Capítulo 28
William
Nunca en mi vida me había abrochado una camisa con tanto esmero como aquella noche. Me miré al espejo del cuarto de baño del aserradero, luchando contra el último botón del cuello mientras Miller, apoyado contra el marco de la puerta con una cerveza en la mano, se reía de mí sin ningún pudor.
—Pareces un buey camino al matadero, Oyer —se mofó, dándole un trago largo a la botella—. Nunca te había visto planchar una camisa. ¿Tan mal te tiene la vieja Florence?
—La cena de esta noche es un interrogatorio en toda regla, Miller.
Florence quiere revisar mis credenciales como si yo fuera un préstamo bancario —gruñí, ajustándome el cuello de la camisa hasta sentir que me cortaba la circulación—.
Y como se me ocurra sentarme con un solo botón desabrochado, me manda de vuelta al aserradero a dormir con las sierras.
Llegué a la cabaña justo cuando el sol se hundía detrás de los pinos ponderosa, tiñendo la nieve de un naranja profundo.
Evelyn me abrió la puerta con un vestido de lana color vino que le llegaba a las rodillas, el pelo recogido en un moño imperfecto y una expresión de pánico absoluto grabada en la cara.
—Compórtate, por lo que más quieras —me susurró, tirando de mi manga hacia el interior de la casa, donde el aroma a estofado de venado y pan de maíz recién horneado inundaba el aire—. Mi tía lleva toda la tarde afilando preguntas como quien afila un hacha.
La mesa larga de roble estaba puesta con la vajilla buena de la familia, tres platos humeantes de estofado y, en el centro, una vela de cera de abeja que Florence encendió con un fósforo de cocina mientras me observaba entrar con el escrutinio de un sargento de instrucción.
—Siéntate derecho, William Oyer, que esta no es tu mesa de aserradero —me ordenó, señalando la silla frente a ella con su bastón—. Y no toques el pan hasta que yo haya bendecido la mesa como Dios manda.
Obedecí sin rechistar, sentándome con la espalda tan recta que me crujieron las vértebras. Evelyn se acomodó a mi lado, apretándome la rodilla por debajo del mantel en un gesto de apoyo silencioso que agradecí más que cualquier bendición.
—Bien —dijo Florence tras el rezo más breve que le había escuchado en la vida, clavando en mí sus ojos claros como dos taladros—. Cuéntame, muchacho, ¿qué sabe un leñador de Oak Ridge sobre mantener a una mujer que ha vivido entre rascacielos y contratos de seis cifras?
—Sé que esa mujer prefiere el crujido de la nieve fresca a cualquier rascacielos, tía Florence, aunque todavía no lo admita en voz alta —respondí, mirando de reojo a Evelyn, que se sonrojó hasta la raíz del pelo—.
Y sé cortar suficiente leña para que su estudio de diseño no se congele ni una sola noche del invierno.
—Bonitas palabras. Las palabras no pagan facturas ni calientan sábanas en enero —replicó ella, sin soltar la presa—. ¿Y qué me dices del banco, Oyer? ¿Tienes ahorros, seguro médico, algún plan más allá de talar árboles hasta que se te rompa la espalda?
Antes de que pudiera responder, un golpe seco contra el cristal de la ventana de la cocina nos sobresaltó a los tres.
Evelyn soltó un gritito ahogado, Florence se llevó una mano al pecho y yo me giré justo a tiempo para ver la cara colorada de Miller aplastada contra el vidrio, sujetando en alto el buzón de metal completamente reparado y reluciente.
—¡No quería interrumpir la cena, pero traigo el buzón como nuevo, señora Florence! —gritó Miller a través del cristal, con la voz amortiguada y una sonrisa de disculpa pintada en la cara—. Lo he soldado, lijado y hasta le he puesto una capa de pintura verde bosque. Queda mejor que el original.
—¡Usa la puerta como una persona civilizada, muchacho, que esto no es un circo ambulante! —le rugió Florence, aunque no pude evitar notar el destello de diversión genuina en sus ojos.
Miller desapareció de la ventana entre disculpas atropelladas, y el eco de sus botas alejándose por la nieve nos devolvió a los tres un silencio extrañamente cómodo.
Florence suspiró, se sirvió una cucharada generosa de estofado y me observó con una expresión que, por primera vez en toda la noche, se parecía peligrosamente a la ternura.
—Escúchame bien, William Oyer, porque no pienso repetirlo —dijo al fin, dejando la cuchara sobre el plato—.
He visto cómo la miras cuando cree que nadie la observa.
He visto cómo esta niña de ciudad ha aprendido a partir leña y a callarse sus opiniones sobre el papel pintado del salón por no herirte.
Eso no se compra con ningún seguro médico de Manhattan.
Se levantó de la mesa con esfuerzo, apoyándose en el respaldo de la silla, y se dirigió hacia el aparador de madera oscura del rincón. De allí sacó una botella de cristal ámbar sin etiqueta, tapada con un corcho envuelto en cera, y tres vasos pequeños de cristal grueso.
—Whisky de maíz de mi difunto marido, destilado en este mismo condado —anunció, sirviendo tres dedos generosos en cada vaso con una precisión que solo da la costumbre—. Se abre por dos razones en esta casa: funerales y compromisos matrimoniales. Y esta noche, gracias a Dios, no estamos de luto.
Levantó su vaso hacia nosotros, y Evelyn me buscó la mano por debajo de la mesa, entrelazando sus dedos fríos con los míos.
—Por William Oyer y Evelyn Rose Smith —brindó Florence, con la voz repentinamente ronca de emoción contenida—.
Que Dios os dé la paciencia necesaria para aguantaros el uno al otro más de cuarenta inviernos, como me la dio a mí con mi difunto marido.
Y ahora escuchadme bien los dos: quiero una boda rústica de verdad antes de que se derrita la última nieve de este invierno.
Mesas largas al aire libre, pastor del condado y nada de esas flores importadas de invernadero que se marchitan antes de terminar la ceremonia.
Choqué mi vaso contra el suyo, sintiendo el ardor del whisky casero bajarme por la garganta como una brasa reconfortante, mientras Evelyn me apretaba la mano con una sonrisa temblorosa de felicidad pura.
—Trato hecho, Florence —respondí, alzando la voz lo suficiente para que se oyera hasta el aserradero—. Antes de que se derrita la última nieve, esta mujer llevará mi apellido.