Lo que nunca te pedí Capítulo 4
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Capítulo 4

— ¿Y ha vuelto?

— Ha vuelto.

— ¿El jueves también?

— El jueves también, Yaiza, que es lo que te estoy contando desde hace diez minutos, ho.

Estábamos en la barra de la Sidrería Casa Fermina el jueves a las ocho, con un culín cada una y con Yaiza sujetando el vaso por abajo, con esa manera suya de coger las cosas que parece que las va a devolver.

Yo había salido de la escuela hacía media hora y todavía tenía en las manos la sensación rara de la clase, esa cosa de haber estado colocándole los dedos a alguien que hace las cosas mejor que yo en todos los terrenos de la vida menos en aquel.

Porque eso es lo que pasó el martes y lo que volvió a pasar el jueves y lo que no le he sabido explicar a nadie desde entonces.

Yo he visto a Olaya Prendes resolver cosas durante doce años.

La he visto sacar a mi hermano de un aparcamiento a las cuatro de la mañana, la he visto discutir con una compañía de seguros durante siete meses y ganar, la he visto subir un colchón por la escalera de Cimavilla sola porque el que venía a ayudar llegaba tarde y a ella le daba pereza esperarlo.

En doce años no la he visto hacer nada mal.

Ni una vez. Y el martes estuvo cuarenta minutos delante de un espejo sacándole a un punteru un ruido que hizo que un vecino cerrara una ventana, con la cara colorada y la mandíbula agarrotada, y el jueves entró por la puerta del aula tres a las cinco menos diez con la caña de repuesto comprada y dijo buenas, y se puso de pie en el mismo sitio.

Lo que le conté a Yaiza fue la versión graciosa, que es la que sé contar: lo del vecino cerrando la ventana, lo de la fuga de manguera, lo de que Olaya se compró la caña de repuesto en Oviedo y me la enseñó dentro de un táper porque había leído en algún sitio que las cañas se guardan con humedad, y lo de que llevaba una funda de punteru hecha por ella con un trozo de lona del puerto, cosida a mano y con un remache de metal, que es la funda más fea y más resistente que he visto en mi vida y que le va a durar cuarenta años.

Lo que no le conté fue lo del jueves.

El jueves, a mitad de clase, Olaya se equivocó por sexta vez en la misma nota y me dijo perdona.

Perdona. A mí. Y yo le dije que no se pide perdón por no saber una cosa, que eso aquí no se hace, y ella se quedó mirándome dos segundos con una cara que no le he visto poner en doce años, y luego dijo vale, y volvió a colocar los dedos, y siguió.

— Y tú qué — dijo Yaiza.

— Yo qué de qué.

— Mira. — Dejó el vaso—. Tú qué.

— Yo estoy dando clase. Que es mi trabajo. Que llevo dando clase desde los veintiuno.

— Ya.

— Y me presta mucho que se lo tome en serio, porque hace falta uno y ella es uno, y en septiembre tenemos lo que tenemos.

Yaiza escanció, bebió, dejó el vaso en la barra con dos dedos y se fue al baño sin decir nada más, que es lo que hace cuando decide que ya ha dicho bastante y que el resto es cosa mía.

Me quedé sola con el culín y con la conversación abierta por dentro, y me la cerré yo misma en cuatro segundos, que es una habilidad que tengo desde los diecinueve años y que me ha salido bastante rentable.

———

Olaya subió a cenar el viernes. Sube a mi casa desde hace once años, subía cuando yo vivía en un piso de estudiantes en el Natahoyo y sube ahora a Cimavilla, que es peor porque la cuesta de la calle Recoletas mata a cualquiera, y siempre llega con algo en la mano que yo no le he pedido: una bombona, una bolsa de la compra, una bombilla de las de rosca gorda porque la última vez había una fundida en el baño y ella lo apuntó en el móvil sin decírmelo.

La cuesta de Cimavilla la sube cualquiera una vez y la sube dos veces al día quien vive arriba, y yo llevo nueve años viviendo arriba porque un piso de cincuenta y dos metros en el barrio viejo costaba en su día lo que costaba y porque desde mi ventana se ve una raya de mar entre dos tejados, y esa raya de mar, en enero, a las cinco de la tarde, con el cielo bajo, vale más que un ascensor.

Eso lo digo yo. La gente que sube a verme opina otra cosa y lo dice llegando, con la mano en el marco de la puerta y sin poder hablar.

