Capítulo 3
Llegué a la escuela cuarenta minutos antes de la hora, cosa que no le dije, y me senté en el coche en la acera de enfrente a mirar el portal mientras se me enfriaba el café de una máquina, porque salir del turno de mañana a las dos y presentarme a las cinco en la Escuela de Música Tradicional de Xixón me dejaba tres horas muertas que no supe en qué gastar y porque volver a casa a cambiarme y volver a salir me parecía una manera tonta de gastar gasolina.
Eso fue lo que me dije en el coche. Que era por la gasolina.
La escuela es un edificio municipal de dos plantas con las paredes pintadas de un verde de ambulatorio y unas letras de vinilo en el cristal a las que les falta la última A desde antes de que yo tuviera nada que ver con aquello.
Los martes y los jueves Xandra da clase de tres a siete, cinco alumnos, uno por hora, guajes de nueve a doce años y una señora de sesenta y algo que empezó el año pasado.
A las cinco menos cinco salió el último crío corriendo con la funda a la espalda golpeándole en el culo a cada zancada, y Xandra apareció en la puerta con el pelo recogido con un lápiz y me hizo un gesto con la mano que quería decir sube, y también quería decir cuánto llevas ahí, y yo hice otro que quería decir acabo de llegar.
Subí los dos tramos de escalera detrás de un chaval con un acordeón y le aguanté la puerta, y en el rellano me crucé con dos madres esperando y con un tablón de corcho lleno de fotocopias de horarios y de un cartel de un concierto de diciembre que nadie había quitado en cinco meses.
En el pasillo se oía un violín en un aula y un tambor en otra, y las dos cosas a la vez, y ninguna de las dos bien.
El aula tres tiene un piano vertical que nadie afina, cuatro sillas, un espejo grande de cuando aquello fue sala de baile y una ventana que da al patio interior.
Encima de la mesa había una gaita de estudio, de las de la escuela, con el fuelle de tela azul remendado en una esquina y el punteru de madera oscura con las llaves un poco verdes.
— Esa es la de los guajes — dijo Xandra—. Es fea y suena a rana, pero no le tienes que tener miedo, que ya se lo hicieron todo.
— Bien.
— Y no vas a tocar hoy.
— ¿No?
— Hoy soplas.
Me tendió el punteru solo, desmontado, sin fuelle y sin roncón, una pieza de madera de un palmo y medio con ocho agujeros y una caña asomando por arriba dentro de una pieza de plástico negro, y me lo puso en las manos con las dos suyas, colocándome los dedos uno por uno, empezando por el índice de la izquierda arriba del todo y bajando hasta el meñique de la derecha, y aquello duró dos minutos largos en los que yo estuve mirando el espejo de la pared del fondo porque no sabía dónde poner la cara.
— Sopla.
Soplé.
Lo que salió del punteru fue un ruido que se parecía a cuando el compresor del muelle pierde presión y se le queda una fuga en la manguera, un chillido plano, sin altura, sin principio ni final, que se cortó de golpe cuando se me acabó el aire a los cuatro segundos.
En el patio interior un vecino cerró una ventana.
Xandra se apoyó en la mesa con la barbilla en la mano y esperó, y a la tercera la cara que ponía ya no era de aguantarse la risa, sino de estar escuchando de verdad, con una concentración que en doce años solo le había visto puesta encima de un instrumento.
— Otra vez.
— Es que no me entra el aire.
— Sí que te entra. Lo que no te entra es donde tiene que entrarte. Otra vez.
A la sexta me explicó lo de la caña, que es una lengüeta doble de caña vegetal, hecha a mano, que se abre y se cierra según le dé la gana y según el tiempo que haga, y que es la parte del instrumento que decide si tu tarde va a ser buena o va a ser mala.
Me enseñó a mirarla al trasluz. Me enseñó a apretarla un poco entre el pulgar y el índice para cerrarla cuando viene muy abierta, y a no apretarla nunca de lado, y me dijo que un gaitero se pasa la mitad de la vida peleando con un trozo de planta de dos céntimos.
— Esto es lo peor y esto es lo mejor — dijo—. Un piano lo afina un señor una vez al año. Esto se afina cada día, con los dedos, y no hay dos días iguales.
— Eso en el puerto pasa con el viento.
— Pues igual. Tu caña es el viento. Otra vez.
Estuve cuarenta minutos soplando una pieza de madera de un palmo y medio.
