Lo que nunca te pedí Capítulo 2
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Capítulo 2

El local huele a humedad de bajo municipal, a estufa de gasoil y a las trece fundas de gaita que llevan ahí dentro desde el noventa y cuatro, y para mí ese olor es lo más parecido que tengo a una casa, cosa que no le digo a nadie porque queda triste dicho en voz alta y porque además tengo casa.

Es un bajo de La Calzada con dos ventanas altas a ras de acera por las que se ven los pies de la gente, con una humedad en la esquina del fondo que el ayuntamiento lleva cuatro años prometiendo mirar, y con una estufa que calienta un radio de metro y medio y ni un centímetro más, de manera que la banda ensaya siempre en herradura y siempre con los mismos tres afortunados en el centro.

Ese sábado llegué la primera, como todos los sábados, y encendí la estufa, y puse las sillas, y saqué el atril mío, que tiene una pata más corta y se la calzo con un cartón que llevará ahí desde antes de que yo dirigiera nada.

— Yaiza, hazme un favor tonto y abre la de arriba, que si no aquí no se respira.

— Que va a entrar frío.

— Va a entrar aire, que es distinto. ¿Me la abres?

Me la abrió. La abre siempre. Yaiza Riestra lleva nueve años tocando la caja en esta banda y siete diciéndome verdades sin envolver, y tiene un cuerpo de estar todo el día cargando cajas de suministro industrial en el maletero y una manera de mirar la sala antes de hablar que a mí me pone nerviosa, porque cuando mira así es que ha visto algo y lo va a decir.

Ese día no dijo nada todavía. Colocó la caja, apretó los parches, se sentó y se puso a mirarme como quien mira una obra desde la acera.

Una banda de gaitas no es una orquesta y el que se cree que lo es dura dos temporadas.

Aquí hay un hombre de sesenta y siete años que fundó esto en una mesa de sidrería, hay una chavala de dieciséis que toca mejor que yo a su edad y que se me va a ir a Madrid a estudiar en tres años, hay dos hermanos que llevan discutiendo desde el dos mil once por una cosa que ya nadie recuerda, hay una señora que entra a las nueve a limpiar un colegio y viene a ensayar los sábados con las manos destrozadas, y hay cuatro que vienen por la merienda de después y lo saben y no lo disimulan.

Mi trabajo, si es que esto es un trabajo y no lo es porque no lo cobro, consiste en que esas veintitrés vidas entren a la vez en el primer compás de una marcha de procesión.

A las once y diez estábamos veintitrés. Veintitrés se nota.

Es una cosa rarísima, porque un oído de fuera no distingue veintitrés gaitas de veinticuatro ni en broma, pero la herradura se abre por un sitio y ese hueco lo ve todo el mundo desde el primer minuto y nadie lo comenta, que es peor.

Bruno estaba en su silla de siempre, junto a la estufa, con la boina puesta dentro del local porque se la quita en la iglesia y en ningún otro sitio, y con las manos encima del bastón que no necesita y que usa para dar golpes en el suelo cuando entramos mal.

— Empezamos por la marcha de procesión — dije—. Bruno, ¿me das el tempo?

— Ya lo tienes.

— Ya, si el tempo lo tengo, lo que quiero es que se lo des tú, que a mí no me hacen caso.

— Porque se lo pides.

Y eso lo dijo sin levantar la vista del suelo y sin explicarlo, porque Bruno Argüelles no explica nada nunca, suelta tres frases por ensayo y se calla, y una de las tres siempre se te queda dentro dos días como una china en la bota.

Tenía sesenta y siete años y me había puesto la primera gaita en las manos a los siete, y llevaba desde entonces sin decirme ni una vez que tocaba bien, lo cual, en su sistema, es exactamente lo mismo que un abrazo.

Ensayamos hora y media. La marcha salió bien a la tercera, después de que yo parase dos veces en el mismo sitio y de que el bloque de la izquierda me jurase que ellos entraban en tiempo, que es lo que jura siempre el bloque que no entra en tiempo.

La de aires de Villaviciosa salió regular porque la caja iba por delante y porque a mí me da apuro decirle a Yaiza que va por delante, cosa que ella sabe y que se cobra a su manera.

Y la pieza nueva, que es la que tengo pensada para el certamen y que todavía no tiene bien resuelto el paso del tercer bloque, salió como sale todo lo que no está terminado, que es sonando a que le falta algo y que nadie sabe qué, con la sala mirándome al final con esa cara de esperar instrucciones que a mí me da más miedo que un abucheo.

— ¿Lo dejamos así? — preguntó uno de los jóvenes.

— Lo dejamos así de momento.

