Lo que nunca te pedí Capítulo 30
100%

Capítulo 30

La primera cosa que pedí en el puerto la pedí el veintiuno de octubre a las ocho menos diez de la mañana, de pie en el despacho del jefe de operaciones, con el casco en la mano y con una frase que llevaba escrita en el móvil desde el domingo.

Pedí dos semanas.

No de vacaciones sueltas, que esas se dan y se quitan, sino dos semanas seguidas en febrero o en marzo, todos los años, marcadas en el cuadrante desde enero, para irme de gira con una banda de música tradicional en la que yo no toco.

Lo dije así, entero, sin envolverlo y sin ofrecer nada a cambio, y me costó cuarenta segundos y salí de allí con las orejas calientes.

El hombre me miró por encima de las gafas.

— ¿Tú no llevas seis años sin coger un puente?

— Llevo siete.

— Ya. — Apuntó una cosa en un papel—. Pues eso lo tenías gastado desde el dos mil dieciocho, Prendes.

Y me dio el turno fijo de seis a dos a partir del tres de noviembre, que llevaba dos años sin salir y que se lo dan al que lo pide, y que yo no había pedido nunca porque siempre había alguien a quien le venía peor.

Eso es lo que ha pasado desde septiembre en el sitio donde trabajo, y lo cuento primero y deprisa porque es lo más fácil de contar.

———

Octubre y noviembre fueron dos meses malos y hay que decirlo, porque si no parece que esto se arregló en una plaza de Llanes con una llave y un micrófono, y no se arregló ahí.

Xandra estuvo los dos meses enteros en Santiago grabando, sin venir ni un fin de semana, que era una de las dos condiciones que le pusieron los cinco y que ella firmó sabiendo lo que firmaba.

Sesenta y dos días. Yo hice las cuentas el primero de octubre a las nueve de la noche y luego dejé de hacerlas.

Nos peleamos dos veces.

La primera fue por teléfono, el catorce de octubre, y fue porque yo estuve nueve días con una bronquitis de las de no poder subir los ochenta y cuatro peldaños y se lo conté el décimo, ya curada y en pasado, que es como se han contado las cosas en mi casa desde que yo tenía veinte años.

Xandra me dijo cuatro cosas por teléfono desde un portal de la rúa do Vilar a las once y media de la noche y yo le colgué, que es la primera vez en doce años que le cuelgo a alguien.

La llamé a los veinte minutos. Yo. Eso también es nuevo, y no me salió bien, y le dije una frase que empezaba por es que a mí no me hace falta y no la terminé porque me oí.

La segunda pelea fue en noviembre y fue por los tuppers, y de esa no me arrepiento nada.

Lo de los tuppers, para que conste, es lo siguiente.

En octubre yo empecé a llevarle comida hecha a Santiago, porque esa mujer graba doce horas al día y come de pie, y la llevaba en tuppers, y los tuppers eran míos, y volvían vacíos y limpios en una bolsa y yo volvía a llenarlos.

Cuatro viajes. En noviembre Xandra me dijo por teléfono que aquello se había acabado, que ella no iba a ser la única de las dos que recibe, y que a partir de diciembre ella cocinaba los martes y yo los jueves y los tuppers eran de las dos.

— Xandra, es que yo tengo turno fijo desde el tres y tú tienes doce horas de estudio.

— Ya.

— No es lo mismo.

— No, si no es lo mismo. Es que a mí me da igual. — Y ahí, por teléfono, desde un portal de la rúa do Vilar, aquella mujer me dijo una frase que llevo desde noviembre repitiéndome—. Que tú lo que quieres es que la bolsa venga siempre en la misma dirección.

Yo le colgué también esa vez. Y la volví a llamar. Y a mí eso, colgar y llamar, hace un año no me había pasado nunca con nadie, porque yo no discuto: yo estoy de acuerdo a la primera y luego hago lo que iba a hacer.

Cocina ella los martes desde diciembre. Y son doce tuppers y seis son suyos y seis son míos y tienen las tapas de dos colores distintos y eso lo montó ella y a mí me sigue pareciendo una tontería.

Y en medio de esos dos meses hubo cuarenta y tantas llamadas a las tres de la mañana, y la mitad las hice yo, que es una estadística que a mí me sigue pareciendo increíble cuando la escribo.

Al principio llamaba y no sabía qué decir y me quedaba callada, y ella me decía Olaya, ho, que se te oye respirar, y yo le decía que estaba respirando abajo y que de eso tenía ella la culpa.

En diciembre volvió.

