Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Evelyn

El silencio que siguió al apagón del motor de la camioneta fue tan denso y cargado que juraría que el aire dentro del habitáculo duplicó su peso en un segundo.

William no se movió de inmediato. Se quedó allí, con las manos aferradas al volante de cuero y los nudillos completamente blancos por la fuerza de la presión, mirando hacia el frente a través del parabrisas cubierto por una finísima capa de escarcha.

Su respiración era pesada, un ritmo sordo y rústico que acompasaba los latidos salvajes de mi propio corazón.

Yo no era una adolescente asustada en el asiento trasero de una camioneta vieja; era una mujer de veintinueve años que había olvidado lo que significaba desear a alguien con una intensidad tan destructiva.

Miré de reojo su perfil esculpido en la penumbra del bosque del norte de Arizona.

La mandíbula cuadrada de Liam estaba tensa, y el sutil destello gris de sus ojos reflejaba la luz de la luna que se filtraba entre las copas de los pinos.

Sentía una humedad febril y punzante entre mis piernas, un calor líquido que se expandía con cada segundo de inactividad, recordándome que mis vaqueros negros ajustados se habían convertido en una auténtica celda de tortura para mi anatomía.

—Bájate, Smith —dijo finalmente. Su voz no fue un susurro, sino un gruñido ronco, roto por la misma necesidad primitiva que me estaba devorando por dentro.

No esperó a que yo reaccionara. Abrió la puerta del conductor de un manotazo, dejando entrar una ráfaga de aire gélido que me erizó los vellos de la nuca y endureció aún más mis pezones contra el tejido fino del jersey granate.

Rodeó el capó a zancadas y abrió mi puerta antes de que yo pudiera siquiera estirar la mano hacia la maneta.

No me dio tiempo a pisar el suelo nevado.

William me atrapó por la cintura con sus enormes manos desnudas y me levantó en vilo, pegando mi cuerpo al suyo mientras me cargaba los pocos metros que nos separaban del porche de su cabaña.

Mis piernas se enredaron alrededor de sus caderas por puro instinto de supervivencia, y el roce directo de mi entrepierna contra el bulto imponente y rígido que se marcaba en sus pantalones de trabajo me hizo soltar un jadeo agudo en mitad de la noche.

William abrió la puerta rústica de madera de una patada, entramos al salón a oscuras y la cerró de un portazo sordo a nuestras espaldas, sepultándonos en una intimidad caliente y peligrosa de la que ya no había escapatoria posible.

William no me bajó de sus caderas. Caminó a oscuras por el salón de su cabaña con una familiaridad asombrosa, guiado únicamente por el instinto y por el resplandor mortecino de las brasas que aún parpadeaban en su enorme chimenea de piedra.

Mis manos se clavaron en sus hombros, apretando la gruesa tela de su camisa de franela a cuadros, buscando un punto de apoyo mientras él avanzaba a zancadas pesadas.

Cada paso que daba hacía que mi centro rozara de manera inevitable y salvaje contra la dureza de su erección, una fricción brutal y deliciosa a través de nuestros pantalones que me arrancó un gemido arrastrado que se perdió en el hueco de su cuello.

Llegamos al sofá de cuero marrón, un mueble enorme y rústico que parecía absorber la poca luz de la estancia.

William se dejó caer sobre él conmigo encima, colocándome a horcajadas sobre sus muslos.

El cuero frío crujió bajo nuestros cuerpos, pero ninguno de los dos prestó atención a otra cosa que no fuera el calor febril que emanaba de nosotros.

Su rostro quedó a escasos centímetros del mío en la penumbra.

Pude ver el brillo salvaje de sus ojos grises de tormenta, fijos en mis labios pintados de rojo.

—He esperado siete malditos años para esto, Evie —gruñó, con una voz tan rota y profunda que me vibró directo en el bajo vientre—. Siete años imaginando cómo se sentiría tenerte otra vez donde perteneces.

Antes de que pudiera responder, sus manos, ásperas y calientes por el trabajo físico, bajaron hasta el borde de mi jersey granate.

Lo agarró con urgencia y lo tiró hacia arriba de un solo movimiento, obligándome a levantar los brazos para despojarme de él.

El aire fresco de la estancia me golpeó la piel desnuda, haciéndome jadear, pero el frío desapareció al instante cuando William tiró el jersey al suelo y clavó su mirada en mí.

Llevaba un sujetador de encaje negro a juego que apenas lograba contener el volumen de mis pechos, los cuales subían y bajaban con violencia por mi respiración acelerada.

Mis pezones, completamente rígidos y oscuros por la excitación, empujaban la fina tela transparente de una forma tan evidente que William soltó un taco entre dientes.

Sus manos no tardaron en reclamar mi piel.

Acarició mis costillas, subiendo lentamente hasta que sus palmas rodearon mis pechos, apretándolos con una firmeza posesiva que me hizo arquear la espalda hacia delante.

Su pulgar rozó la punta de mi pezón izquierdo a través del encaje, desatando una corriente eléctrica tan brutal que eché la cabeza hacia atrás, soltando un grito de puro placer que rebotó en las vigas de madera del techo.

