Lo que nunca te pedí Capítulo 1
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Lo que nunca te pedí

Lo que nunca te pedí

Por Selene Ardura

© inepub.com

Capítulo 1

A cuarenta metros de altura el suelo de la cabina es de cristal, y una se acostumbra, que es lo raro.

Llevaba seis años sentada encima del vacío, con el buque abierto debajo y las bodegas iluminadas por los focos hasta el fondo, y la única parte de mi cuerpo que seguía teniendo opinión sobre la altura era el estómago cuando el spreader bajaba demasiado deprisa y yo lo frenaba en el último metro, por gusto, porque podía.

Aquella noche descargábamos un buque mediano que había entrado con la marea de las nueve y que se iba a las siete, y el trabajo era de los que a mí me prestan: contenedores de cuarenta pies, celdas ordenadas, nada de carga rara, nada de esperar a que un armador decidiera desde una oficina de otro país en qué muelle quería su hierro.

Del cristal para abajo se veía la cubierta, los guías amarillos de las celdas, el casco negro con la línea de flotación subiendo un dedo cada vez que yo sacaba una caja de las tripas del barco.

Uno se pasa la noche vaciando un buque y el buque va creciendo hacia arriba, que es una manera bonita de decir que el trabajo se nota.

— Grúa dos, adelante — dijo Marino por la radio, con esa voz suya de haber fumado durante cuarenta años en sitios donde estaba prohibido.

— Adelante.

— El de la bahía cuarenta y siete tiene el twistlock de proa medio comido. Bájalo con cariño, neña, que si se suelta a mitad me lo como yo abajo.

— Recibido.

Bajé el spreader con el pulgar en la palanca, sin prisa, sintiendo por el mango esa vibración pequeña que hace la carga cuando se descuelga mal, y lo cierto es que el de la bahía cuarenta y siete venía torcido de origen y no había manera de ponerlo derecho, así que hice lo que hago siempre con lo que viene torcido, que es acompañarlo hasta el suelo y no discutir con ello.

La caja se posó en la plataforma sin un ruido.

Abajo, Marino levantó el brazo un par de centímetros, que en él es una ovación.

— Lo que no se amarra, se va — dijo por la radio, para nadie.

— Consta en acta, Marino.

— Tú ríete. Yo he visto irse cosas.

Un buque se descarga por celdas y por columnas, no por capricho, porque si sacas todo el peso de un costado el barco se te escora y el primer oficial baja a cubierta con una cara que no se le olvida a nadie, así que uno va alternando, babor y estribor, y va apuntando en la pantalla los movimientos, y cada movimiento son ciento cincuenta segundos de media cuando la cosa va bien y cuatro minutos cuando va mal.

Aquella noche iba bien. A las dos y media llevábamos ciento seis movimientos, que para un buque de aquel tamaño y con dos grúas trabajando es un ritmo del que nadie presume en voz alta porque presumir en un muelle trae mala suerte, y desde el cristal se veía a Marino abajo, pequeño, con el chaleco reflectante y el brazo levantado en la posición que quiere decir libre.

En la cabina no hay nadie más y no hay ventanas que abrir, y en invierno el cristal se empaña por abajo, junto a los pedales, con la forma exacta de mis botas.

Se entra por una escalera de ochenta y cuatro peldaños o por un ascensor de jaula que tarda lo mismo y que hace un ruido peor, y yo subo por la escalera desde hace seis años porque el día que me acostumbre al ascensor voy a tener cuarenta y cinco y unas piernas de oficina.

Arriba se está solo. Se está solo de una manera que no se parece a ninguna otra soledad que yo conozca, porque hay diez personas hablándote por radio todo el rato y ninguna te ve la cara, y una puede pasarse ocho horas contestando y que no le pregunten nada.

En dieciséis años de puerto y seis de cabina no había tenido un incidente, ni uno, ni siquiera de los que se apuntan en el parte y se olvidan a la semana, y eso en El Musel se sabe sin que nadie lo diga: hay gente a la que le dan las cargas raras y hay gente a la que le dan las cargas raras porque no se le caen.

Yo era de las segundas. Me gustaba serlo más de lo que le decía a nadie, entre otras cosas porque no se lo decía a nadie.

A las tres menos cuarto el móvil vibró contra el reposabrazos.

———

Xandra llama a las tres de la mañana. No siempre a las tres exactas, pero sí en esa franja en la que la gente normal duerme y ella se pone a pensar, y lleva haciéndolo doce años, desde el invierno en que nos conocimos en una fiesta de un piso de la calle San Bernardo a la que yo había ido a recoger a Nel, que tenía doce y no debía estar allí.

Xandra se sabía todos mis turnos el primer mes y luego se le olvidaron, y eso también lleva doce años pasando.

Llama cuando llama. Y yo cojo el teléfono a la primera, en la cabina, en la ducha, en la cama, con la boca dormida y la voz de haber estado callada ocho horas.