Fija en Marmañán, con la base aquí, con dos semanas de cada mes en Santiago que le dan los cinco con dos meses de antelación y que no se mueven ni por una boda ni por una gripe.

Da clase en la escuela los lunes, ocho horas metidas en un solo lunes que empieza a las nueve y media y acaba a las nueve, y eso le costó tres reuniones, una carta y perder una hora de las nueve que tenía.

Los sábados a las diez y media dirige la Banda de Gaites Peña'l Cuervu, que tiene convenio del ayuntamiento hasta dentro de cuatro años con acreditación documental y consta en acta, y en las semanas que ella no está la dirige Yaiza Riestra, que sigue sin coger el bastón de mando y que sigue marcando con una baqueta de tambor y que ya no engaña a nadie.

El disco lo sacan en marzo. Tiene once temas.

El octavo dura tres minutos y medio, es en re menor y tiene un adorno en el segundo compás que no es de aquí, y en la lista de temas, en el papel que me enseñó en la cocina en diciembre, pone un nombre de cinco letras que yo he visto escrito toda mi vida en sobres de banco y en partes de trabajo y que no había visto nunca escrito en un sitio así.

No dije nada. Le devolví el papel.

— ¿Y? — dijo.

— Que está bien.

— Olaya.

— Que está muy bien, Xandra. — Y me levanté a poner el agua—. Que si lo digo más alto se me va a notar.

———

La Nochevieja la hicimos en Cimavilla, en el piso de Xandra, que tiene un salón en el que caben ocho personas si dos comen de pie, y fuimos nueve.

Cocinó ella y cociné yo y discutimos por el horno.

Vino Fina en taxi desde La Calzada, con una fuente tapada con un paño que dijo que no era nada y que era una fuente de casadielles para dieciocho personas.

Vino Nel con una chica del taller de la que no dio ningún dato y a la que trató fatal toda la noche, que es como trata él a la gente que le importa.

Vino Bruno con la boina puesta y con una botella sin etiqueta que le dio a Xandra en la puerta y de la que no explicó nada.

Vino Yaiza sola y con hambre. Y a las once y media apareció Marino Cabranes, que vive a cuatro calles y al que yo había invitado en el vestuario con una frase de cinco palabras y que dijo que si eso se pasaba un momento, y se quedó hasta las tres.

De aquella cena me acuerdo de tres cosas.

La primera es que Nel se levantó a los postres, se sacó la cartera del bolsillo de atrás y dijo que la cena la pagaba él.

— Que no es una cena de pagar, Nel, que está hecha en casa.

— El cordero y el marisco los he traído yo esta mañana y tengo el tíquet, y no me lo discutas, Olaya. — Se sentó otra vez—. Que ya soy mayor.

Y Yaiza Riestra dijo desde la otra punta de la mesa que aquello había que enmarcarlo, y Nel dijo que qué, y Yaiza dijo que nada, que enhorabuena, y siguió comiendo.

Y luego, en la cocina, mientras yo llenaba el cubo de hielo, mi hermano se apoyó en el marco de la puerta con el brazo por encima de la cabeza, que es lo que hace cuando lleva una cosa pensada desde antes de venir.

— Olaya.

— Dime.

— Que en marzo me caso.

— ¿Cómo que te casas?

— Que no me caso, hostia, que era por ver la cara. — Se rió solo, muy contento—. Que en marzo me voy a vivir con esa. Ya está firmado. En Somió, un bajo, con un patio de tres metros.

— ¿Y el dinero de la fianza?

— Puesto.

— Nel.

— Está puesto, Olaya. — Y cogió una aceituna del bote y se fue con ella hacia el salón—. Y no me lo has preguntado, ¿eh? Que conste. Que te lo he tenido que decir yo.

Marino Cabranes se pasó la mitad de la noche hablando con Bruno Argüelles en una esquina del salón, dos hombres de cincuenta y siete y sesenta y siete años de pie al lado de una ventana con un culín en la mano, y en algún momento de esa conversación descubrieron que los dos conocían a un mismo señor de la Rula que murió en el noventa y ocho, y a partir de ahí se olvidaron de que existíamos los demás.

Marino me dijo, ya en la puerta y a las tres de la mañana, que aquello había estado muy bien y que él no era de cenas, y me lo dijo dos veces.

La segunda es que a las doce menos veinticinco, con la mesa a medio recoger, mi madre me pidió una cosa.

Me pidió que le enseñara a poner la alarma del móvil, que se le apaga sola, y me lo pidió sin rodeos, en voz alta, en mitad de una conversación de nueve personas, con el móvil en la mano y estirando el brazo por encima de la fuente de las casadielles.

