Capítulo 27
Evelyn
El domingo por la tarde, el salón de la tía Florence parecía sacado de un catálogo de muebles rústicos tradicionales, limpio de cualquier pecado moderno o Manhattan.
Faltaban exactamente cuarenta y ocho horas para que el autobús de Phoenix dejara a la matriarca en la marquesina de la carretera secundaria, y el comando de limpieza del aserradero había obrado un auténtico milagro de la ingeniería de camuflaje.
Las veinticuatro cajas de cartón con mi vida empaquetada habían quedado perfectamente ordenadas y mimetizadas en el sótano, detrás de las hileras de botes de mermelada vieja y las herramientas de jardín.
El nuevo estudio de diseño en el porche cerrado estaba cerrado a cal y canto con una pesada cortina de lona rústica, simulando ser una simple zona de almacenaje de leña noble.
Me encontraba sentada en el centro del sofá de cuero, con las piernas cruzadas y una taza de té de manzanilla entre las manos, intentando recuperar la cordura que había extraviado entre el serrín del almacén.
Llevaba un jersey de lana grueso de cuello alto y unos vaqueros cómodos.
Al moverme para estirar la espalda, que todavía arrastraba una maravillosa molestia por las embestidas de William contra el banco de carpintero, el sutil y delator chirrido estático a velcro de mis leggins térmicos ocultos resonó en mitad del salón impecable.
Sonreí para mis adentros, sintiendo un vuelco caliente en el estómago.
—Si el termostato del sótano vuelve a parpadear en rojo, juro por Dios que le engancho el tractor de Miller y lo tiro al barranco yo misma —la voz profunda y cavernosa de William rompió el silencio desde el pasillo del sótano, seguida por sus pasos pesados y rústicos subiendo los escalones de madera.
Liam apareció en el salón limpiándose las manos con un trapo viejo impregnado en grasa.
Se había quitado la sudadera y la camiseta térmica, quedándose con el torso desnudo y tatuado expuesto a la luz dorada del atardecer que entraba por los ventanales limpios.
Las facciones de su mandíbula cuadrada estaban tensas por el esfuerzo, y los surcos que mis propias uñas le habían dibujado en la espalda durante el maratón del porche brillaban sutilmente por el sudor matutino.
Se detuvo frente a mí, mirándome con esos ojos grises de tormenta que eliminaban cualquier rastro de mi frialdad neoyorquina con una fijeza insultante.
El búnker parecía el hogar de una sobrina casta y solitaria, pero la temperatura entre nuestros cuerpos seguía estando a escasos centímetros de provocar otro cortocircuito erótico antes de la gran inspección del martes.
Iba a estirar la mano para dejar la taza de té en la mesa auxiliar cuando mi teléfono móvil, apoyado sobre el reposabrazos del sofá, vibró con tanta violencia que casi sale despedido hacia la alfombra limpia.
El sonido del tono de llamada rompió el silencio doméstico como un bocinazo en mitad de una biblioteca.
William se detuvo en seco en mitad del salón, con el trapo de grasa a mitad de camino hacia el bolsillo de sus vaqueros y una ceja levantada con sospecha.
Miré la pantalla y el corazón me dio un vuelco tan violento que escuché perfectamente el sutil chirrido a velcro de mis leggins térmicos al tensar las piernas por el susto. El nombre en la pantalla no era el de mi tía Florence, sino el de la señora Gable.
—¿Sí? ¿Señora Gable? —respondí, intentando mantener mi mejor tono de voz equilibrado y corporativo de Manhattan.
—¡Evie, cariño! ¡Menos mal que respondes!
—la voz de la anciana llegó cargada de una respiración acelerada y de ese tono de urgencia de las vecinas que viven por y para el chisme local—.
Tienes que mover ese camión negro de la entrada de inmediato.
He venido a la estación de servicio de la carretera secundaria a por pan y me he encontrado con que el autobús de Phoenix acaba de llegar con dos horas de adelanto.
¡Tu tía Florence ya se ha bajado y viene hacia la cabaña en el coche de mi nieta!
Estará cruzando el camino de los pinos en menos de diez minutos.
¡Mueve a ese leñador antes de que la sangre llegue al río, preciosa!
Colgó sin darme tiempo a darle las gracias, dejándome con los ojos abiertos de par en par y el vaho del pánico helándome la garganta. Miré a William, que seguía con el torso desnudo, los tatuajes expuestos y el pantalón vaquero manchado de grasa del termostato del sótano.
—William, muévete ahora mismo —le siseé, tirando la manta de lana hacia un lado y levantándome del sofá de un salto—.
La tía Florence ha adelantado el viaje. Está en el coche de la nieta de la señora Gable y viene hacia aquí.
Le faltan cinco minutos para cruzar la entrada.
¡Ponte la maldita camisa, esconde ese trapo de grasa y mueve la camioneta negra antes de que nos entierre en el jardín!
