Capítulo 10
William
Tener a Evelyn temblando encima de mis muslos, con los ojos entreabiertos y la respiración rota después de haber estallado entre mis dedos, fue la visión más jodidamente hermosa y adictiva de toda mi vida.
Mis dedos aún estaban empapados en su calor líquido, un rastro espeso que brillaba bajo el reflejo anaranjado de las brasas de la chimenea.
El aroma a vainilla caramelizada de su piel parecía haberse multiplicado por cien, llenando cada rincón del habitáculo y metiéndoseme en los pulmones hasta hacerme perder la noción de lo que estaba bien y lo que estaba mal.
Mi erección presionaba contra la tela vaquera de mis pantalones con una fuerza tan brutal que sentía un dolor punzante en la base; mi anatomía exigía a gritos el contacto directo piel con piel, reclamando su lugar dentro de ella.
La sostuve por las caderas, sintiendo la suavidad de sus nalgas desnudas bajo mis palmas desnudas, ya que sus vaqueros negros habían quedado caídos a mitad de sus muslos.
Evelyn dejó caer la cabeza sobre mi hombro, buscando aire, con el pecho desnudo subiendo y bajando a un ritmo frenético.
Sus pezones seguían rígidos, rozando el tejido de mi camisa de cuadros con cada una de sus bocanadas de aire.
—Estás completamente loca si crees que esto se va a quedar aquí, Smith —le susurré al oído, mordiendo suavemente el lóbulo de su oreja hasta escucharla soltar otro jadeo bajo.
Me incorporé un poco en el sofá, obligándola a enderezarse.
Desbofé los botones restantes de mi camisa de franela con una mano torpe y desesperada, tirando la prenda a algún rincón oscuro del salón rústico.
Me quedé en vaqueros, con el torso desnudo expuesto a la penumbra.
Ella estiró sus manos temblorosas y posó las palmas sobre mis pectorales, acariciando la piel tatuada con una fascinación que me encendió la sangre.
La tensión acumulada durante siete años no se había disipado con su orgasmo; solo se había convertido en un pozo de gasolina esperando la cerilla definitiva.
Quería verla jadear mi nombre otra vez, pero esta vez con mi cuerpo entero enterrado en el suyo.
No iba a dejar que nos quedáramos en el sofá de cuero rústico.
Quería poseerla con toda la comodidad del mundo, quería verla desparramada sobre mis sábanas y asegurarme de que no tuviera escapatoria posible durante el resto de la noche.
La tomé con firmeza por debajo de los muslos, obligándola a aferrarse de nuevo a mi cuello con sus brazos delgados, y me levanté del sofá de un solo movimiento fluido, cargando su peso con la facilidad de quien ha pasado la vida moviendo troncos en el aserradero de Arizona.
Evelyn soltó un pequeño grito de sorpresa que terminó convirtiéndose en un suspiro febril cuando mi torso desnudo y tatuado se frotó de lleno contra sus pechos libres.
Caminé a zancadas pesadas por el pasillo corto de madera, esquivando las sombras de la cabaña hasta empujar la puerta de mi dormitorio con el hombro.
La estancia olía a pino, a frío de montaña y a mí, un territorio puramente masculino que ella estaba a punto de colonizar con su aroma a vainilla.
La deposité en el centro de la cama con una lentitud deliberada.
El colchón se hundió bajo su peso mientras ella se acomodaba sobre las mantas oscuras, estirando las piernas de una forma tan deliciosamente provocativa que se me nubló la vista.
Con un movimiento rápido y coordinado, la ayudé a despojarse por completo de las botas y de esos vaqueros negros ajustados que tanto me habían hecho sufrir en el supermercado.
Quedó completamente desnuda ante mí, con la piel pálida brillando como la porcelana bajo la tenue luz de la luna que entraba por el ventanal del dormitorio.
Me llevé las manos a la hebilla de mi propio cinturón.
Desabroché el metal con un chasquido rotundo que rompió el silencio de la habitación y me bajé los vaqueros de trabajo junto con los calzoncillos de un solo tirón, pateándolos lejos de la cama.
Mi erección saltó libre en la penumbra, completamente rígida, venosa y apuntando directo hacia ella con una urgencia que me hacía temblar los músculos de las piernas.
Evelyn bajó la mirada de inmediato, recorriendo la longitud de mi anatomía con los ojos muy abiertos y tragando saliva con una mezcla de anticipación salvaje y puro instinto carnal.
Sabía perfectamente lo que venía, y la tregua del norte de Arizona se había terminado para siempre.
