Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

William

Ver el rostro de Evelyn cubierto por una mezcla de pánico absoluto de Nueva York y pura excitación carnal mientras huíamos por la ventana del baño fue la mejor maldita imagen de toda mi semana.

Conducía la camioneta negra a toda velocidad por la carretera de montaña de Flagstaff, dejando atrás las luces minimalistas de The Silver Pine y a la pesada de la señora Gable.

El motor de la bestia negra rugía con fuerza, haciendo vibrar la palanca de cambios bajo mi mano derecha, pero la verdadera vibración estaba en mi interior.

Tenía la costura izquierda de la chaqueta de tweed de mi padre completamente desgarrada por el empujón que me había dado Evie en el baño, y la corbata colgaba floja alrededor de mi cuello.

Parecía que me había peleado con un oso, pero me sentía como un rey rústico.

Giré el volante hacia la izquierda, enfilando el camino que llevaba directamente a la cabaña de Evelyn. Decidí que esta noche jugaríamos en su territorio; quería poseerla entre sus recuerdos, en esa vieja casa de troncos de la tía Florence que yo mismo había ayudado a calentar unos días atrás.

—¿Te estás riendo, Oyer? —preguntó Evelyn desde el asiento del copiloto, intentando sonar indignada mientras se cruzaba de brazos sobre su escote manchado de consomé. Sin embargo, la comisura de sus labios rojos la delataba por completo.

—Me río de que Nueva York te haya vuelto muy fina, Smith, pero al final has terminado saltando por la ventana de un aseo de mujeres en mitad de la nieve por mi culpa —le respondí con un gruñido ronco, bajando mi mano derecha para posarla con firmeza sobre su muslo.

Apreté la tela de su vestido de seda negra, sintiendo de inmediato el grosor de sus leggins térmicos y escuchando ese sonoro y familiar chirrido estático a velcro que me encendió la sangre de golpe.

Su cuerpo traidor reaccionó al instante: se tensó bajo mi palma y escuché cómo su respiración se volvía rápida y entrecortada en la penumbra del habitáculo.

La calefacción del coche estaba al máximo, expandiendo su aroma a vainilla por todo el espacio.

El deseo frustrado del baño de mármol se había transformado en una urgencia implacable, y en cuanto vi los contornos de su cabaña rústica aparecer entre los pinos ponderosa, supe que no habría vecino ni vieja cotilla que pudiera salvarnos de lo que estaba a punto de suceder.

No hubo paciencia para llegar al sofá de cuero ni para encender la chimenea de piedra de la tía Florence.

En cuanto mi bota pesada empujó la puerta de su cabaña rústica, entramos como dos animales salvajes hambrientos en mitad de la penumbra del salón.

Cerré la madera de un portazo sordo a nuestras espaldas, eché el cerrojo metálico con un movimiento ciego de mi mano izquierda y, sin darle tiempo a recuperar el aliento, atrapé a Evelyn por la cintura para estampar su espalda con firmeza contra la superficie de troncos.

Evelyn soltó un jadeo violento que terminó convirtiéndose en un gemido arrastrado cuando mis labios devoraron los suyos con una furia que llevaba conteniendo desde la barbilla en el aparcamiento municipal.

Su boca sabía a ese vino caro francés y a pura tentación prohibida.

Sus manos se clavaron con desesperación en mi cuello, tirando de la corbata floja hasta arrancármela por completo, mientras sus dedos enredaban mi pelo revuelto con una urgencia febril que me nubló el juicio.

—Liam... maldita sea, Liam —consiguió jadear entre mis besos, arqueando las caderas hacia delante en un intento desesperado por buscar el contacto directo de nuestros cuerpos.

Me metí de lleno entre sus muslos, aplastando mi erección rígida y venosa contra la tela de su vestido de seda negra.

Las costuras de mi chaqueta de tweed terminaron de estallar de arriba abajo con un rasguño seco cuando abrí los brazos para acorralarla por completo contra la madera.

Bajé mis manos hacia el dobladillo de su vestido, amontonando la seda italiana alrededor de su cintura delgada.

El roce estático de sus leggins térmicos color carne produjo ese familiar y sonoro chirrido a velcro que inundó el salón, un eco rústico y obsceno que solo consiguió encendernos el doble.

Agarré el elástico de la prenda térmica junto con sus bragas de encaje y las bajé de un solo tirón implacable hasta sus rodillas, dejando sus nalgas y su centro completamente desnudas expuestas al aire frío de la cabaña.

Evelyn soltó un grito ahogado por el impacto del frío en su piel de porcelana, pero el escalofrío desapareció al instante cuando pegué mis palmas calientes y ásperas a sus caderas, levantándola en vilo contra la puerta para obligarla a enredar sus piernas alrededor de mi cintura.

