Lo Que Nunca Nos Dijimos Parte I (Lo Que Nunca Dijimos 1) PRÓLOGO
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Lo Que Nunca Nos Dijimos Parte I (Lo Que Nunca Dijimos 1)

Lo Que Nunca Nos Dijimos Parte I (Lo Que Nunca Dijimos 1)

Por Daniela Fort

© inepub.com

PRÓLOGO

Lo Que Nunca Nos Dijimos.

Autor: Daniela Fort

📄 COPYRIGHT

Todos los derechos reservados.

Esta obra es una ficción. Cualquier parecido con personas o hechos reales es coincidencia.

Tabla de Contenido:

PRÓLOGO

La noche en que desapareció

CAPÍTULO 1

La llamada

CAPÍTULO 2

Volver a Puerto Escondido

CAPÍTULO 3

La casa frente al mar

CAPÍTULO 4

El funeral

CAPÍTULO 5

Viejas heridas

CAPÍTULO 6

Martín Ferrer

CAPÍTULO 7

Habitaciones cerradas

CAPÍTULO 8

Lo que nadie menciona

CAPÍTULO 9

Ecos del pasado

CAPÍTULO 10

La pared hueca

CAPÍTULO 11

La carta

CAPÍTULO 12

Si Sofía nunca regresó

LAS GRIETAS

CAPÍTULO 13

El diario azul

CAPÍTULO 14

Fotografías faltantes

CAPÍTULO 15

El certificado

CAPÍTULO 16

El hombre de la fotografía

CAPÍTULO 17

La noche que olvidé

CAPÍTULO 18

La voz de Sofía

CAPÍTULO 19

El expediente 27

CAPÍTULO 20

Las huellas del dinero

CAPÍTULO 21

El hombre al que llamé padre

CAPÍTULO 22

La taquilla 114

CAPÍTULO 23

La segunda reunión

CAPÍTULO 24

La llave

CAPÍTULO 25

La cabaña entre los pinos

CAPÍTULO 26

El nombre detrás del silencio

CAPÍTULO 27

La libreta azul

CAPÍTULO 28

El hombre que quedó

FIN DEL LIbrO 1

CONTINUARÁ EN EL LIbrO 2:

PRÓLOGO

La noche en que desapareció

El mar rugía con una fuerza extraña aquella noche.

No era una tormenta.

Todavía no.

Era algo peor.

Era el silencio que llega antes de que todo cambie.

Sofía Duarte tenía diecisiete años y una mochila colgada sobre un hombro cuando salió de casa sin hacer ruido.

Su madre dormía.

Su padre fingía dormir.

Y su hermana pequeña, Valentina, soñaba al otro lado del pasillo.

Sofía se detuvo frente a la puerta de la habitación.

La observó durante unos segundos.

Después sonrió.

Una sonrisa triste.

Como quien sabe algo que nadie más sabe.

Como quien ya se está despidiendo.

Abrió lentamente la puerta.

La luz de la luna entraba por la ventana.

Valentina tenía nueve años.

Dormía abrazada a un oso de peluche.

Sofía caminó hasta la cama.

Se arrodilló.

Le apartó un mechón de cabello de la frente.

—Ojalá algún día lo entiendas —susurró.

Valentina se movió entre sueños.

No despertó.

Sofía sintió un nudo en la garganta.

Quería quedarse.

Quería decir la verdad.

Quería contar todo.

Pero algunas decisiones llegan demasiado tarde.

Y algunos secretos pesan más que el amor.

Sacó algo de su bolsillo.

Un sobre blanco.

Lo sostuvo unos segundos.

Luego lo volvió a guardar.

No era el momento.

Todavía no.

Se inclinó y besó la frente de su hermana.

Después salió de la habitación.

Cruzó la casa.

Abrió la puerta principal.

Y desapareció en la oscuridad.

Nadie volvió a verla.

O eso fue lo que todos creyeron durante los siguientes veinte años.