Cuarenta. Yo, que muevo cuarenta toneladas con el pulgar derecho y las poso en un sitio con un margen de dos centímetros, que llevo dieciséis años en un puerto donde la gente me llama por radio para que le resuelva las cargas que vienen torcidas, que crié a un hermano y sostuve una casa desde los veinte años sin que se me cayera nada nunca.
Cuarenta minutos, y a los cuarenta minutos el punteru seguía sonando a fuga de manguera y yo tenía la mandíbula agarrotada y un mareo pequeño de estar respirando mal, y las palmas de las manos sudadas, y una humillación caliente y limpia que hacía dieciséis años que no probaba.
— Vale, para — dijo Xandra—. Bebe agua. ¿Te traigo agua? Te traigo agua.
— No hace falta.
— Ya, pero es que voy yo igual, así que dime si quieres.
Trajo dos vasos de plástico de la fuente del pasillo. Se sentó a horcajadas en una de las sillas de la escuela, de cara al respaldo, con los brazos cruzados encima, y se quedó mirándome beber.
— ¿Sabes lo que hace todo el mundo el primer día?
— dijo—. Todo el mundo el primer día se va a su casa y decide que esto no es para él.
Todos. Los de nueve años, los de cuarenta, todos.
Y de los que vuelven el segundo día se cae la mitad en el mes tres, que es cuando ya no eres malo de una manera graciosa, eres malo de una manera aburrida.
— ¿Y de los que llegan al mes tres?
— De esos ya no se cae ninguno.
— Pues yo llego al mes tres.
— Ya, si eso ya lo sabía yo cuando dijiste que sí en tu cocina. — Bebió y aplastó el vaso, que es una cosa que hace y que me pone de los nervios—. Lo que no sé es si vas a llegar al mes tres tocando o vas a llegar por cabezona.
— ¿Y eso importa?
— A mí sí.
— Lo estás haciendo mal por lo que lo hace todo el mundo — dijo—. Estás soplando con la boca, como quien apaga una vela, y eso son tres segundos de aire y luego estás muerta. Aquí no se sopla, ¿sabes? Aquí se empuja.
— Empujar con qué.
— Con lo de abajo. Mira, ¿tú cuando levantas algo pesado en el puerto qué haces?
— Yo no levanto nada, lo levanta la grúa.
— Vale, pero cuando cargabas.
— Meter el culo, doblar las rodillas y aguantar con la tripa.
— Pues es lo mismo. — Se levantó de la silla y la apartó de una patada—.
La gente se cree que esto se hace con la boca y con los dedos y no.
Esto se hace con lo mismo que se levanta un peso.
Y por eso los gaiteros viejos tienen la espalda hecha polvo y por eso hay que aprenderlo bien ahora, que si no dentro de veinte años estás como Bruno.
— ¿Bruno está mal de la espalda?
— Bruno está mal de todo y no lo dice. Ven.
———
Me puso de pie en el centro del aula, delante del espejo, con los pies separados y el punteru en las dos manos, y luego se colocó a mi lado, mirándome a mí y no al espejo, y me puso la palma abierta debajo de las costillas, en el hueco ese blando de la boca del estómago, y empujó hacia dentro con dos dedos.
— Aquí. Coge aire aquí.
— Estoy cogiendo aire.
— Estás cogiendo aire con los hombros. Mira. — Y me puso la otra mano en el hombro derecho y me lo bajó cinco centímetros, sin ceremonia, con la misma naturalidad con que le baja el hombro a un crío de nueve años los martes de cuatro a cinco—. Otra vez.
Cogí aire donde me dijo. La palma que tenía debajo de las costillas se movió hacia fuera y ella asintió una vez y me la quitó de encima, y el aire salió por el punteru y sonó una nota, una nota entera, con principio y con cuerpo, y duró siete segundos y no se me acabó porque se me acabase sino porque me reí y se me fue.
— Ahí — dijo Xandra—. Ahí está. Ay, ho, qué bien. Otra vez.
— Otra vez — dijo—. Y ahora sin que yo te toque, que si no te acostumbras a la mano.
Lo hice sin la mano y salió peor, y lo hice cuatro veces más y a la cuarta salió parecido, y Xandra volvió a ponerme la palma en el mismo sitio para comparar, y me la quitó, y me la volvió a poner, y así estuvimos un rato en el que yo dejé de contar las repeticiones porque contar exigía una parte del cerebro que en aquel momento tenía ocupada en otra cosa.
Estuve otra media hora y en esa media hora hice algo que no había hecho nunca con nadie, y es obedecer sin discutir.
Xandra decía otra vez y yo lo hacía otra vez.