El juego de las apariencias y las burlas del supermercado habían quedado enterrados bajo una necesidad puramente carnal y salvaje que acababa de empezar.

William no perdió un solo segundo. Al ver cómo arqueaba mi espalda por el roce de sus pulgares, soltó un gruñido ronco y enterró su rostro directamente en el hueco de mi cuello.

Sus labios estaban calientes, febriles, y sus dientes mordisquearon la piel tierna justo debajo de mi oreja, provocando que un escalofrío ardiente me bajara directo a la entrepierna, que ya goteaba un calor espeso y líquido.

Bajó sus besos por mi clavícula con una lentitud exasperante, dejando un rastro húmedo que se enfriaba con el aire de la cabaña antes de volver a calentarse con el fuego de su boca.

Sus manos hábiles se movieron con presteza hacia mi espalda.

Sentí el chasquido metálico del cierre de mi sujetador de encaje negro al ceder, y la prenda cayó al suelo junto al jersey granate.

Mis pechos quedaron completamente al descubierto, balanceándose sutilmente ante sus ojos oscurecidos por el deseo.

Liam contuvo el aliento. Se separó apenas unos centímetros para contemplarme bajo la tenue luz anaranjada de las brasas de la chimenea.

La fijeza de su mirada gris sobre mi desnudez me hizo sentir más expuesta y deseada que nunca en toda mi vida.

—Eres perfecta, Evie. Malditamente perfecta —susurró, con la voz rota por la urgencia.

Sin darme tiempo a procesar sus palabras, atrapó mi pezón derecho entre sus labios calientes, succionando con una fuerza deliberada que me hizo clavar las uñas con desesperación en sus hombros tatuados.

Su lengua, áspera y experta, comenzó a trazar círculos concéntricos alrededor de la areola rígida, mientras su mano derecha apretaba mi otro pecho, moldeándolo y masajeándolo sin piedad.

Un gemido largo, agudo y desvergonzado se me escapó de la garganta, rebotando en las paredes de troncos rústicos.

Sentía que me iba a disolver allí mismo sobre sus muslos.

Mientras mantenía mi mente nublada con el placer que me provocaba en el pecho, su mano izquierda descendió con decisión hacia el botón de mis vaqueros negros ajustados.

Escuché el sonido metálico del botón al desabrocharse y el recorrido lento de la cremallera al bajarse.

William deslizó sus dedos por debajo de la tela de la mezclilla, apartando la fina tela de mis bragas de encaje hasta encontrar mi centro.

Cuando sus dedos rozaron mis labios vaginales, completamente empapados en mi propio deseo, solté un jadeo violento y me pegué a su mano, buscando desesperadamente el alivio que solo él podía darme.

William no me dio tiempo a respirar. Al sentir la humedad ardiente que empapaba mis labios vaginales, soltó un juramento en voz baja que me vibró directo en el vientre.

Hundió dos de sus dedos largos y ásperos dentro de mí con un movimiento decidido, firme, que me hizo arquear las caderas por completo hacia arriba.

El contraste de su piel curtida por el trabajo con la sensibilidad extrema de mi centro me arrancó un grito que ahogué de inmediato contra su hombro, mordiendo la tela de su camisa de franela para no despertar a todo el bosque.

Comenzó a moverse con un ritmo salvaje, implacable, entrando y saliendo de mí mientras su pulgar encontraba el pequeño botón de mi clítoris, frotándolo con una presión deliberada que me nubló la vista por completo.

Los fluidos de mi propio deseo chasqueaban con un sonido húmedo y obsceno en el silencio de la cabaña, un eco febril que solo conseguía encendernos más.

Me movía contra su mano de forma rítmica, desesperada, entregada por completo a la destreza de esos dedos que sabían exactamente qué resortes tocar para volverme loca.

—Mírame, Evie. Quiero ver cómo te corres para mí —me exigió con un gruñido ronco, agarrándome del pelo con suavidad para obligarme a levantar la cabeza.

Le sostuve la mirada. Sus ojos grises eran dos tormentas oscuras, fijas en las mías mientras la tensión en mi bajo vientre se tensaba como una cuerda a punto de romperse.

El calor acumulado estalló de golpe. Sentí una oleada eléctrica recorrer todo mi cuerpo y mis músculos vaginales se contrajeron con una fuerza brutal alrededor de sus dedos, espasmódicos, atrapando su mano en mitad de mi orgasmo.

Derramé mi humedad caliente sobre él mientras soltaba un gemido arrastrado, largo, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, temblando por completo sobre sus muslos rígidos.

William sonrió con una suficiencia salvaje al sentir mis contracciones, pero su propia mandíbula se apretó de inmediato.

El bulto imponente de sus pantalones seguía presionando mi trasero, recordándome que él aún estaba al límite de su resistencia.

Sacó sus dedos mojados de mi interior con una lentitud exasperante y me miró con una promesa muy oscura grabada en las facciones.

Esto era solo el principio del incendio.