La comedia de enredo rural de Oak Ridge acababa de activar el temporizador de una bomba de relojería y el comando de limpieza del aserradero se encontraba en mitad del salón con las costuras rotas y sin tiempo para un plan de evacuación diplomática.
El pánico se apoderó del salón en menos de un segundo.
William soltó un juramento ronco que retumbó en las paredes de troncos, tiró el trapo de grasa sobre la mesa de la cocina y salió disparado hacia el pasillo del dormitorio a una velocidad pasmosa para su enorme tamaño.
Mis tacones repiqueteaban contra el suelo de madera limpia mientras yo corría detrás de él, produciendo una auténtica sinfonía de chirridos estáticos a velcro entre mis muslos que delataba el colapso absoluto de mis nervios.
—¡Las llaves, William! ¿Dónde demonios has dejado las llaves de la bestia negra? —le chillé, rebuscando de forma frenética entre las carpetas de diseño que aún quedaban en el mueble de la entrada.
—¡Están en el bolsillo de la chaqueta de tweed, Smith! ¡La que tiene la manga remendada! —rugió él desde la habitación, mientras se ponía una camisa de franela limpia a la velocidad de la luz, ignorando por completo los botones superiores.
Agarré el llavero metálico justo cuando el destello potente de unos faros dobles recortó la silueta de los pinos ponderosa a través del ventanal, iluminando el camino de entrada cubierto de nieve.
El coche de la nieta de la señora Gable ya estaba enfilando el porche.
William apareció en el pasillo con la camisa a medio abrochar, los vaqueros todavía desabrochados por la parte superior y el pelo revuelto de la forma más delatora posible.
No había tiempo para mover la camioneta; el monstruo negro estaba cruzado en mitad del aparcamiento, bloqueando el acceso de forma flagrante.
Sin otra opción viable y escuchando ya el sonido del motor del coche detenerse en el porche, le agarré del antebrazo rústico y duro y tiré de él con desesperación hacia la trampilla trasera que comunicaba el pasillo con el pequeño cobertizo de las herramientas.
Abrí la madera de un tirón, nos colamos en la penumbra del cubículo que olía a aceite de motor y resina, y pasé el pestillo de hierro justo en el preciso instante en que el pomo de la puerta principal de la cabaña empezaba a girar desde el exterior con un crujido agónico.
La dueña del búnker rural acababa de cruzar el umbral, y nosotros estábamos encerrados a oscuras, conteniendo el aliento y con la ropa desordenada a escasos metros de su escopeta de perdigones.
Nos quedamos pegados el uno al otro entre las sombras del cobertizo, con el corazón golpeándome las costillas y el aliento de William quemándome la sien.
Sus manos ásperas seguían aferradas a mi cintura, inmóviles, como si con la sola fuerza de su abrazo pudiera volvernos invisibles ante la tía Florence.
Escuché sus bastones ortopédicos avanzar por el salón que tanto trabajo nos había costado dejar impecable, deteniéndose justo delante de la chimenea.
—¿Hola? ¿Hay alguien en esta casa o los fantasmas del bosque se han comido a mi sobrina? —la voz de mi tía retumbó por el pasillo con la fuerza de una locomotora, seguida del inconfundible chasquido metálico de una recámara al cerrarse.
Miré a William en la penumbra, buscando en sus ojos grises alguna señal de plan de escape, pero lo único que encontré fue esa sonrisa canalla suya, completamente fuera de lugar dado el nivel de la crisis.
Los pasos de Florence se alejaron hacia la cocina, y solté todo el aire que llevaba conteniendo desde que el coche de la nieta de la señora Gable había frenado en el porche.
—Se ha ido a revisar el termostato —susurré, relajando los hombros contra el pecho desnudo de William—. Tenemos que esperar aquí hasta que suba al piso de arriba y entonces...
No terminé la frase. William bajó la cabeza y me besó con una lentitud completamente indebida para la situación, sofocando cualquier resto de estrategia corporativa que me quedara en la cabeza.
El miedo y el alivio se mezclaron en mi estómago en una combinación tan potente como el whisky de maíz de mi tía, y mis dedos, traidores de nacimiento, ya estaban desabrochando los pocos botones que él se había abrochado a la carrera.
La camisa de franela cayó al suelo de tierra del cobertizo sin hacer ruido, y mis leggins térmicos volvieron a producir su delator chirrido a velcro al bajar por mis muslos, ahogado por nuestras propias respiraciones agitadas.
—Se supone que teníamos que escondernos, Oyer, no montar la segunda función de la tarde —jadeé contra su boca, sin ninguna intención real de detenerlo.
—La adrenalina de la fuga siempre te deja el pulso descontrolado, Smith. Es mi deber cardiológico calmarte —murmuró él, levantándome contra el estante de los botes de barniz con la misma facilidad de siempre.