Capítulo 24
William
El día de la inauguración oficial de Oak Ridge Creative Studio llegó con una helada de esas que te congelan las pestañas en cuanto asomas la nariz por el porche.
Todo el maldito pueblo se había tomado el sábado por la tarde libre para ver de primera mano en qué se había gastado los ahorros y la cordura la sobrina de la tía Florence.
El aparcamiento de tierra que yo mismo había compactado frente a la cabaña estaba hasta los topes: el tractor de Miller, la camioneta del viejo Sam, el coche de la señora Gable e incluso la berlina del alcalde del condado estaban perfectamente alineados bajo la sombra de los pinos ponderosa.
Yo estaba de pie junto a los barriles de cerveza artesanal que habíamos montado en el lateral del porche, sintiéndome el hombre más ridículo y a la vez más afortunado de todo el norte de Arizona.
Evelyn me había obligado a ponerme una camisa nueva de botones oscuros que se tensaba de mala manera contra mis pectorales cada vez que intentaba cruzar los brazos, y me había peinado el pelo rebelde con esa gomina que yo tanto odiaba.
Pero en cuanto la miré a ella, todo el bochorno de la etiqueta rural desapareció de mi cabeza.
Evie estaba en el centro del estudio, rodeada por los primeros clientes y vecinos curiosos.
Llevaba unos pantalones negros ajustados que moldeaban sus caderas a la perfección y un jersey fino de cuello alto color granate que me recordó de inmediato la noche de la barbacoa.
Se movía entre los escritorios de pino noble que habíamos construido juntos con una elegancia innata, gesticulando con sus manos pequeñas mientras explicaba los conceptos de identidad corporativa a unos rancheros que miraban la tableta digital como si fuera un trozo de meteorito.
Al dar un giro para mostrar una pantalla, el sutil y delator chirrido estático a velcro de sus leggins térmicos ocultos resonó sutilmente sobre el suelo de madera limpia.
Sonreí de lado, sintiendo un tirón ardiente en la entrepierna.
Ese maldito ruido era nuestro código secreto, la prueba muda de que, por muy jefa de Manhattan que pareciera ante el alcalde, seguía siendo la mujer que se derretía y jadeaba mi nombre contra la mesa ergonómica en cuanto cerrábamos la puerta.
No pude escapar del protocolo rural. Justo cuando pensaba escabullirme hacia el almacén trasero para buscar un respiro, el alcalde del condado, un tipo gordo con un sombrero de vaquero blanco y una hebilla de cinturón que brillaba como un espejo, me agarró del brazo con una fuerza sorprendente.
Con la otra mano sostenía un micrófono inalámbrico que acoplaba de forma espantosa cada vez que se acercaba a los altavoces de la ferretería de Sam.
—¡Atención, vecinos de Oak Ridge! —bramó el alcalde, logrando que la señora Gable dejara de engullir canapés de salmón y se girara hacia nosotros—.
Hoy no solo celebramos que la gran Evelyn Smith ha vuelto para traernos la modernidad digital.
También tenemos que agradecer al hombre que ha puesto el sudor, la madera noble y los músculos para levantar este porche.
¡William Oyer, sube aquí y dinos unas palabras oficiales de leñador!
La cuadrilla del aserradero entera, con Miller a la cabeza, estalló en una ovación salvaje, soltando silbidos rústicos y aporreando las mesas de madera noble.
Miré a Evelyn con cara de auténtico pánico.
Ella se tapaba la boca con la mano, con las gafas de pasta negra sutilmente torcidas y los ojos claros chispeando llenos de una diversión malévola.
La reina de Manhattan estaba disfrutando de mi inminente ejecución pública.
Subí a la pequeña tarima improvisada con las botas de seguridad pesándome como si fueran de plomo.
Las costuras de los hombros de mi camisa nueva protestaron con un crujido seco en cuanto agarré el micrófono de plástico.
Me aclaré la gola con un gruñido ronco que resonó en todo el estudio como el rugido de un oso grizzly.
—Bueno... buenas tardes a todos —empecé, sintiendo un sudor frío bajar por mi nuca tatuada mientras Miller me hacía señas de que bebiera cerveza—.
Yo no sé dar discursos de esos con palabras raras de Nueva York.
Solo sé que este porche estaba maldito, que el termostato del sótano casi nos mata de frío y que la madera de pino ponderosa que hemos metido aquí es de primera calidad.
Aguantará lo que le echen. Lo sé porque...
bueno, porque hemos probado la resistencia de las mesas varias veces estos días.
Evelyn soltó un jadeo agudo a mitad de la sala, ahogándose de golpe con su copa de champán.
El color rojo del bochorno absoluto trepó por su cuello de porcelana a la velocidad de un incendio forestal.
La cuadrilla del aserradero, que sabía perfectamente a qué me refería con "probar la resistencia", estalló en una carcajada colectiva que hizo vibrar los cristales del porche.
El desastre de la etiqueta pija de mi discurso acababa de convertirse en el mejor momento de la inauguración, y la jefa de Manhattan me miraba con una mezcla de rabia corporativa y puro deseo erótico que prometía una noche de castigo absoluto en cuanto se marchara el último vecino.
