Lo Que Nunca Nos Dijimos Parte I (Lo Que Nunca Dijimos 1) PRÓLOGO #2
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PRÓLOGO #2

Pero ahora no estaba.

—¿Qué pasó con esta foto? —pregunté.

Nicolás miró apenas un segundo.

—No sé.

—¿No estaba la fotografía de Sofía aquí?

Su mandíbula se tensó.

—Hace años que no la veo.

La respuesta sonó demasiado rápida.

Demasiado ensayada.

Antes de que pudiera insistir, escuché pasos.

Lentos.

Pesados.

Mi padre apareció al final del corredor.

Gabriel Duarte.

El hombre que alguna vez me parecía invencible.

Ahora parecía más pequeño.

Más viejo.

Más cansado.

Sus hombros se habían encorvado.

Las arrugas surcaban su rostro.

Y sus ojos...

Sus ojos parecían haber envejecido cien años.

Nos observamos durante varios segundos.

No recordaba la última vez que nos habíamos abrazado.

Quizás porque nunca ocurrió después de la desaparición de Sofía.

—Valentina.

Su voz salió quebrada.

—Papá.

Nada más.

No encontramos otras palabras.

Tal vez porque las familias rotas olvidan cómo hablar.

O tal vez porque llevábamos demasiado tiempo evitando conversaciones importantes.

Finalmente fue él quien dio un paso adelante.

Y me abrazó.

Sentí su cuerpo temblar.

Por primera vez en mi vida comprendí que mi padre también podía romperse.

—Llegaste —susurró.

—Sí.

—Tu madre habría querido eso.

La frase me atravesó.

Porque no estaba segura de que fuera verdad.

Mi madre y yo llevábamos años distanciadas.

No por una pelea.

No por odio.

Sino por algo más difícil de explicar.

La culpa.

La desaparición de Sofía había creado un muro invisible entre nosotras.

Un muro que ninguna supo derribar.

Mi padre se apartó.

Parecía agotado.

—Voy a descansar un rato.

Asentí.

Él subió lentamente las escaleras.

Esperé hasta que desapareció.

Luego miré a Nicolás.

—¿Está bien?

—No.

Su respuesta fue inmediata.

—Nadie está bien aquí, Valentina.

Y por la expresión de su rostro entendí que no hablaba únicamente de la muerte de nuestra madre.

Algo más estaba ocurriendo.

Algo que nadie quería nombrar.

Horas después, cuando el sol comenzaba a caer, decidí subir al segundo piso.

Mi habitación seguía exactamente igual.

Las mismas paredes color crema.

La misma ventana orientada al mar.

La misma biblioteca.

Sentí una punzada de nostalgia.

Pero no me detuve allí.

Continué caminando por el pasillo.

Hasta llegar a la última puerta.

La habitación de Sofía.

Mi respiración se volvió más lenta.

La puerta permanecía cerrada.

Como siempre.

Durante años.

Nadie dormía allí.

Nadie entraba.

Era una especie de santuario silencioso.

Un lugar congelado en el tiempo.

Apoyé la mano sobre el picaporte.

No sabía por qué me sentía nerviosa.

Era solo una habitación.

Nada más.

Giré lentamente.

La puerta se abrió.

El olor a polvo y madera vieja escapó hacia el pasillo.

Entré.

Y el corazón me dio un vuelco.

Algo estaba mal.

Muy mal.

A simple vista todo parecía intacto.

La cama.

El escritorio.

Los libros.

Las cortinas.

Pero había una sensación extraña.

Difícil de explicar.

Como cuando entras en una habitación y sabes que alguien estuvo allí antes que tú.

Me acerqué al escritorio.

Observé las fotografías.

Las carpetas.

Los objetos decorativos.

Entonces lo vi.

Un marco vacío.

Solo el cristal.

La fotografía había sido retirada.

Y no hacía mucho tiempo.

Porque no había polvo debajo.

Ninguno.

Alguien la había quitado recientemente.

Sentí un escalofrío.

Recorrí el resto del cuarto.

Abriendo cajones.

Revisando estantes.

Buscando una explicación.

Y fue entonces cuando encontré algo aún más inquietante.

Debajo de la cama.

Casi oculto contra la pared.

Había una pequeña caja de madera.

No recordaba haberla visto jamás.

Me arrodillé.

La saqué lentamente.

El corazón golpeaba con fuerza contra mis costillas.

La tapa estaba cerrada.

Pero no tenía llave.

Respiré hondo.

Y la abrí.

Dentro solo había una cosa.

Un trozo de papel doblado.

Amarillento.

Antiguo.

Con mi nombre escrito en la portada.

Mi nombre.

No el de Sofía.

No el de mi madre.

No el de mi padre.

El mío.

Valentina.

Y, por primera vez desde que regresé a Puerto Escondido, sentí miedo de verdad.

CAPÍTULO 4

El funeral

No abrí la nota de inmediato.

Durante varios segundos permanecí sentada en el suelo de la habitación de Sofía, observando aquellas pocas palabras escritas en el frente del papel.

Mi nombre.

Nada más.

Como si hubiera estado esperando allí durante años.

Esperándome a mí.

Y solamente a mí.

Sentí la necesidad de bajar corriendo y preguntar.

A mi padre.

A Nicolás.

A cualquiera.

Pero una parte de mí ya sabía lo que ocurriría.

Negarían saber algo.

Cambiarían de tema.

Guardarían silencio.

Como siempre.

Abrí el papel con cuidado.

La letra era inconfundible.

Sofía escribía inclinando ligeramente las palabras hacia la derecha.

Lo recordaba perfectamente.

Había pasado horas imitándola cuando era niña.

La nota era breve.

Demasiado breve.

Si alguna vez encuentras esto, significa que te mintieron sobre todo.

