Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Evelyn

El aullido del viento del norte golpeaba los troncos de la cabaña con la fuerza de un animal salvaje intentando derribar las paredes.

Me quedé estática en mitad del salón, contemplando cómo la nieve se acumulaba contra los cristales exteriores a una velocidad alarmante, borrando del mapa cualquier rastro del bosque de Oak Ridge.

Estaba atrapada. Completamente aislada en mitad de una ventisca histórica de Arizona, rodeada por veinticuatro cajas gigantescas que contenían las cenizas de mi fracasada vida en Nueva York, y para colmo de males, custodiada por un leñador con el torso desnudo y tatuado que me miraba como si fuera su cena.

Justo cuando abrí la boca para protestar contra su absurda teoría del calor corporal, un chasquido seco resonó en las paredes.

¡CLAC!

Las luces amarillas del salón parpadearon dos veces antes de extinguirse por completo, sumergiéndonos en una penumbra grisácea y gélida.

El silencio que siguió al apagón eléctrico fue tan espeso que el rugido del viento exterior pareció duplicar su potencia.

El viejo sistema eléctrico de la tía Florence había claudicado ante el peso de la nieve en los cables de alta tensión.

—Fantástico. Simplemente perfecto, Evelyn —gruñí, dejando caer los hombros mientras la temperatura del habitáculo empezaba a descender en picado—. Sin luz, sin calefacción y atrapada en un laberinto de cartón de diseño escandinavo. ¿Qué más puede salir mal?

—Podría ser peor, Smith —la voz profunda y cavernosa de William rompió la oscuridad justo a mi espalda, tan cerca que pude sentir el calor irradiando directamente de sus pectorales desnudas—.

Podrías estar aquí sola pasándolo mal. En cambio, tienes a un profesional del bosque dispuesto a mantenerte caliente.

Quédate quieta mientras busco las velas que mi tía guardaba en el mueble de la entrada.

No te muevas o terminarás derribando la torre de archivadores ejecutivos.

Escuché sus pasos pesados y seguros crujir sobre la madera rústica en la más absoluta oscuridad.

Mi cuerpo traidor, ajeno por completo a las órdenes lógicas de mi mente, reaccionó de la peor manera posible al quedarme a solas con su presencia invisible: un escalofrío ardiente me recorrió la columna vertebral de arriba abajo, provocando que mis pezones se tensaran dolorosamente contra la franela de mi pijama gigante.

El maldito roce estático de mis leggins térmicos ocultos produjo un sutil pero delator sonido a velcro en mitad del silencio del apagón, advirtiéndome que este fin de semana a oscuras iba a ser un auténtico infierno para mi cordura.

El sonido rítmico y seco de una cerilla al frotarse contra el rascador rompió la penumbra.

Una pequeña llama dorada y temblorosa brotó entre los dedos de William, iluminando sus facciones marcadas y esos ojos grises de tormenta que me escanearon de inmediato a través de la oscuridad del salón.

Liam acercó el fuego a la mecha de una vieja vela de cera con aroma a pino que mi tía Florence guardaba en el mueble de la entrada.

La luz anaranjada se expandió lentamente por las paredes de troncos rústicos, proyectando sombras alargadas y gigantescas de las veinticuatro cajas de mudanza que nos rodeaban como un laberinto fortificado.

William avanzó hacia mí con paso pausado, sosteniendo la vela en su mano izquierda. Al quedarse a menos de medio metro de distancia, el aire gélido que ya invadía la cabaña pareció disiparse por completo, sustituido por el calor animal que emanaba de su torso desnudo y tatuado.

—Estás temblando, Evie —dijo con esa voz grave, bajando la vista de forma deliberada hacia mi pijama de franela gigante.

Bajo la tela gruesa de cuadros, mis pecones empujaban con una rigidez tan evidente que el aire entre los dos se volvió espeso y pesado en un segundo.

William estiró su mano libre y atrapó la tela de mi pijama a la altura de la cadera, arrastrándome sutilmente hacia el único pasillo libre que quedaba entre dos imponentes torres de cartón de Manhattan.

Al moverme, mis muslos frotaron entre sí, produciendo ese familiar y sonoro chirrido estático a velcro de mis leggins térmicos.

El eco rústico pareció encender una chispa oscura en el fondo de su mirada gris.

—No es de frío, Oyer —le siseé, clavando mis manos en sus pectorales calientes para mantener una distancia prudencial que mi cuerpo traidor saboteaba a cada segundo—. Es de pura indignación por tu arrogancia rural. Deja de acorralarme entre mis propios archivadores de diseño.

—No te acorralo, Smith. Solo me aseguro de que el manual de Nueva York no se congele antes de tiempo —sonrió de lado con esa suficiencia canalla que tanto me ponía los dientes largos—.

El sofá de cuero ha quedado sepultado detrás de los escritorios nórdicos y la alfombra de piel es el único sitio libre.

Así que vamos a tener que tirarnos al suelo a compartir la colcha si no quieres que mañana tengan que desenterrarnos con una pala del aserradero.

Dejó la vela sobre la superficie de una caja de cartón cerrada que llevaba impresa la palabra «Documentos Confidenciales».

El espacio era tan reducido que mis pechos desnudos rozaban la dureza de su pecho con cada una de mis respiraciones agitadas.

Estábamos encerrados en una jaula invisible de cartón y maderas rústicas, con la tormenta aullando fuera y el fuego de nuestro deseo acumulado a punto de prender la primera cerilla de la noche.