Estaba completamente empapada, latiendo de deseo en la penumbra, y esta vez no había ninguna señora Gable que pudiera detener la tormenta que estábamos a punto de desatar.

No había espacio para la sutileza ni para alfombras de piel.

La urgencia que me quemaba las entrañas era un fuego descontrolado que exigía una liberación inmediata justo ahí, contra la madera tosca de la entrada.

Manteniendo su cuerpo suspendido contra la puerta con la fuerza de mi brazo izquierdo bloqueando su cintura, usé mi mano libre para deshacer la hebilla de mi cinturón.

El metal tintineó en la penumbra del salón antes de bajar la cremallera de mis pantalones con un sonido metálico y rotundo.

Mi erección saltó libre en mitad de la oscuridad de la cabaña, completamente rígida, venosa y ardiendo por el contacto directo con el aire frío.

Al notar la proximidad de mi miembro, Evelyn apretó sus muslos con más fuerza alrededor de mis caderas, rozando su centro empapado contra la base de mi virilidad.

Soltó un jadeo largo, agudo, que se cortó de golpe cuando apoyé la cabeza de mi miembro justo en su entrada.

—Mírame, Evie. Clava tus ojos en los míos —le ordené con un gruñido cavernoso, sujetándola por la nuca para que no pudiera apartar la vista.

Sus ojos claros brillaban con una fijeza salvaje bajo la tenue luz de la luna que se filtraba por los ventanales.

Empujé mis caderas hacia delante con un movimiento firme, decidido e implacable, enterrándome en ella de un solo golpe profundo hasta el fondo de su intimidad.

La cabaña se llenó con el sonido sordo del impacto de nuestros cuerpos y con un grito de puro placer que Evelyn soltó directamente contra mi boca, devorando mi lengua mientras sus uñas se clavaban en mi espalda desnuda, desgarrando lo que quedaba de mi camisa blanca.

Estaba malditamente estrecha, envolviendo mi anatomía con una presión espasmódica que casi me hace vaciarme en la primera embestida.

Apreté los dientes, sosteniendo su peso en vilo contra la puerta, y comencé a moverme con un ritmo salvaje y rústico, entrando y saliendo de ella por completo.

Cada estocada hacía crujir los troncos de la entrada, un eco febril y obsceno que compasaba los gemidos arrastrados de la reina de Manhattan, entregada por completo a la fuerza de un leñador que no tenía ninguna intención de tener piedad con su orgullo.

El estrépito de nuestros cuerpos chocando contra la puerta rústica se convirtió en el único sonido que dominaba la penumbra del salón.

Mis embestidas se volvieron más rápidas, profundas e implacables, perdiendo por completo cualquier atisbo de control.

Evelyn tenía la cabeza echada hacia atrás contra la madera de la entrada, con los ojos entornados y los labios rojos entreabiertos, soltando jadeos cortos que delataban que estaba rozando el límite de su propia resistencia.

Sus músculos vaginales comenzaron a contraerse alrededor de mi miembro con una fuerza espasmódica y ardiente, estrujándome en una deliciosa tortura que me subió directo por la columna vertebral.

—Liam... ¡Liam, ya! ¡No puedo más! —gritó en un susurro desesperado, clavando sus uñas con tanta fuerza en mis hombros desnudos que juraría que me hizo sangrar.

—Muévete conmigo, Evie. No te atrevas a cerrar los ojos —le exigí con un gruñido ronco, dándole una última estocada brutal que la hundió por completo contra la superficie de la puerta.

Evelyn arqueó la espalda de forma violenta, soltando un grito agudo de puro placer que rebotó en las vigas del techo rústico mientras se derramaba por completo sobre mí en mitad de un orgasmo devastador.

Sus paredes internas me ordeñaron con tal violencia que fue mi punto de no retorno definitivo.

Solté un rugido sordo que pareció vibrar en los cimientos de la cabaña y me vacié con fuerza dentro de ella, expulsando mi semilla caliente en profundas y calientes pulsaciones que nos dejaron a ambos temblando.

Mis brazos flaquearon por primera vez debido al esfuerzo físico y dejé que sus pies volvieran a tocar el suelo lentamente, aunque no la solté.

Nos quedamos abrazados en mitad de la oscuridad de la entrada, con las respiraciones agitadas chocando en el aire frío de la noche de Arizona y el sudor enfriándose en nuestras pieles.

Su vestido de seda negra arrugado y mi chaqueta de tweed completamente destrozada en el suelo eran el testimonio mudo de que la sofisticación de Nueva York había claudicado ante la fuerza salvaje de nuestro reencuentro.