— Es que suena raro, Xandra.

— Ya lo sé que suena raro. Es que está a medias. Todo suena raro a medias.

Y luego vino la discusión de repertorio de siempre, con dos de los veteranos defendiendo que en septiembre hay que ir con lo seguro, que lo seguro son la marcha y dos aires de toda la vida, y con la mitad de los jóvenes queriendo meter una pieza propia porque el jurado premia el riesgo y porque llevan tres años oyéndome decir que hay que componer.

Discutieron once minutos. Yo tengo cinco años dirigiendo esto y he aprendido que la discusión de repertorio no se gana: se aplaza.

— Lo hablamos el sábado que viene, ¿sabes? Y pensadlo en serio, no me vengáis con lo mismo. ¿Alguien me acerca luego a Cimavilla? Que vine andando y no me apetece la cuesta.

Tres manos. Siempre hay tres manos. Yo pido cosas pequeñas todo el rato, todos los días, veinte al día si me dejan, y la gente me las da con gusto, y de ahí saqué hace mucho una conclusión que me ha ido estupendamente y que consiste en no comprobar nunca si me darían también las grandes.

———

Sonia Muñiz llegó a la una menos cuarto con una carpeta y con esa manera de entrar en los sitios que tiene la gente del ayuntamiento, que es pidiendo perdón con el cuerpo y no con la boca.

Cuarenta y cuatro años, gabardina buena, el pelo recogido de cualquier manera, y una carpeta azul que ya conozco.

La banda bajó el volumen sin que nadie lo mandara.

— Buenos días. Perdonad que os interrumpa el ensayo. — Puso la carpeta en el atril de nadie—. Xandra, ¿tienes cinco minutos?

— Tengo veintitrés músicos, Sonia. Diles lo que sea a todos, que luego se lo cuento mal.

Se lo pensó. Y lo dijo delante de todos, que hay que reconocérselo, porque lo cómodo hubiera sido llevarme a un rincón.

El convenio de la banda con el ayuntamiento vence el treinta y uno de diciembre.

La renovación por cuatro años más está condicionada, y lo estaba desde la firma anterior, a la acreditación de resultados en certamen oficial, que en castellano de acta significa podio en el Certamen de Bandes de Gaites del Cantábricu, que se celebra el segundo sábado de septiembre en Llanes.

Para presentarse hay que competir en la categoría que nos corresponde por historial, y para competir en esa categoría hay que ser veinticuatro músicos.

La lista se cierra el quince de julio, con nombres, con documentos y con firma. Después no se admiten altas.

Yo eso ya lo sabía. Lo sabía desde la firma, porque la firmé yo, con un bolígrafo del ayuntamiento y con la sensación de estar haciendo un negocio buenísimo, que en aquel momento lo era: cuatro años de local, de autobús y de seguro a cambio de una cosa que llevábamos haciendo sin que nos la pidiera nadie desde el noventa y cuatro.

Lo que no sabía en aquel momento es lo que sabe todo el mundo a los cuarenta y que yo estaba a punto de aprender a los treinta y cuatro, que es que las condiciones que uno firma cuando le va bien son exactamente las que le hunden cuando le va mal.

— ¿Y si presentamos alegación? — preguntó uno de los veteranos.

— Podéis. Yo os ayudo a redactarla. Pero el criterio es el criterio, y el criterio lo aprobó el pleno.

— El pleno somos todos, ¿no? — dijo Yaiza, sin levantar la vista de la caja—. Pues yo no aprobé nada.

— Consta en acta, de todos modos. — Sonia cerró la carpeta y no se movió.

Se quedó ahí, con las dos manos encima, y a mí eso me revolvió más que si hubiera soltado el papel y se hubiera ido—.

Xandra, de verdad que ojalá fuera otra cosa.

Llevo doce años viendo pasar esta banda por delante de mi ventana los domingos de Ramos.

— Ya.

— Es que no puedo hacer nada.

— Que ya lo sé, Sonia. Anda, ¿me haces un favor y me mandas el criterio por escrito? Así se lo enseño a esta gente y no me discuten a mí.

Se lo pedí porque necesitaba tener algo en la mano y porque pedir cosas pequeñas es lo que hago cuando lo grande se me pone delante y no cabe por la puerta.

Sonia dijo que sí, apuntó una nota y se marchó con la gabardina abrochada hasta arriba, y en el local se quedó un silencio de esos que hay que romper deprisa antes de que se instale y ponga la mesa.

— ¡Bueno! — dije, y di dos palmadas—. Que aún nos quedan cinco meses y que a mí me presta mucho quedar segundos, ¿eh? Segundos es podio. Segundos vale.

