Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

Evelyn

El norte de Arizona me estaba cambiando a una velocidad alarmante, y la prueba irrefutable de ello eran las manchas de barniz ecológico que decoraban mis uñas, antes impecablemente manicuradas en los salones más caros del Soho.

Tres semanas habían pasado desde la gran ventisca que nos sepultó en el salón, y el porche cerrado de la tía Florence ya no parecía el almacén de una mudanza apocalíptica.

Gracias a la fuerza bruta e insultante de William —y a su insistencia en enseñarme a usar herramientas que vibraban más de lo legalmente aconsejable—, las veinticuatro cajas de cartón habían desaparecido.

En su lugar, se alzaba el estudio de diseño gráfico e identidad corporativa más espectacular y rústico que jamás hubiera imaginado.

Las paredes de pino noble ponderosa desprendían un aroma dulce a resina fresca que se mezclaba con el olor de mi nueva impresora láser de alta definición.

El banco de trabajo sobre el que Liam me había poseído de forma tan salvaje ahora albergaba mi tableta digital de última generación y mis catálogos de tipografías.

Me acomodé las gafas de pasta negra, estirando las piernas sobre mi nueva silla ergonómica de diseño escandinavo.

Llevaba puestos unos vaqueros ceñidos y un jersey de punto fino color crema que se amoldaba a mis curvas.

Al moverme para alcanzar mi taza de café caliente, el sutil y delator chirrido estático a velcro de mis leggins térmicos ocultos resonó en mitad del estudio.

Solté una risa baja e irónica. Ese ruido ya no era un recordatorio de mi humillación estilística; se había convertido en la banda sonora oficial de mi nueva y revolucionaria vida sexual.

—¿Te estás riendo sola otra vez de tus logotipos pijos, Smith? —la voz profunda y cavernosa de William rompió el silencio desde el umbral del porche.

Me giré despacio, sosteniendo la taza de café entre mis manos temblorosas.

Liam estaba apoyado contra el marco de madera noble, con su gorra de béisbol oscura hacia atrás y una camiseta negra ajustada que se tensaba de mala manera contra sus pectorales y sus brazos tatuados.

Traía una caja de herramientas de metal en una mano y una ristra de bombillas amarillas de estilo industrial en la otra.

Me miraba con esos ojos grises de tormenta que todavía me hacían vibrar el vientre con el simple recuerdo de lo que hacíamos en su cama cada noche.

Estábamos a solo tres días de la inauguración oficial de Oak Ridge Creative Studio, todo el pueblo estaba invitado a la fiesta de apertura, y yo por fin empezaba a sentir que esta segunda oportunidad era el mejor diseño que había creado en toda mi vida.

—Solo me río de que tus luces industriales parezcan sacadas de un desguace de Flagstaff, Oyer —le respondí, arqueando una ceja con esa elegancia innata de Manhattan mientras dejaba la taza sobre el banco de madera noble—.

Pero supongo que para un leñador rústico, cualquier bombilla que no parpadee ya es alta tecnología.

William soltó una carcajada baja, un sonido cavernoso que me reverberó directo en el vientre, y dejó la caja de herramientas en el suelo con un estrépito metálico.

Caminó hacia mí con ese paso pausado y seguro de quien domina por completo su territorio.

Se subió a una pequeña escalera de mano de madera para alcanzar el cableado expuesto del techo del porche, dejando su torso esculpido y sus brazos tatuados justo a la altura de mis ojos.

Las venas de sus antebrazos destacaban por el esfuerzo mientras manipulaba las conexiones.

—Controla esa boca, Smith —susurró, mirándome de reojo con una chispa oscura de pura malicia—. Estas luces de desguace van a iluminar el despacho donde vas a facturar miles de dólares. Y si te portas bien, esta noche te enseño otra función muy interesante que tienen estos cables de alta tensión.

Me crucé de brazos, intentando ignorar cómo mi cuerpo reaccionaba a su insultante proximidad.

El calor que desprendía su piel limpia y con olor a sándalo empezó a caldear el aire del porche.

Al dar un pequeño paso hacia atrás para ver mejor su trabajo, mis muslos frotaron entre sí, produciendo ese sonoro y familiar chirrido estático a velcro de mis leggins térmicos.

William detuvo las manos en seco sobre el techo, ladeó la cabeza con una sonrisa canalla y me clavó sus ojos grises de tormenta.

—¿Otra vez provocando al personal con el velcro de Nueva York, Evie?

—se mofó, bajando de la escalera con una lentitud exasperante hasta acorralarme por completo contra el borde de mi mesa ergonómica de diseño—.