— Dime.

— ¿Estás arriba? — Se le oía la calle detrás, viento y una persiana metálica—. Se te oye a hueco, se te oye como en una lata.

— Estoy arriba.

— Ay, perdona, ho, que no miré la hora. — No había mirado la hora ninguna de las últimas cuatrocientas veces—. Bueno, sí que la miré. Miré la hora y llamé igual. ¿Puedes hablar?

— Puedo hablar mientras baje cajas. Si me callo de golpe es que estoy bajando una.

— Vale. Vale, vale. — Y se quedó tres segundos sin decir nada, que en Xandra es una eternidad geológica—. Se nos va una gaitera a Alemania.

Lo contó como cuenta ella las cosas, que es empezando por el final y volviendo hacia atrás a recoger lo que se le ha caído por el camino, de manera que lo primero que me llegó fue que se había pasado la tarde llorando en el local con la persiana bajada y lo último, veinte minutos después, fue por qué.

La chica se iba a un hospital de allí, un contrato bueno, dos años mínimo, se lo había dicho en el ensayo del sábado con una cara de pedir perdón que a Xandra le había dado más pena que la propia noticia, y con ella se iban dos cosas que en una banda de gaitas no son la misma: una gaita y un número.

Porque la gaita se sustituye. Una gaita más o una gaita menos en un bloque de doce no la nota nadie de la calle, y en el fondo tampoco la nota mucha gente de dentro.

El número sí. La Banda de Gaites Peña'l Cuervu se quedaba en veintitrés músicos y el reglamento del Certamen de Bandes de Gaites del Cantábricu exige veinticuatro para entrar en la categoría en la que Peña'l Cuervu lleva compitiendo desde el noventa y cuatro, que es la categoría en la que están todas las bandas serias del oriente y del centro y en la que hay que quedar entre las tres primeras si uno quiere que un ayuntamiento se acuerde de que existe.

Veintitrés no es una banda pequeña. Veintitrés es una banda que no existe.

— Y si no entramos en categoría no podemos presentarnos, y si no nos presentamos no hay podio, y si no hay podio la de cultura dice que el convenio no se renueva, porque el criterio es el criterio, y sin convenio no hay local, ni autobús, ni las clases de los guajes, ni mi media jornada, ni...

— Cogió aire por primera vez en cuarenta segundos—. Bueno. Ya está. Ya lo dije.

— ¿Cuánto tiempo hay?

— Cinco meses. El certamen es el segundo sábado de septiembre. La inscripción se cierra en julio con la lista cerrada de músicos y no admiten cambios después, que Sonia me lo repitió tres veces, con esa cara de pena que pone.

Bajé la caja de la cuarenta y siete y la solté en la plataforma antes de contestar, porque una cosa aprendí en la cabina y es que las manos van a lo suyo mejor cuando la cabeza está en otro sitio, y porque hablar y trabajar a la vez me da una excusa buenísima para pensar sin que se me note que estoy pensando.

— ¿Has mirado en las otras bandas? Habrá gente que toque y no esté federada.

— Miré. Está todo el mundo cogido, es abril, es cuando se cierran las plantillas.

— ¿Y la escuela? Alumnos tuyos.

— Los míos tienen once años, Olaya. Los subo al escenario y me denuncian.

— ¿Y gente que lo dejó? Antiguos.

— A esos los llamé ayer. — Silencio otra vez, y esta vez de los largos—. Uno se rompió una mano, otro está en Lugo y a la tercera no me atrevo a llamarla porque lo dejó por una discusión con Bruno del año dos mil nueve que todavía se cuenta en el chigre.

— ¿Y comprar el número? Federar a alguien que no toque.

— Eso es hacer trampa y encima se nota, Olaya, que subes a un escenario a veinticuatro y hay uno que no sabe ni dónde poner el codo, y en Llanes hay tres jurados y dos son gaiteros de sesenta años. Eso no lo hago.

— Recibido.

— Además Bruno me mata.

— Bruno no mata a nadie.

— Bruno no dice nada, que es peor.

Estuvo un rato hablando de Bruno, de la cara que había puesto Bruno el sábado, y de que Bruno lleva desde el noventa y cuatro sin faltar a un ensayo y que en septiembre cumple sesenta y ocho, y de ahí se fue a la inscripción, y de la inscripción a que le habían subido el alquiler doce euros y no venía a cuento, y de los doce euros al frío del local, y yo la dejé, porque cuando Xandra habla mucho es que está bordeando algo y porque en doce años de oírla he aprendido que el asunto de verdad llega al final, agotada, en una frase pequeña.

Yo tenía en aquel momento cuatro problemas abiertos: el twistlock, una previsión de viento del noroeste para las seis, un albarán que no cuadraba y una mujer al otro lado del teléfono pidiéndome una cosa pequeña a las tres de la mañana. Los tres primeros los resolví antes de que amaneciera.