No había espacio para más demoras ni para juegos sutiles.
La urgencia que me quemaba las entrañas era un animal salvaje que exigía liberación inmediata.
Me subí a la cama a gatas, con los músculos de los brazos y la espalda tensos bajo la penumbra del dormitorio, y me coloqué directamente entre sus muslos abiertos.
El contraste de su piel de porcelana, suave y fría por el ambiente, con la rudeza de mi torso tatuado y ardiendo de calor, nos hizo soltar un jadeo unísono en cuanto nuestros pechos volvieron a impactar.
Tomé sus piernas por las corvas y las subí hasta mis hombros, obligándola a exponerse por completo ante mí, abriéndose en una invitación carnal a la que era imposible resistirse.
Apoyé la punta de mi erección justo en la entrada de su centro, que ya goteaba ese flujo espeso y caliente que me pertenecía desde hacía siete años.
Evelyn clavó sus uñas con desesperación en mis bíceps, entornando los ojos mientras contenía el aliento.
—Liam, por favor... ahora —suplicó con un hilo de voz rota, arqueando las caderas hacia arriba para buscar el contacto.
Empujé con decisión, hundiéndome en ella de un solo movimiento fluido y profundo hasta tocar el fondo de su intimidad.
El habitáculo se llenó con el sonido sordo de nuestros cuerpos chocando y con un grito agudo de puro placer que Evelyn soltó directamente contra mi cuello.
Estaba malditamente estrecha, caliente y húmeda, envolviendo mi miembro con una fuerza espasmódica que casi me hace perder el control en el primer segundo.
Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula, obligándome a mantener el ritmo mientras empezaba a retirarme lentamente para volver a embestir con una fuerza salvaje e implacable.
Cada estocada rústica hacía que el colchón crujiera y que el eco de nuestros fluidos chasqueando en la oscuridad de la cabaña se volviera el ritmo de nuestra propia perdición.
Evelyn movía la cabeza de un lado a otro sobre las mantas oscuras, con el pelo desparramado y las mejillas encendidas por el fuego de la pasión, entregada por completo a la fuerza de mis movimientos mientras yo la poseía con la furia acumulada de todos los años que pasé deseando este maldito momento.
El ritmo en la cama de la cabaña se volvió un torbellino incontrolable de sudor, gemidos y fricción salvaje.
No había delicadeza en mis movimientos, solo la urgencia primitiva de un hombre que recupera lo que siempre fue suyo.
Evelyn se aferraba a mi espalda con una fuerza descomunal; sentía sus uñas clavándose en mi piel, dibujando surcos invisibles mientras sus caderas se elevaban de forma rítmica, compitiendo con la fuerza rústica de mis embestidas.
El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llenaba el dormitorio de pino, un eco obsceno y febril que delataba la intensidad del incendio que habíamos provocado.
Con cada estocada profunda, ella soltaba un quejido ronco, un sonido de puro placer que me subía directo por la columna vertebral y me nublaba el juicio.
Estaba tan estrecha y caliente alrededor de mí que sentía que iba a estallar en cualquier segundo.
—Liam... ¡Liam, me voy a correr! —gritó en un susurro desesperado, con los ojos fijos en los míos, completamente dilatados por la oleada de placer que la estaba inundando.
—Hazlo, Evie. Correte conmigo —le exigí con un gruñido cavernoso, acelerando el paso y hundiéndome en ella con una fuerza implacable.
Evelyn arqueó la espalda de forma violenta, tensando cada músculo de su anatomía de porcelana mientras sus paredes vaginales comenzaban a contraerse en una serie de espasmos brutales y calientes que me estrujaron el miembro sin piedad.
Ese fue mi punto de no retorno. Solté un rugido sordo en mitad de la penumbra del dormitorio y me vacié con fuerza dentro de ella, derramando mi semilla en su fondo en perfectas y calientes pulsaciones sincronizadas con su orgasmo.
Nos quedamos congelados en esa posición durante varios minutos, sintiendo el eco de las contracciones y escuchando nuestras respiraciones agitadas chocar en el aire templado de la habitación.
Me dejé caer lentamente a su lado sobre las mantas oscuras, pasándole un brazo por la cintura para pegarla a mi torso desnudo y sudoroso.
Ella escondió el rostro en mi pecho, entrelazando sus dedos con los míos.
El norte de Arizona volvía a estar en paz, y mientras la luz azulada del alba empezaba a recortar la silueta de los pinos a través del ventanal, supe con absoluta certeza que la reina de Nueva York se iba a quedar en mi bosque para siempre.