Capítulo 20
William
Tener a Evelyn Smith completamente abierta y entregada bajo mi cuerpo, en mitad de ese pequeño espacio de suelo rodeado por las cajas de su antigua vida, era la única confirmación que necesitaba para saber que Nueva York nunca la recuperaría.
La vela parpadeaba sobre el cartón de "Documentos Confidenciales", proyectando nuestras siluetas entrelazadas sobre los troncos rústicos de la pared.
El sonido del viento aullando fuera era brutal, pero dentro de esa colcha de lana el calor era tan denso que el sudor ya empezaba a brillar en mi pecho y a gotear sobre su piel de porcelana.
Cada estocada que daba era profunda, rústica y cargada con la rabia y el deseo contenidos de siete malditos años de ausencia.
Evelyn tenía las piernas enredadas con fuerza alrededor de mi cintura, apretándome con sus muslos mientras sus uñas se clavaban en mi espalda desnuda, buscando un punto de apoyo en mitad de la tormenta que estábamos desatando.
Estaba tan jodidamente estrecha, húmeda y caliente en su interior que sentía que el miembro me iba a estallar en cualquier segundo si no controlaba el ritmo de mis caderas.
—Liam... más rápido, por favor... no pares —gimió contra mi oído, con una voz rota y jadeante que me subió directo por la columna vertebral y me nubló el juicio por completo.
Apreté mis manos desnudas y ásperas contra sus caderas, levantándola un poco más de la alfombra de piel de oso para enterrarme en ella con una fuerza implacable.
El eco húmedo y obsceno de nuestros fluidos chasqueando en la penumbra llenaba el salón, compasando sus quejidos agudos.
Verla perder el control de esa manera, con los labios rojos entreabiertos y el pelo oscuro desparramado sobre la manta, me hacía sentir un orgullo salvaje y primitivo.
La reina de Manhattan se estaba rindiendo por completo ante la fuerza de un leñador, y el fin de semana apenas estaba empezando.
No me conformé con mantenerla en la misma posición; la urgencia que me corría por las venas me exigía saborear cada ángulo de su anatomía de porcelana.
Con un movimiento firme de mis brazos, la obligué a girarse sobre la alfombra de piel de oso, colocándola a cuatro patas en mitad de nuestro laberinto de cartón de Manhattan.
Evelyn soltó un jadeo agudo y hondo, apoyando las palmas de sus manos y sus antebrazos sobre los tablones fríos de madera, dejando sus caderas elevadas hacia mí en una invitación puramente carnal que me encendió la sangre al instante.
La luz de la vela dibujaba el contorno perfecto de su trasero desnudo y la curva pronunciada de su espalda.
Me pegué a ella por detrás, sintiendo el contraste brutal de mi torso ardiendo de calor contra su piel.
Sujeté su cintura con ambas manos, clavando mis dedos en su piel con una firmeza posesiva que la hizo soltar un quejido ronco, y me hundí de nuevo en ella de un solo golpe largo, profundo e implacable.
—Liam... ¡Dios! —gritó en un susurro ahogado, arqueando el cuello hacia atrás mientras sus músculos vaginales se contraían con una fuerza espasmódica alrededor de mi miembro, como si intentaran retener todo mi interior.
Comencé a embestir con un ritmo salvaje, haciendo que su cuerpo se moviera hacia delante y hacia atrás a cada impacto rústico.
El eco de nuestros fluidos y el roce de la seda de su vestido arrugado contra las cajas de cartón creaban una sinfonía obscena que llenaba la penumbra del salón.
Agarré su pelo oscuro con suavidad, tirando un poco hacia atrás para obligarla a levantar la cabeza y que pudiera ver nuestro reflejo difuminado en el cristal empañado del ventanal.
Quería que supiera que no había vuelta atrás, que la sofisticación de la ciudad se había diluido por completo ante la testosterona del aserradero.
Cada una de mis estocadas la hacía temblar de arriba abajo, llevándola de la mano hacia el borde de un abismo del que ninguno de los dos pretendía salvarse esa noche.
El ritmo salvaje que manteníamos contra la base del laberinto se volvió una fuerza incontrolable.
Mis embestidas, rústicas e implacables, hacían que la estructura de la cabaña entera pareciera vibrar en sintonía con nuestros jadeos.
