Capítulo 6
William
Volver al aserradero después de encontrármela en el supermercado fue una auténtica tortura para mi concentración.
El ruido ensordecedor de las enormes sierras circulares devorando los troncos de pino ponderosa llenaba todo el cobertizo principal, levantando una densa nube de serrín con olor a madera fresca que normalmente me calmaba.
Pero hoy no. Hoy mi mente seguía atrapada en el pasillo cuatro de la General Store, saboreando la forma en que los ojos claros de Evelyn chispeaban entre la indignación de Nueva York y el pánico más absoluto de verse expuesta.
Me apoyé contra una pila de tablones recién cortados, quitándome los guantes de trabajo de cuero desgastado para limpiarme el sudor de la frente con el antebrazo.
Tenía los músculos de los hombros tensos, cargados de una energía estancada que el trabajo físico no lograba liberar.
Verla allí, intentando empujar ese carrito destartalado con su jersey de cuello alto color crudo, había despertado a la bestia que llevaba dormida siete años.
Se veía tan jodidamente elegante, tan fuera de lugar entre las latas de conservas baratas y el suelo de linóleo, que me dieron ganas de cargarla al hombro, meterla en mi camioneta y no devolverla a su cabaña hasta que admitiera que este pueblo rústico seguía siendo su hogar.
—Oyer, si sigues mirando ese tablón con cara de querer empotrarlo, vas a terminar astillándolo —gritó Miller, mi compañero de cuadrilla, abriéndose paso entre el estrépito de la maquinaria con una lata de refresco en la mano y una sonrisa socarrona.
—No me pasa nada, Miller. Concéntrate en tu línea de corte —le respondí con un gruñido ronco, ajustándome la gorra de béisbol hacia atrás para ocultar la molestia.
—Claro, claro. Seguro que no tiene nada que ver con el hecho de que media plantilla esté hablando de que la sobrina de Florence casi te atropella con un carrito de la compra esta mañana —se rió, dándome un codazo amistoso—.
El pueblo es pequeño, Liam. Ya todos saben que le has propuesto ir juntos a la barbacoa benéfica de mañana.
¿Vas a jugar al caballero andante o vas a recordar que esa mujer te dejó tirado en la Interestatal sin mirar atrás?
Esas palabras me escocieron en el orgullo más de lo que quise admitir.
Miller tenía razón en una cosa: ella se había marchado.
Pero lo que el resto del pueblo no sabía, lo que nadie entendía, era la electricidad que seguía estallando entre nosotros cada vez que nuestras pieles se rozaban un milímetro.
No era un rescate; era una cuenta pendiente.
Apreté los puños dentro de los bolsillos de mi sudadera gris, sintiendo un calor familiar instalarse en mi entrepierna al recordar cómo se le habían tensado los pezones bajo la ropa cuando me incliné sobre ella.
Mañana por la noche, en ese pabellón municipal, Evelyn Smith iba a tener que elegir entre seguir huyendo de su pasado o aceptar que el fuego del norte de Arizona seguía quemándola por dentro.
Terminé el turno en el aserradero con los brazos molidos y el cuerpo cubierto de una fina capa de serrín aromático.
Conduje de vuelta a mi cabaña con las ventanillas de la camioneta bajadas, dejando que el aire gélido del norte de Arizona me limpiara los pulmones y me enfriara la cabeza.
Pero fue inútil. En cuanto salí de la ducha y el vapor empañó el espejo del baño, me descubrí mirando fijamente la cicatriz de mi hombro izquierdo, un recordatorio físico de la última noche que pasamos juntos antes de que empacara su vida hacia Nueva York.
Me puse unos vaqueros limpios y una camiseta negra de algodón.
En lugar de encender el televisor o abrir una cerveza frente a la chimenea, las llaves de la camioneta terminaron en mi mano casi por instinto.
No podía quedarme quieto. Sabía que la temperatura en el exterior estaba bajando en picado y que la nieve volvía a acumularse con fuerza en los caminos secundarios que llevaban a la zona más alta del bosque.
Conduje despacio, apagando los faros de la bestia negra un par de cientos de metros antes de llegar a la propiedad de la tía Florence.
Detuve el vehículo bajo la sombra protectora de un grupo de pinos ponderosa gigantes.
Desde allí, oculto por la penumbra de la noche, tenía una vista perfecta de la cabaña rústica.
Una suave y cálida luz dorada se filtraba por las cortinas del salón, y un hilo de humo blanco y constante subía recto desde la chimenea hacia el cielo estrellado.
Apoyé las manos en el volante, observando la escena con una mezcla de posesividad y un instinto de protección que me apretaba el pecho.
Estaba bien. El fuego seguía encendido y el termostato parecía estar aguantando el embate del invierno.
Me quedé allí parado en mitad de la oscuridad durante casi una hora, simplemente vigilando su refugio, asegurándome de que nada ni nadie perturbara su paz.
