Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Evelyn

Tener a William Oyer arrodillado frente a mis muslos en mitad del restaurante más pretencioso y caro de todo el norte de Arizona era la viva estampa de mi completa perdición social.

La mancha de consomé de buey se expandía sin piedad por el centro de mi vestido de seda negra de tres mil dólares, empapando el tejido italiano y filtrándose directamente hacia el forro interior.

El contraste del líquido caliente con el aire acondicionado minimalista del local provocó una reacción física tan violenta en mi cuerpo que deseé que la tierra se abriera bajo mis tacones de aguja.

Mis pezones se endurecieron dolorosamente, empujando la seda mojada con una rigidez tan evidente que los ojos grises de Liam se oscurecieron al instante, fijos en mi escote con una mezcla de pánico caballeresco y puro deseo primitivo.

El murmullo de desaprobación de las mesas colindantes era un zumbido ensordecedor. El maître se acercaba a zancadas rígidas con un paño limpio, pero yo ya había alcanzado mi límite de resistencia para las comedias rurales de enredo.

—No toques nada, William —le siseé en voz baja, apartando su enorme mano armada con la servilleta de hilo blanco antes de que terminara de causar un infarto colectivo al sumiller—. Quédate ahí, intenta no romper más cubiertos y reza para que la seda no encoja.

Me levanté de la silla de diseño interactuando con mi mejor dignidad de Manhattan, aunque el maldito roce de mis leggins térmicos contra el forro del vestido produjo un sonoro y estático chirrido a velcro que pareció marcar cada uno de mis pasos hacia la salida del comedor.

Agarré mi bolso de mano con fuerza, crucé los brazos sobre el pecho para ocultar la flagrante evidencia de mi anatomía excitada por el choque térmico y escapé a paso rápido siguiendo los carteles de diseño minimalista que apuntaban hacia los aseos.

Al empujar la pesada puerta de madera lacada del baño de mujeres, el olor a eucalipto y los espejos retroiluminados me recibieron como un refugio de cordura, sin saber que el huracán de tweed del aserradero venía pisándome los talones de la forma más ilegal posible.

Me planté frente a la lujosa encimera de mármol del baño, abriendo el grifo de agua fría con las manos temblorosas.

Humedecí una toallita de cortesía y comencé a dar pequeños toques desesperados sobre el escote de mi vestido, maldiciendo internamente la deconstrucción de ave silvestre y la puntería aerodinámica de William.

La mancha oscura se resistía a desaparecer, y para colmo, el agua fría solo consiguió que mi pecho se tensara aún más, dibujando dos siluetas duras y flagrantes bajo la seda italiana empapada.

Justo cuando estaba a punto de soltar un gemido de pura frustración, la pesada puerta de madera lacada se abrió de golpe. Me giré con el corazón en la garganta, esperando ver entrar a una adinerada clienta de Flagstaff lista para escandalizarse.

En su lugar, la enorme silueta de William Oyer bloqueó la entrada.

—¿Te has vuelto completamente loco? —le siseé, dando un paso atrás y chocando contra el borde del mármol—. ¡Este es el baño de mujeres, William! Sal de aquí antes de que llamen a la seguridad del hotel o al sheriff del condado.

Liam cerró la puerta a sus espaldas con un clic rotundo y echó el pestillo metálico sin apartar esos ojos grises de tormenta de mi cuerpo.

Se había aflojado la corbata y las costuras de su chaqueta de tweed parecían al límite de su resistencia por la tensión de sus hombros.

Avanzó hacia mí con paso lento, decidido y rústico, llenando el impecable baño minimalista con su imponente presencia de leñador.

—Me importa un bledo el sheriff y el restaurante entero, Evie —dijo con esa voz grave que me vibró directo en el bajo vientre—. He venido a ver cómo estabas. Y a asegurarme de que esa sopa no te haya quemado la piel.

Se detuvo a escasos centímetros de mí, acorralándome contra la encimera.

Pude percibir el aroma caliente a sándalo que se desprendía de su cuello, mezclado con el toque dulce del tabaco.

Sus manos desnudas y ásperas subieron con una lentitud exasperante, apartando la toallita de cortesía de mis dedos torpes.

Cuando sus yemas rozaron la piel húmeda y ardiendo de mi escote, la descarga eléctrica fue tan brutal que cerré los ojos por completo, soltando un jadeo que rebotó en las paredes de porcelana del santuario de mujeres.

La comedia de la etiqueta se había terminado; estábamos encerrados a solas y el termostato de la noche acababa de estallar.

William no retiró los dedos. Al contrario, deslizó las yemas de sus manos, ásperas y calientes, siguiendo el contorno húmedo del escote en V de mi vestido de seda.

El contacto de su piel curtida contra mi pecho, sensible y ardiendo por el impacto del caldo caliente, desató una corriente eléctrica tan violenta que me vi obligada a agarrarme a las solapas de su chaqueta de tweed para no perder el equilibrio.

