Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Evelyn

El sol del norte de Arizona entró por la ventana del salón con una luz blanca tan cegadora que me obligó a taparme la cara con la manta de lana rústica.

Me moví despacio, sintiendo un pinchazo agudo en los músculos de los muslos y una maravillosa y molesta molestia en mi centro que me recordó, con precisión de cirujano, la salvaje sesión de desquite que habíamos tenido contra la puerta de la entrada.

Me incorporé sobre el sofá de cuero desgastado —donde habíamos terminado colapsando de madrugada— y barrí la estancia con la mirada.

El panorama era desolador, digno de un callejón tras una pelea de bandas.

Mi vestido de seda negra de tres mil dólares yacía en el suelo de madera, arrugado como un acordeón y con una mancha de consomé de buey que ahora parecía un mapa geográfico abstracto.

A su lado, la chaqueta de tweed de William tenía la manga izquierda colgando de un solo hilo, y los trozos de su camisa blanca limpia estaban esparcidos por la alfombra rústica como confeti de una boda apocalíptica.

—Vaya, Evelyn. Tu manual de supervivencia para evitar a William Oyer ha resultado ser todo un éxito de ventas —me dije a mí misma en un susurro irónico, restregándome las sienes con frustración.

Me levanté del sofá envuelta en la manta oscura de mi tía Florence, tiritando por el frío matutino que siempre invadía la cabaña antes de que el sol calentara los troncos.

Caminé descalza hacia la cocina, esquivando los restos de la ropa formal destrozada, y me detuve en el umbral.

William ya estaba despierto. El muy bastardo se había puesto sus vaqueros de trabajo —esta vez abrochados— pero seguía con el torso desnudo y tatuado expuesto al aire fresco.

Estaba de espaldas a mí, silbando una canción de rock country mientras manejaba una sartén de hierro fundido sobre los fogones.

La luz matutina remarcaba cada músculo de su espalda y los surcos que mis propias uñas le habían dibujado la noche anterior.

El olor a café recién hecho, mantequilla derretida y masa de tortitas inundaba el espacio, anulando por completo el aroma rancio de la chimenea apagada y despertando en mi estómago un rugido que rivalizaba con el motor de su camioneta.

William se giró al escuchar el crujido de la madera bajo mis pies descalzos.

Me miró con esos ojos grises de tormenta, que ahora brillaban con una pereza matutina sumamente peligrosa, y esa sonrisa canalla que me ponía los pelos de punta.

Sostenía una espátula de metal en una mano y, para mi absoluta sorpresa, un hilo con una aguja enorme de coser sacos en la otra.

Había apoyado su chaqueta de tweed destrozada sobre la mesa rústica de la cocina.

—Buenos días, Smith. Veo que la Cenicienta de Nueva York ha decidido abandonar el búnker de las mantas —se mofó, dándole la vuelta a una tortita con un movimiento de muñeca tan brusco que el círculo de masa impactó contra el borde de la sartén, deformándose por completo—.

Estoy intentando salvar la herencia de mi padre antes de que Miller me vea con la manga colgando.

Pero juro por Dios que enhebrar este maldito hilo es más difícil que tumbar un pino con las manos desnudas.

Me acerqué a la mesa con los brazos cruzados sobre la manta de lana, intentando ignorar cómo mi cuerpo reaccionaba a la simple visión de su torso desnudo y tatuado bajo la luz del sol.

Me senté en una silla rústica, contemplando sus dedos largos e infectados de serrín intentando apuntar al ojo de la aguja con la lengua sutilmente apretada entre los dientes.

La escena era tan absurdamente cómica que no pude contener una carcajada limpia.

—Dame eso, Oyer. Eres una auténtica amenaza para el sector textil —le dije, arrebatándole la aguja y el hilo de las manos—. Dedícate a vigilar el desayuno antes de que termines incendiando la cabaña de mi tía Florence, porque esa tortita ya está cogiendo el mismo color negro que tu alma.

William soltó un taco entre dientes y se giró rápido hacia los fogones, rescatando un círculo de masa completamente carbonizado que soltó una pequeña columna de humo gris.

Se apoyó contra la encimera, mirándome fijamente mientras yo comenzaba a dar puntadas rápidas y precisas en la costura rota de su chaqueta de tweed.

El silencio que se instaló en la cocina ya no era de pánico, sino una tregua doméstica extrañamente cómoda que me asustaba más que cualquiera de sus arrinconamientos nocturnos.

Terminé de rematar el nudo de la costura con un tirón firme del hilo y corté el sobrante de un bocado, dejando la manga de la chaqueta de tweed sujeta por una línea de puntadas rústicas que parecían una cicatriz de guerra.

William dejó caer sobre la mesa un plato de loza con tres tortitas de formas completamente asimétricas —dos de ellas sospechosamente tostadas por los bordes— y colocó una taza de café negro humeante justo frente a mí.