Sabes perfectamente lo que ese ruido le hace a mis pantalones de trabajo.

Y juro por Dios que la inauguración del estudio me importa un bledo si me sigues mirando con esa carita de querer que te empotre contra tu tableta digital.

Su respiración cálida me rozó los labios rojos, y la tensión sexual que habíamos estado acumulando entre logotipos y barniz estalló en el espacio cerrado del porche como pólvora seca, recordándome que el verdadero peligro del norte de Arizona seguía estando a escasos centímetros de mi cordura.

William dejó caer el destornillador sobre la mesa de luz con un golpe seco que me hizo dar un respingo.

Sus manos desnudas, grandes y calientes por el esfuerzo físico, se posaron de inmediato a ambos lados de mis caderas, atrapando la madera noble del escritorio y dejándome completamente enjaulada entre sus brazos de granito.

Pude percibir el olor a sándalo limpio, a resina y a esa testosterona rústica que me nublaba el juicio por completo en menos de un segundo.

—William, las luces... —alcancé a balbucear, aunque mi voz carecía de cualquier rastro de autoridad real. Sonó como un quejido jadeante, roto por la misma necesidad carnal que nos devoraba.

—Las luces pueden esperar, Smith. Tú no —respondió con un gruñido ronco, hundiéndose en el espacio que quedaba entre mi cuello y mi hombro.

Sus labios calientes y su barba de tres días mordisquearon la piel tierna justo debajo de mi oreja, provocando que un escalofrío ardiente me bajara directo a la entrepierna.

Mis manos, traidoras y desesperadas, se clavaron en sus hombros, arrugando la tela de su camiseta negra ajustada mientras mi cuerpo se arqueaba hacia delante por puro instinto de posesión.

Bajo la fina tela de mi jersey de punto crema, mis pezones se endurecieron con una rigidez dolorosa, empujando el tejido de una forma tan evidente que William soltó un taco entre dientes.

Bajó una de sus manos hacia mis caderas, agarrando mis vaqueros ceñidos con una urgencia salvaje.

Desabrochó el botón metálico con un chasquido rotundo que rompió el silencio del estudio y bajó la cremallera de un solo tirón implacable.

Deslizó sus dedos largos y ásperos por debajo de la mezclilla, apartando el elástico de mis leggins térmicos color carne.

Al moverme para facilitarle el acceso, el maldito y familiar chirrido estático a velcro resonó con fuerza entre las paredes de pino noble, inundando el porche de un eco rústico y obsceno que solo consiguió encendernos el doble.

William sonrió de lado con una suficiencia canalla, encontrando mi centro completamente empapado y latiendo de deseo a la luz de los ventanales del norte de Arizona.

William no iba a permitir que Miller ni ningún camión del aserradero nos volviera a sabotear el momento.

Se desabrochó los vaqueros de un solo manotazo desesperado y apartó la mezclilla.

Su erección saltó libre, rígida y venosa en mitad del estudio iluminado por el sol.

Me tomó por los muslos, levantándome en vilo con su fuerza rústica de siempre para sentarme directamente sobre mi nueva mesa de luz ergonómica de diseño escandinavo.

—Esta mesa aguanta lo que le echen, Evie. Lo probamos ahora mismo —susurró con una voz rota que me bajó directo a la entrepierna.

Se clavó en mí de una sola embestida profunda e implacable, enterrándose hasta el fondo de mi intimidad.

Solté un grito agudo de puro placer que ahogué de inmediato contra su cuello, mordiendo su camiseta negra mientras sus caderas se movían con un ritmo salvaje y rústico.

Estaba malditamente estrecha y empapada; mis paredes vaginales lo envolvían en una presión espasmódica que casi lo hace perder el control en el primer segundo.

El choque de nuestros cuerpos hacía vibrar mi tableta digital y mis catálogos de tipografías, un eco febril y obsceno que compasaba mis gemidos arrastrados.

Sentí una oleada eléctrica recorrer todo mi cuerpo cuando mi centro comenzó a contraerse en una serie de espasmos brutales que lo ordeñaron sin piedad.

William soltó un rugido sordo en mitad del porche de madera y se vació con fuerza dentro de mí, derramando su semilla caliente en profundas y calientes pulsaciones sincronizadas con mi propio y devastador orgasmo.

Colapsamos juntos sobre el escritorio de diseño, temblando, con el olor a resina dulce y el tintineo de los cables del techo sellando el éxito absoluto de nuestras segundas oportunidades.