Capítulo 26
William
Ver a la cuadrilla de transportistas marchar el lunes me dio una tregua, pero la llamada de la tía Florence puso al comando de limpieza en alerta máxima.
Pasé la tarde en el aserradero organizando los tablones de pino ponderosa que usaríamos para reforzar el porche de Evelyn, pero mi mente seguía fija en las directrices de la matriarca.
Teníamos exactamente siete días para borrar las huellas del maratón erótico del fin de semana, ocultar la ropa formal destrozada y dejar la cabaña como un templo de la castidad rural.
—Oyer, si sigues barriendo el mismo montón de serrín con esa cara de sargento, vas a desgastar los tablones —se mofó Miller, apoyando la pala sobre su hombro mientras me pasaba una taza de café recalentado—.
¿Qué pasa? ¿La reina de Manhattan te ha puesto a hacer inventario de sus cajas escandinavas?
—La tía Florence vuelve el martes que viene, Miller —le respondí con un gruñido ronco, ajustándome la gorra de béisbol hacia atrás—.
Sabe lo del termostato, sabe lo de Travis Baker y sabe lo del discurso del alcalde.
Si encuentra un solo rastro de lo que pasó en esa cabaña, nos pone a picar piedra en mitad de la nieve profunda de Arizona.
Necesito el tractor, la lona de carga y tu total discreción.
Miller estalló en una carcajada limpia y rústica que hizo eco en las chapas del techo del almacén, espantando a los cuervos de la valla.
—¿Discreción? Liam, estás hablando con el hombre que os sacó de la ventisca con las cadenas puestas —se rió, dándome un codazo amistoso—.
Cuenta con el John Deere y con mis manos.
Pero te advierto una cosa: como esa anciana descubra que has estado usando el porche de taller erótico corporativo, ni tu camioneta negra ni mis cadenas nos van a salvar de su escopeta de perdigones.
Hay que comprar un termostato nuevo en Flagstaff de inmediato y camuflar las maderas nobles del porche antes de que el autobús del martes cruce el umbral del pueblo.
Apreté los puños dentro de los bolsillos de mi sudadera gris, sintiendo un calor familiar al recordar cómo Evelyn se había tensado contra el banco de trabajo hace solo unas horas.
La cuenta atrás había comenzado, y el lunes por la mañana el comando de limpieza del aserradero iba a desembarcar en la cabaña de la tía Florence dispuesto a obrar un milagro de enredo rural.
El operativo de limpieza comenzó el martes por la mañana bajo el mando caótico de Miller y su monstruo de metal verde.
Le había dicho mil veces que aparcara el tractor John Deere en el arcén de la carretera secundaria y que bajara las herramientas a mano, pero la paciencia no era una de las virtudes de la cuadrilla del aserradero.
Miller metió el vehículo pesado en el camino de entrada a toda velocidad, haciendo chirriar las cadenas de las ruedas contra las placas de hielo y levantando una duna de nieve sucia que sepultó por completo los rosales secos que la tía Florence tanto cuidaba.
—¡A un lado, Oyer! ¡Abrid paso al comando de demolición! —gritó Miller desde la cabina, accionando la palanca de la pala mecánica con un entusiasmo que me dio un presentimiento atroz en el estómago.
Evelyn salió al porche de un salto, envuelta en su pijama de franela gigante y con las gafas de pasta negra torcidas por el susto. Al dar un paso hacia delante, el maldito y sonoro chirrido estático a velcro de sus leggins térmicos ocultos resonó en mitad del estrépito del motor diésel.
—¡Señor Miller, detenga ese prototipo de tanque ahora mismo! —le chilló con su mejor voz de jefa de Manhattan, cruzándose de brazos con una rigidez militar—. ¡Como raye la madera de pino noble del estudio, le meto una demanda por daños corporativos que...!
No pudo terminar la frase. Miller intentó dar un giro cerrado para alinear la pala del tractor con el porche, pero calculó mal la distancia debido al hielo de Arizona.
El parachoques de metal del John Deere impactó de lleno contra el poste de madera rústica que sujetaba el buzón de la tía Florence y la valla lateral de la cabaña.
El sonido de la madera noble astillándose en mil pedazos resonó en todo el bosque como un tiro de escopeta.
El buzón salió despedido por el aire, aterrizando con un golpe seco y metálico justo dentro de la camioneta del viejo Sam, que pasaba por la carretera en ese momento.
Me llevé una mano a la cara, soltando un gruñido ronco y cavernoso, mientras Evelyn se quedaba completamente muda en mitad del porche, con la boca abierta y las mejillas encendidas por un brote de rabia corporativa que prometía una ejecución pública.
Miller apagó el motor del tractor, asomó la cabeza por la ventanilla con una sonrisa de disculpa verdaderamente patética y se rascó la nuca bajo la gorra.
—Vaya... parece que la madera noble estaba un poco más tierna de lo que pensaba, jefa —balbuceó el idiota—.
Pero no os preocupéis, que con un poco de resina de pino y tres clavos del taller del aserradero, esto queda más camuflado que los archivadores escandinavos antes de que llegue el autobús del martes.
