Capítulo 18
William
Ver la cara de Evelyn palidecer hasta quedarse del mismo color que la nieve de los pinos ponderosa fue el mejor indicador de que la comedia de enredo rural de Oak Ridge no tenía intenciones de darnos un respiro.
Ahí estábamos los dos en el porche, congelándonos el trasero.
Yo con los vaqueros desabrochados, la espátula de metal en la mano y la chaqueta de tweed de mi padre remendada con hilo de sacos sobre los hombros desnudos.
Ella envuelta en la colcha de la tía Florence como una jefa india enfadada, con el pelo revuelto de la noche salvaje que pasamos y el velcro de sus leggins térmicos aún chirriando a cada espasmo de sorpresa.
—¿Marido leñador? —repetí en voz baja, arqueando una ceja y ladeando la cabeza para mirar de reojo a Evie, disfrutando de cómo el color rojo del bochorno trepaba a la velocidad de la luz por su cuello de porcelana directo hacia sus orejas.
Los dos transportistas del mono azul nos miraban con una sonrisa guasona que delataba que sabían perfectamente qué tipo de "mudanza" habíamos estado haciendo contra la puerta de la entrada.
El más alto le dio un trago largo a su termo de café baratero, apoyando una bota sucia en el parachoques de su furgoneta.
—A ver, muchachos, que tenemos más entregas en Flagstaff antes de que la ventisca cierre el puerto —dijo el tipo de la tablet, tiritando por el viento helado del norte de Arizona—.
¿Dónde empezamos a descargar todo este cargamento de muebles de diseño escandinavo?
Porque les advierto que estas maderas finas se resquebrajan con mirarlas si las dejamos mucho tiempo a la intemperie.
Evelyn intentó recomponer su mejor postura de alta ejecutiva corporativa de Manhattan, alzando la barbilla con esa altanería que tanto me ponía los dientes largos, pero el efecto se perdía bastante debido a que la manta de lana rústica tenía un enorme agujero justo a la altura del codo izquierdo.
—No soy su... él no es mi marido —consiguió articular con una voz tensa, que pretendía ser firme pero que tembló ligeramente por la falta de cafeína—. Y la dirección es correcta. Esta es la cabaña de Florence Smith. Pueden dejar las cajas en el porche, yo misma me encargaré de meterlas dentro.
—¿Tú sola con estas manos de diseñadora, Smith?
No me hagas reír —solté una carcajada baja y cavernosa, dando un paso al frente para ponerme entre ella y los transportistas, bloqueando el viento helado con mi torso desnudo—.
Déjense de tonterías, muchachos. Abran la furgoneta.
Yo mismo les ayudaré a meter el cargamento antes de que el invierno de Arizona convierta sus escritorios minimalistas en leña para mi chimenea. Muevan el trasero.
Cargar con la vida empaquetada de Evelyn fue como hacer un curso intensivo de todas las cosas pretenciosas que venden en la costa este.
Los dos tipos del camión de mudanzas apenas podían con una caja alargada que pesaba menos que un saco de pienso para caballos, resoplando como si estuvieran arrastrando un tronco de pino verde.
Me quité la chaqueta de tweed remendada, la tiré sobre la barandilla del porche y me quedé en vaqueros, dejando que el aire helado del norte de Arizona me golpeara el torso desnudo para espabilarme de golpe.
—A ver, aparta, colega —le dije al transportista más alto, apartándolo de un empujón amistoso mientras agarraba el embalaje de lo que la etiqueta llamaba «Mesa de centro ejecutiva con acabados de lacado nórdico».
Me la eché al hombro sin el menor esfuerzo, sintiendo los músculos de mi espalda estirarse y cruzar las marcas que las uñas de Evelyn me habían dejado la noche anterior.
Al entrar al salón de la cabaña, tuve que hacer equilibrismo para no pisar su vestido de seda negra que seguía tirado en mitad de la estancia.
Evelyn corría de un lado a otro con un pijama de franela gigante que se había puesto a toda prisa, intentando ocultar el desastre pasional antes de que los operarios metieran las narices.
—¡Cuidado con esa esquina, William! —me gritó, con la voz histérica mientras se interponía entre una columna de madera y mi trayectoria—.
Ese tablero es de madera prensada con diseño de autor y costó más que toda la leña que vas a cortar en tu vida.
Como le hagas un rasguño, te juro que te corto los dedos.
Dejé caer la estructura con un golpe sordo en el rincón del salón, levantando una pequeña nube de polvo rústico que la hizo toser. Me erguí cuan largo era, limpiándome las manos en los vaqueros de trabajo y mirándola con una ceja levantada y una sonrisa canalla que la hizo tensarse al instante.
—¿Madera prensada, Smith? Esto es cartón piedra glorificado —me burlé, dándole un sutil golpe con el nudillo al mueble, que vibró con un sonido hueco y patético—.
En este pueblo, si una mesa no aguanta que te empotre contra ella sin desarmarse, no sirve para una mierda.
Toda esta basura de Nueva York se va a agrietar en cuanto la calefacción de la tía Florence empiece a funcionar de verdad.
Ve a por el café y déjame el trabajo de fuerza a mí, reina de la gran ciudad, antes de que se te rompa una uña de diseño.