Decía baja el hombro y yo lo bajaba. Decía el meñique lo tienes tieso, aflójalo, y venía y me lo aflojaba con dos dedos, y yo lo dejaba aflojado.
En el muelle, cuando alguien me dice cómo tengo que hacer una cosa, lo primero que hago es preguntarle por qué, y lo segundo es hacerlo a mi manera si su manera no me convence, y llevo dieciséis años funcionando así y por eso me llaman a mí y no a otra.
Allí no pregunté ni una vez. Mi cuerpo hacía lo que ella decía antes de que a mí me diera tiempo a tener una opinión, y en algún momento de esa media hora empecé a esperar la corrección siguiente en vez de temerla, que es una cosa que preferí no mirar de frente estando de pie delante de un espejo.
A las siete menos cuarto entró el conserje a preguntar si íbamos a estar mucho y Xandra le dijo que diez minutos, y estuvimos veinticinco, y el hombre se asomó otra vez y no dijo nada porque en aquella escuela llevan doce años sabiendo que a Xandra Bousoño hay que asomarse tres veces.
En esos veinticinco minutos me enseñó a montar y desmontar el punteru del asiento, a limpiarlo con una baqueta de tela por dentro para que no se quede la humedad, y a no dejarlo nunca cerca de un radiador, porque la madera se abre y una madera abierta no se arregla.
Todo eso lo apunté mentalmente igual que apunto un procedimiento de trabajo, que es la única manera que tengo de aprender nada.
— Mañana te compras una caña de repuesto, que esa está pasada — dijo Xandra, guardando el punteru en la funda de la escuela—. Y no practiques más de veinte minutos seguidos, que te vas a hacer daño en los labios y luego no puedes ni comer.
— ¿Veinte minutos al día?
— Veinte por sesión. Puedes hacer tres.
— Puedo hacer seis.
— Puedes hacer tres, Olaya, que te conozco. — Se rió, cerrando la cremallera de la funda con los dientes apretados por el esfuerzo—. Que te veo venir, que vas a estar el sábado con la boca hecha un cristo y sin poder tocar.
Le dije que vale y ya iba pensando en las seis. Del muelle, en cambio, no le conté nada, porque no me había preguntado qué turno hacía esa semana y porque a mí me daba un poco de vergüenza decirle que había salido a las dos y que llevaba desde las dos en la calle.
———
Recogimos el aula. Xandra apagó la luz y salimos al pasillo, y en el banco de al lado de la puerta, sentado con el bastón entre las rodillas y la boina puesta, estaba Bruno Argüelles, que llevaba ahí no sé cuánto tiempo, porque el hombre se mueve con un silencio que no le corresponde a alguien de sesenta y siete años.
— Bruno, ho, qué susto — dijo Xandra—. ¿Y tú qué haces aquí?
— Pasaba.
— No pasabas. Aquí no pasa nadie, esto no lleva a ningún sitio.
Bruno se levantó despacio, con las dos manos en el bastón, y me miró a mí, no a Xandra.
Yo llevaba doce años saludándolo en las espichas y en los conciertos de Ramos y en la barra de la Sidrería Casa Fermina, y el hombre me había dicho en total unas cuarenta palabras, todas útiles, ninguna sobre mí.
— La neña tien oído — dijo.
Xandra abrió la boca y no le salió nada.
— Eso — siguió Bruno, ya andando hacia la escalera— no se enseña. Lo otro sí. Lo otro es solo tiempo.
Y bajó. Se le oyó el bastón en cada escalón y luego la puerta de abajo y luego la calle, y en el pasillo verde de ambulatorio nos quedamos las dos de pie, y a mí se me subió el calor a la cara con una velocidad que no tenía nada que ver con lo que acababa de decir un señor de sesenta y siete años sobre mi oído.
Xandra me estaba mirando.
— ¿Sabes lo que te ha dicho? — Tenía la voz un tono más alta de lo normal, atropellada, en ese sitio donde se le va cuando algo la desborda—. Es que no lo sabes. A mí me llevó dos años decírmelo, Olaya. Dos años. Y yo tenía nueve y venía todos los días.
— Habrá sido por la fuga de la manguera.
— No te hagas la graciosa, ho.
— Es que sonaba a fuga de manguera.
— Sonaba fatal — dijo, y ya se estaba riendo, y se echó la funda al hombro y bajó los escalones de dos en dos, hablando hacia atrás sin girarse, contándome no sé qué de la caña de repuesto y de que el jueves empezábamos con el fuelle.
Yo me quedé un segundo más arriba, con la mano en la barandilla y la cara ardiendo en un pasillo donde no había calefacción desde marzo.