Capítulo 21
Evelyn
El lunes por la mañana no llegó con el sutil pitido de una alarma digital de Manhattan, ni con el rumor lejano del tráfico de la Quinta Avenida.
Llegó con el estruendo apocalíptico de un motor diésel de dos tiempos que hacía vibrar las paredes de troncos rústicos de la cabaña como si estallara un sismo de grado seis.
Me incorporé del suelo de un salto, envuelta en la colcha de la tía Florence y cubierta de un par de folletos de tipografía Helvética que habían sobrevivido al colapso de las cajas del fin de semana.
Al mirar por el cristal empañado del salón, la estampa era una auténtica pesadilla para mi cordura corporativa.
El primo y compañero de cuadrilla de William, Miller, estaba subido a un tractor John Deere del año del catapún, equipado con unas cadenas en las ruedas del tamaño de mi torso.
Estaba destrozando de forma caótica la preciosa duna de nieve de mi entrada mientras hacía sonar el claxon de aire con una insistencia desquiciada.
—¡Oyer! ¡Smith! ¡Salid de ahí, que ya sé que habéis sobrevivido a base de calefacción humana! —gritaba el tipo a pleno pulmón, bajándose del monstruo de metal con una pala de nieve al hombro y una sonrisa de oreja a oreja que destilaba pura malicia rural.
Giré la cabeza hacia atrás, sintiendo una molestia maravillosamente cálida entre mis piernas que delataba el maratón spicy que habíamos cerrado entre las carpetas de diseño.
William seguía tirado en la alfombra de piel de oso, con los vaqueros puestos pero completamente desabrochados y el torso desnudo y tatuado cubierto de algunas muestras de papel satinado.
Abrió un ojo gris, parpadeando con pereza, y estiró su brazo enorme para rascarse la nuca mientras soltaba una carcajada baja y cavernosa que me vibró directo en el vientre.
—Maldita sea, William, muévete —le siseé, dándole una patada suave en el costado con mi pie descalzo—.
Tu amigo está en mi porche con una pala y yo parezco una náufraga de la alta costura en pijama de franela.
Si entra aquí y ve este campamento base erótico, juro por Dios que empaqueto las veinticuatro cajas de cartón y me vuelvo a Nueva York a pie por la Interestatal.
Me ajusté las gafas de pasta negra con un gesto nervioso, escuchando cómo las pesadas botas de Miller subían los escalones de madera rústica del porche.
La comedia de enredo del norte de Arizona no descansaba los lunes, y el último tercio de nuestra segunda oportunidad estaba a punto de ser inaugurado por el comité de bienvenida menos sutil del condado.
No iba a permitir que un tipo con una camisa de franela desgastada y una gorra del aserradero pisotease lo último que me quedaba de dignidad profesional.
Me ajusté las gafas de pasta negra sobre el puente de la nuca, apreté con fuerza el nudo de la colcha de lana alrededor de mi cuerpo y caminé a zancadas decididas hacia la entrada principal.
Cada paso que daba producía ese maldito y sonoro chirrido estático a velcro debido a mis leggins térmicos, pero en ese momento la adrenalina de Nueva York corría por mis venas con la fuerza de un expreso de Manhattan.
Abrí la puerta de la cabaña rústica de un tirón seco, justo cuando la mano enguantada de Miller se alzaba para volver a golpear la madera.
El aire gélido de la mañana del lunes me golpeó la cara, pero ni siquiera parpadeé.
Clavé mi mirada más fría e intimidante en sus ojos, la misma que usaba para hacer temblar a los becarios de la agencia de diseño en Brooklyn.
—Buenos días, señor Miller —le espeté, cruzándome de brazos con una rigidez militar que hizo que el tipo bajara sutilmente la pala de nieve que llevaba al hombro—.
Agradezco enormemente que haya decidido utilizar maquinaria pesada para destrozar el paisajismo de mi entrada a las ocho de la mañana.
Sin embargo, lamento informarle que esta propiedad es un entorno residencial privado, no un ramal del aserradero del condado.
Si ha venido a buscar al señor Oyer, le sugiero que espere en la cabina de su tractor de dos tiempos mientras él termina de ponerse la camisa.
Aquí estamos gestionando asuntos de alta relevancia corporativa y no tolero interrupciones de personal no autorizado. ¿Ha quedado claro?
Miller se quedó completamente petrificado en mitad del porche, parpadeando con la boca sutilmente abierta mientras asimilaba el torrente de palabras técnicas y el tono de superioridad ejecutiva que le acababa de soltar una mujer envuelta en una colcha vieja con agujeros en los codos.
Dio un prudente paso hacia atrás en la nieve, rascándose la nuca bajo la gorra con una expresión de absoluto desconcierto.
Detrás de mí, apoyado contra el marco del pasillo rústico, William soltó una carcajada baja, cavernosa y descontrolada que hizo eco en todo el salón.
El muy bastardo se había puesto la camisa de cuadros pero la llevaba completamente abierta, mostrando las marcas de mis uñas en su pecho tatuado bajo la luz del sol matutino.