El alcalde me arrebató el micrófono antes de que pudiera seguir detallando las pruebas de control de calidad que habíamos realizado sobre el mobiliario escandinavo.
Evelyn seguía intentando recuperar la respiración, abanicándose el rostro con un catálogo de tipografías mientras me lanzaba una mirada que prometía una muerte lenta y dolorosa en cuanto nos quedáramos a solas.
—¡Y ahora, el momento que todos estábamos esperando! —anunció el político con voz engolada, extendiendo unas enormes tijeras doradas que parecían sacadas de una película de época.
Me bajé de la tarima a zancadas pesadas y me coloqué al lado de Evelyn frente a la cinta de seda roja que cruzaba la entrada del estudio rústico.
Al ponerme a su lado, supe que la distancia de seguridad diplomática había saltado por los aires; el aroma dulce a vainilla caramelizada de su piel inundó mis sentidos y, cuando se recolocó los pantalones negros ajustados, el familiar chirrido estático a velcro de sus leggins térmicos ocultos resonó entre nosotros. Le dediqué una sonrisa canalla de lado.
—Me las vas a pagar todas juntas, Oyer —me siseó en voz baja, sin perder esa sonrisa corporativa impecable orientada hacia la cámara de fotos del periódico local.
—Estoy deseando que me pases la factura, Smith —le respondí con un gruñido ronco, rozando mi antebrazo contra el suyo.
Agarramos las tijeras juntos. Mis manos grandes, desnudas y calientes cubrieron sus dedos pequeños. Con un movimiento firme y coordinado, cortamos la cinta roja en mitad de una salva de aplausos, vítores de la cuadrilla del aserradero y ladridos del perro del viejo Sam desde el porche.
A partir de ahí, el protocolo rural funcionó con la velocidad de un rayo de montaña: el norte de Arizona no perdonaba las noches frías y, en cuanto los barriles de cerveza artesanal quedaron completamente vacíos y la señora Gable se guardó los últimos canapés en el bolso, los vecinos empezaron a desfilar hacia sus camionetas.
En menos de media hora, el rugido de los motores diésel se alejó por la Interestatal, el silencio del bosque de pinos ponderosa volvió a tragarse la cabaña de la tía Florence y nos quedamos completamente a solas en mitad del estudio iluminado por las bombillas de estilo industrial.
La jefa de Manhattan dio media vuelta sobre sus tacones, cruzándose de brazos con una lentitud exasperante que me advirtió que el verdadero desquite de la noche estaba a punto de comenzar.
Evelyn caminó despacio hacia mí, haciendo que el repiqueteo rítmico de sus tacones de aguja sobre el suelo de pino noble compasara el sutil y delator chirrido a velcro de sus leggins térmicos.
Se detuvo a escasos centímetros de mi pecho, obligándome a mirarla hacia abajo.
Se quitó las gafas de pasta negra con una lentitud exasperante y las dejó sobre el nuevo mueble archivador antes de clavar sus ojos claros en los míos.
—¿"Probar la resistencia de las mesas varias veces", William?
¿De verdad tenías que soltar eso delante de todo el pueblo y del mismísimo alcalde del condado?
—me reclamó, aunque su respiración agitada y la forma en que sus pezones empujaban con fuerza el jersey granate delataban que la rabia corporativa se había transformado en pura combustión erótica.
—Solo he dicho la verdad, Smith. La madera noble de Arizona aguanta perfectamente tu peso y el mío —respondí con un gruñido ronco, acortando la distancia a cero hasta que mi torso rozó el suyo.
Atrapé su cintura con mis manos grandes y ásperas, levantándola en vilo con la fuerza de mis brazos para sentarla directamente sobre el mismo banco de trabajo de la inauguración.
Evelyn soltó un jadeo agudo y enredó sus piernas alrededor de mis caderas, buscando mi calor.
Sin pedir permiso, desabroché el botón de sus pantalones negros ajustados y bajé la cremallera de un tirón, deslizando mis dedos por debajo del elástico de su prenda térmica para encontrar su centro, completamente empapado y latiendo de deseo.
El sonoro chispazo estático de la tela inundó el porche a la luz de las bombillas industriales.
—Eres un animal, Oyer —susurró con la voz completamente rota, clavando sus uñas en mi nuca.
—Tu animal, reina de Manhattan —le respondí, abriendo mi bragueta para liberar mi erección rígida y venosa.
Me hundí en ella de una sola embestida salvaje y profunda, arrancándole un grito de puro placer que se perdió en el silencio del bosque.
Comencé a moverme con un ritmo implacable, rústico y violento, haciéndola gemir mi nombre una y otra vez mientras la mesa de diseño vibraba bajo nuestros cuerpos.
El castigo del discurso se convirtió en la consagración definitiva de nuestra segunda oportunidad, un incendio descontrolado en mitad del invierno del norte de Arizona que nos dejó vacíos, unidos y grabados a fuego el uno en el otro para siempre.