Capítulo 12
William
Verla marchar en su utilitario compacto con el jersey granate mal puesto y los vaqueros negros todavía arrugados fue un golpe directo a mi orgullo de hombre del norte.
Me quedé en el porche de la cabaña, descalzo sobre la madera fría, viendo cómo las luces rojas de sus frenos desaparecían tras la cortina de pinos ponderosa.
El viejo Sam seguía gritándole al repartidor del gas a unos metros, pero yo solo podía pensar en la cara de pánico de Evelyn al salir de debajo de mi cama.
Ella se creía una mujer de mundo, una alta ejecutiva de Manhattan que controlaba cada milímetro de su vida, y yo la había reducido a esconderse entre las pelusas del suelo como una adolescente en apuros.
—Tienes que arreglar esto, Oyer —me dije, frotándome la nuca mientras el aire helado del amanecer me despejaba las pocas ideas cuerdas que me quedaban tras la noche salvaje que habíamos pasado.
El sexo había sido increíble, una auténtica locura simultánea que todavía me hacía vibrar los músculos de las piernas, pero si quería que la reina de Nueva York dejara de huir de mí y se quedara en este bosque para siempre, tenía que jugar en su terreno.
Tenía que demostrarle que un rústico leñador de Oak Ridge también sabía lo que era la sofisticación, los manteles de hilo y la comida que viene en porciones ridículas sobre platos demasiado grandes.
Ella me había echado en cara que los hombres de ciudad usaban argumentos más sofisticados que arrinconarla contra los muebles de la cocina; pues bien, le iba a dar la cita más formal, estirada y elegante de todo el norte de Arizona.
Me metí de nuevo en la casa, ignorando el olor a vainilla que todavía impregnaba mis sábanas para no terminar llamando a su puerta a las diez de la mañana, y cogí el teléfono móvil.
Tenía que buscar un sitio que estuviera a la altura de sus expectativas de Brooklyn.
El restaurante del hotel de lujo de las afueras de Flagstaff, ese que tenía dos tenedores en las guías de viaje y donde te obligaban a llevar chaqueta para entrar, era el escenario perfecto para mi redención.
Iba a comprar una camisa nueva, iba a reservar la mesa junto al ventanal de la montaña y la iba a invitar formalmente con una nota de papel, como los caballeros de las novelas que su tía Florence guardaba en la estantería.
No tenía ni la más remota idea de que estaba cavando mi propia fosa y que la comedia de enredo solo estaba cogiendo impulso para estallarnos en la cara.
El lunes por la mañana, el cobertizo de descanso del aserradero se convirtió en lo más parecido a una reunión de sabios de taberna rural.
Me senté sobre un cajón de madera volcado, sosteniendo una taza de café recalentado en las manos, mientras Miller y el resto de la cuadrilla me miraban como si me hubiera salido una segunda cabeza o me hubiera picado una víbora de cascabel.
—A ver si lo he entendido bien, Liam —dijo Miller, apoyando los codos en las rodillas mientras masticaba un trozo de cecina con una lentitud exasperante—.
¿Quieres llevar a la sobrina de Florence a The Silver Pine?
¿El sitio ese del hotel de Flagstaff donde te cobran cincuenta dólares por un filete del tamaño de una caja de cerillas y donde los camareros te miran como si les debieras dinero?
—Exacto. Ella dice que soy un rústico sin modales —respondí, dándole un trago al café rancio y sintiendo cómo el calor de la vergüenza me subía por el cuello—.
Quiero demostrarle que puedo ser tan estirado como cualquier idiota de Manhattan.
Solo necesito saber qué cubierto se usa primero o qué demonios se hace cuando te traen la botella de vino para que la huelas.
Los tres leñadores que me rodeaban estallaron en una carcajada unísona que hizo eco en las chapas de zinc del techo del cobertizo, espantando a un par de cuervos que descansaban en la valla.
—Estás jodido, Oyer. Completamente jodido —se mofó Big John, un tipo de dos metros que usaba camisas de franela de la talla XXXL—.
Lo primero que tienes que hacer es no pedir cerveza de barril en jarra de plástico.
Y por lo que más quieras, no te limpies la boca con la manga de la camisa limpia.
Usa el trozo de tela que te ponen encima del plato, aunque parezca un pañuelo de moco.
—Y ni se te ocurra pedir la carne muy hecha, que esos pijos se ofenden si no ven sangre en el plato —añadió Miller, guiñándome un ojo con pura malicia—.
Además, tienes que llevar chaqueta. ¿Tienes alguna que no huela a grasa de motor o a serrín de pino?
Porque como vayas con la de borrego, te van a mandar a comer al cobertizo de las herramientas.
Me froté las sienes con frustración, dándome cuenta de que pedir consejo de etiqueta a tres hombres que consideraban que cenar en la gasolinera era una noche de gala había sido un error estratégico monumental.
Salí del cobertizo con una lista de consejos absurdos anotados mentalmente y la firme convicción de que, si lograba sobrevivir a esa cena formal sin terminar arrestado o tirándole la sopa encima a Evelyn, sería un auténtico milagro de la naturaleza del norte de Arizona.