— Hija, ponme esto, que no sé.

Cinco palabras. Yo cogí el móvil y se lo puse en dos minutos y le expliqué dónde estaba el botón y ella dijo que vale, que ya está, y se guardó el móvil en el bolsillo del delantal y siguió hablando con la chica del taller.

Fina Coto no ha pedido perdón ni una sola vez en toda la noche.

Ni por el pan, ni por el agua, ni por la obra de la calle de al lado, ni por la hora del taxi.

Llevo desde las nueve y media contando y llevo cero, y lo estoy contando sin querer contarlo, que es lo que hago yo, y a las doce menos veinticinco, con un móvil de mi madre en la mano y con nueve personas hablando encima de mí en un salón de Cimavilla, tuve que dejar el móvil en la mesa y hacer como que iba a por hielo.

La tercera cosa de la que me acuerdo es de la Roxa.

Está en mi casa, en La Calzada, contra la pared del pasillo, dentro de su funda de cuero con las esquinas gastadas hasta el blanco, desde el trece de septiembre, y en octubre yo le dije a Bruno Argüelles que se la llevaba, y aquel hombre me dijo que la tuviera él, que es como habla, y a los tres días me trajo a casa un bote de grasa para el fuelle y una llave de las de apretar las virolas y no dijo nada más.

En la cena, a los postres, con el chaval de la banda de Llanes ya olvidado y con la botella sin etiqueta a la mitad, Bruno me dijo desde el otro lado de la mesa, delante de todos, que en marzo hay una cosa en Villaviciosa y que la llevara.

— Bruno, yo llevo ocho meses tocando.

— Nueve.

———

Bajamos a Casa Fermina a las doce menos diez, los nueve, con las uvas en vasos de plástico y con Fina del brazo de Nel por la cuesta, que baja mojada, y en la calle de delante de la sidrería había ya cuarenta personas de las de siempre y dos que se habían disfrazado sin ningún motivo.

Las uvas nos las tomamos ahí, en la calle, mirando un móvil que alguien puso encima de un cajón de botellas, con el ruido del mar por debajo de todo, que en Cimavilla el mar está siempre por debajo de todo, y con cuarenta personas contando en voz alta y desincronizadas porque el móvil iba con retraso y porque el de la esquina de arriba iba con más retraso todavía.

Yaiza perdió dos.

Y en la cuenta atrás, en el diez, con la uva en la mano y con el vaso de plástico en la otra, me pasó una cosa que no me había pasado en treinta y seis Nocheviejas, que es que no repasé nada.

Yo el treinta y uno de diciembre repaso.

Lo hago desde los veinte años y lo hago sin querer y consiste en pasar por delante, en los diez segundos de las campanadas, el año entero por orden: lo que se ha pagado, lo que queda pendiente, lo que hay que resolver en enero, quién está bien y quién no está bien y qué hay que hacer con eso.

Diez segundos me llegan y me sobran, porque yo eso lo tengo entrenado, y luego me como las doce uvas con la lista ya hecha.

Aquella noche llegué al cinco y me quedé sin lista.

Y en el tres, con la mano de una mujer en la espalda y con Nel gritando el número equivocado a dos metros, tuve que fijarme mucho en la pantalla del móvil de encima del cajón de botellas para no perder la cuenta como una tonta.

Y a la una y media, cuando aquello ya se había metido dentro y la sidrería estaba llena y sonaba, Xandra me tocó el codo y salimos a la calle sin decírselo a nadie y subimos la cuesta veinte metros, hasta la esquina de arriba, donde no hay farola y donde se acaba la casa y empieza el aire.

Xandra tiene la llave de mi casa desde hace doce años y yo tengo la suya desde septiembre, colgada del mismo llavero que la del candado de la bici de Nel, que sigue sin funcionar.

Abajo, en la Sidrería Casa Fermina, Bruno le está explicando a un guaje de veinte años que la Roxa es del sesenta y uno y que no se toca, que se cuenta.

Yaiza ya ha perdido dos uvas. Fina lleva toda la noche sin pedir perdón por nada.

En marzo me toca a mí ir a Santiago y en abril le toca a ella volver, y hemos discutido dos veces por el reparto de los tuppers, que es lo que hay.

Xandra me da la mano en la cuesta, que baja mojada y hay orbayu, y desde aquí arriba el mar está negro y suena como suena siempre.

Me pide que no la suelte. Se lo pido yo primero.