ACTO I – El eco de las ausencias

CAPÍTULO 1

La llamada

El teléfono sonó a las seis y doce de la mañana.

No fue el sonido lo que me despertó.

Fue la sensación.

Esa certeza inexplicable de que algo estaba mal.

Abrí los ojos.

Durante unos segundos observé el techo de mi apartamento en Montevideo mientras el teléfono seguía vibrando sobre la mesa de luz.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Estiré la mano.

La pantalla iluminó la habitación oscura.

Nicolás.

Mi hermano.

Mi estómago se contrajo.

Hacía más de cinco años que no hablábamos.

Cinco años.

Ni una llamada.

Ni un mensaje.

Ni una felicitación de cumpleaños.

Nada.

Por eso su nombre apareció en la pantalla como una alarma.

Como un aviso.

Como una puerta que se abría hacia algo que había intentado dejar atrás.

Contesté.

—¿Hola?

No respondió enseguida.

Escuché su respiración.

Y supe.

Antes de que pronunciara una sola palabra.

Lo supe.

—Mamá murió.

El mundo quedó en silencio.

No lloré.

No pregunté cómo.

No pregunté cuándo.

Solo me quedé sentada en la cama mientras observaba cómo la primera luz del amanecer comenzaba a entrar por la ventana.

Porque la muerte tiene algo extraño.

A veces no llega cuando una persona deja de respirar.

A veces llega mucho antes.

A veces comienza con una desaparición.

Con una mentira.

Con una culpa que se instala en una familia y permanece allí durante décadas.

Y mientras escuchaba a Nicolás explicarme los detalles del funeral, una imagen regresó desde un rincón oscuro de mi memoria.

Mi hermana Sofía.

La última vez que la vi.

La noche en que desapareció.

La noche que destruyó todo lo que éramos.

Y aunque todavía no lo sabía, el regreso a Puerto Escondido estaba a punto de cambiar cada recuerdo de mi vida.

CAPÍTULO 2

Volver a Puerto Escondido

Hay lugares que nunca terminamos de abandonar.

Podemos mudarnos.

Cambiar de ciudad.

Cambiar de trabajo.

Cambiar de apellido después de un matrimonio.

Incluso podemos dejar de hablar con las personas que una vez significaron todo.

Pero algunos lugares encuentran la forma de permanecer dentro de nosotros.

Puerto Escondido era uno de esos lugares.

El viaje duró poco más de cuatro horas.

Cuatro horas en las que intenté leer.

Dormir.

Escuchar música.

Pensar en cualquier cosa que no fuera mi madre.

O Sofía.

O Nicolás.

Fracasé en las tres.

El mar apareció antes que el pueblo.

Siempre ocurría así.

Una línea azul inmensa extendiéndose detrás de las colinas.

Tan hermosa como la recordaba.

Tan peligrosa como nunca había querido admitir.

Apoyé la frente contra la ventana.

Habían pasado veinte años desde la desaparición de Sofía.

Veinte años.

Y todavía había días en los que me despertaba convencida de que escucharía su voz llamándome desde la cocina.

Como si nada hubiera pasado.

Como si una parte de mi mente se negara a aceptar la realidad.

El autobús atravesó la avenida principal.

Las mismas tiendas.

Los mismos bancos.

Los mismos árboles inclinados por el viento salado.

Todo parecía igual.

Y, sin embargo, yo era completamente distinta.

Cuando bajé en la terminal, sentí ese nudo familiar en el estómago.

La sensación de estar regresando a un lugar donde ya no pertenecía.

Tomé mi maleta.

Respiré profundamente.

Y avancé hacia la salida.

—Valentina.

La voz me hizo detenerme.

Nicolás estaba apoyado contra una camioneta gris.

Lo reconocí de inmediato.

Aunque los años habían dejado marcas en ambos.

Tenía algunas canas en la barba.

Más arrugas alrededor de los ojos.

Y una expresión cansada que nunca le había visto cuando éramos niños.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

No sabíamos cómo hacerlo.

