Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

William

El martes por la mañana arrancó con el cielo del norte de Arizona despejado, mostrando un azul tan limpio y brillante que hería los ojos tras los días oscuros de la ventisca.

Aparqué el camión de carga del aserradero justo frente al porche de Evelyn, haciendo crujir las cadenas de las ruedas contra la capa de hielo que Miller había dejado a medio limpiar con el tractor.

En el remolque trasero traía más de doscientos kilos de tablones de pino ponderosa de primera calidad, secados al horno, cepillados y oliendo a esa resina dulce y salvaje que era el auténtico sello de identidad de nuestras montañas.

Mi plan de redención y consolidación estaba en marcha: iba a transformar el viejo porche cerrado de la tía Florence en el estudio de diseño gráfico más jodidamente elegante de todo el estado, aunque tuviera que dejarme las uñas y las costuras de la camisa en el intento.

Me bajé del habitáculo caliente de un salto, hundiéndome hasta las rodillas en la nieve fresca.

Llevaba puestos mis vaqueros de trabajo más desgastados, unas botas con puntera de acero y una camiseta térmica gris ajustada que me marcaba los hombros, ya que la temperatura exterior seguía rondando los cinco grados bajo cero.

—¡Oyer! ¡Como manches de grasa de motor el suelo del porche, te juro que uso tu sierra circular para cortarte las patillas! —gritó Evelyn desde la entrada, abriendo la puerta rústica de un tirón seco.

Me quedé estático a mitad del camino, con un tablón de pino de tres metros apoyado sobre mi hombro derecho, contemplándola con una sonrisa canalla que no pude ni quise disimular.

Llevaba puestas sus gafas de pasta negra, un gorro de lana con un pompón ridículo y una sudadera gris tres tallas más grande que parecía querer tragársela por completo.

Estaba preciosa, con las mejillas encendidas por el aire gélido y sosteniendo una taza de café negro humeante con las dos manos temblorosas.

Al avanzar un paso hacia el escalón, el maldito y familiar chirrido estático a velcro de sus leggins térmicos ocultos resonó en mitad del silencio del bosque, recordándome con una fuerza brutal lo que habíamos estado haciendo entre las carpetas de diseño durante todo el fin de semana.

—Tranquila, jefa. Mis herramientas están más limpias que los cubiertos de ese restaurante pijo de Flagstaff —le respondí con un gruñido ronco, subiendo los escalones de madera con paso firme y pausado—.

Ve despejando la mesa de la cocina y prepara los planos que dibujaste anoche, porque hoy vamos a tirar el primer tabique de Manhattan.

Y ponte cómoda, Smith, porque con el esfuerzo físico que vamos a hacer aquí dentro, te aseguro que nos va a sobrar toda la ropa antes del almuerzo.

—No me des órdenes en mi propia casa, Oyer —replicó ella, aunque dio un sorbo a su café y se hizo a un lado para dejarme pasar al porche cerrado.

Dejé el enorme tablón de pino sobre el suelo con un golpe sordo que levantó un aroma delicioso a madera fresca.

Me deshice de los guantes de cuero y saqué la lijadora de banda eléctrica de mi caja de herramientas.

Evelyn se acercó con curiosidad, arrastrando sus tacones y regalándome otro de sus sonoros ruidos a velcro.

Miró el aparato como si fuera un artefacto alienígena.

—¿Y se se supone que yo tengo que usar eso? —arqueó una ceja, mirándome de reojo a través de sus gafas de pasta negra—. William, mis manos están diseñadas para usar tabletas gráficas digitales y ratones ergonómicos, no para manejar un motor que vibra como un martillo neumático.

—Si quieres un estudio rústico, Smith, vas a tener que mancharte las manos de resina —me burlé, ladeando la cabeza con una sonrisa canalla—. Ven aquí.

La agarré por la cintura con firmeza, ignorando el chirrido estático de su ropa, y la atraqué directamente contra mi pecho.

Su trasero encajó a la perfección contra mi entrepierna, donde mis vaqueros ya empezaban a apretarme de mala manera ante su cercanía.

Colóqué sus manos pequeñas sobre la empuñadura de la lijadora y luego cubrí sus dedos con mis palmas grandes, desnudas y calientes.

Me incliné sobre su hombro, pegando mi torso ardiendo al tejido de su sudadera gris, y encendí el interruptor.

El aparato cobró vida con un rugido potente y una vibración salvaje que nos sacudió los brazos.

Evelyn soltó un jadeo agudo por la sorpresa, intentando soltar el mango, pero mantuve mis manos firmes sobre las suyas, guiando la lija con movimientos lentos y pesados sobre la superficie del pino noble.