—William, nos van a pillar... —alcancé a susurrar, aunque mi voz carecía de cualquier rastro de autoridad real. Estaba completamente rota, reducida a un gemido jadeante que delataba lo mucho que deseaba que me tocara.

—Que nos pillen, Smith. Ya te he dicho que me importa un bledo todo lo que haya al otro lado de esa puerta —respondió con un gruñido ronco, hundiéndose en el espacio que quedaba entre mi cuello y mi hombro.

Sus labios calientes besaron la piel tierna de mi clavícula con una desesperación salvaje, devorándome a base de mordiscos tiernos que me hicieron arquear la espalda hacia delante.

Su torso desnudo y fornido presionaba con fuerza mis pechos, aplastando la seda mojada contra mí.

Bajo el tejido fino del vestido, mis pezones empujaban con tal rigidez que él soltó un taco entre dientes.

Bajó una de sus manos hacia mis caderas, atrapando la seda negra y tirando de ella hacia arriba con urgencia, buscando el dobladillo del vestido hasta dar con el grosor sintético de mis leggins térmicos.

Al hacerlo, el maldito tejido produjo un sonoro y seco ¡FRRR!

que resonó en el baño de mármol, recordándonos la comedia de nuestra situación en mitad de la alta tensión erótica.

William ladeó la cabeza, mirándome a través del reflejo del espejo retroiluminado con una sonrisa canalla y los ojos grises completamente oscurecidos por la lujuria.

Agarró el elástico de mis leggins térmicos con sus dedos largos y, con una firmeza implacable, comenzó a bajarlos junto con mis bragas de encaje, dejando mis nalgas completamente desnudas expuestas al frío del baño y al calor abrasador de sus palmas.

Me levantó en vilo de un solo tirón, sentándome directamente sobre el frío mármol de la encimera, obligándome a abrir las piernas de par en par para rodear su cintura con mis muslos.

El choque del mármol helado contra mi piel desnuda me hizo dar un respingo salvaje, pegando mi centro, completamente empapado y latiendo de deseo, directo contra la tremenda y rígida erección que empujaba la bragueta de sus vaqueros de vestir.

El contacto de mi centro ardiente y empapado contra la bragueta rígida de William nos tenía al borde del abismo.

Él ya había soltado la hebilla de su cinturón con un chasquido metálico que rebotó en los azulejos de mármol, dispuesto a desarmar sus pantalones vaqueros de vestir para enterrarse en mí sobre la encimera.

Sin embargo, el destino de Oak Ridge volvió a jugárnosla de la forma más inoportuna.

¡CLAC, CLAC, CLAC!

El eco inconfundible de unos zapatos de tacón alto resonó con fuerza en el pasillo exterior de granito, acercándose a paso rápido hacia la puerta del aseo de mujeres.

Segundos después, el picaporte minimalista vibró con un sonido metálico cuando alguien desde fuera intentó empujar la madera, topándose con el pestillo que William había echado.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí dentro? Llevo prisa —gritó la voz chillona e inequívoca de la señora Gable, que por lo visto había conducido desde el pueblo para cenar en el mismo hotel de lujo.

El pánico de Manhattan me devolvió la cordura de golpe.

Le pegué un empujón frenético en los hombros a William, haciendo que la costura izquierda de su chaqueta de tweed terminara de estallar con un rasguño seco que nos hizo abrir los ojos de par en par.

Me deslicé fuera de la encimera de mármol a la velocidad de la luz, subiéndome los leggins térmicos y las bragas de encaje de un solo tirón desordenado, mientras mi vestido de seda negra volvía a caer sobre mis piernas emitiendo un sonoro chirrido estático a velcro.

—Mueve el trasero, Oyer —le siseé con el vaho de la adrenalina en los labios, recolocándole la corbata torcida mientras él se abrochaba los pantalones a toda prisa con una sonrisa canalla y los ojos grises todavía nublados por el deseo frustrado.

William abrió la ventana lateral del baño —una estructura de diseño que daba directamente al callejón trasero del aparcamiento cubierto de nieve—.

Me agarró por la cintura, me levantó en vilo con su fuerza rústica de siempre y me pasó a través del marco hacia el exterior antes de que la señora Gable decidiera empezar a aporrear la puerta con su bolso.

Saltó detrás de mí, cayendo de pie sobre la nieve profunda, y me guió a zancadas rápidas hacia la camioneta negra.

Subimos al habitáculo huyendo del restaurante pijo, con las costuras rotas, la mancha de sopa en el escote y una risa histérica y compartida que estalló entre los dos mientras el motor de la bestia negra rugía en mitad de la noche de Flagstaff, listos para terminar lo que habíamos empezado en el baño pero en la seguridad de nuestra propia montaña.