años siendo la que resuelve y donde aquel domingo no había nada que resolver, hasta que cogí un trapo y me puse a secar unos vasos que ya estaban secos y Nel me miró de una manera que me obligó a dejar el trapo.

———

Practiqué en casa a las siete, veinte minutos, con el punteru solo, sentada en el borde de la cama con la ventana cerrada y una toalla enrollada debajo de la puerta, que fue una idea mía para no molestar a los vecinos y que no sirvió absolutamente de nada, porque un punteru sin fuelle en un tercero de La Calzada se oye en el portal, en la escalera y en la calle, y porque el hombre del segundo me lo dijo al día siguiente en el ascensor de una manera muy asturiana, que consistió en preguntarme si me había comprado un pato.

Los ejercicios que me había puesto Xandra eran tres y los tenía apuntados en un papel con su letra, que es una letra de dar clase, redonda y grande.

Primero notas largas, una a una, la escala entera subiendo y bajando, cuatro segundos cada nota.

Segundo, la misma escala pero picando, que es levantar el dedo y volver a ponerlo sin que se te vaya el aire.

Y tercero, un pasaje de cuatro compases de la marcha de procesión, el más fácil que tiene la banda, que ella me había escrito en números en vez de en notas porque yo no sé leer una partitura y porque, según Xandra, hay gente que ha tocado cuarenta años sin saber leer y ha tocado mejor que los que leen.

La tercera nota me salió limpia cuatro veces seguidas.

La cuarta no me salió ninguna, y estuve media hora larga con la cuarta, y a la media hora la cuarta seguía sin salir y la tercera había empeorado, que es una cosa que pasa en esto y que a mí, que vengo de un oficio donde lo que aprendes se queda aprendido, me parecía una estafa.

Xandra me había dicho tres sesiones y hice cinco, que era exactamente lo que ella había predicho el martes en el pasillo verde de la escuela y lo que yo había decidido no hacer, y a las diez de la noche tenía el labio de arriba dormido y una satisfacción de las que no comparto con nadie.

Me acosté a las once y media con turno de mañana a la vista, con el sobre de Nel todavía en el bolsillo de atrás del pantalón, que estaba colgado de la silla, y con la sensación exacta de haber tenido un domingo estupendo en el que no había hecho falta para nada.

A las tres menos veinte sonó el móvil.

— ¿Duermes?

— Ahora no.

— Ay, ho, perdona. — No parecía tener ninguna intención de colgar—. Es que estoy con una cosa aquí del bloque tres y no me sale, y hay una tienda de instrumentos en Oviedo que tiene unas cañas que dicen que van muy bien, y quería preguntarte si el sábado me acercas.

— ¿A Oviedo?

— Es media hora.

— Xandra, son las tres menos veinte.

— Ya. Pero es que si te lo digo mañana se me olvida y luego me quedo sin cañas y luego la culpa es tuya.

Me reí en el techo de mi habitación con el brazo encima de los ojos.

Hablamos veinte minutos: de las cañas, de la humedad del local, de si el pitu del domingo lleva azafrán o no lleva, y de una alumna suya de once años que no quiere volver a clase porque en el colegio se le ríen por tocar la gaita, y de que Xandra lleva dos semanas dándole vueltas y no sabe qué hacer, y de que ha pensado en llamar a la madre y no se atreve porque le parece meterse donde no la llaman.

— Llámala.

— Es que igual la madre piensa que soy una pesada.

— Xandra, la mujer paga cuarenta euros al mes para que su hija toque. No va a pensar que eres una pesada.

— Ya. — Tres segundos—. ¿Y qué le digo?

— Le dices que la cría tiene oído.

Se quedó callada al otro lado y luego se rió muy bajo, de una manera que yo no le había oído nunca por teléfono, y dijo que menuda listilla estaba hecha, y siguió hablando de otra cosa. Cuando colgó, colgó ella, que también es lo de siempre.

Me quedé con el móvil en la mano, en el sitio ese en que uno se queda cuando la pantalla se apaga sola y la habitación se pone más oscura de golpe.

Doce años. Doce años de llamadas a las tres de la mañana, en el turno de noche, en la ducha, con gripe, el día que se me murió el gato, la noche de Nochevieja del año que Nel se fue a Tenerife.

Doce años cogiéndolo a la primera, sin excepción, sin un solo día en que le haya dicho que no podía.

Y yo no la he llamado nunca.

Ni una vez. Ni a las tres, ni a las cinco de la tarde.

Ni el martes que me dieron el puesto en cabina, ni el jueves que se me murió el gato, ni el febrero en que se cumplieron dieciséis años de lo de mi padre y me pasé la tarde en el rompeolas del Musel mirando el agua con el móvil en el bolsillo, cargado, con cobertura, y su nombre a dos toques de distancia.