Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Evelyn

Abrí los ojos despacio, sintiendo el peso de una manta de lana rústica que amenazaba con aplastarme contra el colchón.

La luz azulada y brillante de la mañana del norte de Arizona se filtraba sin piedad por el enorme ventanal del dormitorio, dibujando siluetas doradas sobre las paredes de troncos expuestos.

Tardé exactamente tres segundos en recordar dónde estaba, por qué me dolían de forma tan deliciosa los músculos internos de los muslos y de quién era el enorme y tatuado brazo que rodeaba mi cintura con la firmeza de un grillete de hierro.

Giré la cabeza con cuidado sobre la almohada.

William dormía a mi lado como un tronco recién cortado.

Tenía la mandíbula relajada, la barba de tres días sutilmente revuelta y el torso desnudo expuesto al aire fresco de la habitación, mostrando los músculos esculpidos de su pecho subiendo y bajando a un ritmo pausado.

Dios, el norte de Arizona definitivamente había hecho milagros con su anatomía.

Me quedé contemplándolo, debatiéndome entre el impulso puramente carnal de despertarlo a base de besos salvajes o la necesidad racional de Nueva York de procesar la absoluta locura que habíamos cometido la noche anterior.

Había caído de lleno en sus redes en menos de una semana.

Justo cuando estaba a punto de deslizarme fuera de las sábanas para buscar mi ropa interior dispersa en el suelo, un ruido ensordecedor rompió la paz del bosque.

¡TOC, TOC, TOC!

Tres golpes secos, violentos y rítmicos resonaron en la puerta principal de la cabaña, seguidos de inmediato por el ladrido agudo de un perro que parecía estar rascando la madera exterior. Me quedé petrificada en mitad de la cama, conteniendo el aliento con el corazón desbocado en la garganta.

—¡Oyer! ¡Despierta, maldito holgazán! —gritó una voz ronca y potente desde el porche, una voz que reconocería a kilómetros de distancia: el viejo Sam, el dueño de la ferretería y vecino de la parcela colindante—.

¡Tu camioneta está cruzada en mitad del camino de acceso y el camión del gas no puede pasar!

¡Como no la muevas en cinco minutos, le engancho el tractor y la tiro al barranco!

William soltó un gruñido cavernoso a mi lado, estirando las piernas de un solo movimiento que hizo crujir toda la estructura de la cama.

Abrió un ojo gris, parpadeando con fastidio por la interrupción, y luego miró hacia mí con una sonrisa socarrona y perezosa que me encendió las mejillas al instante.

La comedia de enredo rural acababa de llamar a nuestra puerta, y yo estaba completamente desnuda bajo sus sábanas.

—¡William! —le siseé en voz baja, pegándole un manotazo limpio en su hombro desnudo y tatuado—. Tu vecino está ahí fuera. Muévete, quítate de encima y sal a mover ese monstruo de camión antes de que el viejo Sam decida echar abajo la puerta de la cabaña.

Liam ni se inmutó. Al contrario, soltó una carcajada baja y cavernosa que me vibró directo en el vientre, estiró su brazo enorme y me arrastró de nuevo contra su pecho sudoroso y caliente, atrapándome por completo entre sus músculos de granito y el colchón.

—Deja que grite, Evie. El viejo Sam tiene peor genio que puntería con el tractor —murmuró con la voz pastosa y ronca del despertar, hundiéndose en el hueco de mi cuello para morder tiernamente mi piel—. Además, me importa un bledo el camión del gas ahora mismo.

—¡A mí no me importa un bledo! —protesté, intentando zafarme de su agarre de oso mientras los ladridos del perro en el porche se volvían cada vez más histéricos y los golpes en la madera continuaban con la fuerza de un ariete—.

Como ese hombre entre aquí y me vea desnuda en tu cama, mañana por la mañana la señora Gable lo sabrá antes del desayuno y mi reputación en este pueblo pasará de ser la de una diseñadora arruinada a la de la fulana oficial del aserradero. ¡Suéltame!

Presionada por el pánico más absoluto y viendo que William solo se reía de mis aires de Nueva York, logré escurrirme por debajo de su brazo de una forma patética y acrobática.

Me deslicé fuera del colchón sintiendo el aire helado de la mañana golpear mi piel desnuda, haciendo que mis pezones se tensaran dolorosamente al instante.

Miré al suelo buscando desesperadamente mi jersey granate o los vaqueros negros, pero las prendas se habían esparcido por el pasillo durante nuestra frenética carrera de la noche anterior.

