Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

William

Miré de reojo sus piernas cruzadas. La tela negra se amoldaba a sus muslos de una forma que me hacía apretar el volante con tanta fuerza que las costuras de la chaqueta de tweed de mi padre crujieron en protesta.

—Si sigues mirándome así, Oyer, nos vamos a terminar cayendo por el barranco antes de probar el primer plato —dijo Evelyn, retocándose el lápiz de labios rojo frente al espejo del parasol con una elegancia que me dio ganas de parar el coche en el arcén.

—Solo me aseguro de que el velcro de Nueva York siga en su sitio, Smith —le respondí con un gruñido ronco, dejando escapar una sonrisa de lado.

Apreté los dientes y fijé la vista en los faros dobles que cortaban la oscuridad de la montaña.

Llegamos a las afueras de Flagstaff y enfilamos el camino arbolado hacia The Silver Pine, el hotel boutique de lujo donde se encontraba el restaurante.

El lugar parecía un jodido palacio de cristal iluminado con luces blancas minimalistas, rodeado de coches deportivos y berlinas alemanas que hacían que mi camioneta negra de trabajo pareciera un tanque de guerra en mitad de un desfile de moda.

Aparqué el monstruo entre un Porsche y un Mercedes, apagué el motor y me acomodé la maldita corbata que Miller me había obligado a ponerme.

La soga al cuello ya estaba lista, y el desastre ferroviario formal estaba a punto de abrir sus puertas.

El interior de The Silver Pine era exactamente todo lo que yo detestaba de los sitios pretenciosos: suelos de mármol tan pulidos que reflejaban las luces led del techo, música de jazz experimental sonando de fondo a un volumen ridículamente bajo y un olor a perfume caro que no lograba eclipsar la artificialidad del ambiente.

Guié a Evelyn sosteniéndola firmemente por la espalda baja, sintiendo el crujido estático de su vestido de seda contra sus leggins a cada paso que daba.

Nos recibió el maître principal, un tipo flaco con un traje gris impecable, el pelo engominado al milímetro y una postura tan rígida que parecía tener una barra de acero metida por el trasero.

Nos miró de arriba abajo con unos ojos pequeños y críticos, deteniéndose de forma poco sutil en las mangas sospechosamente cortas de mi chaqueta de tweed heredada.

—Buenas noches. Mesa para dos a nombre de Oyer —dije, bajando el tono de mi voz para sonar lo más civilizado y sofisticado posible.

—Ah, sí. El caballero del... vehículo utilitario de carga —respondió el tipo con un deje de superioridad de manual que me hizo apretar los puños dentro de los bolsillos.

Hizo una sutil reverencia y nos guió hacia una mesa pequeña en el rincón más alejado, justo al lado de las cocinas.

No era la mesa del ventanal de la montaña que yo había reservado, pero antes de que pudiera reclamar, Evelyn me pisó el pie con el tacón de aguja, obligándome a tragarme el orgullo rústico.

Nos sentamos y un camarero repelente, que parecía el clon del primero, nos dejó caer dos cartas de cuero negro sobre el mantel de hilo blanco.

Al abrir el menú, sentí que me subía un sudor frío por la nuca.

No había rastro de costillas, hamburguesas o filetes de verdad.

Todo estaba escrito en una mezcla pretenciosa de francés y términos culinarios modernos que no tenían el menor sentido para un hombre que pasaba el día cortando pinos.

—¿"Espuma de tubérculos asados a la esencia de trufa del Perigord con crujiente de aire de Arizona"?

—leí en voz alta, entornando los ojos y sintiendo que las costuras de mis hombros amenazaban con estallar por la frustración—.

Evelyn, juro por Dios que si esto es lo que comen los pijos de Nueva York, prefiero comerme un puñado de serrín del taller.

Aquí no hay comida real. Son todo nombres de perfumes.

Evelyn soltó una risita ahogada detrás de su carta, con los ojos claros chispeando llenos de diversión y malicia por mi evidente estado de pánico.

La comedia de la etiqueta pija nos tenía rodeados, y el camarero ya se acercaba con una libreta electrónica en la mano, listo para saborear nuestra humillación.

El camarero estirado se plantó junto a nuestra mesa con la barbilla tan alzada que parecía estar contemplando el techo de escayola del restaurante. Sacó un bolígrafo plateado con una parsimonia insultante y nos dedicó una mirada que rebosaba condescendencia por todos sus poros.

—¿Han decidido ya los señores con qué delicatessen van a deleitar sus paladares esta velada? ¿O prefieren que les asesore sobre nuestro maridaje de autor? —preguntó con un tono de voz tan engolado que me entraron ganas de levantarme y obligarlo a limpiar el baño del aserradero.