Vivo en un tercero sin ascensor con una ventana que da al mar por encima de esos tres tejados, y el piso está siempre así, con las cosas donde las dejé y con partituras en el sofá, y no lo recojo cuando viene Olaya porque llevamos doce años y porque, si lo recogiera, estaría diciendo algo.

— Te traje una bombona.

— ¡Ah! Pero si no te la pedí.

— Te quedaba una raya en la de la cocina el otro día.

— Anda, es verdad. — La cogí y no pesaba nada en sus manos y en las mías pesaba veinte kilos—. Bueno, ya que estás con las manos ocupadas, ¿me la enroscas? Que yo con la llave esa nunca sé para qué lado.

— Es al revés de lo que parece.

— Por eso.

Hice una tortilla y unos pimientos, que es lo que sé hacer, y Olaya puso la mesa sin preguntarme dónde está nada porque sabe dónde está todo, y comimos con el ordenador puesto en una lista de tonadas asturianas para que yo pudiera pararla cada dos minutos y decirle escucha, escucha esto, esto es lo que va a hacer el punteru dentro de tres meses, esto es lo que estás aprendiendo.

Le puse una grabación de campo del año setenta y algo, de una mujer de un pueblo de Somiedo cantando sin instrumento delante de un micro de un aficionado, con una gallina de fondo, y le expliqué que de ahí sale la mitad de lo que tocamos y que lo demás son adornos que nos hemos ido inventando entre todos en cien años.

— ¿Y esa señora sabe que está en internet? — preguntó.

— Esa señora se murió en el ochenta y cuatro.

— Pues la gallina también.

— Olaya.

— Digo yo.

Olaya escuchaba. Olaya escucha de una manera que no le he visto a nadie, sin poner cara de escuchar, quieta, sin encimarse, sin hacer esa cosa que hacemos todos de estar preparando lo siguiente que vamos a decir, y cuando algo le interesa de verdad se echa un poco hacia delante y apoya los antebrazos en la mesa, y esa noche se echó hacia delante dos veces.

— ¿Y a ti quién te enseñó? — preguntó a mitad de la segunda.

— Bruno.

— Eso ya lo sé. Digo después.

— Después nadie.

Y ahí es donde yo suelo cambiar de tema, porque el después es del año en que entré en el conservatorio con diecinueve años y una beca que cubría la mitad, y donde la otra mitad la tenía que poner mi casa, y en mi casa se celebraba todo y no se sostenía nada.

Mi padre lo contó en dos bodas y en un funeral.

Lo contó en la barra del chigre de la esquina, con la mano en mi hombro, diciendo que su hija iba a ser la primera de la familia con un título de música, con esa voz de anunciar cosas que tenía y con toda la barra escuchándolo.

Y llegó el mes de octubre y había que pagar, y yo no le pregunté.

Ni a él, ni a mi madre, ni al director del centro, ni a Bruno, que tenía el dinero y me lo hubiera dado sin decir una palabra y sin cobrármelo nunca.

No pregunté a nadie. Me borré por internet, sin hablar con ninguna persona, y me busqué unas clases particulares, y a todo el mundo le conté que el conservatorio era muy encorsetado y que lo mío era la tradición, y me reí mucho contándolo, tanto que se lo creyeron todos y a ratos me lo creo yo.

Mi padre no era mala persona y esto lo digo en serio y lo digo siempre, porque la gente se cree que un padre que promete cosas en voz alta y luego no aparece es un canalla, y no lo era: era un hombre que se emocionaba delante de la gente y al que la emoción se le pasaba a la mañana siguiente.

Prometió un viaje a Irlanda cuando yo tenía catorce.

Prometió que iba a venir a verme tocar en la plaza Mayor y vino, y trajo a cuatro amigos, y se fueron todos al chigre antes de que empezáramos.

Prometió lo del conservatorio en la barra, con la mano en mi hombro y con toda la barra escuchándolo, y a mí, mientras lo decía, se me subió una vergüenza que no era por él.

Eso no se lo he contado nunca a Olaya entero. Le he contado la parte del encorsetamiento.

— Nadie — repitió.

— Después me busqué la vida, ¿sabes? Que es más divertido.

— Ya.

Me miró un segundo más de la cuenta y luego dejó el tenedor y se puso a hablar de la ITV del coche, y yo se lo agradecí tanto que casi se lo digo.

———

Hablamos de la banda, que es de lo que hablamos siempre desde abril: de que la señora que limpia el colegio se ha comprado una gaita nueva a plazos y le da vergüenza sacarla, de que los dos hermanos que llevan discutiendo desde el dos mil once se sentaron juntos el sábado pasado sin que nadie dijera nada, de que Bruno cumple sesenta y ocho en septiembre y de que la banda le quiere hacer algo y de que a Bruno hay que hacerle las cosas sin avisarlo o no viene.

