Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Evelyn

Tener un máster en diseño gráfico por la escuela más prestigiosa de la costa este y haber coordinado desfiles de moda en la semana de la alta costura de Manhattan no servía absolutamente para nada cuando te encontrabas a dos mil metros de altitud, a diez grados bajo cero y frente a un armario rústico que olía a naftalina.

Pasé la tarde del jueves sumida en un colapso estilístico de proporciones monumentales, rodeada de perchas y montañas de ropa esparcidas sobre el edredón de la tía Florence.

La realidad me golpeó con la fuerza de una ventisca del norte: toda mi ropa elegante estaba diseñada para el asfalto climatizado de Nueva York, no para las inclemencias climáticas de las montañas de Arizona.

—A ver, Evelyn, piensa. No puedes ir a un restaurante de lujo vestida como si fueras a talar un pino, pero tampoco puedes morir de hipotermia antes de que te sirvan el primer plato —me recriminé a mí misma en voz alta, sosteniendo un espectacular vestido de seda negro de seda italiana con la espalda completamente descubierta.

El vestido era una obra de arte que me había costado el equivalente a un mes de alquiler en Brooklyn.

Me lo probé a toda prisa, temblando mientras la cremallera invisible subía por mi columna vertebral.

Al mirarme en el espejo de cuerpo entero del dormitorio, el resultado era innegablemente sexy, pero letal.

El tejido fino se adhería a mis curvas como una segunda piel, marcando la silueta de mis caderas y el nacimiento de mis piernas.

Sin embargo, al quedarme quieta frente a la ventana de la cabaña, el frío glacial que se filtraba por los cristales me golpeó de lleno la espalda desnuda.

Mis pezones se tensaron de forma instantánea y tan violenta contra la seda que parecían querer romper la tela.

Para colmo de males, cuando intenté ponerme las medias de cristal negras que guardaba en mi neceser de viaje, el borde de mi uña tropezó con el tejido elástico.

Se escuchó un chasquido sutil y, en menos de un segundo, una carrera espantosa cruzó toda mi pantorrilla izquierda, abriéndose camino desde el tobillo hasta la mitad del muslo.

—¡Maldita sea! —exclamé, dejándome caer de espaldas sobre la cama con las piernas hacia arriba, sintiendo cómo la frustración y una molesta oleada de anticipación sexual me encendían las entrañas.

Faltaba menos de una hora para que el coche de William pasara a recogerme y yo me encontraba en medias rotas, congelándome la espalda en un vestido de seda y con el corazón martilleando mi pecho de una forma estúpida.

No podía dejar de pensar en cómo reaccionaría Liam al verme.

¿Se daría cuenta de que mi cuerpo seguía vibrando por lo que hicimos en su cama?

¿O se reiría de mis aires de grandeza mientras él intentaba mantener la compostura en su camisa blanca apretada?

La comedia de enredo rural estaba a punto de vestirse de gala, y yo ya estaba perdiendo los papeles antes de salir por la puerta.

Miré el reloj de pared de la cabaña con auténtico pánico.

Quedaban exactamente veinte minutos para la cita y el desastre estilístico requería medidas desesperadas que harían llorar a mis antiguos contactos de la moda de Nueva York.

Me levanté de la cama de un salto, ignorando la carrera de la media izquierda que seguía abriéndose camino hacia mi cadera, y decidí que el orgullo de Manhattan tendría que ceder ante las leyes de la física y la congelación del norte de Arizona.

Caminé a zancadas hacia el perchero del pasillo y rescaté la prenda más antifashion que poseía: unos leggins térmicos de color carne que mi tía Florence me había metido en la maleta antes de marcharme.

Con un esfuerzo gimnástico digno de una acróbata, me los calcé debajo del vestido de seda negro.

La seda italiana era lo bastante fluida como para disimular el grosor extra, pero el invento tenía un inconveniente técnico monumental: cada vez que daba un paso, el tejido sintético de los leggins rozaba contra el forro interior del vestido, produciendo un chirrido eléctrico y seco que sonaba sospechosamente parecido al velcro al despegarse.

—Bueno, Evelyn, al menos mantendrás las piernas calientes y el trasero en su sitio —me consolé, mirándome de nuevo en el espejo mientras intentaba disimular el sonido frotando los muslos.

Para solucionar el problema de la espalda completamente al descubierto, me eché por encima una estola de pelo sintético que, al menos, me cubría hasta los hombros.

Me retoqué el lápiz de labios rojo, me solté el pelo oscuro para que cayera en ondas salvajes sobre el escote y me calcé mis mejores zapatos de tacón de aguja.

Justo cuando terminaba de ajustar la correa del tobillo izquierdo, los faros potentes de la camioneta negra de William iluminaron los cristales del salón, seguidos por el sonido rítmico del claxon.

El corazón me dio un vuelco violento en mitad del pecho, enviando una descarga eléctrica directa hacia mi bajo vientre.

Caminé hacia la entrada, arrastrando mis tacones sobre la madera rústica y produciendo ese molesto frr-frr estático entre mis muslos a cada zancada.

Cuando abrí la puerta de la cabaña, el aire helado de la noche me golpeó la cara, pero me quedé sin respiración por un motivo completamente distinto.

William Oyer estaba de pie al inicio del porche. Y el universo definitivamente se estaba burlando de mí, porque el rústico leñador del aserradero se había transformado en un auténtico y peligroso pecado andante revestido de tweed oscuro.

