Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Evelyn

El pueblo entero de Oak Ridge se enteró del compromiso antes de que yo tuviera tiempo de comprar una libreta de planificación decente.

La señora Gable, fiel a su papel de telégrafo humano del condado, se encargó de que la noticia llegara hasta la última cabaña del bosque en menos de cuarenta y ocho horas, y desde entonces mi estudio de diseño se había convertido en el cuartel general de una guerra civil estética sin precedentes.

—No, señora Higgins, no podemos poner cabezas de ciervo disecadas en el centro de las mesas —suspiré por enésima vez aquella tarde, sujetando el teléfono entre la oreja y el hombro mientras intentaba, sin éxito, maquetar una invitación con corteza de pino auténtica—.

Estoy segura de que quedarían... imponentes, pero preferiría algo un poco más discreto para la mesa de los postres.

Colgué el teléfono con un suspiro que me salió del alma, contemplando el desastre organizado sobre la mesa de luz de mi estudio: catálogos de flores silvestres mezclados con muestrarios de tipografía minimalista, un menú a medio escribir que oscilaba entre canapés de salmón ahumado y costillas de cerdo a la barbacoa del ganadero Baker, y una pila de invitaciones de corteza de pino que se negaban a secarse con la tinta que había traído de Nueva York.

—Mi boda minimalista de Manhattan tenía tres colores y un solo proveedor de catering —murmuré para mis adentros, frotándome las sienes—. Esto tiene diecisiete comités distintos y una tía abuela que quiere que el pastor bendiga también al ganado.

El chirrido de la puerta del estudio me anunció la llegada de William antes incluso de verlo, cargado con dos termos de café humeante y esa sonrisa de leñador satisfecho que solía preceder algún comentario sarcástico sobre mis "crisis corporativas".

Sin embargo, aquella tarde yo tenía otros planes bajo la manga, escondidos precisamente detrás del biombo de tela que separaba la zona de bocetos del pequeño rincón donde guardaba las muestras de tejidos.

Aprovechando que él se había entretenido colgando su chaqueta de tweed remendada en el perchero de la entrada, me escabullí detrás del biombo y me probé, por simple y pura curiosidad profesional, el velo improvisado de encaje rústico que la modista del pueblo me había enviado esa misma mañana como boceto preliminar.

Me miré en el espejo de cuerpo entero, sintiendo un vuelco extraño en el estómago al ver mi propio reflejo enmarcado en aquel tul sencillo, tan alejado de cualquier vestido de diseñador que hubiera imaginado en mi antigua vida.

—Vaya, vaya... —la voz grave de William resonó justo detrás de mí, haciéndome dar un respingo tan brusco que estuve a punto de tirar el jarrón de flores secas de la mesa—.

Se supone que el novio no puede ver el vestido antes de la boda, Smith.

¿Qué clase de diseñadora incumple sus propias normas de etiqueta?

Me giré de golpe, con las mejillas ardiendo, encontrándome con esos ojos grises de tormenta clavados en mí con una intensidad que me cortó la respiración de inmediato.

Se había quitado ya la chaqueta de tweed, quedándose solo con la camisa de franela remangada hasta los antebrazos, y avanzaba hacia mí con la parsimonia calculada de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria.

—Es solo un boceto preliminar, Oyer, no cuenta como el vestido real —balbuceé, retrocediendo un paso hasta que la parte baja de mi espalda chocó contra el borde de la mesa de luz, donde los catálogos de flores salieron volando en todas direcciones—. Técnicamente no has visto nada que...

—Técnicamente estás preciosa con ese trozo de encaje sobre la cabeza —me interrumpió él, deteniéndose a escasos centímetros de mi cuerpo, con una mano áspera subiendo lentamente hacia mi mejilla para apartarme un mechón suelto—.

Y técnicamente, como futuro marido tuyo, tengo todo el derecho del mundo a ayudarte a quitártelo con calma antes de que la tía Florence descubra que hemos convertido su porche en otro campo de batalla.

Sentí que el corazón me daba un vuelco violento al mismo tiempo que su boca capturaba la mía en un beso lento, profundo y devastadoramente paciente, muy distinto a la urgencia salvaje de nuestros encuentros en el aserradero o en el cobertizo de herramientas.

Sus dedos rozaron el borde del velo, deslizándolo con un cuidado casi reverente por encima de mi moño deshecho, mientras sus labios descendían por mi cuello, arrancándome un suspiro tembloroso que hizo vibrar el sonoro chirrido a velcro de mis leggins térmicos ocultos contra la madera de la mesa.

—William... la mesa de luz tiene los catálogos de la floristería encima —jadeé, aunque mis propias manos ya estaban desabrochando los botones superiores de su camisa de franela con una urgencia que contradecía por completo mi objeción verbal.

—Entonces habrá que despejarla, Smith —murmuró él contra mi piel, barriendo con el antebrazo los catálogos, las muestras de tela y las invitaciones de corteza de pino hacia el suelo del estudio sin la menor consideración por mi meticuloso sistema de organización—.

Total, ya tendremos tiempo de sobra para decidir el color de las servilletas después.

Me levantó sobre la superficie fría e iluminada de la mesa de luz con una facilidad que ya debería haber dejado de sorprenderme, y cualquier plan de organización nupcial que hubiera tenido para aquella tarde se disolvió por completo entre el calor de sus manos ásperas recorriendo mis muslos y el eco satisfecho de nuestra propia risa cómplice, perdida entre las paredes de mi pequeño templo de la creatividad convertido, una vez más, en escenario de nuestra pasión descontrolada.

Cuando por fin recuperamos el aliento, con los catálogos de flores desperdigados por el suelo de madera y el velo improvisado colgando de una esquina del biombo, William me abrazó contra su pecho desnudo, riendo con esa carcajada grave que tanto adoraba.

—Con este ritmo de trabajo, Smith, vamos a tener que pedirle prórroga a tu tía —bromeó, besándome la coronilla—. Aunque, pensándolo bien, no me importaría casarme contigo con ese velo torcido y las mejillas coloradas. Estás preciosa hasta en mitad del caos.

—Cállate y ayúdame a recoger las flores del suelo antes de que lleguen los del comité de decoración, Oyer —le respondí, sonriendo como una tonta enamorada, sabiendo que aquel caos de tradiciones cruzadas, whisky casero y amor rústico era, sin lugar a dudas, la boda más auténtica que jamás podría haber imaginado para mí misma.