William estiró su brazo largo y, con un movimiento firme de su mano derecha, tiró de la colcha de lana vieja de la tía Florence que yo había dejado en la mesa.

La sacudió en el aire antes de extenderla con parsimonia sobre la alfombra de piel de oso, justo en el pequeño rectángulo de suelo que quedaba libre entre las torres de cajas de Nueva York.

La luz de la vela parpadeaba a nuestras espaldas, pintando su espalda tatuada de sombras doradas que se marcaban con cada uno de sus movimientos rústicos.

—Al suelo, Smith. Ya no hay más excusas de etiqueta —dijo, tomándome de la muñeca para guiarme hacia abajo.

Nos sentamos uno frente al otro sobre la alfombra.

El frío del suelo de madera se colaba por los bordes, pero el calor que desprendía el torso desnudo de William era como una estufa encendida en mitad del invierno profundo de Arizona.

Liam se echó la colcha por encima de los hombros y abrió los brazos, invitándome a meterme en su espacio personal.

Tragué saliva, sintiendo que la resistencia de Manhattan se desmoronaba por completo.

Me deslicé hacia delante, encajando mi cuerpo entre sus muslos vaqueros rígidos, mientras él nos envolvía por completo con la gruesa manta de lana.

El espacio debajo de la colcha se transformó de inmediato en un búnker de calor febril.

Pude percibir su aroma a pino fresco y sándalo limpio, mezclado con la cercanía magnética de su piel.

William clavó sus ojos grises en las gafas de pasta negra que todavía llevaba puestas, estiró sus dedos largos y me las quitó con una lentitud exasperante, dejándolas caer sobre la alfombra.

—Mucho mejor. No necesito que nada se interponga entre tus ojos y los míos, Evie —susurró con esa voz rota que me bajó directo a la entrepierna, provocando una oleada de humedad líquida en mi centro.

Sus manos desnudas y ásperas bajaron hacia los botones de mi pijama de franela gigante.

Mis dedos se clavaron en sus bíceps duros como el granito mientras él desabrochaba el primer botón, luego el segundo, y después el tercero, exponiendo la piel pálida de mi escote al aire templado de la colcha.

No llevaba sujetador debajo de la franela; me lo había quitado al llegar para ponerme cómoda.

Al abrir las solapas del pijama de cuadros, mis pechos quedaron completamente al descubierto bajo su mirada hambrienta.

Mis pezones, rígidos, oscuros y latiendo por la excitación acumulada, se marcaron ante él con una insolencia salvaje.

William contuvo el aliento, apretando la mandíbula con tanta fuerza que un músculo empezó a saltarle bajo la barba de tres días. El juego de las palabras se había terminado; el leñador del aserradero estaba a punto de reclamar cada centímetro de mi piel a la luz de las velas.

William no pudo contenerse más al contemplar mi desnudez a la luz parpadeante de la vela.

Soltó un gruñido ronco y cavernoso, enterrando su rostro directamente entre mis pechos expuestos.

Sus labios calientes y su barba de tres días rozaron mi piel de porcelana, provocando una sacudida eléctrica tan intensa que eché la cabeza hacia atrás, clavando mis uñas con desesperación en sus hombros tatuados.

Atrapó mi pezón derecho entre sus dientes tiernamente, succionando con una fuerza deliberada que me hizo soltar un gemido agudo que rebotó en los archivadores de cartón de Manhattan.

Mientras su boca me volvía loca el pecho, su mano derecha descendió con una urgencia implacable hacia el elástico de mi pijama y de mis leggins térmicos.

Metió sus dedos largos y ásperos por debajo de la tela elástica, atrapando la mezclilla junto con mis bragas de encaje, y los bajó de un solo tirón definitivo hasta mis tobillos.

El roce del tejido sintético contra la seda interior produjo un último y sonoro ¡FRRR-CHIC!

a velcro que se perdió entre nuestros jadeos febriles en mitad del salón a oscuras.

Quedé completamente desnuda sobre la alfombra de piel de oso, con las piernas abiertas en una invitación carnal que él no pensaba ignorar.

William se deshizo de sus vaqueros de trabajo con movimientos torpes y desesperados, pateando la prenda lejos de nuestra fortaleza de cartón.

Su erección saltó libre en la penumbra, completamente rígida, venosa y apuntando directo hacia mi centro, que ya goteaba un calor espeso y líquido por la anticipación del encuentro.

Se colocó entre mis muslos, tomándome por las caderas con sus palmas calientes para levantar ligeramente mi pelvis sobre la alfombra.

—Mírame, Evelyn. Quiero que veas cómo te recupero en mitad de esta tormenta —susurró con una voz rota, con los ojos grises completamente oscurecidos por la lujuria.

Me sostuvo la mirada y empujó sus caderas hacia delante con un movimiento firme, decidido e implacable, enterrándose en mí de un solo golpe profundo hasta el fondo de mi intimidad.

El salón se llenó con el sonido sordo de nuestros cuerpos chocando y con un grito de puro placer que solté directamente contra su boca, devorando su lengua mientras comenzaba a moverse con un ritmo salvaje y rústico.

Cada una de sus estocadas profundas hacía vibrar las torres de cajas que nos rodeaban, un eco febril y obsceno que compasaba mis gemidos arrastrados, entregada por completo a la fuerza de un leñador que estaba derritiendo todo el hielo de Nueva York a base de pura testosterona y fuego invernal.