Evelyn apretó los dientes con tanta fuerza que le saltó un músculo en la mandíbula, pero antes de que pudiera sucarme la espátula de la cocina en la cara, los transportistas entraron con la siguiente tanda de cajas, obligándola a morderse la lengua y a regalarnos otro de esos sonoros y deliciosos chirridos estáticos de sus leggins al darse la vuelta con indignación.
Los dos transportistas del mono azul firmaron la tablet digital con una prisa indecente, agarraron la propina de veinte dólares que les tendí y salieron pitando hacia su furgoneta antes de que la nieve que empezaba a cuajar en el porche les bloqueara las ruedas.
El portazo sordo de la entrada principal de la cabaña volvió a sellar nuestra intimidad, dejándonos completamente aislados del mundo exterior, pero esta vez el panorama dentro del salón rústico daba auténtico pavor.
Veinticuatro cajas de cartón gigantescas se alzaban como muros de una fortaleza minimalista en mitad del salón de la tía Florence, bloqueando el acceso al sofá de cuero y reduciendo el espacio transitable a un estrecho pasillo donde apenas cabían mis hombros de leñador.
Evelyn estaba plantada en mitad del laberinto, con su pijama de franela gigante y sus gafas de pasta negra, sosteniendo un cúter de plástico en la mano derecha con el aire desolado de quien contempla las ruinas de su propio imperio.
La altiva diseñadora de Manhattan parecía ahora una niña pequeña perdida en un almacén de paquetería.
—Bueno, Oyer... —susurró, con la voz apagada mientras dejaba caer los hombros y miraba una caja que llevaba impresa la palabra «Archivadores Ejecutivos de Aluminio»—.
Oficialmente toda mi vida pasada cabe en este salón de paletos.
No me queda nada más en Nueva York. Todo el fracaso está aquí empaquetado.
Me acerqué a ella despacio, esquivando una torre de cajas que amenazaba con venirse abajo.
Me detuve a escasos centímetros de su espalda, sintiendo cómo el calor de su cuerpo luchaba contra el frío que se colaba por los tablones del suelo.
No había burla en mi rostro esta vez; verla vulnerable me despertaba un instinto salvaje de protección que me apretaba el pecho con la fuerza de un tornillo de banco.
—No has fracasado en nada, Evie —le dije con mi voz más grave y profunda, posando mis manos desnudas y ásperas sobre sus hombros cubiertos de franela—.
Simplemente has traído tus trastos al lugar correcto.
Además, mira el lado positivo: con tanto cartón piedra rodeándonos, vamos a tener que estar malditamente pegados para no tropezar.
Me incliné un centímetro más, dejando que mi respiración cálida le rozara la oreja.
Noté a la perfección cómo su cuerpo traidor reaccionaba al instante; se le cortó el aliento y sus pezones se tensaron bajo la franela del pijama, buscando de forma inconsciente el calor de mi torso desnudo.
Evelyn ladeó la cabeza, clavando sus ojos claros en los míos a través de las gafas de pasta, y una chispa de pura anticipación erótica volvió a encenderse entre las montañas de cartón.
Un estrépito sordo y rítmico en las ventanas del salón nos hizo dar un respingo a los dos.
Al girar la cabeza hacia los ventanales de la cabaña, nos dimos cuenta de que el cielo morado del norte de Arizona había desaparecido por completo, devorado por una cortina blanca y densa.
El viento del norte comenzó a aullar con una fuerza salvaje entre las copas de los pinos ponderosa, arrojando ráfagas de nieve congelada directamente contra los cristales, que empezaron a cubrirse de escarcha a una velocidad de vértigo.
La gran ventisca del invierno acababa de cerrar las fronteras del pueblo, dejándonos completamente aislados.
—Bueno, Smith —solté una risa baja y cavernosa, dando media vuelta para asegurar el cerrojo de la puerta principal—.
Parece que la naturaleza de Arizona ha decidido que no te vas a librar de tu marido leñador durante todo el fin de semana.
La carretera del puerto va a estar cortada hasta el lunes como poco.
Evelyn se acercó al cristal, frotando la superficie con la manga de su pijama de franela gigante para mirar hacia el exterior.
Solo se veía una masa blanca y hostil. El coche compacto de mudanzas ya debía de estar atrapado en la Interestatal, y mi camioneta negra empezaba a parecer una duna de nieve en mitad del camino de entrada.
Ella tragó saliva con dificultad, y escuché perfectamente el sutil y delicioso chirrido a velcro de sus leggins ocultos cuando se giró para mirarme.
—¿Atrapados? ¿Tú y yo? ¿Aquí dentro con veinticuatro cajas de cartón y sin calefacción central? —parpadeó, con una mezcla de pánico corporativo y una innegable chispa de deseo sexual bailando en el fondo de sus ojos claros.
—Exacto. Atrapados —me acerqué de nuevo a ella, acorralándola sutilmente contra uno de los muros de cajas de Manhattan—.
Y como tu sistema de calefacción está muerto y la leña se va a gastar rápido, vamos a tener que usar el método rústico tradicional para no morir de hipotermia severa.
El calor corporal, Evie. Espero que tu manual de Nueva York tenga una sección para sobrevivir a una ventisca compartiendo la misma manta, porque este fin de semana te voy a derretir todo el hielo que te trajiste de la gran ciudad.
Le dediqué una última mirada gris de tormenta, cargada de una promesa sumamente oscura y caliente, mientras el viento rugía con furia en el exterior, sellando nuestro búnker rústico para dar comienzo al verdadero e incontrolable incendio del invierno.