Lo que Nueva York se llevó y lo que la ventisca me trajo (Amores locos 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

William

Tener su barbilla atrapada entre mis dedos ásperos mientras el aire helado del bosque nos rodeaba era lo único que necesitaba para mandar toda mi maldita cordura al demonio.

El lápiz de labios rojo de Evelyn brillaba bajo la luz plateada de la luna de Arizona, y ver cómo su labio inferior temblaba sutilmente bajo la presión de mi pulgar me encendió las entrañas de una forma que ningún trabajo físico lograría calmar.

Estaba furioso por la forma en que ese imbécil de Baker la había mirado, pero estaba aún más furioso con mi propio cuerpo por la necesidad salvaje de devorarla ahí mismo, contra la chapa fría de mi camioneta.

—Me importa un bledo quién sea su padre, Smith —le susurré, sintiendo cómo mi propia voz salía rota, más parecida al gruñido de una bestia que al habla de un hombre—. Ese idiota te estaba mirando como si fueras un trozo de carne, y tú eres mía. Siempre lo has sido.

La escuché soltar un gemido ahogado, un sonido pequeño y delicioso que se perdió en la ráfaga de viento que sacudía las copas de los pinos ponderosa.

Sus ojos claros fijos en los míos no reflejaban miedo; reflejaban el mismo deseo primitivo, denso y oscuro que me estaba apretando los pantalones de trabajo hasta hacerme daño.

Su pecho subía y bajaba con violencia, haciendo que el punto fino de su jersey granate rozara mi camisa de cuadros.

A través de las capas de ropa, pude sentir la dureza de sus pezones completamente rígidos, buscando mi calor como si fuera un imán en mitad del desierto congelado.

El pulso me retumbaba en las sienes con la fuerza de un pistón hidráulico.

Sabía que todo el pueblo estaba a unos cuantos metros, comiendo costillas y cotilleando detrás de las puertas del pabellón, pero en este rincón oscuro del aparcamiento solo existíamos su piel pálida, mis manos desesperadas y siete años de jodida abstinencia que estaban a punto de estallar como pólvora seca si ella daba el más mínimo paso al frente.

No iba a dejar que nadie más pusiera los ojos sobre ella esa noche, ni que el viento helado del norte de Arizona le siguiera cortando la respiración.

Sin soltarle la mandíbula, deslicé mi mano libre por su costado, atrapando su cintura delgada con una firmeza que no admitía réplicas, y la arrastré conmigo los pocos metros que nos separaban de la bestia negra.

Evelyn ni siquiera protestó; caminaba tropezando sutilmente con sus botas de tacón, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en los míos como si estuviera hipnotizada.

Saqué las llaves del bolsillo, desactivé el cierre centralizado y abrí la pesada puerta del copiloto de un tirón.

La tomé por las caderas, levantándola en vilo con facilidad para sentarla directamente sobre el asiento de cuero oscuro de la camioneta.

Ella soltó un jadeo agudo cuando su trasero impactó contra el tapizado, quedando con las piernas colgando hacia el exterior y el rostro exactamente a la altura del mío.

Me metí de inmediato entre sus muslos, obligándola a abrir las piernas para hacerme espacio mientras me apoyaba con ambas manos en el respaldo del asiento, acorralándola por completo dentro del habitáculo.

El interior del vehículo olía a lo de siempre: cuero viejo, tabaco dulce y mi propio perfume, pero en cuanto ella entró, el aroma a vainilla caramelizada de su piel inundó el espacio rústico, transformándolo en un santuario peligroso.

—¿Liam, qué estás haciendo? —consiguió susurrar Evelyn, aunque sus manos traidoras ya se habían posado sobre mis hombros, apretando la tela de mi camisa de franela con una urgencia que me volvió loco.

—Sácarte de aquí, Smith. Antes de que termine partiéndole la cara a alguien o haciéndote algo encima del capó delante de todo el pueblo —respondí con la voz completamente rota por la tensión.