William se quedó clavado en el primer escalón del porche, con una mano apoyada en la barandilla de madera rústica y los ojos grises completamente abiertos en la penumbra.

La chaqueta de tweed oscuro le sentaba de una forma insultantemente buena, remarcando la anchura salvaje de sus hombros y la estrechez de sus caderas, aunque noté de inmediato que la costura del brazo izquierdo se tensaba peligrosamente cada vez que respiraba hondo.

Se había engominado el pelo rebelde hacia atrás, dándole un aire de tipo rústico que intenta encajar en un club de campo pijo, pero sus ojos seguían siendo los de la misma bestia hambrienta del aserradero.

Su mirada descendió por mi cuerpo con la lentitud de una avalancha en las montañas de Flagstaff.

Recorrió el pelo oscuro que me caía sobre los hombros, el contraste de la estola de pelo con la seda negra de mi vestido italiano y, finalmente, se detuvo en el nacimiento de mis piernas.

Pude ver cómo tragaba saliva con dificultad, haciendo que su nuez de Adán se moviera despacio bajo el cuello rígido de su camisa blanca limpia.

—Dios del cielo, Evie —consiguió decir con esa voz profunda, que sonó más rota y grave de lo normal en mitad del silencio del bosque—. Estás malditamente espectacular. Ese vestido debería estar prohibido por las leyes de tráfico de Arizona. Vas a hacer que me estrelle contra un pino.

Sentí una oleada de calor violenta trepar por mi cuello, ignorando por completo el frío helado que me mordía los hombros descubiertos.

El magnetismo animal que nos unía seguía intacto, denso y cargado de una electricidad que amenazaba con mandar la cena elegante al demonio antes de empezar.

Mi cuerpo traidor reaccionó de inmediato: mis pezones se endurecieron con fuerza contra la fina seda negra de una forma tan evidente que William bajó la vista un milisegundo hacia mi pecho, y una chispa oscura de puro deseo brilló en el fondo de sus ojos grises.

—Gracias, Oyer. Tú tampoco estás nada mal con esa ropa de civil —le respondí, intentando mantener mi mejor sonrisa altiva de Manhattan mientras daba el primer paso hacia delante para bajar los escalones.

Fue un error de cálculo monumental. Al avanzar la pierna izquierda, el forro de seda frotó con fuerza contra los leggins térmicos de color carne que llevaba debajo.

Un chirrido eléctrico, seco y agudo —un sonoro ¡FRRR-CHIC!

— rompió la solemnidad romántica del momento en mitad del porche.

William parpadeó, bajando la vista hacia mis pies con el ceño fruncido, y luego volvió a mirarme a los ojos con una ceja levantada y una sonrisa canalla que empezó a dibujarse en la comisura de sus labios.

La comedia de enredo rural acababa de sabotear mi entrada triunfal de alta costura.

William soltó una carcajada baja y cavernosa que resonó con fuerza entre los pinos ponderosa, desarmando por completo mi fachada de mujer fatal de la gran ciudad.

Dio dos pasos largos hacia arriba, subiendo el porche de madera hasta quedar a escasos centímetros de mí, acorralándome sutilmente contra el marco de la puerta de la cabaña.

Su fragancia a sándalo limpio y a ese frío masculino de las montañas inundó mis sentidos, nublándome el juicio por completo.

—¿Se puede saber qué demonios llevas ahí abajo, Smith? —se mofó, inclinando la cabeza con una sonrisa descarada que me encendió las mejillas—. Juro que ha sonado como si te estuvieras despegando el parachoques del coche de los leggins.

—No te rías, Oyer —le siseé, dándole un suave golpe con mi bolso de mano en su pecho cubierto de tweed, sintiendo la dureza de sus músculos de granito debajo de la tela formal—.

Hace diez grados bajo cero en este maldito bosque.

Llevo unos leggins térmicos debajo del vestido de seda italiana porque, a diferencia de los leñadores rudos con capas de grasa, las personas normales morimos de hipotermia severa.

Así que camina y simula que no has oído nada.

William no se movió. Al contrario, bajó una de sus manos desnudas y ásperas, apartando con una lentitud exasperante el dobladillo de la seda negra de mi vestido para rozar la tela sintética de color carne que me cubría el tobillo.

El contacto de sus dedos calientes contra mi pierna, incluso a través del grosor de la prenda térmica, desató una corriente eléctrica tan violenta que eché la cabeza hacia atrás, soltando un jadeo ahogado en mitad de la noche estrellada.

Mis pezones se marcaron con una rigidez dolorosa contra el vestido, y él lo notó; sus ojos grises de tormenta se oscurecieron por completo, llenos de un deseo primitivo y salvaje.

—Me parece malditamente sexy, Evie. Aunque haga ruido a velcro —susurró, con una voz tan ronca que me bajó directo a la entrepierna—. Vamos a la camioneta antes de que decida quitarte los leggins y el vestido aquí mismo en mitad de la nieve.

Me agarró con firmeza de la cintura, ignorando por completo el chirrido eléctrico de mi ropa a cada paso, y me guió hacia la camioneta negra de siempre.

Subí al habitáculo caliente sintiendo que la cena formal en Flagstaff iba a ser una auténtica prueba de resistencia para nuestra cordura, y que el manual de etiqueta de Manhattan no me iba a servir de nada contra el fuego que este hombre encendía en mí con solo mirarme.