Capítulo 25
Evelyn
El lunes por la mañana llegó al norte de Arizona con una calma cristalina que casi parecía irreal tras el caos mediático y festivo de la inauguración.
Me encontraba sentada frente a mi mesa ergonómica de diseño escandinavo, contemplando la pantalla de mi ordenador portátil con una taza de café negro humeante entre las manos.
Las bombillas de estilo industrial que William había instalado con tanta "insistencia" la semana anterior arrojaban una luz cálida sobre la madera de pino noble, transformando el antiguo porche de la tía Florence en un auténtico templo de la creatividad digital.
Oficialmente, Oak Ridge Creative Studio estaba abierto al público, y mi cuenta corriente —antes reducida a cenizas por culpa de las mentiras corporativas de Manhattan— acababa de registrar su primer ingreso real: un depósito del cincuenta por ciento para el rediseño completo de la identidad visual de la asociación de ganaderos del sur del condado.
—Quién te ha visto y quién te ve, Smith —me susurré a mí misma con una sonrisa irónica, ajustándome las gafas de pasta negra—. De diseñar tipografías exclusivas para marcas de perfumes en la Quinta Avenida a maquetar logotipos con cabezas de ganado en mitad del bosque.
Me estiré en la silla, cruzando las piernas de una forma perezosa que me provocó una punzada de delicioso dolor en los músculos internos de los muslos.
El recuerdo de lo que William y yo habíamos hecho sobre esta misma mesa de luz tras la marcha del alcalde todavía me hacía hervir la sangre.
Al moverme, el familiar y sonoro chirrido estático a velcro de mi indumentaria térmica oculta resonó con fuerza entre las paredes rústicas, recordándome que la jefa de Nueva York había claudicado por completo ante la testosterona pura del aserradero.
Justo cuando me disponía a abrir el programa de edición gráfica para empezar a trazar los primeros bocetos de las vacas de la asociación, el pitido agudo y estridente de mi teléfono móvil rompió la paz del porche.
Miré la pantalla con el ceño fruncido, esperando ver el número de algún cliente local o, peor aún, otra llamada tóxica de mi exsocio Marcus.
Pero el nombre que parpadeaba en la pantalla me congeló la sangre en las venas: Tía Florence.
La verdadera dueña del búnker rural regresaba del olvido para pasar revista.
Descolgué el teléfono con los dedos temblorosos, pegando el aparato a mi oreja mientras intentaba forzar mi mejor voz de sobrina buena, inocente y completamente centrada en su carrera profesional.
—¡Tía Florence! Qué alegría escucharte —dije, paseándome de un lado a otro sobre las maderas del estudio, lo que provocó un delator y sonoro chirrido a velcro entre mis muslos—. ¿Cómo va todo por Phoenix? Espero que el calor de la ciudad te esté sentando de maravilla.
—Déjate de cumplidos, Evelyn Rose Smith —la voz de mi tía resonó a través del altavoz con la nitidez y la fuerza de un rayo de tormenta, cargada de una autoridad rústica que me hizo ponerme firme al instante—.
El calor de Phoenix es insoportable, pero no tanto como los cotilleos que me llegan desde el norte.
He hablado con la señora Gable esta mañana y me ha dicho que mi porche cerrado ahora parece una nave espacial minimalista, que William Oyer casi le pega un puñetazo al hijo del ranchero Baker en mi nombre, y que habéis estado "probando la resistencia de los muebles" delante del mismísimo alcalde del condado.
Tragué saliva con una dificultad espantosa, sintiendo cómo el rubor del bochorno absoluto trepaba a la velocidad de la luz por mi cuello de porcelana. Intenté balbucear una explicación corporativa coherente, pero mi tía no me dio el menor margen de maniobra.
—No intentes adornarme la píldora con tus palabras técnicas de Manhattan, jovencita —continuó Florence, soltando un suspiro pesado que sonó a tregua armada—.
La verdadera razón de mi llamada es que los médicos de la residencia me han dado el alta definitiva.
El próximo martes por la mañana cojo el autobús de vuelta a Oak Ridge.
Quiero mi cabaña limpia, mis mantas rústicas en su sitio y el termostato del sótano funcionando a la perfección.
Y más te vale que ese leñador de ojos grises tenga puesta la camisa y abrochada hasta el último botón cuando yo cruce el umbral del porche, porque si encuentro una sola carpeta de diseño o un pelo de su barba en mis sábanas, os pongo a los dos a picar piedra en mitad de la nieve.
Colgó de golpe, dejándome con el pitido sordo de la línea cortada y un pánico que me congeló las entrañas.
El martes de la próxima semana. Teníamos exactamente siete días para borrar las huellas del delito, limpiar el campamento base erótico del salón, esconder la ropa destrozada y camuflar el hecho de que habíamos convertido su búnker de recuerdos en nuestro santuario pasional de segundas oportunidades.
No apagué el ordenador ni recogí mi taza de café.