———

Salí del turno a las seis y diez con esa cabeza de after de noche, hueca y brillante, y el frío del amanecer entrando por el cuello de la chaqueta mientras bajaba andando hasta el aparcamiento con las luces del muelle todavía puestas y las grúas quietas encima, alineadas, con esa pinta de bicho enorme dormido que tienen cuando no las mueve nadie.

En el coche puse la radio y la quité. Vine por la carretera del puerto con el mar por la izquierda, gris de esa hora, y el Cantábrico en abril tiene un color que no le sale a ningún otro sitio, un gris que no es sucio, que es solamente serio.

Xandra estaba en mi cocina.

Tiene llave de mi piso desde hace once años, desde que Nel se puso malo una noche que yo hacía el turno de tarde y hubo que subirlo en brazos, y desde entonces esa llave vive en su llavero entre la del local de ensayo y una de una casa de Colunga que ya no es de nadie de su familia.

Yo no tengo la suya. Nunca la pedí. Xandra tampoco me la ofreció, pero eso es porque a Xandra hay que pedirle las cosas y yo no pido, así que llevamos once años con una llave sola y a nadie le ha parecido nunca que eso fuese un dato.

Había hecho café, se había comido dos magdalenas mías y tenía la funda de la gaita apoyada en la pata de la mesa, que es donde la deja siempre aunque no vaya a tocar, aunque venga de la compra, aunque esté en el chigre. La llevaba puesta hasta para bajar la basura.

Mi cocina es de las que se ven enteras desde la puerta y no tiene nada encima de la encimera, porque todo lo que uso vive dentro de un armario y porque a mí las cosas a la vista me ponen nerviosa, y en aquella cocina Xandra Bousoño llevaba once años dejando el bolso en la silla, el abrigo en el respaldo, la funda contra la pata de la mesa y un vaso a medias en cualquier sitio.

Nunca le he dicho nada. Se lo recojo yo después, cuando se va, y me gusta recogerlo, y eso también es una cosa que preferí no examinar durante once años.

— No te levantes, que ya estás de pie — dijo, y me puso la taza delante sin preguntarme si quería—. ¿Te pilla mal que esté aquí?

— No me pilla mal.

— Es que vine andando desde Cimavilla y me metí aquí porque tenía frío, y luego pensé que igual dormías y luego pensé que no, que sales a las seis. — Se paró en seco. Se le quedó la sonrisa a medias, en ese sitio donde a ella se le nota todo—. Olaya.

— Dime.

— Nos falta uno. Uno solo. Veinticuatro.

No dijo nada más. Se sentó en la esquina de mi mesa, con las manos quietas por una vez, y se quedó mirándome con esa cara que pone cuando quiere una cosa y ha decidido no pedirla, que es una cara de estar esperando el autobús.

Yo llevo doce años viéndosela. La ha puesto para que le presten un coche, para que le cambien un turno, para que alguien la acerque a Villaviciosa un domingo, y jamás, ni una sola vez en doce años, la ha puesto para pedirme algo que le importara de verdad. Aquella mañana la puso.

Y yo, que llevo la vida entera resolviendo cosas, me froté con el índice el callo duro que tengo en la base del pulgar derecho, el que me hizo la palanca y que ya no se me va a quitar, y me oí decir que sí antes de saber a qué estaba diciendo que sí.

— Pues yo.

Xandra parpadeó.

— ¿Tú qué?

— Yo el veinticuatro. Aprendo. Tengo cinco meses.

— Olaya, tú no has tocado un instrumento en tu vida.

— No.

— Ni la flauta del colegio.

— No fui mucho al colegio, al final.

Se le rompió la cara en algo que empezó siendo una carcajada y acabó en otra parte, y no me dio tiempo a mirárselo bien porque se levantó a lavar la taza que yo todavía no había tocado, de espaldas, hablando muy deprisa de las clases de los martes y los jueves, de que hace falta una gaita y ella tiene dos, de que hay que empezar por el punteru y que el fuelle viene después, de que un adulto tarda un año y medio en salir a la calle y nosotras teníamos veintidós semanas.

— Veintidós — dijo, cerrando el grifo—. Bueno, veintiuna, que la última no cuenta porque la última es la de viajar.

Y hay que darte de alta en la federación antes del quince de julio con el número de socia y todo, y para eso tienes que estar dada de alta en la banda, y para eso hay que pagar una cuota que ya te pago yo.

— La cuota la pago yo.

— Que te la pago yo, ho.

— Xandra.

— Vale. — Se rió con las manos mojadas—. Vale, la pagas tú, madre mía, qué carácter tienes a las siete de la mañana.

Yo tenía turno de noche otra vez el viernes, tenía el coche con la ITV pasada de fecha, tenía un hermano de veinticuatro años al que llevaba dieciséis haciéndole el bocadillo con el papel doblado en pico, y tenía treinta y seis años y ninguna afición.

— No me pilla mal — dije—. Tranquila.