Estaba disfrutando como un niño pequeño viendo cómo la reina de Nueva York domesticaba a su compañero de cuadrilla a base de puro orgullo corporativo.
La comedia rural estaba bajo control, pero la verdadera consolidación de nuestras vidas estaba a punto de mudarse al interior de la cabaña.
Miller balbuceó una disculpa tosca, dio media vuelta sobre sus botas de seguridad y regresó a su tractor John Deere con las orejas coloradas por el bochorno.
En cuanto el motor diésel rugió de nuevo y el monstruo de metal comenzó a alejarse por el camino trasero, cerré la puerta de la cabaña con un portazo seco.
Me apoyé contra la madera, dejando escapar un suspiro largo y pesado mientras la adrenalina del enfrentamiento se disipaba, dejándome de nuevo a merced de la penumbra del salón.
William se acercó a mí con paso lento, pausado y rústico.
Sus manos desnudas y ásperas se posaron con una firmeza deliciosa sobre mis hombros envueltos en la manta de lana, obligándome a levantar la cabeza para clavar mis ojos claros en su mirada gris de tormenta.
Ya no había rastro de la burla canalla de antes; sus facciones se habían vuelto serias, maduras, preñadas de una determinación que me aceleró el pulso por completo.
—Has estado malditamente increíble ahí fuera, Smith —susurró con esa voz profunda que me vibró directo en el bajo vientre—.
Pero Miller tiene razón en una cosa. El invierno en el norte de Arizona es largo y no puedes pasarte los próximos meses escondida en mitad de este laberinto de cajas pensando que Nueva York se llevó todo tu talento.
Tu vida pasada está en esos cartones, sí, pero tu futuro puede empezar justo aquí.
Me soltó los hombros y barrió el salón destrozado con la mirada, deteniéndose en el rincón donde se acumulaban los escritorios minimalistas y las muestras de papel satinado.
—Tengo las herramientas en el aserradero y la madera noble de pino ponderosa que quieras —continuó, volviendo a mirarme con una chispa de pura resolución—.
Este fin de semana me ha quedado claro que tu manual de diseño encaja perfectamente con mi fuerza rústica.
Vamos a tirar los tabiques del fondo, vamos a arreglar el termostato del sótano de una maldita vez y vamos a construir aquí mismo el estudio de diseño más jodidamente elegante de todo el estado de Arizona.
No necesitas volver a la costa este para ser la jefa, Evie.
Puedes ser la jefa de tu propio imperio en mi bosque, conmigo guardándote las espaldas. Y la cocina. Y la cama.
Sentí un vuelco violento en el estómago, una oleada de calor y emoción que me humedeció el centro al instante bajo la franela del pijama.
El leñador arrogante del supermercado acababa de presentarme el proyecto de identidad corporativa más sólido, real y tentador de toda mi carrera.
La segunda oportunidad ya no era solo una sucesión de encuentros pasionales y sofás rotos; era la fusión real de nuestros dos mundos en mitad de las montañas nevadas.
Me quedé mirándolo fijamente a los ojos, procesando el impacto de su propuesta mientras el sutil chirrido estático de mis leggins térmicos recordaba nuestra comedia de enredo diaria.
Un estudio de diseño en mitad de las montañas nevadas de Arizona, construido con pino noble y financiado con mi propio talento gráfico.
La idea era tan absurdamente perfecta que sentí cómo las últimas dudas de Manhattan se disolvían en mi estómago.
—Eres un manipulador rústico, Oyer —le dije, esbozando una sonrisa lenta y dejando caer la colcha de la tía Florence sobre la alfombra de piel de oso—.
Pero acepto el trato. Vamos a construir ese maldito estudio.
Eso sí, si me haces un solo rasguño en la mesa de luz con tus herramientas del aserradero, te despido sin derecho a indemnización.
William soltó una carcajada baja y cavernosa que inundó el salón.
Dio un paso al frente, atrapando mi cintura desnuda con sus enormes palmas desnudas y calientes, y me pegó de lleno contra su torso tatuado.
Mis pezones se endurecieron dolorosamente contra la franela de mi pijama gigante al sentir la dureza de sus pectorales.
Bajó la mirada hacia mis labios rojos, que ya temblaban por la anticipación erótica, y me atrapó la mandíbula con una sola mano, obligándome a mirarlo hacia arriba.
—No habrá rasguños en la mesa de luz, Smith. Pero en la cama no te prometo nada —susurró con una voz rota que me bajó directo a la entrepierna, que ya goteaba un calor espeso y líquido.
Me besó con una posesividad implacable, devorando mi boca con la furia de un contrato sellado con fuego invernal.
Sus dedos largos descendieron con decisión hacia el elástico de mi pijama, buscando el contacto de mi centro empapado que ya latía de deseo bajo las solapas de cuadros.
El lunes por la mañana ya estaba aquí, la cuadrilla del aserradero nos esperaba y las veinticuatro cajas seguían sin abrir, pero en mitad del salón a oscuras de la cabaña, el primer cimiento de nuestra segunda oportunidad ya estaba firmemente clavado en la tierra del norte de Arizona.