Agarré las llaves de mi utilitario compacto y salí de la cabaña a zancadas tan rápidas que mi ropa interior térmica produjo un auténtico concierto de chirridos estáticos a velcro a lo largo de todo el camino de entrada.
Conduje por la carretera secundaria del bosque con el corazón en la garganta, esquivando las placas de hielo con una temeridad que habría escandalizado a mi yo de Nueva York.
Mi destino era el aserradero del condado; necesitaba al gigante del tweed de inmediato para trazar un plan de evacuación estilística.
Aparqué el coche frente al enorme cobertizo principal, donde el ruido ensordecedor de las sierras circulares devorando troncos de pino ponderosa vibraba en el suelo de tierra.
Me abrí paso entre la densa nube de serrín aromático, ganándome las miradas de sorpresa de los trabajadores, hasta que divisé a William.
Estaba de espaldas, cargando un tablón enorme sobre sus hombros esculpidos, vestido solo con sus vaqueros desgastados y una camiseta de tirantes gris que delataba la tensión salvaje de sus músculos tatuados.
—¡William! —grité a pleno pulmón, intentando competir con el estrépito de la maquinaria pesada mientras me ajustaba las gafas de pasta negra de un manotazo.
Liam soltó el tablón con un golpe seco, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo antes de girarse hacia mí.
En cuanto vio mi cara de pánico corporativo, una sonrisa lenta, canalla y sumamente peligrosa se dibujó bajo su barba de tres días.
Se acercó a pasos lentos y pausados, devorándome con esos ojos grises de tormenta que me hicieron sentir un tirón ardiente en la entrepierna a pesar de la gravedad de la situación.
—Vaya, Smith. No sabía que la jefa de Manhattan viniera a visitarme al taller solo para ver mis herramientas —se mofó en un gruñido ronco, acorralándome sutilmente contra una pila de tablones frescos—. ¿Es que el velcro de tus leggins echa de menos el banco de trabajo?
—Cállate la boca, Oyer, que esto es una emergencia nacional —le siseé, clavando mis manos en sus pectorales calientes para detener su avance—.
La tía Florence ha llamado desde Phoenix.
Le han dado el alta. Vuelve el próximo martes por la mañana en el autobús del pueblo.
Sabe lo del termostato, sabe lo de Travis Baker y sabe lo de las mesas del estudio.
Tenemos exactamente siete días para limpiar la cabaña, esconder mi ropa interior y dejar el búnker como si aquí solo hubiera vivido un fantasma casto.
Si encuentra un solo rastro de lo que hicimos contra su puerta, nos va a poner a picar piedra en mitad de la nieve profunda de Arizona.
La sonrisa canalla de William no desapareció; al contrario, se ensanchó de una forma exasperante, recordándome que a este hombre le encantaba jugar con cerillas en mitad de mis peores tormentas de nervios.
William soltó una carcajada baja y cavernosa que resonó por encima del estrépito de las sierras del aserradero, sin mostrar ni un solo milímetro de preocupación por el inminente regreso de la matriarca.
Dio un paso más al frente, acorralándome por completo contra la pila de maderas nobles, obligándome a levantar la cabeza para sostenerle la mirada.
Su fragancia a resina dulce, sudor limpio y frío de montaña me inundó las fosas nasales, logrando que mi centro volviera a latir con una urgencia líquida que saboteaba mi discurso de pánico.
—Tranquila, Smith. La tía Florence tiene mucho genio, pero yo tengo los brazos más fuertes del condado para dejar esa cabaña como los chorros del oro —susurró con una voz rota y profunda, bajando una de sus manos desnudas y ásperas hacia mi cadera.
Apretó la tela de mis vaqueros ceñidos, provocando que mi indumentaria térmica emitiera un sonoro y estático chispazo a velcro que Miller imitó con un silbido burlón desde el fondo del taller—.
Pero un trabajo de fuerza de siete días como el que nos espera requiere un pago por adelantado.
Si quieres que limpie el sótano y camufle el desastre erótico de la puerta, vas a tener que estrenar el almacén del aserradero conmigo ahora mismo.
Me quedé boquiabierta ante su descaro, mirando de reojo las vigas de madera del cobertizo, pero mi cuerpo traidor ya se había entregado por completo al magnetismo animal de sus ojos grises.
Mis pezones se endurecieron con una rigidez dolorosa contra el jersey granate al sentir la presión directa de su erección rígida contra mi bajo vientre.
—Eres un chantajista rústico, Oyer —alcancé a jadear, enredando mis dedos en su nuca tatuada mientras él me levantaba en vilo sobre un banco de carpintero—. Pero más te vale dejar esa casa impecable para el martes.
William me besó con una posesividad implacable, sellando nuestro caótico pacto de limpieza con una última y salvaje sesión de desquite erótico en mitad del serrín del aserradero, dándonos cuenta de que la cuenta atrás para la llegada de la tía Florence ya había comenzado y que la recta final de nuestra segunda oportunidad iba a ser una auténtica carrera de enredo y pasión descontrolada.