— Terceros también — dijo alguien.

— Terceros también, que hay que ver qué exigentes sois de golpe.

Se rieron. Yo también me reí, con la mano en el respaldo de la silla y con la otra tecleando la digitación del tercer bloque contra la madera, uno-dos-tres, el paso ese que no me sale, uno-dos-tres, mientras la banda recogía las fundas y hablaba de dónde ir a comer, y no paré de teclear hasta que Yaiza me miró la mano y yo la quité.

———

La banda se fue en dos oleadas, la de los que van a comer juntos y la de los que tienen a alguien esperando, y en la puerta se quedaron cuatro discutiendo si un tercer puesto contaría o no contaría para el acta, que es una discusión que se puede alargar cuarenta minutos en una acera y que se alargó.

Me quedé sola a recoger, que es lo que hago siempre, y lo hago porque me gusta el local vacío después de quince personas y porque así tengo veinte minutos de un sitio en el que nadie me pregunta nada.

Apagué la estufa. Recogí dos vasos de plástico.

Saqué del bolsillo interior de la funda el cuaderno, que es un cuaderno de tapas de hule negro, de los de toda la vida, comprado en una papelería de la calle Marqués de San Esteban que ya cerró, y lo abrí por donde se abre solo.

Ese cuaderno lo empecé a los veintidós años, en el autobús de la línea que va al Natahoyo, con un lápiz que me prestó una señora, y desde entonces ha ido conmigo a todos los sitios a los que he ido, incluido un hospital, incluida una boda en la que no me apetecía estar.

Está gordo de humedad y tiene las esquinas redondeadas de vivir dentro de una funda de gaita, y hay páginas donde se ve la marca de un vaso y páginas donde el lápiz se corrió porque llovía.

Tengo dentro cuarenta y una tonadas empezadas y once terminadas.

La de la página cuarenta y uno no tiene nombre.

Está escrita a lápiz, corregida a lápiz, borrada y vuelta a escribir tantas veces que en dos compases el papel ha quedado transparente y hay que ponerlo a contraluz para saber qué dice, y tiene doce años de anotaciones al margen con letra mía de distintas edades.

Es en la que más he trabajado. Es la única que no le he enseñado a nadie, ni a Bruno, ni a los de la banda, ni a la gente del conservatorio cuando aún estaba en el conservatorio, y si alguien me pregunta de qué va le digo la verdad, que es que todavía no lo sé, y que es mentira solo en la parte en que sí lo sé y prefiero no escribirlo en ningún sitio donde pueda leerlo yo.

Toqué el tercer bloque con los dedos en el aire, sin gaita, sentada en una silla plegable de un bajo con humedad.

— Esa no la tocas nunca — dijo Bruno desde la puerta.

Se había quedado. Bruno siempre se queda, y siempre a diez metros, y siempre sin decir por qué.

— Porque no está.

— Está.

— Está a medias, ho.

— Todas están a medias. — Se apoyó en el marco con las dos manos encima del bastón y se quedó mirando el cuaderno como quien mira un perro que no es suyo—. Eso no se toca, Xandra. Eso se cuenta.

— Que sí. Que un día.

— Un día. — Y se rió por la nariz, que es lo máximo que hace—. Un día tiene un calendario muy raro.

Iba a contestarle algo, no sé qué, algo de las que se ríen en vez de contestar, cuando se oyeron unos tacones bajos en la acera de arriba y luego en los tres escalones de la entrada, y en la puerta del local apareció una mujer que yo había visto en fotos de programas de festival y en un vídeo de una actuación en Lorient que tengo guardado desde hace cuatro años y que he puesto en clase a los guajes por lo menos seis veces.

Cuarenta escasos, abrigo de paño, el pelo mojado de orbayu, y una manera de quedarse parada en el umbral mirando la sala entera antes de mirar a nadie que yo, con el tiempo, aprendí a reconocer como lo que era: la costumbre de entrar en locales de ensayo ajenos y calcular en tres segundos cuánta gente cabe y qué suena mal.

Iria Lousada, de Marmañán. En un bajo municipal de La Calzada, un sábado a la una y media, con la humedad de la esquina del fondo a su espalda y con la estufa ya apagada.

Se me subió el corazón a un sitio ridículo. Me pasé la mano por el pelo, que estaba hecho un desastre, y di dos pasos hacia ella con la sonrisa ya puesta y con veinte frases atropelladas en la boca.

Iria me saludó con la cabeza, cortés, exactamente lo que se saluda a una desconocida que hay en una habitación.

— Buenas. ¿Bruno Argüelles?

— Aquí.

Y pasó por delante de mí.