El vaivén rítmico de la máquina hacía que su trasero se frotara de lleno y de forma inevitable contra mi erección rígida a cada pasada.

Pude percibir cómo su respiración se volvía rápida, entrecortada, y cómo el aroma a vainilla de su piel se intensificaba bajo mi nariz.

Sabía perfectamente lo que le estaba provocando.

El bricolaje del norte de Arizona acababa de convertirse en una auténtica tortura erótica, y ninguno de los dos tenía intenciones de apagar el motor.

Solté el interruptor de la lijadora y el rugido del motor se apagó de golpe, dejando que el silencio denso del bosque volviera a tragarse el porche.

Sin embargo, la verdadera vibración no se había detenido.

Evelyn se quedó estática, atrapada entre mis brazos y el banco de madera, con la espalda arqueada y el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético.

Su respiración apurada formaba pequeñas nubes de vaho blanco en el aire frío de la estancia.

—William... —susurró con un hilo de voz rota, intentando girar la cabeza para mirarme.

—Cállate, Smith —le respondí con un gruñido ronco, bloqueándole cualquier intento de retirada.

Giré su cuerpo con firmeza entre mis manos desnudas y calientes, obligándola a darme la cara.

Sus gafas de pasta negra se habían deslizado un milímetro sobre el puente de su nariz, y sus mejillas estaban encendidas por el rubor y la agitación.

No le di tiempo a procesar el cambio de ritmo.

La tomé por las caderas, levantándola en vilo con la fuerza de mis brazos para sentarla directamente sobre el tablón de pino noble que acabábamos de lijar.

El serrín fino y aromático que flotaba en el aire se asentó sobre nuestras ropas como polvo de estrellas rústico.

Me metí de inmediato entre sus muslos, obligándola a abrir las piernas de par en par.

Mis vaqueros de trabajo presionaron con fuerza su centro, y el bulto imponente de mi erección chocó de lleno contra su feminidad.

Evelyn soltó un jadeo agudo y clavó sus uñas en mis hombros, tirando de la tela térmica de mi camiseta gris con una urgencia salvaje.

Bajé mis manos con decisión hacia el borde de su sudadera gigante, tirando del tejido hacia arriba hasta despojarla de él de un solo movimiento brusco.

Quedó en un sujetador de encaje negro que contrastaba de forma brutal con la luz brillante del sol de Arizona.

Mis ojos grises de tormenta se fijaron en sus pezones, completamente rígidos y empujando el encaje con una insolencia que me nubló el juicio.

Agarré el elástico de sus leggins térmicos y de sus bragas, y los bajó de un tirón implacable hasta sus rodillas, desatando ese familiar y sonoro chirrido a velcro que se perdió entre los gemidos calientes de la reina de Manhattan.

No hubo astillas que nos detuvieran, solo una urgencia salvaje que exigía consumarse allí mismo, sobre la madera recién trabajada.

Con mi mano derecha bajé la cremallera de mis pantalones vaqueros con un tirón metálico y rotundo.

Mi miembro saltó libre en mitad del porche iluminado por el sol, completamente rígido y buscando el contacto con su humedad febril.

Sujeté a Evelyn por la parte posterior de los muslos, elevando sus caderas sobre el banco de trabajo de pino noble, y me clavé en ella de una sola embestida profunda e implacable.

Un grito de puro placer brotó de su garganta, amortiguado al instante por mi boca mientras la devoraba a base de besos húmedos y hambrientos.

Estaba malditamente estrecha, ardiendo por dentro, envolviéndome en una presión espasmódica que me hizo soltar un gruñido ronco.

Comencé a moverme con un ritmo rústico y violento, entrando y saliendo de ella por completo mientras la lijadora eléctrica seguía en el suelo, mudo testigo de nuestro desastre pasional.

El serrín fino flotaba a nuestro alrededor y el choque de nuestros cuerpos creaba un eco espeso en mitad de la cabaña.

Evelyn balanceaba su pelvis con desesperación, clavando sus uñas en mis bíceps y emitiendo esos gemidos arrastrados que me volvían loco.

Sentí cómo su centro comenzaba a contraerse en una serie de espasmos brutales que me ordeñaron el miembro sin piedad.

Ese fue mi punto de no retorno. Aceleré las embestidas hundiéndome hasta el fondo y solté un rugido sordo mientras me vaciaba con fuerza dentro de ella, derramando mi semilla caliente en profundas pulsaciones sincronizadas con su devastador orgasmo.

Colapsamos juntos sobre el pino fresco, temblando, con el olor a resina dulce y vainilla sellando un paso más en nuestra reconstrucción común.