Capítulo 27 #2
Estábamos completamente perdidos en el otro, con mi espalda contra la madera rústica y su boca devorando la piel sensible de mi cuello, cuando el pestillo de hierro del cobertizo saltó de un tirón seco y brutal.
La luz gris de la tarde invadió de golpe la penumbra caliente, recortando la silueta inconfundible de mi tía Florence en el umbral, con su abrigo de lana verde, sus bastones apoyados contra el marco y la escopeta de perdigones firmemente apuntada hacia el techo del cobertizo.
—¡Por todos los alces de Arizona! —bramó, sin bajar el arma un solo centímetro—. Sabía que esta casa olía a algo más que a mermelada rancia. William Oyer, más te vale soltar a mi sobrina antes de que cuente hasta tres, o esta escopeta va a dejar tu trasero tatuado con la textura de un colador.
Chillé, agarrando la camisa de franela del suelo para taparme lo poco que quedaba por tapar, mientras William, con un aplomo que solo un leñador de metro noventa podía permitirse en semejante circunstancia, se colocó delante de mí como un escudo humano de puro músculo avergonzado.
—Florence, puedo explicarlo todo —empezó él, alzando las manos desnudas y ásperas en un gesto de rendición absurdo dado que sus vaqueros seguían desabrochados.
—Explícame entonces por qué mi cobertizo de herramientas huele a perfume de Manhattan y por qué el buzón de esta casa apareció ayer soldado con tres clavos nuevos —le cortó mi tía, entornando los ojos con una suspicacia que habría hecho palidecer al mismísimo FBI—. Un... dos...
—¡Tía, por favor, baja la escopeta! —le supliqué, saliendo de detrás de William con la camisa apretada contra el pecho y las mejillas ardiendo de un bochorno que probablemente se vería desde el condado vecino—. No es lo que...
—Es exactamente lo que parece, Evelyn Rose —me interrumpió ella, y entonces, para mi total desconcierto, bajó el cañón del arma hacia el suelo de tierra.
Una sonrisa lenta, casi idéntica a la de William, se dibujó bajo su nariz aguileña—.
Llevo esperando este espectáculo desde que este leñador de ojos grises te trajo a rastras desde el aserradero el primer día, empapada y con la nariz roja como un tomate.
¿De verdad creíais que una vieja de Oak Ridge, que ha vivido cuarenta inviernos en este bosque, no reconoce el olor de dos tortolitos en celo a diez metros de distancia?
Me quedé boquiabierta, sujetando todavía la camisa contra mi cuerpo medio desnudo, incapaz de procesar que la escopeta de perdigones acababa de convertirse en un atrezo de comedia rural.
William soltó una carcajada grave y aliviada, agachándose para recoger sus vaqueros del suelo con una tranquilidad que solo podía calificar de temeraria.
—Entonces... ¿no vas a dispararme, Florence? —preguntó él, subiéndose los pantalones de un tirón mientras me guiñaba un ojo.
—Todavía no, muchacho, aunque te lo has ganado a pulso por destrozarme la valla de los rosales —respondió mi tía, apoyándose de nuevo en sus bastones con un suspiro que sonó más a resignación cariñosa que a condena—.
Pero como me entere de que esta niña de ciudad ha llorado una sola noche por tu culpa, te juro por la memoria de mi difunto marido que acabarás picando piedra en la cantera del condado hasta que se te caigan esos brazos de leñador. Dicho esto...
Hizo una pausa teatral, mirándonos de arriba abajo a los dos, medio vestidos, despeinados y con la conciencia manchada de serrín y culpa, hasta que su expresión se suavizó por completo.
—...Dicho esto, más os vale empezar a organizar una boda como Dios manda antes de que termine el invierno, porque no pienso permitir que mi sobrina viva en pecado bajo mi propio techo ni un día más de lo estrictamente necesario —sentenció, señalándonos con un dedo huesudo pero firme—.
Una boda rural de verdad, con pastor de pueblo, mesas largas de madera y nada de esos manteles minimalistas de Manhattan que tanto te gustan, Evelyn.
Sentí que el corazón se me subía a la garganta, mezclando la vergüenza con una felicidad tan absoluta que me temblaron las rodillas. Busqué la mirada de William, que ya sonreía de oreja a oreja, completamente ajeno al frío del cobertizo.
—Con que boda rural antes de que acabe el invierno...
—repitió él, cruzando los brazos desnudos sobre el pecho con una calma insultante, como si acabáramos de cerrar un contrato de compraventa de troncos en lugar de recibir la bendición matrimonial de una anciana armada—.
Me parece un plazo generoso, Florence. Dame siete semanas y este bosque entero va a ver la boda más sonada del condado.
Mi tía resopló, dio media vuelta arrastrando sus bastones hacia la casa y nos dejó plantados en mitad del cobertizo, con el frío colándose por la puerta abierta y el corazón desbordado de una promesa que, apenas un mes atrás, jamás habría imaginado posible en mitad de la nieve de Arizona.
—Bienvenida a la familia, Smith —murmuró William, atrayéndome contra su torso desnudo con una ternura que contrastaba con todo el descaro de los últimos minutos—. Parece que vamos a tener que planificar un futuro entero entre estos pinos.
—Parece que sí, Oyer —susurré contra su piel, sonriendo como una tonta—. Y que Dios nos asista con la lista de invitados.