No confíes en los recuerdos de nadie.

Ni siquiera en los tuyos.

S.

El mundo pareció inclinarse.

Leí la nota otra vez.

Y otra.

Y otra.

Esperando descubrir algo más.

Alguna explicación.

Alguna pista.

Pero no había nada.

Solo aquellas tres líneas.

Tres líneas capaces de destruir veinte años de certezas.

Porque los recuerdos eran lo único que me quedaba de Sofía.

Y ahora ella me estaba diciendo que tampoco podía confiar en ellos.

Dormí poco aquella noche.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a leer la nota.

Volvía a escuchar la voz de Sofía.

Volvía a preguntarme qué significaba realmente.

A las siete de la mañana me rendí.

Me vestí.

Bajé a la cocina.

Mi padre ya estaba allí.

Sentado frente a una taza de café.

Parecía más cansado que el día anterior.

—Buenos días —dije.

—Buenos días.

Hubo un silencio incómodo.

Uno de tantos.

—¿Dormiste algo?

—Un poco.

Mentí.

Él asintió.

Como si también estuviera acostumbrado a mentir.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente reuní valor.

—Papá.

—¿Sí?

—¿Alguien entra todavía en la habitación de Sofía?

Su mano se detuvo sobre la taza.

Solo un instante.

Pero lo vi.

—No.

—¿Estás seguro?

—Claro que sí.

Su respuesta llegó demasiado rápido.

Exactamente igual que la de Nicolás el día anterior.

Y por alguna razón eso me inquietó más que cualquier otra cosa.

El funeral comenzó a las diez.

Toda la ciudad parecía haber acudido.

Puerto Escondido tenía esa costumbre.

Las tragedias pertenecían a todos.

Los habitantes del pueblo llenaban la iglesia.

Algunos lloraban.

Otros susurraban.

Muchos me observaban.

Como si intentaran reconocer a la niña que una vez fui.

Como si buscaran rastros de la familia que se había roto hacía dos décadas.

Permanecí sentada junto a Nicolás y mi padre.

Escuchando palabras que apenas registraba.

Amor.

Pérdida.

Despedida.

Recuerdos.

Todas parecían demasiado pequeñas para resumir una vida.

Cuando terminó la ceremonia, la gente comenzó a acercarse.

Abrazos.

Condolencias.

Historias sobre mi madre.

Frases repetidas.

Hasta que una voz detuvo mis pensamientos.

—Valentina.

Me giré.

Y el aire desapareció de mis pulmones.

Martín Ferrer.

Habían pasado dieciocho años.

Y aun así lo reconocí inmediatamente.

Su cabello oscuro mostraba algunas canas.

Su sonrisa era más discreta.

Más madura.

Pero seguía teniendo los mismos ojos.

Esos ojos que alguna vez habían conocido todos mis secretos.

O eso creía.

—Martín.

Una emoción inesperada cruzó su rostro.

—Lamento mucho lo de tu madre.

—Gracias.

Por un momento ninguno supo qué decir.

Porque hay personas que pertenecen a una versión antigua de nuestra vida.

Y reencontrarlas es como abrir una caja llena de recuerdos que no sabíamos que seguían allí.

—Escuché que regresaste ayer —dijo.

—El pueblo sigue siendo pequeño.

Sonrió.

—Eso nunca cambiará.

Yo también sonreí.

Y me sorprendió descubrir cuánto lo necesitaba.

Antes de que pudiera decir algo más, una mujer se acercó a nosotros.

Era una anciana de cabello completamente blanco.

No la reconocí.

Pero ella sí me reconoció a mí.

Me tomó la mano.

Con fuerza.

Demasiada fuerza.

Y me observó como si hubiera esperado años para encontrarme.

—Ya era hora de que volvieras.

Fruncí el ceño.

—¿Perdón?

La mujer miró alrededor.

Como asegurándose de que nadie escuchara.

Luego se inclinó hacia mí.

Y susurró:

—Tu madre pasó veinte años protegiendo un secreto.

Ahora que ella ya no está, alguien vendrá a buscarlo.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—¿Qué secreto?

Pero la mujer ya se estaba alejando.

—¡Espere!

No se detuvo.

Desapareció entre la multitud antes de que pudiera alcanzarla.

Martín observó la escena con la misma confusión que yo.

—¿La conoces?

Negué con la cabeza.

—Nunca la había visto.

Pero incluso mientras lo decía, tuve la sensación de que aquello no era cierto.

Había algo familiar en ella.

Algo que mi memoria intentaba alcanzar sin éxito.

Algo relacionado con Sofía.

Con la noche de su desaparición.

Con un recuerdo enterrado tan profundamente que apenas podía distinguirlo.

Y por primera vez desde que encontré la nota, una pregunta comenzó a abrirse paso entre todas las demás.

¿Y si la desaparición de Sofía nunca fue el verdadero misterio?

¿Y si el verdadero misterio era por qué todos habían pasado veinte años ocultando la verdad?

Aquella noche, al regresar a la casa, encontré algo apoyado contra la puerta de mi habitación.

Un sobre.

Sin remitente.

Sin nombre.

Solo una frase escrita en tinta azul.

“Deja de buscar.

Algunas verdades deberían permanecer enterradas.”

CAPÍTULO 5

Viejas heridas

No dormí.

Ni siquiera lo intenté.

El sobre permaneció sobre la cama mientras caminaba de un lado a otro por la habitación.

Lo había revisado varias veces.

No contenía nada más.

Ninguna firma.

Ninguna pista.

Solo aquella advertencia.

Deja de buscar.

Las palabras parecían observarme desde la penumbra.

Como si alguien supiera exactamente lo que había encontrado.

La nota de Sofía.

La caja.

Las preguntas que comenzaban a crecer dentro de mí.