Cinco años de silencio son difíciles de atravesar.

—Hola —dije finalmente.

—Hola.

Nada más.

Ni abrazos.

Ni reproches.

Ni disculpas.

Solo dos desconocidos unidos por la misma tragedia.

Subí a la camioneta.

El trayecto hasta la casa transcurrió entre silencios incómodos.

Observé las calles.

Las fachadas.

Las veredas donde había corrido con Sofía durante los veranos.

Cada rincón parecía esconder un recuerdo.

Y cada recuerdo dolía.

—El funeral es mañana —dijo Nicolás sin apartar la vista del camino.

Asentí.

—Gracias por avisarme.

Él soltó una risa amarga.

—Eras su hija.

Claro que tenía que avisarte.

La frase cayó entre nosotros como una piedra.

Había más detrás.

Mucho más.

Pero ninguno quiso abrir esa puerta todavía.

La casa apareció unos minutos después.

Mi corazón se detuvo.

Seguía igual.

La pintura blanca desgastada.

Las ventanas mirando hacia el océano.

La galería de madera donde mi madre tomaba café cada mañana.

Durante años había soñado con regresar.

Ahora deseaba estar en cualquier otro lugar.

Nicolás estacionó.

Apagó el motor.

—Papá está adentro.

No respondí.

No sabía si estaba preparada para verlo.

No sabía si estaba preparada para enfrentar ninguno de los fantasmas que me esperaban allí.

Bajé lentamente.

El aire olía a sal.

A humedad.

A recuerdos.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Mientras observaba la fachada, noté una figura detrás de una de las ventanas del segundo piso.

Una sombra.

Inmóvil.

Observándome.

Parpadeé.

Y desapareció.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Qué pasa? —preguntó Nicolás.

Negué con la cabeza.

—Nada.

Pero no era verdad.

Porque durante una fracción de segundo había tenido la absurda sensación de que alguien seguía viviendo dentro de aquella casa.

Alguien que no debería estar allí.

Alguien que llevaba muchos años desaparecido.

Y por primera vez desde que recibí la llamada, tuve la certeza de que regresar a Puerto Escondido había sido un error.

El problema era que ya era demasiado tarde para marcharme.

Cuando Valentina entre en la antigua habitación de Sofía, descubrirá que alguien ha movido objetos recientemente... aunque la puerta llevaba años cerrada. Y una fotografía familiar faltará exactamente donde siempre había estado.

CAPÍTULO 3

La casa frente al mar

La puerta principal emitió el mismo crujido de siempre.

Ese sonido me transportó veinte años atrás.

A los veranos interminables.

A las cenas familiares.

A las risas que ya no existían.

Y también a la noche que cambió todo.

Entré detrás de Nicolás.

El olor me golpeó de inmediato.

Café.

Madera vieja.

Sal marina.

La casa seguía conservando la esencia de mi madre.

Como si ella fuera a aparecer en cualquier momento desde la cocina, secándose las manos con un repasador mientras preguntaba por qué había tardado tanto en volver.

Pero el silencio ocupaba ahora todos los espacios.

Un silencio pesado.

Definitivo.

Vi la butaca donde le gustaba leer.

La manta cuidadosamente doblada sobre el respaldo.

Sus anteojos sobre una mesa auxiliar.

Nadie los había movido.

Parecía que toda la casa estaba esperando algo.

O a alguien.

—Papá está en el estudio —dijo Nicolás.

Asentí sin responder.

Todavía no me sentía preparada.

Dejé la maleta junto a la escalera.

Mis ojos recorrieron las fotografías familiares colgadas en la pared del pasillo.

Vacaciones.

Cumpleaños.

Navidades.

Momentos felices congelados en el tiempo.

Y entonces noté algo.

Un espacio vacío.

Me acerqué.

Había una marca rectangular más clara sobre la pared.

Como si durante años hubiera habido allí un cuadro o una fotografía.