Capítulo 7
Evelyn
El silencio que se apoderó del pabellón municipal en cuanto crucé el umbral fue tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo de carnicero.
Sabía que vestir aquel jersey de punto fino color granate y los vaqueros negros ajustados era una declaración de intenciones, pero no estaba preparada para convertirme en la atracción principal del zoológico local.
Las bombillas amarillas que colgaban del techo de vigas de madera parecían apuntar directamente hacia mí como focos de un escenario, y el penetrante olor a costillas ahumadas y salsa barbacoa picante se me instaló en la garganta.
Traté de mantener la barbilla alzada y los hombros firmes, aplicando la misma técnica de respiración que usaba en Nueva York antes de presentar un proyecto de diseño ante una junta directiva hostil.
Pero esto era mil veces peor. Aquí no había ejecutivos con trajes caros, sino rancheros con sombreros de ala ancha, leñadores con las manos curtidas y vecinas cotillas como la señora Gable que me escaneaban la ropa buscando el precio en la etiqueta.
Sentí cómo un sudor frío me recorría la columna vertebral mientras daba los primeros pasos sobre el suelo de hormigón pulido.
Mis botas de tacón alto repiqueteaban con un eco molesto que parecía amplificar mi propia incomodidad.
Justo cuando pensaba en darme la vuelta y huir hacia la seguridad de mi utilitario congelado, mis ojos barrieron el fondo del local y se clavaron en la columna de madera del rincón.
Allí estaba él.
William Oyer parecía un jodido modelo de catálogo de ropa de montaña, si los modelos tuvieran los hombros el doble de anchos y miraran como si quisieran prenderle fuego a la habitación.
Llevaba una camisa de franela a cuadros oscuros que se tensaba de mala manera contra sus pectorales y sus bíceps, y su mandíbula, perfectamente perfilada, se apretó en cuanto nuestras miradas chocaron.
Vi cómo dejaba su jarra de plástico sobre una mesa con un movimiento brusco, sin apartar esos ojos grises de tormenta de los míos.
El aire de mis pulmones se evaporó por completo cuando lo vi enderezarse y avanzar directo hacia mí en mitad de la multitud, abriéndose paso con una seguridad que me hizo dar un paso atrás por puro instinto físico.
William se abrió paso entre la multitud con la facilidad de un depredador cruzando su propio territorio.
Los rancheros y leñadores se apartaban casi de forma inconsciente a su paso, rompiendo el pasillo humano que se había formado a mi alrededor.
Cuando se detuvo justo frente a mí, a menos de medio metro de distancia, el calor que desprendía su cuerpo me golpeó como una ráfaga de aire acondicionado en pleno invierno.
Era enorme. Su camisa de franela oscura olía a limpio, a jabón de sándalo y a esa madera fresca que parecía impregnada en sus poros.
Me miró de arriba abajo con una lentitud exasperante, deteniendo sus ojos grises en la línea de mi escote en V con una fijeza que me hizo contener el aliento.
Sentí mis pezones tensarse de inmediato contra el tejido fino del jersey granate, un cambio físico tan evidente que una chispa de pura satisfacción salvaje brilló en el fondo de su mirada.
—Buenas noches, Smith —dijo con esa voz grave, bajando el tono para que solo yo pudiera escucharlo en mitad del bullicio—. Veo que te has traído la artillería pesada de Nueva York. Estás malditamente preciosa.
—Controla tus ojos, Oyer —le siseé, intentando mantener mi voz firme mientras plantaba cara a su imponente presencia—. Todo el pueblo nos está mirando y no he venido aquí para ser tu trofeo de la noche.
—¿Mirando? Que miren lo que quieran —William soltó una risa baja que me reverberó directo en el vientre.
Dio un paso más, reduciendo la distancia a cero, y de manera deliberada colocó su enorme mano enguantada en el calor de mi espalda baja, justo por encima de mis vaqueros negros ajustados—.
Así les queda claro a todos estos paletos con quién vas a pasar la noche. Vamos a por algo de beber, vecina.
El contacto de su mano, firme y caliente a través de la tela, me provocó un escalofrío tan intenso que temí que las piernas me fallaran allí mismo.
Me dejé guiar hacia la barra de los barriles de cerveza, completamente atrapada entre la indignación por su descaro y la traidora necesidad de pegarme aún más a su costado.
William mantuvo su mano firme en mi espalda baja mientras nos abríamos paso hacia los barriles de cerveza, un gesto cargado de tanta posesividad rústica que me hacía hervir la sangre y el vientre al mismo tiempo.