Cerré la puerta de la camioneta detrás de mí de un manotazo sordo, dejándonos completamente aislados del mundo exterior, protegidos por los cristales tintados y envueltos en una penumbra caliente que empezó a derretir la escarcha de mis pensamientos.

Rodeé la parte delantera de la camioneta a zancadas, metiendo las manos en los bolsillos para no perder el control, mientras el viento helado levantaba pequeños remolinos de nieve a mi alrededor.

Subí al asiento del conductor y cerré la puerta de un golpe seco, aislando por completo el habitáculo.

El silencio que se instaló entre los dos era tan espeso que se podía escuchar el tintineo metálico de mis llaves al meter el contacto.

Giré la llave y el potente motor de la bestia negra rugió, rompiendo la penumbra del aparcamiento con una vibración rústica que nos sacudió los huesos.

—¿A dónde me llevas, William? —preguntó Evelyn, con la voz un punto más aguda de lo normal mientras se pegaba al respaldo de cuero.

—A un lugar donde no haya mirones, Smith —respondí sin mirarla, metiendo la primera marcha con un movimiento brusco.

Conduje con decisión, sacando la camioneta del aparcamiento municipal y dejando atrás las bombillas amarillas de la barbacoa.

Las ruedas con cadenas mordieron la nieve de la carretera secundaria, abriéndose paso hacia la zona más alta y densa del bosque de pinos ponderosa.

El sistema de calefacción del vehículo empezó a soltar un aire caliente y denso que inundó el espacio, haciendo que el aroma a vainilla de su piel se expandiera por todo el habitáculo, nublándome el juicio a cada kilómetro.

De reojo, vi cómo sus manos temblaban sutilmente sobre sus vaqueros negros ajustados.

No era de frío. Era la misma expectación salvaje que me estaba quemando las entrañas a mí.

Giré el volante con brusquedad, tomando el desvío hacia la ruta más alta y solitaria del bosque de Oak Ridge.

Las cadenas de las ruedas crujían contra la nieve congelada mientras los faros dobles de la camioneta cortaban la oscuridad, iluminando los troncos de los pinos ponderosa que parecían cerrarse sobre nosotros como un túnel.

Decidí enfilar el camino hacia mi propia cabaña; estaba más aislada, la leña estaba perfectamente seca y allí nadie vendría a molestar.

Evelyn miraba por la ventanilla empañada, pero sabía que no estaba prestando atención al paisaje.

Su respiración agitada empañaba el cristal de su lado.

El aire caliente de la calefacción ya había caldeado el interior, obligándome a desabrocharme los dos primeros botones de mi camisa de cuadros porque sentía que me ahogaba.

Estaba al límite de mi resistencia física.

De reojo, vi cómo su mano izquierda se movía nerviosa sobre su muslo, arrugando la tela de sus vaqueros negros ajustados.

Bajé mi mano derecha de la palanca de cambios y, sin pedir permiso, la posé con firmeza sobre su rodilla.

Sentí cómo se tensaba al instante, soltando un jadeo bajo que me encendió la sangre.

Deslicé mis dedos lentamente hacia arriba por la mezclilla negra, acariciando la parte interna de su muslo con una presión deliberada que la hizo abrir ligeramente las piernas.

El calor que emanaba de su centro me llegó de golpe, y una chispa oscura de pura anticipación me nubló la vista.

—William... —susurró con la voz rota, clavando sus uñas en el salpicadero de cuero.

—Cállate, Evie. Ya casi hemos llegado —respondí, con la voz tan ronca que apenas la reconocí.

Metí el coche en el camino de entrada de mi propiedad y apagué el motor.

Las luces se extinguieron, sumergiéndonos en una penumbra febril y silenciosa, rota solo por el crujido del motor enfriándose.

La miré en la oscuridad, viendo el brillo de sus labios rojos y la silueta de sus pechos subiendo y bajando con fuerza.

El viaje había terminado, y las consecuencias de lo que estábamos a punto de hacer iban a cambiar nuestras vidas para siempre.