— ¿Y él sabe que es su cumpleaños? — preguntó Olaya.

— Sabe que es el certamen.

— Digo si sabe que cumple años.

— Olaya, ese hombre nació con sesenta y siete años.

A las once seguíamos en la mesa. Yo tenía el cuaderno ahí desde antes de cenar, porque había estado por la tarde con el tercer bloque y lo dejé abierto encima del hule, junto al salero, con el lápiz cruzado en el lomo.

Estuvo abierto cuatro horas. Estuvo abierto mientras cenábamos, mientras recogía, mientras Olaya secaba los vasos y los ponía boca abajo en el escurridor, con las tapas de hule negro y la página cuarenta y uno hacia arriba y todos los márgenes a la vista, con todas las fechas, con la letra que tenía yo a los veintidós y la que tengo ahora.

Yo llevo doce años con ese cuaderno en la mano delante de ella.

Lo he sacado en la playa de San Lorenzo, lo he sacado en una mesa de Casa Fermina para apuntar una idea a media conversación, lo he tenido abierto en su sofá mientras ella veía la tele.

Y Olaya Prendes no ha mirado nunca dentro, ni una sola vez, ni con la excusa de pasármelo.

No lo miró. Ni de reojo. Recogió alrededor del cuaderno, movió el salero para limpiar y volvió a ponerlo en su sitio, y en ningún momento de esas cuatro horas bajó los ojos a la página, porque Olaya no mira lo que no le han enseñado, ni abre un cajón ajeno, ni pregunta lo que sospecha que no le van a contar.

Doce años esperando. Doce años a un palmo.

Y yo, que soy la que lo escribió, estuve toda la noche vigilando de reojo un cuaderno abierto y con miedo a que lo mirara, y con una cosa debajo del miedo que era peor y que no tenía intención de nombrar a las once de la noche en mi propia cocina.

— Voy tirando — dijo Olaya a las doce menos algo, mirando el móvil—. Mañana tengo ensayo con vosotros, o sea, con vosotras, o sea, con la banda. Con vosotros. Todavía no sé cómo se dice.

— Se dice ensayo.

— Ensayo, entonces. — Se levantó y buscó la chaqueta y no la encontró porque estaba debajo de dos partituras—. ¿Y a qué hora es?

— A las once. Pero es que tú vives en La Calzada y el ensayo es en La Calzada, y son las doce, y aquí hace una cuesta que te vas a matar bajando.

— No me voy a matar.

— Quédate, ho.

Lo dije con la voz de siempre. La voz de pedir cosas pequeñas, la de me acercas, la de hazme un favor tonto, la que llevo usando toda la vida y que no me cuesta nada, y Olaya dijo que bueno y que vale, y sacó ella sola la manta del armario del pasillo, y quitó los cojines del sofá y los puso en el suelo apilados en el mismo orden que las cien veces anteriores.

Se ha quedado en ese sofá cien veces. Ha dormido ahí con gripe, ha dormido ahí el día que se murió el perro de mi vecina, ha dormido ahí dos noches seguidas cuando le pintaron el piso. Cien veces.

— ¿Te dejo la luz del pasillo?

— Déjala.

— Es que si te levantas te vas a dar con la esquina de la cómoda, que se la da todo el mundo.

— Xandra, me he dado con esa cómoda cien veces y ya sé dónde está.

Le di las buenas noches desde la puerta de mi habitación y cerré, y me metí en la cama con el pijama de invierno en mayo porque el piso da al norte, y a la una y media seguía escuchándola respirar a través de un tabique de pladur de nueve centímetros que llevaba once años ahí sin haberme molestado jamás.

Respira despacio. Respira como le he enseñado yo a respirar, que es lo único que se me ocurre para explicar por qué a la una y media de la mañana yo estaba contándole las respiraciones a una persona a través de una pared.

A las dos me levanté a beber agua para verla dormida, y volví a la cama sin beber agua.

A las tres, que es mi hora, cogí el móvil de la mesilla por costumbre pura, y me quedé un rato mirando el nombre de la única persona a la que llamo a esa hora, sabiendo perfectamente que estaba a cuatro metros y medio de mí, en mi salón, boca arriba y con un brazo colgando fuera del sofá.

No pegué ojo. Ninguna de las cien veces me había pasado.