—No ganará un premio de alta cocina en Manhattan, Smith, pero te aseguro que tiene la cafeína suficiente para revivir a un muerto —dijo con esa voz grave, sentándose en la silla de enfrente y estirando sus largas piernas vaqueras por debajo de la mesa hasta que la punta de sus botas rozó mis pies descalzos ocultos bajo la manta.

Le di un trago largo al café. Estaba espeso, fuerte y malditamente caliente, actuando como un bálsamo inmediato contra el frío que todavía arrastraba en los huesos.

Agarré un trozo de tortita con los dedos, ignorando la etiqueta que tanto nos había costado mantener la noche anterior, y lo mastiqué bajo su mirada gris y atenta.

—¿Por qué hiciste todo este circo, Liam?

—le pregunté de golpe, apoyando los codos en la mesa rústica y sosteniéndole la mirada—.

Lo de la tarjeta blanca, la camisa apretada, el restaurante donde te cobran por respirar aire de trufa...

Tú odias esos sitios. Casi le pegas al sumiller con un tenedor de postre.

William bajó la vista hacia su taza de café, jugueteando con el asa de porcelana mientras un sutil rubor —un matiz oscuro que casi parecía timidez rural— asomaba por debajo de su barba de tres días. Apretó la mandíbula un segundo antes de volver a clavar sus ojos de tormenta en los míos.

—Porque me dijiste que los tipos de la gran ciudad usaban argumentos más sofisticados que arrinconarte en la cocina —respondió con un gruñido bajo, serio, perdiendo por completo el tono de burla canalla—.

Y porque quería demostrarte que, si hace falta, puedo vestirme de payaso con tal de darte una noche a tu altura.

Sé que Nueva York te rompió los esquemas, Evie.

Sé que volviste aquí pensando que habías fracasado, pero para mí sigues siendo la misma mujer inalcanzable por la que casi me estrello con la camioneta a los dieciocho años.

No quería que pensaras que solo te buscaba para meterte en mi cama.

Aunque, no nos engañemos, lo de la puerta de anoche fue una maldita obra de arte.

Sentí un vuelco violento en el estómago, una mezcla de ternura repentina y una traidora punzada de deseo sexual que me humedeció el centro al instante bajo la colcha de lana.

El rústico leñador del aserradero acababa de lanzar un argumento mil veces más sofisticado y real que cualquiera de las mentiras corporativas que mi exsocio Marcus me había soltado en los últimos tres años.

La coraza de hielo de Manhattan se estaba derritiendo a pasos agigantados bajo el sol matutino de Arizona.

Justo cuando el ambiente en la cocina se estaba volviendo peligrosamente tierno y estaba a punto de confesarle que su costura rústica me parecía lo más sexy del mundo, un chirrido estridente rompió la magia.

El timbre de la entrada principal de la cabaña empezó a sonar con la insistencia de una alarma de incendios.

—No me lo puedo creer —gemí, dejando caer la frente sobre la mesa rústica de madera—. Juro por Dios que si es el viejo Sam con otra queja del camión del gas, le tiro la sartén de hierro a la cabeza.

William soltó una carcajada baja, estirando el brazo para darme una palmadita posesiva en el trasero por encima de la manta antes de levantarse de la silla.

Se colocó la chaqueta de tweed remendada sobre sus hombros desnudos y caminó a zancadas hacia el pasillo con la espátula de metal todavía en la mano.

Lo seguí a paso rápido, arrastrando la colcha de la tía Florence y produciendo ese molesto sonido a velcro debido a que todavía llevaba puestos los leggins térmicos de la noche anterior.

Liam abrió la puerta de un tirón, dispuesto a soltar un gruñido rústico al intruso, pero se quedó completamente mudo en el umbral.

Al asomarme por detrás de su enorme espalda tatuada, se me congeló la sangre en las venas.

Aparcada en el camino de entrada, justo detrás de la camioneta negra de William, había una enorme furgoneta de color blanco con letras amarillas gigantescas que rezaban: "Mudanzas Económicas Express: Llevamos tu vida a donde sea".

Dos tipos con monos de trabajo azules y termos de café en la mano nos miraban de arriba abajo con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Buenos días, jefa! —gritó el más bajito, revisando una tablet digital—.

Traemos las veinticuatro cajas de cartón con el mobiliario de la agencia de diseño de Nueva York.

Nos retrasamos un par de días por la ventisca en la Interestatal, pero aquí estamos listos para descargar.

¿Dónde le metemos los escritorios minimalistas a su... eh... marido leñador?

Miré a los hombres de la mudanza, luego miré la espátula de William y finalmente me contemplé a mí misma envuelta en una manta de lana vieja con pelusas del suelo.

La gran empresaria cosmopolita de Manhattan acababa de ser descubierta en pleno desastre rural, y la segunda mitad de nuestra comedia de segundas oportunidades acababa de recibir un cargamento entero de cajas por desempaquetar.