Evelyn creía que Nueva York la había vuelto dura e independiente, pero en este pueblo rústico, mientras yo respirara, nunca estaría desamparada.
Sonreí con amargura en la penumbra del habitáculo, metí la primera marcha y di la vuelta en silencio, sabiendo que mañana en la barbacoa no habría cortinas que pudieran ocultar lo que sentíamos el uno por el otro.
El sábado por la noche llegó acompañado de un viento helado que hacía crujir las ramas de los pinos y de un ambiente de fiesta que se respiraba en cada rincón de Oak Ridge.
Me tomé mi tiempo para arreglarme frente al espejo del baño, algo que mis amigos del aserradero habrían considerado una mariconada digna de burlas durante meses.
Me afeité con cuidado la barba de tres días, dejando las líneas bien marcadas alrededor de la mandíbula, y elegí una camisa de franela de cuadros oscuros, grises y negros, que me quedaba lo bastante ajustada en los hombros como para no pasar desapercibido.
Mi uniforme de gala para el pabellón municipal.
Llegué al evento temprano, justo cuando el olor a costillas ahumadas, salsa barbacoa picante y leña de encina empezaba a inundar el gran aparcamiento embarrado.
El pabellón era una estructura enorme de madera y metal, decorada para la ocasión con ristras de bombillas amarillas que parpadeaban con un brillo acogedor bajo el techo de vigas vistas.
Mis compañeros de cuadrilla, con Miller a la cabeza, ya estaban apostados cerca de los barriles de cerveza artesanal del rincón, riéndose a carcajadas y haciéndome señas para que me uniera a ellos.
—Vaya, Oyer, parece que te has bañado y todo —gritó Miller, pasándome una jarra de plástico llena de líquido espumoso—. ¿A quién esperas con esa cara de perro guardián? ¿A la reina de la gran ciudad?
—Cállate la boca y bebe, Miller —le respondí con un gruñido ronco, dándole un trago a mi cerveza sin apartar los ojos de la puerta principal.
Ignoré las bromas de los chicos y me apoyé contra una de las columnas de madera del pabellón, cruzando los brazos sobre el pecho.
Tenía una vista perfecta de la entrada. El local se estaba llenando rápido; las familias del pueblo, los rancheros de los alrededores y las vecinas cotillas como la señora Gable entraban saludando a diestro y siniestro.
Pero a mí me importaba un bledo todo el mundo.
Mi pulso empezó a acelerarse de forma estúpida cada vez que los faros de un coche iluminaban el camino de acceso.
Sabía que Evelyn vendría. Su orgullo no le permitiría quedarse escondida en la cabaña sabiendo que todo el pueblo hablaba de ella.
La tensión me quemaba los músculos de la espalda, esperando el momento exacto en que esa silueta elegante cruzara el umbral y pusiera mi mundo del revés otra vez.
Llevaba media hora clavado junto a la columna de madera cuando el murmullo general del pabellón pareció apagarse de golpe. El cencerro de la puerta no sonó porque la entrada estaba abierta de par en par, pero el silencio colectivo fue el mejor indicador.
Evelyn Smith acababa de cruzar el umbral.
Me quedé de piedra, con la jarra de cerveza congelada a mitad de camino hacia mi boca.
Dios bendiga a Nueva York si eso era lo que le hacían a las mujeres allí.
Se había despojado de las chaquetas de franela gigantes y de los jerséis de cuello alto.
Llevaba unos vaqueros negros tan ajustados que se moldeaban a sus curvas como una segunda piel, unas botas de cuero de tacón alto que la hacían ver imponente y, lo que casi me hace tirar la cerveza al suelo, un jersey de punto fino de color granate.
El escote en forma de V dejaba al descubierto sus clavículas perfectas y un trozo de su piel pálida que contrastaba de manera brutal con la luz cálida de las bombillas.
Tenía el pelo suelto, cayendo en ondas oscuras sobre sus hombros, y los labios pintados de un rojo encendido que era una auténtica provocación.
El pabellón entero se la quedó mirando. Pude ver a un par de tipos del rancho del sur estirando el cuello como idiotas, y a Miller soltando un silbido bajo que me hizo apretar los puños con una furia puramente posesiva.
Sentí un tirón violento y ardiente en la entrepierna, una necesidad salvaje de caminar hacia ella, cruzar el brazo por su cintura delgada y marcar mi territorio delante de cada maldito paleto de este pueblo.
Evelyn barrió el local con la mirada, visiblemente incómoda por la atención pero manteniendo la barbilla alzada con esa altanería que tanto me ponía los dientes largos.
Cuando sus ojos claros chocaron contra los míos, se detuvo.
Noté a la distancia cómo su respiración se aceleraba y cómo sus labios rojos se abrían un milímetro.
Sonreí de lado de manera peligrosa, dejé la cerveza sobre una mesa sin apartar los ojos de ella y empecé a caminar con paso firme y decidido a través de la multitud.
La tregua del supermercado se había terminado; era hora de jugar de verdad.