Evelyn se aferraba con las uñas a la alfombra de piel de oso, balanceando sus caderas hacia atrás para encontrarse con mi miembro en cada golpe profundo, entregada por completo a la vibración del encuentro.
Sin embargo, en mitad de la máxima tensión erótica, la física rural decidió recordarnos dónde estábamos.
Una de mis embestidas más potentes hizo que el trasero de Evelyn impactara con fuerza contra la base de la torre de cartón que llevaba impresa la palabra «Archivadores Ejecutivos de Aluminio».
La columna de cajas, que ya estaba mal equilibrada desde el desborde de la mudanza, comenzó a tambalearse de izquierda a derecha de forma agónica.
—Liam... ¡espera, la caja! —alcanzó a jadear Evelyn, abriendo los ojos de par en par al mirar hacia arriba.
No tuve tiempo de reaccionar. Con un estrépito sordo y rítmico, las tres cajas superiores se desplomaron directamente sobre nuestras espaldas desnudas, sepultándonos bajo una avalancha de carpetas de diseño de Manhattan, muestras de papel satinado y folletos corporativos.
El impacto nos hizo caer de bruces sobre la alfombra de piel de oso, conmigo aplastándola sutilmente y con un catálogo de tipografías helvéticas aterrizando justo encima de mi trasero desnudo.
Nos quedamos congelados en mitad de la penumbra, con el miembro todavía enterrado en su interior húmedo y caliente, procesando el absoluto caos del momento.
El silencio duró apenas dos segundos antes de que Evelyn soltara una carcajada limpia, sonora y descontrolada contra la colcha de lana, contagiándome de inmediato.
Me apoyé en los antebrazos, quitándole una carpeta de la cabeza con una sonrisa canalla mientras nuestros cuerpos seguían unidos en la más absoluta intimidad rústica.
La comedia de enredo rural había saboteado nuestro momento de semental del bosque, pero el fuego en mi entrepierna seguía ardiendo con la misma fuerza que la ventisca exterior.
A pesar del desastre del papeleo esparcido por toda la alfombra de piel, la fricción de mi miembro dentro de su centro caliente no había perdido ni un ápice de potencia.
Al contrario, las carcajadas de Evelyn se transformaron de inmediato en jadeos profundos cuando volví a mover mis caderas, hundiéndome en ella con un ritmo más lento pero infinitamente más intenso.
Su musculatura vaginal se contrajo con fuerza alrededor de mi anatomía, estimulada por la comedia y la pura adrenalina del derrumbe.
—Liam... eres un auténtico desastre —susurró con la voz rota, echando la cabeza hacia atrás para buscar mis labios en la penumbra.
—Soy tu desastre, Smith —le respondí con un gruñido ronco, dándole una serie de estocadas brutales y seguidas que hicieron volar las últimas muestras de papel satinado que nos rodeaban.
Evelyn apretó sus muslos alrededor de mis caderas con una desesperación salvaje, guiándome hacia el borde del abismo.
Sostuve su peso contra el suelo y, sintiendo el calor espeso de su centro ordeñarme el miembro en una serie de espasmos calientes y definitivos, solté un rugido sordo que se perdió en el aullido de la ventisca.
Me vacié con fuerza dentro de ella, derramando mi semilla en su fondo en profundas pulsaciones simultáneas a su propio y devastador orgasmo.
Colapsamos juntos sobre las mantas, cubiertos de carpetas de Nueva York y sudor de Arizona.
El fin de semana transcurrió en una tregua febril, un encierro donde el búnker de cartón se convirtió en nuestro santuario de caricias, tortitas recalentadas y confesiones a la luz de las velas.
Pero todo lo bueno tiene un final rústico.
El lunes por la mañana, un estrépito ensordecedor y metálico rompió la paz del bosque.
Al asomarme por la ventana del salón cubierto de nieve, vi al maldito Miller subido a un tractor gigante con cadenas, abriéndose paso de forma caótica por el camino de entrada mientras hacía sonar el claxon como un desquiciado.
—¡Oyer! ¡Smith! ¡He venido a desenterrar a los tortolitos!
—gritó Miller a pleno pulmón, bajándose del vehículo con una pala en la mano y una sonrisa de oreja a oreja que delataba que no pensaba dejarnos en paz durante el resto del invierno.
La cruda realidad del pueblo pequeño volvía a llamar a la puerta, y la última etapa de nuestra segunda oportunidad acababa de comenzar.