Sin otra opción viable y escuchando cómo el picaporte de la entrada empezaba a vibrar, me arrodillé en el suelo de madera y me metí de cabeza debajo de la enorme estructura rústica de la cama de Liam, arrastrando una de las mantas oscuras conmigo para cubrir mi desnudez en mitad del polvo del bosque.

Estar boca abajo sobre el suelo de madera, cubierta por una manta de lana áspera y rodeada por unas pocas pelusas del bosque, era la situación más humillante que me había tocado vivir.

Nueva York me había dejado en la ruina financiera, pero Oak Ridge me estaba despojando de toda dignidad humana.

Contuve el aliento, pegando la mejilla a los tablones fríos mientras escuchaba el sonido de la puerta principal al abrirse con un crujido agónico.

El muy idiota de William no le había echado el cerrojo tras nuestro regreso pasional de la barbacoa.

—¡Oyer! Te he dicho que muevas el puñetero... ¡Ah, pero si estás aquí empapado en pereza! —la voz atronadora del viejo Sam retumbó en el pasillo de madera, seguida por el sonido rítmico y pesado de sus botas de suela de goma arrastrando barro directo hacia el interior de la cabaña.

—Sam, te he dicho mil veces que no entres en mi casa como si fueras el sheriff del condado —escuché responder a William. Su voz sonaba relajada, descalza, con ese tono pastoso de quien se acaba de poner unos vaqueros sin molestarse en abrochar el botón superior.

—Entro porque tu maldito camión está tapando la tubería general, chico —las botas del viejo Sam se detuvieron justo en el umbral del dormitorio, a escasos dos metros de donde mi cabeza permanecía oculta bajo el somier de troncos—.

Y muévete rápido, que hueles a perfume de mujer fina de la gran ciudad desde el pasillo.

¿Es que la sobrina de Florence te ha dejado el coche averiado en la puerta?

Desde mi escondite, cerré los ojos con fuerza y apreté la manta contra mi boca para no soltar un grito de puro pánico.

Podía ver perfectamente las puntas de las botas embarradas de Sam a través del hueco del edredón que colgaba de la cama.

Si el hombre daba un solo paso más hacia el interior de la habitación para buscar las llaves del vehículo, se encontraría cara a cara con mi trasero desnudo tapado por una colcha oscura.

Mi pulso era una auténtica bomba de relojería y el corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que temí que el vecino pudiera escuchar los latidos desde el suelo.

—Las llaves están en el mostrador de la cocina, Sam —dijo William.

Su voz sonaba ahora más firme y seria, poniéndose en modo protector al notar que el viejo estaba a punto de meter las narices donde no debía—.

Cgelas tú mismo y mueve la camioneta. Yo tengo que terminar de vestirme si no quieres que el camión del gas me pille en pelotas en mitad del camino.

Escuché el arrastrar de las botas del viejo dar media vuelta hacia la cocina, acompañado de un refunfuño incomprensible sobre la juventud de hoy en día y las pocas ganas de trabajar un domingo por la mañana.

Un par de minutos después, el portazo sordo de la entrada principal me indicó que el peligro inminente había pasado.

Exhalé todo el aire que tenía contenido en los pulmones de golpe, dejando caer mi frente contra la madera del suelo con un quejido de puro alivio.

Me arrastré hacia fuera de debajo de la cama como una especie de criatura del bosque, envuelta en la colcha oscura y con unos cuantos mechones de pelo cubriéndome la cara llenos de pelusas.

Al levantar la vista, me encontré con William de pie junto al colchón.

Llevaba los vaqueros puestos pero completamente desabrochados, dejando ver el nacimiento del vello púbico y esa línea tan sexy que bajaba por su abdomen tatuado.

Tenía los brazos cruzados sobre su pecho desnudo y una sonrisa tan ancha, burlona y canalla que me entraron ganas de estamparle la lámpara de noche en la cabeza.

—Vaya, Smith —se mofó, agachándose para quedar a mi altura mientras me quitaba una pelusa de la coronilla con dos dedos ásperos—.

No sabía que el manual de supervivencia de Nueva York incluyera esconderse como una rata bajo la cama de un camarero de pueblo.

Estás malditamente adorable de cenicienta rústica.

—Cállate la boca, Oyer, o te juro que la próxima vez te muerdo —le espeté, intentando ponerme en pie con la manta enganchada en las piernas de la forma más patética posible—. Búscame mi ropa ahora mismo. Me voy a mi cabaña y no pienso volver a salir de ella en todo el invierno.

Él solo soltó una carcajada baja que inundó la habitación, recordándome que esto apenas estaba empezando.