Justo cuando llegamos al mostrador improvisado, una figura se interpuso en nuestro camino.
Era Travis Baker, el hijo del dueño del rancho más grande del sur de Oak Ridge.
Travis llevaba un sombrero Stetson impecable, una hebilla de cinturón plateada gigante y esa sonrisa de suficiencia de quien sabe que su cuenta bancaria tiene más ceros que habitantes el pueblo.
—¡Evelyn Smith! No me lo puedo creer —exclamó Travis, ignorando por completo la mirada asesina de William mientras me escaneaba de arriba abajo con ojos hambrientos—.
Sabía que la gran ciudad no podría retener a una joya como tú por mucho tiempo.
Estás espectacular con ese jersey granate, de verdad.
Déjame invitarte a una copa de verdad, no a esa cerveza barata que bebe la cuadrilla del aserradero.
Antes de que pudiera abrir la boca para responder con mi mejor educación neoyorquina, sentí cómo los dedos de William se tensaban sobre mi cadera.
La mandíbula de Liam se apretó con tanta fuerza que un músculo empezó a saltarle en la mejilla, y sus ojos grises se transformaron en dos placas de hielo ártico.
—Baker —gruñó William, dando un paso al frente que me dejó sutilmente a su espalda, protegiéndome con su enorme torso—. Evelyn ya tiene bebida. Y si quiere algo más, yo se lo pido. No necesita que ningún vaquero de pacotilla venga a hacerle perder el tiempo. Da un paso atrás.
La tensión entre los dos hombres subió tanto de golpe que el camarero que servía las jarras se quedó petrificado a mitad de camino.
Travis borró la sonrisa de su cara, midiendo las fuerzas con William, pero la anchura de hombros de Liam y la pura agresividad que emanaba de su cuerpo hicieron que el ranchero diera un prudente paso hacia atrás, levantando las manos en señal de falsa paz.
Yo miraba la escena con el corazón en la garganta, dividida entre el bochorno de la situación y una oleada de calor primitivo e indescriptible al ver a William marcar su territorio de forma tan salvaje delante de todos.
Le arrebaté la jarra de plástico al camarero estupefacto, agarré a William con fuerza del antebrazo y tiré de él hacia las puertas traseras del pabellón, lejos de la mirada curiosa de Travis Baker y de la mitad del pueblo.
Su músculo estaba duro como el granito bajo la camisa de cuadros, tenso por la adrenalina de la confrontación.
Empujé la puerta de emergencia y el aire gélido de la noche de Arizona nos golpeó en la cara, actuando como un bálsamo inmediato contra el calor sofocante del interior.
Caminamos hasta la zona más oscura del aparcamiento, cerca de donde los pinos proyectaban sombras alargadas sobre la nieve. Me giré hacia él, cruzándome de brazos para protegerme del viento helado, mientras mis respiraciones formaban pequeñas nubes de vaho blanco en el aire.
—¿Se puede saber qué demonios ha sido eso, Oyer? —le espeté, intentando ocultar el temblor de mi voz—. Casi le pegas un puñetazo al hijo del ranchero más rico de la zona en mitad de una barbacoa benéfica. ¡No soy de tu propiedad!
William dio dos pasos largos, acortando la distancia entre nosotros hasta que su enorme cuerpo bloqueó el viento.
Se quitó los guantes de cuero y me atrapó la mandíbula con una sola mano, obligándome a mirarlo hacia arriba.
Sus dedos estaban calientes, ásperos, y su tacto me provocó una sacudida eléctrica que me bajó directo a la entrepierna.
Sus ojos grises brillaban con una intensidad salvaje bajo la luz de la luna.
—Me importa un bledo quién sea su padre, Smith —susurró con una voz rota, cargada de una posesividad implacable—. Ese idiota te estaba mirando como si fueras un trozo de carne, y tú eres mía. Siempre lo has sido, aunque intentes esconderte detrás de tus aires de Nueva York.
Su pulgar acarició mi labio inferior, pintado de rojo, presionando con una lentitud que me hizo soltar un gemido ahogado.
La tensión sexual que habíamos estado conteniendo durante días estalló en mitad de la nieve profunda.
Mis pezones se endurecieron dolorosamente contra el jersey fino al sentir su pecho pegado al mío, y por primera vez en siete años, no quise huir.
Estábamos a solas en la oscuridad, temblando de frío y quemándonos por dentro, al borde de un abismo del que ninguno de los dos quería salvarse.