Evelyn me miró de reojo, apoyando la barbilla en su mano con una sonrisa que delataba que estaba disfrutando de mi tortura. Me aclaré la garganta, intentando recordar los consejos del tutorial de YouTube y las burradas que Miller me había dicho en el almacén.

—Para empezar, queremos la... deconstrucción de ave silvestre al aroma de bosque húmedo —dije, señalando el plato con el dedo índice.

Al momento recordé que señalar con el dedo era de mala educación, así que bajé la mano de golpe, golpeando el tenedor de postre, que salió despedido y aterrizó con un tintineo metálico justo en los pantalones grises del camarero.

El tipo ni parpadeó, se limitó a recoger el cubierto con la punta de dos dedos como si fuera un bicho muerto.

—Excelente elección para la señorita. ¿Y para el caballero? —escribió en su pantalla táctil sin mirarme.

—Tráigame el solomillo de buey. Pero que no esté muy hecho —añadí, inflando el pecho de tweed—. Que se vea la sangre en el plato, que si no los chefs se ofenden. Y de beber, pónganos una botella de ese vino que tiene nombre de castillo francés. El del año catorce.

El camarero arqueó una ceja, mirándome como si acabara de pedir un vaso de agua del grifo con un hielo de gasolinera.

—Caballero, el Château del catorce se sirve exclusivamente por copas y requiere una decantación previa de cuarenta minutos para que los taninos respiren —sentenció con una frialdad implacable—.

Además, el solomillo se cocina a baja temperatura con costra de sal negra, no vertemos sangre sobre el mantel.

Si me permiten, les traeré la cubertería de repuesto y el caldo de cortesía.

Se dio la vuelta con un movimiento de capa invisible.

En cuanto se alejó tres pasos, Evelyn no pudo contenerse más; se tapó la boca con la servilleta de hilo blanco y soltó una carcajada limpia, sonora y vibrante que hizo que un matrimonio de ancianos de la mesa de al lado se girara con desaprobación.

Sus ojos claros brillaban con tanta intensidad y sus labios rojos se curvaban de una forma tan malditamente atractiva que, a pesar del bochorno del tenedor volador, sentí un tirón ardiente en la entrepierna que me recordó por qué estaba dispuesto a aguantar a todos los estirados de Flagstaff.

El desastre formal alcanzó su velocidad de crucero cuando el camarero repelente regresó portando dos platos hondos y gigantescos, en cuyo centro exacto descansaba una porción de puré verde que no superaba el tamaño de una nuez.

Con un juego de muñeca digno de un prestidigitador, alzó una tetera de porcelana y comenzó a verter un caldo oscuro y humeante alrededor del puré, creando una especie de ciénaga minimalista.

—Consomé de buey clarificado al aroma de trufa —anunció el tipo, retirándose un paso con una reverencia que parecía ensayada en un espejo.

Me quedé mirando la diminuta piscina verde.

Las costuras de los hombros de mi chaqueta de tweed protestaron en cuanto estiré el brazo para coger la cuchara, un utensilio tan plano y plano que juraría que no admitía más de tres gotas de líquido por viaje.

Intenté adoptar la postura erguida que el vídeo de YouTube recomendaba, acerqué la cuchara a mi boca con el pulso temblando por la tensión física, y soplé sutilmente.

Fue un error fatal de aerodinámica rural.

Al soplar, una onda expansiva barrió la superficie del caldo caliente, provocando que una ráfaga de líquido oscuro saliera despedida directamente hacia delante, cruzando el mantel de hilo como un misil tierra-tierra.

El caldo aterrizó con precisión matemática justo en el centro del impecable escote en V del vestido de seda negra de Evelyn.

—¡Dios del cielo! —jadeó ella, dando un respingo violento en la silla de diseño mientras se llevaba las manos al pecho.

El líquido caliente penetró la seda al instante, chocando de lleno contra sus leggins térmicos ocultos.

Evelyn contuvo el aliento mientras sus pezones se endurecían al instante por el impacto térmico, marcándose con una rigidez salvaje y obscena contra el tejido mojado.

El calor de la sopa parecía haber encendido su propia anatomía ante mis ojos.

Me levanté de la silla de un golpe tan brusco que las patas de madera chirriaron con un estruendo agónico sobre el mármol pulido, logrando que el maître del rincón se llevara una mano al pecho por el susto.

Agarré la servilleta de hilo, rodeé la mesa a zancadas y me arrodillé frente a ella en mitad del restaurante pijo, dispuesto a limpiarle el desastre sin importarme un bledo que el camarero estirado nos mirara como si fuéramos dos cavernícolas en mitad de una ópera.

La comedia elegante había naufragado por completo, y el fuego entre nosotros acababa de recibir una dosis de pura combustión espontánea.