El viejo Sam detuvo su camioneta en seco tras el impacto del buzón volador, sacó la cabeza por la ventanilla y nos dedicó un torrente de insultos tradicionales que habrían ruborizado a la plantilla del aserradero entera.
Miller bajó del John Deere a toda prisa para recuperar el buzón de la tía Florence, dejando a Evelyn y a mí solos en el porche, rodeados de trozos de valla astillada y con el vapor de nuestra respiración agitada chocando en el aire glacial.
Evelyn temblaba, pero no de frío. Su pijama de franela gigante subía y bajaba con violencia y sus ojos claros destellaban una furia ejecutiva que me puso los dientes largos de inmediato.
—¡Es un incompetente! ¡Tu cuadrilla entera es un peligro para la propiedad privada, Oyer! —me siseó, dándome un empujón con rabia en el pecho que apenas logró moverme un milímetro de mi sitio—. Quedan seis días y ahora tenemos una valla destruida. La tía Florence nos va a despellejar vivos.
En lugar de responderle con argumentos, di un paso al frente y la acorralé contra la pared de troncos que Miller no había tocado.
Mis manos desnudas y ásperas atraparon sus muñecas, subiéndolas por encima de su cabeza con una firmeza implacable que cortó su torrente de quejas de Manhattan en un segundo.
Al forzar el movimiento, el sonoro chispazo estático a velcro de sus leggins térmicos ocultos resonó de forma deliciosa entre nosotros.
—Te he dicho que te calmes, Smith —le susurré con un gruñido ronco, pegando mi torso ardiendo a su pijama de franela—.
Miller arreglará la valla antes del almuerzo si no quieres que le rompa la cara.
Pero tú necesitas descargar esa adrenalina corporativa ahora mismo si quieres que sigamos limpiando el búnker en paz.
Me incliné sobre su cuello expuesto, mordiendo tiernamente la piel sensible justo debajo de su oreja hasta arrancarle un gemido agudo que delató lo mucho que su cuerpo traidor deseaba este castigo rústico.
Sus pezones se marcaron rígidos como piedras contra el tejido de cuadros de su pijama y mis vaqueros de trabajo comenzaron a apretarme de mala manera en la entrepierna.
Estábamos en mitad de un porche destrozado, con Miller martilleando a unos metros y la cuenta atrás del martes corriendo, pero el termostato de nuestro deseo no admitía ningún tipo de contención diplomática.
No me importó que Miller estuviera a escasos metros recogiendo los restos del buzón astillado.
Agarré a Evelyn por la cintura y, con la misma fuerza implacable que usaba para mover los troncos en el aserradero, la arrastré hacia el interior del pequeño almacén de herramientas situado al fondo del porche.
Cerré la puerta de madera maciza de un manotazo sordo y pasé el cerrojo de hierro, sepultándonos en una penumbra caliente que olía a aceite de motor, lona vieja y resina de pino dulce.
Evelyn ni siquiera intentó protestar. Sus manos, calientes y desesperadas, se clavaron en el cuello de mi camiseta de tirantes gris, tirando de la tela con una urgencia salvaje que terminó por desgarrar el tejido.
La estampé de espaldas contra un estante de madera rústica lleno de botes de barniz, haciendo que las latas tintinearan en mitad de la oscuridad.
—Eres un jodido animal, Oyer —jadeó contra mis labios rojos, entrelazando sus piernas alrededor de mis caderas con una agilidad pasmosa.
—Tu animal, Smith —le respondí con un gruñido ronco, devorando su boca con una furia implacable.
Bajé mis manos desnudas y ásperas hacia el elástico de su pijama de franela gigante y de sus leggins térmicos.
Los agarré junto con sus bragas de encaje y los bajé de un solo tirón definitivo hasta sus rodillas.
El roce estático de la tela sintética produjo un último y sonoro chispazo a velcro que se perdió entre sus quejidos agudos.
Quedó completamente desnuda de cintura para abajo en mitad del almacén.
Desabroché mis vaqueros con un movimiento ciego y liberé mi erección rígida, venosa y ardiendo por el contacto.
Sujeté sus nalgas con firmeza y me hundí en ella de una sola embestida brutal, enterrándome hasta el fondo de su centro húmedo y caliente.
Evelyn soltó un grito de puro placer que ahogué de inmediato con mis besos.
Comencé a moverme con un ritmo salvaje, rústico e implacable, haciéndola temblar a cada impacto contra el estante de madera.
Sus paredes vaginales me estrujaban con una presión espasmódica que me nubló el juicio por completo.
El balanceo febril de nuestros cuerpos nos llevó hacia el clímax en mitad de una descarga eléctrica descontrolada.
Sentí cómo su centro se contraía en una serie de espasmos brutales que me ordeñaron el miembro sin piedad; solté un rugido sordo en el hueco de su cuello y me vacié con fuerza dentro de ella, derramando mi semilla caliente en profundas pulsaciones simultáneas a su devastador orgasmo.
Nos quedamos congelados en mitad de la penumbra del almacén, temblando y escuchando el sonido de nuestras respiraciones agitadas chocar contra la madera, dándonos cuenta de que entre el desastre del tractor y el serrín, nuestra segunda oportunidad había quedado sellada para siempre en el corazón del norte de Arizona.