El miércoles por la tarde, el cielo del norte de Arizona se tiñó de un color violeta oscuro que amenazaba con otra gran nevada.
Me bajé de la camioneta limpia —la había lavado a presión quitándole todo el barro del aserradero— y caminé hacia el porche de la tía Florence con una sensación de ridiculez extrema.
Llevaba una camisa blanca de botones que me apretaba los hombros y que olía fuertemente a lavandería comercial.
En la mano sostenía una tarjeta blanca dentro de un sobre que me había costado tres dólares en la papelería del pueblo.
Llamé a la puerta con dos golpes secos, intentando no usar la fuerza rústica de costumbre.
Cuando Evelyn abrió, se quedó petrificada en el umbral.
Llevaba el pelo recogido en un moño desordenado, unas gafas de pasta negra que nunca le había visto y una sudadera gris tres tallas más grande. Se veía malditamente adorable y real.
—¿William? —parpadeó, mirándome la camisa blanca con una mezcla de sospecha y absoluta confusión—. ¿Se ha muerto alguien o es que vienes del juzgado del condado?
—Muy graciosa, Smith —respondí, aclarándome la garganta con rigidez y extendiendo el sobre blanco como si fuera un documento oficial del gobierno—. Esto es para ti. Es una invitación formal. Mañana a las ocho de la tarde pasará un coche a recogerte. Vamos a cenar a The Silver Pine, en Flagstaff.
Evelyn agarró el sobre, arqueando una ceja con esa elegancia innata de Manhattan que siempre me ponía los dientes largos.
Abrió el papel y leyó la nota manuscrita donde, siguiendo los nefastos consejos de Miller, había intentado escribir con letra cursiva impecable.
Una sonrisa lenta, divertida y cargada de una peligrosa ironía empezó a dibujarse en sus labios rojos.
—¿Una cena formal? ¿Tú y yo? —me miró de arriba abajo, deteniéndose en el primer botón de mi camisa que amenazaba con salir disparado por la tensión de mis pectorales—.
¿El leñador rústico quiere jugar a los caballeros de ciudad?
Vaya, Oyer, no sabía que te habías tomado tan en serio lo de mis "argumentos sofisticados".
—Solo quiero demostrarte que puedo darte una noche a tu altura, reina de Nueva York —me incliné un centímetro hacia ella, bajando la voz para romper la distancia diplomática—.
Así que ponte tu vestido más caro. Quiero ver cómo se te caen los anillos cuando te abra la puerta del coche. Mañana a las ocho. No llegues tarde.
Me di la vuelta y bajé los escalones del porche antes de que pudiera inventar una excusa para rechazarme.
Desde el retrovisor de la camioneta, vi cómo se quedaba en la puerta mirando el sobre blanco en mitad de la nieve, con esa expresión de quien sabe que está a punto de presenciar un desastre ferroviario pero es incapaz de apartar la mirada.
Pasé las últimas horas del miércoles en la cocina de mi cabaña, rodeado de un despliegue de utensilios que parecía más el escenario de un crimen que una cena elegante.
Había colocado sobre la mesa rústica un tenedor de postre oxidado, una cuchara sopera gigante y un cuchillo de carne que solía usar para limpiar el pescado.
Frente a mí, apoyado contra un bote de conservas, estaba mi teléfono móvil reproduciendo un vídeo tutorial de YouTube titulado: "Etiqueta básica para cenas de gala: Cómo no parecer un cavernícola".
—A ver... si te sirven el pescado, el cuchillo no tiene sierra —me repetía a mí mismo en voz alta, pasándome una mano por la nuca y sintiendo un sudor frío—.
Y la servilleta va en el regazo, no metida por el cuello de la camisa como si fueras a comerte un cubo de alitas picantes.
Maldita sea, Miller se va a reír de mí durante los próximos diez años si esto sale a la luz.
Me levanté para mirarme en el espejo del pasillo, intentando domar un mechón rebelde de mi pelo con un poco de gomina barata que encontré en el fondo del botiquín.
La chaqueta que había rescatado del armario de mi padre era de un tweed oscuro que pesaba como el plomo y olía ligeramente a naftalina y a recuerdos guardados, pero era lo único formal que tenía que no estuviera manchado de resina de pino o grasa de la palanca de cambios.
Me miré los hombros; la costura se tensaba de forma peligrosa cada vez que cruzaba los brazos.
Si se me ocurría estornudar a mitad de la cena, la tela iba a estallar en mil pedazos delante del sumiller.
Apagué las luces de la cocina con un suspiro pesado, sintiendo una mezcla de expectación salvaje y un presentimiento atroz en el estómago.
Estaba haciendo todo este ridículo por Evelyn.
Por la forma en que sus labios rojos se habían curvado al ver el sobre blanco, y por la traidora necesidad de verla brillar bajo las luces de un restaurante pijo de Flagstaff antes de volver a desnudarla sobre mis sábanas.
Me metí en la cama con el manual de los cubiertos grabado a fuego en la mente, completamente ajeno al hecho de que la comedia de enredo rural del norte de Arizona ya estaba preparando su mejor jugada para convertir nuestra gran noche formal en un auténtico y monumental desastre.